El desafío para las democracias en el siglo XX: la cantidad y la calidad de la competición electoral
Hace 50 años, con la Revolución de los Claveles, se inició la Tercera Ola de democratización en el mundo. La primera ola es la que, entre 1828 y 1926, trajo el sufragio universal a una treintena de países de Europa y América. Y la segunda ola es la que, tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, expandió la democracia a países que habían sufrido regímenes totalitarios o habían sido ocupados por los mismos. De Japón a Alemania la libertad política empezó a conjugarse en idiomas muy diversos.
Pero la gran ola fue la iniciada hace medio siglo en la península ibérica. Desde la revolución portuguesa de 1974 hasta la caída de los regímenes comunistas en 1989, una marea de libertad recorrió todo el mundo, con un énfasis particular en Iberoamérica. Un gran número de países en América Latina pasaron de tener regímenes dictatoriales por defecto, con episódicos paréntesis democráticos, a contar con la democracia como su sistema político básico, aunque, a su vez, en ocasiones se deslicen por la pendiente dictatorial. Pero, incluso los autoritarismos más intransigentes, como Rusia, intentan parecer democracias, celebrando elecciones (eso sí, amañadas) cada cierto tiempo. La liturgia política en el planeta es democrática. Pero ¿lo es también la práctica? Según The Economist Intelligence Unit, en estos momentos sólo el 8% de la población mundial vive en una «democracia plena»; o sea, un sistema político que cumpla estas dos funciones: por un lado, proteger los derechos civiles y políticos de su ciudadanía y, por el otro, mantener un sistema de elecciones competitivo y en el que el partido en el gobierno no cuente con ventajas injustas.
En este artículo abordaremos tres puntos. El primero es la salud de la democracia en el mundo; es decir, la lucha entre los regímenes libres y los autocráticos. De acuerdo a numerosos observadores, vivimos un peligroso retroceso de la libertad en el mundo. [1]1 — Lührmann, A.; Lindberg, S. I. (2019). “A third wave of autocratization is here: what is new about it?”. Democratization, vol. 26, núm. 7, p. 1095-1113. A la tercera ola de la democracia le estaría sucediendo ahora una tercera ola de la autocracia. Incluso dentro de la Unión Europea, hogar de algunas de las democracias más sólidas del mundo, se pueden encontrar ejemplos de democracias defectuosas, como Hungría o Polonia. De acuerdo a otros autores, el retroceso de la democracia es coyuntural, y la tendencia estructural de la humanidad hacia mayores cotas de libertad no se ha alterado. El mundo continuaría pues avanzando hacia lo que Francis Fukuyama definió, tras la caída del muro de Berlin, como el “fin de la historia”. [2]2 — Fukuyama, F. (1992). The end of History and the Last man. Nueva York: Free Press.
Sólo el 8% de la población mundial vive en una democracia plena; un sistema político que proteja los derechos civiles y políticos de su ciudadanía y que mantenga un sistema de elecciones competitivo
El segundo punto que exploraremos es la prognosis sobre la democracia en nuestro continente en general y en España en particular. Y el tercer punto no será sobre la cantidad de democracia, sino sobre su calidad y naturaleza. Porque, a lo largo de décadas, se ha producido una revolución silenciosa en las democracias más estables del mundo: ya no podemos hablar exclusivamente de una competición entre fuerzas de izquierdas contra fuerzas de derechas, sino que tenemos otros actores, como los populismos, que han ganado peso. Y, junto con los populismos, ha mutado la representación tradicional asignada a los partidos de izquierdas y derechas.
La salud de la democracia
Según el V-DEM Institute, [3]3 — V-Dem Institute (2023). Democracy Report 2023: Defiance in the Face of Autocratization. Disponible en línea. que es posiblemente el instituto más citado e influyente a la hora de evaluar críticamente el estado de la democracia en el mundo, en estos momentos el 72% de la población mundial vive en una autocracia. Eso es poquísimo si nos comparamos con 1789, cuando el 100% del planeta estaba en manos de déspotas, ilustrados o no. Pero, si simplemente miramos una década atrás, el aumento de los regímenes dictatoriales es espectacular. En 2012 apenas un 46% de la población mundial estaba gobernada por tiranos. Es decir, desde los coletazos de la Gran Recesión, un espectro siniestro se ha desplazado por el planeta recortando libertades individuales y deteriorando la competición electoral a favor de los gobernantes.
