El envejecimiento demográfico es un proceso complejo, que va mucho más allá del simple cambio porcentual, transformando las poblaciones y volviéndolas más sofisticadas. No obstante, en el relato público hegemónico seguimos sin reconocernos en la población que ya somos.

El discurso en torno al envejecimiento demográfico a menudo se pierde en cuestiones sobre cómo revertir lo irreversible y cómo volver a ser poblaciones jóvenes. Pese a ser el resultado de múltiples éxitos, con frecuencia se identifica el envejecimiento demográfico con una amenaza. Pese a no tener ningún componente cíclico, se presenta como una crisis pasajera, con soluciones siempre simples y ajenas. Pese a ser un fenómeno que afecta al conjunto de la población mundial, a menudo se le atribuye un carácter diferencial, ligado a determinados valores culturales. Todos esos lugares comunes han ido construyendo un imaginario colectivo que asocia el envejecimiento demográfico con la adversidad, y que se suma al paralelismo establecido con el envejecimiento individual. En las poblaciones, el envejecimiento no es la etapa previa a la desaparición, sino una etapa en la que se vuelven más complejas. Y pese al acento puesto en la natalidad —sobre la que habitualmente recaen las recetas mágicas—, este cambio profundo en nuestras poblaciones se produce tras una gran transformación de la supervivencia.

El constante aumento de la supervivencia a lo largo de los últimos ciento cincuenta años ha conllevado una profunda transformación en el sistema reproductivo de las poblaciones. Este cambio en la reproducción ha modificado las poblaciones en múltiples aspectos. La población española es, desde hace treinta años, una población moderna desde el punto de vista demográfico, con baja mortalidad y baja natalidad. Cambio que implica una transformación hacia estructuras etarias más verticales que, aunque conocida como envejecimiento demográfico, conlleva cambios más profundos. La evolución de las dinámicas demográficas está creando nuevos escenarios en la coexistencia entre distintas generaciones. La investigación científica está en proceso de comprender las implicaciones de sus efectos combinados.

El cambio demográfico

Desde hace siglo y medio la longevidad humana aumenta a un ritmo de tres meses cada año. [1]1 — Oeppen, J.; Vaupel, J. W. (2002). “Broken limits to life expectancy”. Science, núm. 296(5570): pp. 1029-1031. Esta evolución —llamativamente estable a lo largo de ciento cincuenta años— ha conllevado una profunda transformación del sistema reproductivo. En cualquier especie la mortalidad y la fecundidad están estrechamente relacionadas para asegurar la reproducción de su población. La especie humana mantuvo durante decenas de miles de años una esperanza de vida entre 30 y 40 años. Las altas mortalidades infantiles hacían necesaria una alta fecundidad para llegar a garantizar la sustitución de las poblaciones adultas y, por tanto, la reproducción de la especie. El aumento paulatino pero constante de la esperanza de vida ha venido a alterar este escenario. Tras siglo y medio de disminución de la mortalidad a todas las edades, y con esperanzas de vida que superan ya los 80 años (Figura 1), las generaciones han adaptado su esfuerzo reproductivo a un escenario de alta supervivencia. La esperanza de vida al nacimiento para la población española en 2023 era de 83,7 años, 81,1 para la población masculina y 86,3 para la femenina. En la actualidad, el aumento del tiempo de vida y la superposición de generaciones cumplen el rol que hace un siglo cumplía la alta natalidad en el sistema reproductivo. Esta profunda transformación en la reproducción humana se conoce como transición demográfica. [2]2 — Notestein, F. W. (1945). “Population: the long view”. A: Schultz, T. (ed.) Food for the world. Chicago: Univ. Chicago Press.

A inicios del siglo XX la población española se encontraba ya en plena Transición Demográfica (Figura 2). La mortalidad había iniciado una tendencia descendente que se mantiene —con las únicas excepciones de la mortalidad debida a la gripe del 18 y la Guerra Civil— hasta los años setenta. A partir de ese momento, con una mortalidad infantil ya muy baja, la supervivencia sigue aumentando a edades avanzadas, dejando una escasa huella en las tasas brutas de mortalidad. La natalidad desciende durante todo el siglo hasta los años noventa. Tras más de un siglo de cambio, las tasas brutas de ambas dinámicas vuelven a situarse en magnitudes similares a mediados de los años noventa, momento en el que se podría dar por finalizada la Transición Demográfica para la población española, que, por tanto, es, ya desde hace treinta años, una población postransicional.

