En comparación con otras democracias del sur de Europa, la característica principal de la democratización de Portugal durante la década de 1970 fue que se juntaron la ruptura con el régimen autoritario anterior y una crisis de estado. [1]1 — Pinto, A. C. (2006). “Authoritarian Legacies, Transitional Justice and State Crisis in Portugal’s Democratization”. Democratization, vol. 13, núm. 2, p. 173-204.

Con una transición marcada por un intento radical e incierto de eliminar completamente el legado del autoritarismo, que en sí mismo supuso un legado añadido para la consolidación de la democracia, el proceso de cambio de régimen desencadenó una grave crisis de estado después del golpe militar de 1974. El hecho de que los procesos de democratización y descolonización se produjeran simultáneamente fue el aspecto más importante de esta crisis. La cuestión de la descolonización fue el factor principal del conflicto que estalló poco después de la caída del régimen entre algunos generales conservadores y el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), que había planeado y ejecutado el golpe. Este conflicto se situó en el centro de la intervención de los militares en la vida política después del derribo de la dictadura.

La naturaleza de la transición, y especialmente la crisis de estado que desencadenó, es crucial para explicar algunos de sus características más radicales, así como algunas de las actitudes hacia el pasado autoritario que se produjeron en este periodo. Ambas convergieron en un doble legado para la consolidación de la democracia. Sin embargo, a partir de 1976, el proceso de consolidación democrática estuvo sobre todo condicionado por la gestión de los legados heredados de la transición, lo cual acabó implicando una prolongada secuencia de “acuerdos parciales” entre las élites civiles y militares.

Con la victoria de las fuerzas “moderadas” el 25 de noviembre de 1975, y la consiguiente neutralización política y militar de la izquierda revolucionaria, fue posible, a lo largo de 1976, conducir Portugal hacia la rápida institucionalización de una democracia representativa. El 25 de noviembre permitió iniciar un proceso de reestructuración interna de las fuerzas armadas, basado en la despolitización y la restauración gradual de la disciplina y de la jerarquía tradicionales, junto con la depuración de los militares radicales y de la disolución de las estructuras “revolucionarias” paralelas que habían fragmentado y dividido la institución militar durante el periodo 1974-1975.

Una democracia antiautoritaria

En el marco de la conmemoración del 50.º aniversario de la democracia en el 2023, el legado de la fase inicial de la transición a la democracia volvió a ser el centro de atención en el Parlamento y en las conmemoraciones del 5 de octubre, cuando el partido populista de derecha radical Chega acusó al presidente de la Asamblea de la República de querer evitar conmemorar el 25 de noviembre de 1975. El alcalde de Lisboa, Carlos Moedas, del Partido Socialdemócrata (PSD), principal partido de centroderecha, dijo que lo conmemoraría, ante la oposición de otros partidos, que subrayaron que hay que conmemorar lo que une, no lo que divide. Esta “guerra de la memoria” entre los “guerreros” de noviembre y los “guerreros” de abril, según la expresión de las politólogas Filipa Raimundo y Claudia Almeida, es quizás la única que ha destacado de manera puntual en los últimos años, porque ha sido el legado de las guerras coloniales y del colonialismo tardío lo que ha tenido más protagonismo. [2]2 — Raimundo, F.; Almeida, C. G. (2019). “The Legacy of the Portuguese Transition to Democracy. April-Warriors versus November-Warriors”. A: Cavallaro, E.; Kornetis, K. (ed.). Rethinking South European Democratization in Spain, Greece and Portugal. Londres: Palgrave Macmillan, p. 45-69.

Durante los años de consolidación democrática, Portugal se caracterizó por tener un sistema multipartidista con una inestabilidad gubernamental endémica. Hubo gobiernos minoritarios del Partido Socialista (PS), coaliciones entre el PS y el Centro Democrático Social (CDS), gobiernos independientes nombrados por el presidente Ramalho Eanes y coaliciones de centroderecha del PSD y el CDS. Mientras tanto, los partidos de derecha y centroderecha, seguidos con algunas vacilaciones por el PS, reorientaron sus programas políticos y pusieron inmediatamente en la agenda política la necesidad de eliminar algunos legados “socialistas” de la transición contenidos en la Constitución y en los pactos con los militares. Los comunistas, ya fuera del gobierno, se convirtieron en el único partido que defendía los legados “socialistas” de la transición, consagrados en la Constitución de 1976.

Durante los últimos años de la década de 1970, en Portugal prevaleció un clima de reconciliación política que marcó la forma en que el Gobierno abordó el legado de la dictadura

La posición oficial de los dos primeros gobiernos constitucionales encabezados por el primer ministro socialista Mário Soares y el primer presidente elegido democráticamente, Ramalho Eanes, favoreció la reconciliación y la pacificación de la sociedad portuguesa. Según la posición oficial del PS de Mário Soares y de los partidos democráticos de centroderecha, la democracia portuguesa estaba modelada por un doble legado: el autoritarismo de la derecha bajo lel Estado Novo (nombre del régimen dictatorial y corporativista que hubo de 1933 en 1974) y la amenaza autoritaria de la extrema izquierda en 1975, que oficialmente se consideraba como un intento de los comunistas para conseguir el poder. Por lo tanto, se pretendía establecer una “memoria institucional” particular sobre los orígenes de la democracia portuguesa contemporánea, que sobrevivió a la consolidación de la democracia, aunque con pequeñas diferencias, tanto dentro del PS como del PSD.