De hecho, esa es la manera habitual en la que “mueren las democracias” . [4]4 — Levitsky, S.; Ziblatt, D. (2019). How democracies die. Crown. Mentre que a la segona meitat del segle XX l’habitual era que la democràcia col·lapsés amb cops d’estat, amb militars sortint de les casernes i ocupant el Congrés i el palau presidencial, ara el normal són els anomenats autocops, mitjançant els quals els governants elegits democràticament es perpetuen en el poder a través d’un gradual, encara que de vegades abrupte, control de tots els aparells de l’Estat. De Nicaragua i Veneçuela a Rússia o l’Índia, aquest és el procediment regular pel qual els presidents acumulen un excés de poder. En ocasions, aquest procés d’autocratització no arriba a consumar-se del tot i, en un moment donat, es produeix una transferència de poder a l’oposició. Ho acabem de veure a Polònia. I, en un estadi inferior, és el que va succeir amb la victòria de Biden davant Trump. Malgrat el desgast a què va ser sotmesa la democràcia més antiga del món durant la presidència de Trump, i del sens dubte preocupant assalt al Capitoli, aquesta va sobreviure al mandat d’un president decididament populista. Com a mínim, va resistir al primer embat. Si el novembre d’aquest any Trump pot presentar-se a les eleccions i les torna a guanyar, llavors la situació podria ser diferent. Però, de moment, la democràcia americana no ha mort.
Sin embargo, la imagen global no es tan halagüeña. El nivel de democracia para el ciudadano promedio en todo el mundo ha retrocedido a niveles comparables a los experimentados en 1986. La democracia se ha deteriorado con particular fuerza en algunas regiones, como el Asia-Pacífico, donde ha caído a niveles de 1978. Se está de hecho acelerando el deterioro de las democracias en todas las esquinas del mundo. En el mundo en su conjunto, desde 1994 los expertos han documentado que las libertades civiles y los derechos políticos de un tercio de la población del planeta se han reducido de forma sustancial. [5]5 — Boese, V. A.; Lindberg, S. I.; Lührmann, A. (2021). “Waves of autocratization and democratization: a rejoinder”. Democratization, vol. 28, núm. 6, p. 1202-1210.
En el mundo en su conjunto, desde 1994 las libertades civiles y los derechos políticos de un tercio de la población del planeta se han reducido de forma sustancial
Algunos autores subrayan que no podemos hablar todavía de una ola autocratizadora [6]6 — Skaaning, S. E. (2020). “Waves of autocratization and democratization: a critical note on conceptualization and measurement”. Democratization, vol. 27, núm. 8, p. 1533-1542. y que el concepto mismo de “ola” es cuestionable dado que dentro de la caja de autocratización tenemos fenómenos muy distintos. [7]7 — Tomini, L. (2021). “Don’t think of a wave! A research note about the current autocratization debate”. Democratization, vol. 28, núm. 6, p. 1191-1201. La represión de la oposición llevada a cabo por Putin es distinta de las violaciones de los derechos humanos de Duterte en Filipinas, de los abusos de Bolsonaro en Brasil o Modi en India, de las acciones de Orbán en Hungría o de la pérdida de calidad democrática en los EEUU de Trump.
En todos estos países, el péndulo ha girado hacia menores libertades, pero, mientras en unos casos estamos delante de autocracias duras, en otros, lo que se ha deteriorado es el ambiente mediático y la discusión pública, como en EEUU.
Si descendemos al nivel de los detalles del deterioro democrático en el mundo, podemos ver algunas tendencias preocupantes. Primero, la represión gubernamental de las organizaciones de la sociedad civil ha estado aumentando durante estos años, afectando ya a 37 países. Dado que las ONG desempeñan un papel crucial en la promoción de la participación ciudadana y la defensa de los derechos humanos, su represión tiene un impacto negativo por partida doble en la salud de la democracia, laminando tanto las opciones de la oposición democrática hoy como las del futuro, desincentivando la conexión de las nuevas generaciones con los valores de los regímenes libres.
En segundo lugar, otro pilar fundamental de la democracia, la libertad de expresión, se está deteriorando en 35 países. Esto representa de nuevo un aumento significativo en comparación con hace una década, cuando en solo 7 países observábamos este fenómeno. Este declive es importante porque mina un aspecto esencial de las democracias: la capacidad de las sociedades para discutir abierta y libremente los problemas que les conciernen. Es interesante ver la diferencia entre la caída de la democracia en los años 30 del siglo pasado y en la actualidad. Mientras entonces lo que estaba en peligro era la libertad de asociación, con la prohibición de los partidos políticos, en la actualidad las democracias sufren más por la pérdida de la libertad de expresión.