La caída de la mortalidad fue seguida de una disminución de la fecundidad que, en poblaciones más longevas y compuestas por múltiples generaciones superpuestas, no precisa ser tan elevada. Todas las poblaciones postransicionales europeas presentan una fecundidad por debajo del umbral de reemplazo actual. [3]3 — Billari, F.; Kohler, H. P. (2004). “Patterns of low and lowest-low fertility in Europe”. Population studies, 58(2): pp. 161-176. Este cambio en el sistema reproductivo ha transformado la población en múltiples aspectos. La primera consecuencia es que la población no volverá a ser —al menos no de forma notable y sostenida— población creciente, en ausencia de migración. El crecimiento vegetativo es la excepción en la historia de una población; se produce, únicamente, durante la etapa transicional, al separarse las dinámicas de mortalidad y natalidad. Estas poblaciones excepcionalmente crecientes son las que conocimos durante el siglo XX en Europa.

Una segunda consecuencia de la Transición Demográfica es el cambio en la estructura por edades de las poblaciones. Una población que, para reproducirse a sí misma, genera menos niños, porque todos los nacidos sobreviven durante largas trayectorias de vida es, lógicamente, una población con menos niños y más personas de más edad. Esta transformación hacia estructuras etarias más verticales es conocida como envejecimiento demográfico, debido al aumento del peso relativo de la población mayor (Figura 3). En 1971 la población de 65 y más años era un 9,6% de la población española, en el cambio de siglo era ya un 16,8% y en 2024 supone un 20,4% de la misma.

Más generaciones

Las poblaciones postransicionales no sólo están compuestas por más personas de más edad, sino también de más edades y más generaciones. Las poblaciones pretransicionales son poblaciones de 2 generaciones y media, las postransicionales, son poblaciones de cuatro generaciones. Hace cinco décadas la mitad de la población la constituían los menores de treinta años, mientras la otra mitad de la población la constituían todos los adultos mayores de dicha edad (Figura 4). En la actualidad nos encontramos con una población con una mayor diversidad etaria, en la que los niños, adolescentes y jóvenes menores de treinta años suponen aproximadamente un tercio de la población. La población adulta entre treinta y sesenta años representa un poco más de otro tercio, y la población por encima de los sesenta años, en la madurez y edades avanzadas, supone algo menos de un tercio también. Nos encontramos, por tanto, con una sociedad más diversa, en la que el grueso de la población no se concentra en un solo grupo de edades.

Por ejemplo, si se observa la evolución de las edades potencialmente activas, más allá del paso de los baby-boomers, la construcción de la adultez se caracteriza por su evolución hacia un mayor equilibrio en el volumen de las edades que la componen. En 1971, había 17.301.000 personas entre 25 y 69 años, en 2024 son 29.744.129 y en 2040 serán probablemente 32.299.750. Hace cinco décadas en la población adulta tenía un peso muy preponderante la población joven. En la población adulta actual y futura es más relevante el solapamiento de múltiples generaciones de peso similar, que la presencia de una sola de ellas.

Transiciones retrasadas, más años de vida joven

La prolongación de la trayectoria de vida generación a generación ha generado nuevas edades, no sólo al final de la vida. Los nonagenarios y centenarios son las poblaciones que están registrando un mayor crecimiento en la actualidad. En 2000 había doscientas mil personas de 90 y más años (0,5%), en 2023 la cifra sobrepasaba las seiscientas mil personas (1,3%). Estamos alcanzando como población, edades que previamente tan sólo exploraban algunos individuos excepcionales. Estamos, por tanto, incorporando nuevas edades al curso de vida colectivo.