Los procesos de depuración se acabaron rápidamente, se reevaluó el papel que habían tenido y se asumió que se trataba de un exceso del periodo de transición. Al mismo tiempo, varios comunistas y personalidades civiles y militares de extrema izquierda fueron destituidos de sus cargos de las fuerzas armadas, la función pública y las empresas estatales, en una especie de contradepuración, particularmente en el seno de las fuerzas armadas. Sin embargo, durante los últimos años de la década de 1970, prevaleció un clima de reconciliación política que marcó la forma en que el Gobierno abordó el legado de la dictadura. Eso fue muy evidente con el juicio de los miembros de la policía política, es decir, de la Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE) / Dirección General de Seguridad (DO). Su juicio se llevó a cabo de acuerdo con el nuevo ethos político postrevolucionario y, como resultado, los que no aprovecharon las escasas medidas coercitivas para huir del país sólo recibieron condenas leves de los tribunales militares (normalmente correspondientes al tiempo pasado en prisión preventiva). La buena conducta en el servicio militar activo durante la guerra colonial también fue un atenuante. Aunque hubo manifestaciones públicas y críticas a las sentencias dictadas, los juicios sirvieron para recordar que la legalidad judicial y el estado de derecho se habían restablecido después de los “excesos” del 1974-1975.

Entre 1976 y principios de los ochenta, se adoptaron medidas para reintegrar a los que habían sido víctimas de las depuraciones. Se aprobaron nuevas leyes y se adoptaron rápidamente medidas para normalizar la situación en las empresas donde las depuraciones “salvajes” habían estado más severas. El Gobierno adoptó una serie de medidas destinadas a facilitar el retorno de los exiliados (principalmente empresarios y ejecutivos) que se habían visto obligados a abandonar el país por la radicalización de los movimientos sociales. Las comisiones de depuración de los ministerios dejaron de funcionar en 1976 y el Consejo de la Revolución, que asumió las funciones, reforzó los mecanismos legales para garantizar un proceso de rehabilitación. Un miembro moderado del Consejo de la Revolución, el capitán Sousa e Castro, fue el encargado de llevar a cabo todo el proceso. Se creó la Comisión de Análisis de Recursos de Saneamiento y Reclasificación (CARSR), bajo los auspicios del Consejo de la Revolución, que siguió funcionando hasta mediados de los años ochenta, y rehabilitó a la gran mayoría de los afectados. Según un informe sobre sus actividades, la CARSR consideraba que era “necesario reparar los daños causados” durante el periodo 1974-1975, porque muchas depuraciones fueron “meramente arbitrarias”. En la mayoría de los despedidos el 1974 y 1975 se los cambió la sanción por la jubilación forzosa. En el caso de los agentes de la PIDE/DO, la CARSR siguió el precedente señalado por los tribunales militares y les restituyó sus derechos como funcionarios, pero sólo si “no habían participado en actividades ilegales”.

Fue durante este periodo que se fijó la “memoria histórica” de los partidos políticos que llegarían a dominar la democracia portuguesa, una memoria que se desarrolló en el discurso oficial con motivo de las celebraciones del aniversario del 25 de abril de 1974. A lo largo de estos años hubo un denominador común para el CDS, el PSD y el PS (aunque con algunas pequeñas diferencias): las primeras elecciones democráticas de 1975 como acontecimiento fundador de la democracia portuguesa y su papel en la resistencia a la “perversión totalitaria” de 1975. El PS insistió en la idea de que los acontecimientos del 25 de noviembre representaban “la reconciliación de la democracia consigo misma” y no el revanchismo anticomunista que habrían deseado algunas derechas populistas.

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Una tienda de comestibles de Vila Franca de Xira muestra la portada del «Diário de Notícias» en la que se anuncia la nacionalización de todos los bancos, el 14 de marzo de 1975. Fotografía: Alfredo Cunha (vía Fundación Mário Soares y Maria Barroso)


Como ya se ha mencionado, el CDS, que había sido objeto de varios ataques violentos durante los primeros años de la transición, tuvo dificultades para afirmarse en la nueva legalidad. Su legitimidad política se materializó finalmente con la derrota de los comunistas en 1975 y fue el único partido que no votó a favor de la Constitución de 1976. El CDS también intentó equiparar simbólicamente los acontecimientos del 25 de noviembre de 1975 con los del 25 de abril de 1974. Para el PSD, las elecciones de 1975 y la “resistencia popular” al comunismo fueron un elemento de su discurso de celebración de la democracia portuguesa. A pesar de eso, y sobre todo durante los primeros años de consolidación democrática, el historial de resistencia a la dictadura de algunos de sus dirigentes fue un elemento importante para que el PSD se desmarcara del CDS. A lo largo del periodo de consolidación democrática, el PSD también se diferenció del PS al pronunciarse en contra del legado militar y económico de la transición.