Unido a esto encontramos el tercer aspecto: el agravamiento de la censura gubernamental de los medios de comunicación. En los últimos diez años, los expertos advierten de que este aspecto ha empeorado en nada más y nada menos que 47 países. Limitar la independencia de los medios y su capacidad para informar de manera imparcial socava los regímenes democráticos de forma ineludible. Como se ha señalado también en varias ocasiones, una de las variables más correlacionadas con la ausencia de corrupción política en un país es la libertad de prensa, entendida como independencia de las presiones del gobierno (u otros grupos organizados). La verdad es la primera víctima de la guerra contra la democracia.
El resultado global es preocupante. El hecho de que el 72% de la población mundial, es decir, 5.7 billones de personas, viva en autocracias en 2022 es una estadística impactante. Por primera vez en más de dos décadas, tenemos más países en la categoría más siniestra de los regímenes políticos (las llamadas autocracias cerradas) que en la más agradable (las democracias liberales). Esto plantea cuestiones cruciales sobre el equilibrio de poder a largo plazo en el mundo. Los pesimistas corren a trazar paralelismos con el periodo de entreguerras del siglo XX, puesto que en la actualidad hemos alcanzado un récord que no veíamos desde entonces: que las autocracias cerradas controlen, aproximadamente, un tercio del PIB mundial. Dicho en otros términos, las dictaduras no han gozado de un poder económico tan fuerte como el que tenían las potencias del eje Alemania-Japón-Italia y sus satélites como la España de Franco. Los optimistas contraponen, quizás con más fe y esperanza que datos y teorías, que las dictaduras de hoy, a pesar de su poderío económico, no son capaces de proyectar un modelo de vida alternativo que pueda cautivar las mentes de los jóvenes, intelectuales y otros grupos sociales “de vanguardia”.
Limitar la independencia de los medios y su capacidad para informar de manera imparcial socava los regímenes democráticos de forma ineludible
A diferencia de los años 30 del siglo pasado, cuando hordas de entusiastas se unían a los movimientos fascistas o comunistas, o incluso en los años 60 y 70, cuando muchos se vieron seducidos también por movimientos guerrilleros subversivos, en la actualidad las dictaduras no han sabido recrear una utopía similar. No hay grandes líderes de opinión ni grandes artistas ni grandes escuelas de pensamiento defendiendo con éxito, en las sociedades occidentales, el modelo de desarrollo de Rusia, de Arabia Saudí o de China.
El futuro de la democracia
No obstante, quizás es cuestión de tiempo. Los politólogos subrayan, aunque es un hallazgo sometido a fuerte discusión, que, entre las nuevas generaciones de norteamericanos y europeos existe una “desconexión democrática”. [8]8 — Foa, R. S.; Mounk, I. (2016). “The Danger of Deconsolidation: The democratic disconnect”. Journal of Democracy, vol. 27, núm. 3, p. 5. Disponible en línea. En particular, los millenials se han vuelto más cínicos respecto del valor de la democracia como sistema político y más dispuestos a expresar su apoyo a alternativas autoritarias, sobre todo si el bienestar de la comunidad está en peligro. Un ejemplo sería la docilidad con la que las ciudadanías de las democracias más avanzadas del mundo aceptaron los recortes de libertades durante la pandemia de la Covid-19. Sin embargo, también existe la opinión contraria. [9]9 — Voeten, E. (2016). “Are people really turning away from democracy?” Disponible en línea en SSRN. El hecho de que los millennials sean ligeramente más favorables hacia formas no democráticas de gobernar sus países podría ser un efecto de edad más que de cohorte. Es decir, del hecho de que son jóvenes y no de que lo son en estos años concretos. A nivel general, los millennials no son muy diferentes en sus puntos de vista sobre sistemas políticos que los jóvenes a mediados de los años 1990 y, si se analiza la confianza en las instituciones democráticas reales, surge el patrón diametralmente opuesto: en EEUU, las personas de generaciones mayores han perdido la fe en el congreso y el ejecutivo más que los millennials. En Europa (Occidental) los datos no son tan contundentes, pero en la fuerte discusión académica se empieza a abrir camino una conclusión: los niveles de confianza de las ciudadanías en las instituciones democráticas varían notablemente de año a año.