Pero el aumento de la duración de la vida ha traído consigo el retraso de muchas transiciones y la creación de nuevas edades en distintos momentos de la vida. Por ejemplo, las generaciones nacidas a inicios del siglo XX no tuvieron adolescencia, empezaron a trabajar a una edad media de 14 años. La prolongación del curso de vida ha permitido a generaciones posteriores vivir una edad intermedia entre la niñez y la adultez, a la que se suma una juventud de duración creciente, prolongando la trayectoria formativa y retrasando la transición hacia la adultez. Por ejemplo, comparadas con la generación nacida en los años 30 del siglo XX, las mujeres nacidas treinta años después retrasaron todas sus transiciones biográficas. [4]4 — Puga, D. (2021). “Cambio demográfico y transformaciones en los vínculos familiares a través del curso de vida”. A: Fernández-Mayoralas, G.; Rojo, F. (ed.) Envejecimiento activo, calidad de vida y género: una aproximación desde las experiencias académica, institucional y profesional. València: Tirant lo Blanch. Y no sólo las han retrasado, también han cambiado el orden de algunas de ellas, con consecuencias sobre la carga potencial de cuidados durante la vida adulta.

A inicios de la vejez hay autores que hablan ya de una gerontolescencia, [5]5 — Kalache, A. (2009). “Active Ageing”. A: Andrews, G. J.; Sahoo, A. K.; Rajan, S.I. (ed.) Sociology of Ageing: A Reader. Pennsylvania: Rawat Publications. en referencia a las edades comprendidas entre los sesenta y los ochenta años, edades que actualmente son vividas con un alto nivel de autonomía, siendo el principal pilar de apoyo de otras generaciones familiares [6]6 — Rodríguez-Cabrero, G.; Puga, D. (2022). “Promoviendo un contrato social intergeneracional equitativo”. Gaceta sindical: reflexión y debate, (38): pp. 57-78. Por tanto, la división del curso de vida en tres edades, infancia, adultez y vejez, que seguimos utilizando en múltiples indicadores, ya no se corresponde con la realidad de las poblaciones postransicionales,

Incluso hay autores que ponen en cuestión que la población esté envejeciendo, afirmando que, bien al contrario, lo que están es rejuveneciendo. [7]7 — Sanderson, W. C.; Scherbov, S. (2010). “Remeasuring aging”. Science, 329 (5997): pp. 1287-1288. Estas hipótesis se fundamentan en la evolución de la longevidad y la longevidad en salud. Si en vez de situarnos en la trayectoria vital tomando como punto de referencia su inicio, lo hacemos tomando como punto de referencia su fin, a una determinada edad, cada generación es más joven que la anterior, pues es mayor el tiempo de vida que pueden esperar vivir a partir de esa edad. Por ejemplo, entre la población española, el momento a partir del cual la expectativa de vida era menor de 15 años se producía a los 66 años en el año 1975, a los 70 años en el 2000 y a los 74 años en el 2023 (Figura 5). Se puede interpretar que, en términos de expectativa de vida, los 66 años de 1975 equivalen a los 74 años de 2023. De la misma forma, a cualquier edad, el tiempo que podemos esperar vivir en buena salud es mayor que el que tenía por delante cualquier generación anterior a la misma edad, por lo tanto, somos más jóvenes de lo que era cualquier generación anterior a esa misma edad.

Del márketing natalista a la geopolítica municipal

La dinámica demográfica en general, y el envejecimiento demográfico en particular, se incorpora a la agenda política nacional en 2017 con la creación del Comisionado para el Reto Demográfico. Lo hace planteándose como un problema a solucionar, siendo su competencia principal, desarrollar las “actuaciones necesarias para alcanzar el equilibrio de la pirámide poblacional”. [8]8 — BOE 28/01/2017, sábado 28 de enero de 2017, núm. 24, sec. I, pp. 6931. La estrategia nacional no se basó en evidencias empíricas ni atendían a los debates académicos en el ámbito demográfico. Subyacía a la misma una perspectiva nostálgica e incrementalista, que pretendía dar marcha atrás a la transición demográfica y volver a ser poblaciones jóvenes. Desde planteamientos más ideológicos que informados desde el conocimiento, se construyó un discurso —en algunos planes autonómicos apoyado con amplias campañas de márketing— que trasladaba a la población la responsabilidad de las dificultades de los sistemas de bienestar, debido al supuesto egoísmo materializado en la baja natalidad. Lamentablemente perdimos un tiempo precioso pretendiendo volver a ser poblaciones jóvenes, que hubiéramos podido aprovechar para adaptar nuestros modelos de bienestar a las nuevas hechuras de poblaciones envejecidas.

Nunca más seremos poblaciones de niños, adultos y ancianos; nunca más seremos poblaciones jóvenes con problemas agudos de salud; nunca más seremos poblaciones con amplios hogares multigeneracionales y con generaciones de mujeres adultas no activas que sacrifican su vida para cuidar a otros miembros de la familia. Mientras ocurrían todos estos cambios y desde la ciencia alertábamos de ello y de la necesidad de adaptarse a un nuevo escenario, se nos tachaba de pesimistas y se distraía el debate público con cuestiones sobre cómo revertir lo irreversible.

La Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico cambia de enfoque cuando pasa a depender del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (2020), que presenta el “Plan de recuperación: 130 medidas frente al Reto Demográfico”. [9]9 — MITECO (2020). Plan de recuperación: 130 medidas frente al Reto Demográfico, Madrid. que permite formular cualquier política como demográfica en la medida en que todas afectan a las personas. La nueva política demográfica peca de un planteamiento omnicomprensivo que incluye cualquier política que afecte a municipios rurales, desde unas lentes municipalistas que convierten la escala y el tamaño municipal en los factores definidores de la misma. De esta forma, hemos pasado del márketing natalista a la geopolítica municipal, de culpar a la población a ignorarla.

En la política demográfica de nuestro país escasean las referencias a ecosistemas de cuidado, envejecimiento activo, entornos de acogida y estrategias de integración. Olvidando que el objetivo último de la política demográfica no son los pueblos, sino el bienestar de los individuos a través de las distintas etapas de su curso de vida. Ajustar los sistemas de salud y cuidados a las necesidades de una población compleja y envejecida debería ser una prioridad en todo el territorio, pero de forma más urgente en aquellas zonas intensamente envejecidas y con desequilibrios en su estructura generacional. Tanto en las áreas centrales de las metropolis como en el rural disperso, nos encontraremos un escenario de hogares de mayores cuidando de mayores y de ancianas viviendo solas. En estas circunstancias es fundamental un esfuerzo en adaptación de entornos, empezando por las viviendas y siguiendo por el barrio o la vecindad. El impulso de pequeñas infraestructuras domóticas y dispositivos de vigilancia avanzada facilitaría que mayores frágiles puedan seguir cuidándose mutuamente y autocuidándose con seguridad y calidad de vida.

En el rural disperso al intenso desequilibrio generacional se suman dificultades de acceso a servicios localizados y/o diseñados para áreas urbanas, llegando a producir flujos de emigración de población de más de 80 años que tiene que abandonar su espacio de vida en busca de cuidados. No se trata de conseguir mantener un determinado tamaño demográfico, sino de cuidar a la población que ya habita esos territorios, de convertir el cuidado de esta generación en una oportunidad. Pretender exportar a estos territorios servicios diseñados para áreas de altas densidades es poco eficiente y resulta en una menor calidad de vida.

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Herminia da la cena a Victorina, de 93 años, y Pepe revisa la medicación. Fotografía: Adra Pallón.


A modo de conclusión

El mismo proceso que causa el envejecimiento de la población, la Transición Demográfica, está cambiando las estructuras de coexistencia en las que interaccionan las distintas generaciones. La Transición Demográfica abre una ventana de oportunidad para un cambio social de gran alcance, por cuanto plantea el cambio demográfico como elemento central de la modernización. El cambio demográfico ha transformado profundamente nuestras sociedades, haciendo necesarios procesos de readaptación a una nueva realidad que no volverá a ser como en el pasado.

Las poblaciones envejecidas son más complejas que las pretransicionales. Están compuestas por individuos no sólo de más edad, sino también de más edades. Hemos de empezar a pensar nuestras poblaciones en términos de multiplicidad de generaciones, que no dependen tanto del tamaño de ninguna de ellas, como de la superposición de las mismas. En la población futura será más relevante el solapamiento de múltiples generaciones de peso similar. Las actuales son, también, poblaciones construidas a partir de trayectorias de vida prolongadas, más diversas, con transiciones biográficas retrasadas y nuevas edades. La división de las trayectorias biográficas en tres edades, infancia, adultez y vejez, ya no se corresponde con la realidad de las poblaciones postransicionales. Tampoco se corresponden las poblaciones actuales los umbrales de inicio y fin de estas edades, que seguimos utilizando en múltiples indicadores, que ignoran el notable aumento de las trayectorias educativas y la prolongación de las edades jóvenes, así como el aumento de las expectativas de vida en salud. A cualquier edad somos más jóvenes de lo que lo era cualquier miembro de una generación anterior a la misma edad.