Un estudio reciente ha desmontado el mito de que unos niveles más altos de democracia deberían tener un efecto sólido y positivo sobre el apoyo público a la democracia como sistema político en un país. [10]10 — Claassen, C. (2020). “In the mood for democracy? Democratic support as thermostatic opinion”. American Political Science Review, vol. 114, núm. 1, p. 36-53. . Este trabajo encuentra lo que se puede denominar un efecto termostático, por el cual los cambios en los niveles de democracia objetivos en un país están asociados con reacciones públicas opuestas: los aumentos de la democracia debilitan, no fortalecen, el ánimo democrático de la población, mientras que disminuciones en los niveles de democracia, refuerzan el ánimo democrático de la ciudadanía. Y, de forma crucial, son los aspectos contramayoritarios de la democracia (como un poder judicial fuerte y una mayor protección de los derechos individuales frente al poder) los que más afectan al espíritu democrático de la población. Mientras que las mejoras en los aspectos electorales de la democracia (como un recuento de los resultados electorales más eficiente) apenas altera al ánimo ciudadano, los incrementos de las garantías judiciales ante los poderes públicos socavan de forma significativa el apoyo de la ciudadanía a la democracia. En general, la imagen del ciudadano democrático que surge de este estudio es el de una persona más voluble e intolerante de lo que se ha sugerido tradicionalmente en la literatura especializada.
Hagamos una pequeña parada ahora en España. Según un estudio reciente, [11]11 — Van der Meer, T. W. G.; Van Erkel, P. F. A. (2023). “Moving beyond the political trust crisis debate: Residual analyses to understand trends in political trust”. European Journal of Political Research. Disponible en línea. hay motivos para una preocupación particular en el caso español. Como es bien sabido, la confianza de los ciudadanos de un país en sus representantes políticos sube en las buenas coyunturas (económicas y políticas) y baja en tiempos de crisis. De forma natural, si el país está experimentando una recesión, la gente empieza a desconfiar del gobierno y del parlamento, pero, cuando llega la recuperación, la ciudadanía retoma la confianza en las instituciones centrales de la democracia. Con esta idea en mente, los autores de este estudio midieron la diferencia entre la confianza que deberíamos esperar en función de la coyuntura del momento y la confianza real que observaban en más de una docena de países de la Europa occidental. Y comprobaron que, efectivamente, esa diferencia tendía a cero en casi todas las naciones.
Los millenials se han vuelto más cínicos respecto del valor de la democracia y están más dispuestos a expresar su apoyo a alternativas autoritarias cuando el bienestar de la comunidad está en peligro
Pero encontraron dos excepciones destacadas, Francia y España. En ambos países la caída de la confianza ciudadana en sus instituciones democráticas fue mucho más aguda de la ya aguda caída que sería de esperar en ambos países tras la devastadora crisis económica y política que sufrieron. En otras palabras, la confianza en las instituciones fundamentales de la democracia sufre un problema estructural tanto en Francia como en España. Existe, en otras palabras, lo que podríamos denominar una frustración estructural, un desencanto ciudadano que no responde sólo a los vaivenes de la coyuntura, como ocurre en otros países, sino que parece ser permanente.
La mutación de las democracias
Si giramos el foco de la cantidad de democracia a su calidad o naturaleza, también encontramos un cambio significativo durante el siglo XXI. Desde la postguerra se ha ido produciendo una revolución silenciosa en las democracias más avanzadas del mundo. Miremos, por ejemplo, a las últimas elecciones presidenciales francesas, con Macron a un lado y Le Pen al otro. Ninguno de los dos representaba a las dos grandes familias políticas que han dominado las democracias durante décadas: la socialdemocracia (o centro-izquierda) y el conservadurismo (o centro-derecha). La contienda por el Elíseo fue entre un candidato de la “élite”, económica y política (Macron), frente a una candidata “popular” o populista (Le Pen).
La tradicional lucha entre izquierda y derecha ha evolucionado significativamente en los últimos años. En lugar de una división estricta entre estas ideologías, ahora vemos una creciente disputa entre políticos del establishment y populistas en muchas democracias. Un ejemplo claro es América Latina, donde candidatos de extrema izquierda como Lula o Boric se enfrentan a candidatos de extrema derecha como Bolsonaro o Kast. Esta polarización ha llevado a una mayor volatilidad en los resultados electorales y ha desafiado la estabilidad política en la región.
Además, en aquellas democracias donde la lucha entre izquierda y derecha sigue siendo importante, ha surgido una dinámica diferente. En el siglo XX, la disputa solía enfrentar a representantes de votantes menos educados y con menos ingresos (partidos de izquierda) contra representantes de votantes con mayor educación y mayores ingresos (partidos de derecha). Sin embargo, esta dinámica ha cambiado radicalmente en la mayoría de las democracias occidentales. Ahora, los partidos de izquierda a menudo atraen a votantes con un mayor nivel educativo, mientras que los de derecha tienden a representar a la población más rica.