Los fenómenos demográficos tienen sus propias dinámicas, sobre las que las políticas frente al “reto demográfico” están teniendo efectos muy limitados. La formulación de objetivos de recuperación de estructuras demográficas del pasado no solo es un error de cálculo y una idealización nostálgica, sino que tiene consecuencias en términos de asignación ineficiente de recursos y de frustración de la población. La política demográfica debe plantearse en términos de adaptación a los cambios demográficos, con particular atención a la equidad en el acceso a servicios que permitan mantener el bienestar en distintos momentos biográficos y contextos geográficos. Ajustar los sistemas de solidaridad intergeneracional y de salud y cuidados con las necesidades de una población envejecida es una prioridad. No es con políticas basadas en trasladar la culpa a la población como podemos afrontar este reto. Tampoco vamos a fijar población a ningún territorio, en un contexto de movilidad creciente, si estos no son atractivos y no encuentra en ellos respuestas a sus necesidades; atractivos para habitarlos con bienestar, no para producir de forma extractiva. La búsqueda de equidad en el bienestar a través del tiempo de vida de los individuos, vivan en donde vivan, debe estar en el centro de la política pública demográfica.

  • Referencias

    1 —

    Oeppen, J.; Vaupel, J. W. (2002). “Broken limits to life expectancy”. Science, núm. 296(5570): pp. 1029-1031.

    2 —

    Notestein, F. W. (1945). “Population: the long view”. A: Schultz, T. (ed.) Food for the world. Chicago: Univ. Chicago Press.

    3 —

    Billari, F.; Kohler, H. P. (2004). “Patterns of low and lowest-low fertility in Europe”. Population studies, 58(2): pp. 161-176.

    4 —

    Puga, D. (2021). “Cambio demográfico y transformaciones en los vínculos familiares a través del curso de vida”. A: Fernández-Mayoralas, G.; Rojo, F. (ed.) Envejecimiento activo, calidad de vida y género: una aproximación desde las experiencias académica, institucional y profesional. València: Tirant lo Blanch.

    5 —

    Kalache, A. (2009). “Active Ageing”. A: Andrews, G. J.; Sahoo, A. K.; Rajan, S.I. (ed.) Sociology of Ageing: A Reader. Pennsylvania: Rawat Publications.

    6 —

    Rodríguez-Cabrero, G.; Puga, D. (2022). “Promoviendo un contrato social intergeneracional equitativo”. Gaceta sindical: reflexión y debate, (38): pp. 57-78.

    7 —

    Sanderson, W. C.; Scherbov, S. (2010). “Remeasuring aging”. Science, 329 (5997): pp. 1287-1288.

    8 —

    BOE 28/01/2017, sábado 28 de enero de 2017, núm. 24, sec. I, pp. 6931.

    9 —

    MITECO (2020). Plan de recuperación: 130 medidas frente al Reto Demográfico, Madrid.

Dolores Puga

Dolores Puga es demógrafa e investigadora del Grupo de Investigación sobre Envejecimiento del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Su investigación se centra en el envejecimiento demográfico y en las condiciones de vida y salud de las personas mayores. Ha dirigido y participado en numerosos proyectos y redes de investigación sobre envejecimiento, y ha sido reconocida con varios premios. Ha formado parte de la Comisión del Senado sobre la Evolución Demográfica en España y del grupo de trabajo sobre Depopulation and Ageing de la Conference of European Regional Legislative Assemblies. Es consultora del Centro Latinoamericano de Demografía de las Naciones Unidas, coordina el comité de expertos en envejecimiento de la Fundación General CSIC, y forma parte del comité de expertos de la nueva Estrategia Nacional de Envejecimiento. Ha sido comisaria científica de la exposición divulgativa A vivir que son 100 años y miembro del jurado del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en los años 2023 y 2024.