La tradicional lucha entre izquierda y derecha ha evolucionado en los últimos años. En lugar de una división estricta entre estas ideologías, ahora vemos una creciente disputa entre políticos del establishment y populistas
El ejemplo más claro sería EEUU, donde los votantes de Biden (o Clinton) presentaban unos niveles educativos más altos que los de Trump. No sólo eso, el enfrentamiento político parecía reflejar una lucha entre estilos de vida: por un lado, personas con estudios universitarios que viven en las costas, conducen un Toyota Prius eléctrico, van en bicicleta, son ateos, comen sushi y beben capuchinos; por el otro, ciudadanos con pocos estudios, que viven en la “América real”, conducen un pickup, acuden religiosamente a la iglesia los domingos, comen hamburguesas y beben café de filtro. Esto no ha llegado a Europa. Todavía. Pero empezamos a ver signos de polarización de las formas de vida. Y, a nivel general, en todo el mundo se ha transformado la lucha entre izquierda y derecha en una batalla entre cultura y dinero, lo que plantea cuestiones fundamentales sobre la representación política y la dinámica de poder en las democracias modernas.
Conclusiones
En resumen, la democracia en el mundo se encuentra en una encrucijada. Estamos padeciendo una autocratización que puede atribuirse a múltiples factores: políticos, como el auge de líderes populistas y el debilitamiento de los mecanismos de control del poder ejecutivo; económicos, como el aumento de la desigualdad y la ralentización del crecimiento económico; y, culturales, como el uso progresivo de las redes sociales, naturalmente polarizantes, como fuentes primarias de información para muchos ciudadanos.
Pero, sean cuales sean sus causas, los efectos de la autocratización –sea una ola o un tsunami– requieren una atención cuidadosa. Si queremos preservar y fortalecer la democracia en todo el mundo, necesitamos abordar sus problemas de manera proactiva, empezando por lo que está a nuestra mano: presionar para disponer de unos medios de comunicación libres de interferencias y votar a alternativas políticas que no pongan en duda los derechos individuales y la actuación de los pesos y contrapesos del poder político. Si algo han demostrado las democracias desde su reemergencia moderna a fines del siglo XVIII es que siempre están en peligro, pero siempre son capaces de ser resilientes. Todo dependerá de la voluntad y el esfuerzo de los partidos políticos y, sobre todo, de las personas que representan.
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Referencias y notas
1 —Lührmann, A.; Lindberg, S. I. (2019). “A third wave of autocratization is here: what is new about it?”. Democratization, vol. 26, núm. 7, p. 1095-1113.
2 —Fukuyama, F. (1992). The end of History and the Last man. Nueva York: Free Press.
3 —V-Dem Institute (2023). Democracy Report 2023: Defiance in the Face of Autocratization. Disponible en línea.
4 —Levitsky, S.; Ziblatt, D. (2019). How democracies die. Crown.
5 —Boese, V. A.; Lindberg, S. I.; Lührmann, A. (2021). “Waves of autocratization and democratization: a rejoinder”. Democratization, vol. 28, núm. 6, p. 1202-1210.
6 —Skaaning, S. E. (2020). “Waves of autocratization and democratization: a critical note on conceptualization and measurement”. Democratization, vol. 27, núm. 8, p. 1533-1542.
7 —Tomini, L. (2021). “Don’t think of a wave! A research note about the current autocratization debate”. Democratization, vol. 28, núm. 6, p. 1191-1201.
8 —Foa, R. S.; Mounk, I. (2016). “The Danger of Deconsolidation: The democratic disconnect”. Journal of Democracy, vol. 27, núm. 3, p. 5. Disponible en línea.
9 —Voeten, E. (2016). “Are people really turning away from democracy?” Disponible en línea en SSRN.
10 —Claassen, C. (2020). “In the mood for democracy? Democratic support as thermostatic opinion”. American Political Science Review, vol. 114, núm. 1, p. 36-53.
11 —Van der Meer, T. W. G.; Van Erkel, P. F. A. (2023). “Moving beyond the political trust crisis debate: Residual analyses to understand trends in political trust”. European Journal of Political Research. Disponible en línea.
Victor Lapuente
Víctor Lapuente es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford. Actualmente es catedrático en la Universidad de Gotemburgo (Suecia). En sus investigaciones, estudia las diferencias en la calidad del gobierno y las políticas públicas entre países. Lapuente es columnista en El País, colaborador de la Cadena SER y miembro del colectivo Piedras de Papel. Es también miembro del consejo asesor de KSNET y chairman de Foro de Foros. Es autor de los libros Decálogo del buen ciudadano (Península, 2021), Organizando el Leviatán (Deusto, 2018) y El retorno de los chamanes. Los charlatanes que amenazan el bien común y los profesionales que pueden salvarnos (Península, 2015).