Heredero de la cultura política del republicanismo antisalazarista, el PS utilizó casi inmediatamente el fuerte historial antiautoritario de sus líderes contra los partidos de derechas. Asimismo, el PS fue también el partido dominante en la lucha contra los comunistas en 1975, y se transformó, durante los primeros años de la democracia portuguesa, en un partido muy próximo al centro del espectro político. El papel del PS en la lucha anticomunista de 1975 constituyó un elemento central de su identidad política y sólo 30 años después de la caída de la dictadura empezó a dar señales que abandonaba este enfoque de “doble legado” en su discurso oficial. El Partido Comunista Portugués (PCP) se convirtió, pues, en el único defensor del legado de la Revolución de Abril contenido en la Constitución de 1976, en particular la reforma agraria y las nacionalizaciones que los primeros gobiernos constitucionales se propusieron revertir.

Las instituciones políticas portuguesas desarrollaron una fuerte “política de la memoria” antiautoritaria

En 1985, en vísperas de la adhesión de Portugal a la Comunidad Económica Europea (CEE), la herencia del doble legado estaba prácticamente extinguida en términos institucionales. No existía ningún partido de derechas con un mínimo de importancia parlamentaria o electoral que representara a la antigua élite o actuara como defensor de los valores autoritarios heredados del salazarismo, mientras que el legado de la tutela militar y del socialismo de estado también había desaparecido después de las reformas constitucionales de 1982 y de 1989.

Las “políticas de la memoria” en la democracia portuguesa

Las instituciones políticas portuguesas desarrollaron una fuerte “política de la memoria” antiautoritaria, ya que la asociaron al legado de la oposición política a la dictadura. El carácter semipresidencialista del sistema político y el hecho de que los dos primeros presidentes civiles (Mário Soares y Jorge Sampaio) fueran miembros activos de movimientos de oposición durante la dictadura fueron importantes desde el punto de vista simbólico. Durante los primeros 30 años de democracia, los presidentes sucesivos rehabilitaron a título póstumo a muchas víctimas de la dictadura y condecoraron miembros de la oposición antisalazarista con la Orden de la Libertad. Calles y otros espacios públicos se renombraron en honor de conocidas figuras de la oposición republicana, comunista y socialista, mientras que el nombre de Salazar, que no era muy utilizado, fue retirado de casi todos los monumentos y plazas públicas y del puente sobre el río Tajo en Lisboa, que fue rápidamente renombrado como puente 25 de Abril.

Otro aspecto del intento de deslegitimar simbólicamente el pasado autoritario fue el cambio de las fiestas nacionales. La fecha de la revolución republicana, el 5 de octubre de 1910, adquirió más importancia, mientras que la festividad del 28 de mayo, que celebraba el golpe militar de 1926, fue sustituida por el 25 de abril, que celebraba la fundación del nuevo régimen democrático. Otra dimensión del legado de la transición se refiere a la presencia de un sólido programa de educación cívica en las escuelas públicas. Aunque con el paso del tiempo se fue cambiando la orientación ideológica más escorada a la izquierda en los libros de texto redactados durante la transición, como ha señalado el politólogo Robert Fishman, en este aspecto “Portugal parece seguir, aunque a distancia, el ejemplo de la primera democracia republicana postrevolucionaria de Europa, Francia, líder mundial en educación para la ciudadanía”. [3]3 — Fishman, R. M. (2019). Democratic Practice: Origins of the Iberian Divide in Political Inclusion. Oxford (Regne Unit): Oxford University Press, p. 49.

A partir de la dècada del 1970 també es va intentar compensar els activistes que van lluitar contra la dictadura, encara que algunes de les propostes no van rebre inicialment l’aprovació parlamentària. Els opositors a la dictadura van haver d’esperar fins al 1997 perquè un govern del PS introduís una legislació que els permetés reclamar cotitzacions de la Seguretat Social i pensions pels anys que van viure en la clandestinitat o a l’exili.

La dificultat de tractar el període inicial de la transició en la “memòria institucional” va continuar molt present fins al canvi de segle. Un exemple en va ser l’exposició oficial, patrocinada pel president Jorge Sampaio i el Govern socialista d’António Guterres, que celebrava els 25 anys de democràcia portuguesa. L’exposició estava dirigida tant a estudiants com al públic en general. Milers de visitants van recórrer els foscos camins del salazarisme, les cambres de tortura de la policia política i passadissos plens de fotografies de presos polítics, mentre se celebraven les figures de l’oposició i de la premsa prodemocràtica. Hi havia un passadís ominós dedicat a la guerra colonial, que acabava en una zona ben il·luminada que celebrava la caiguda de la dictadura. Significativament, l’exposició acabava on començava la democràcia. Tanmateix, s’ometia el turbulent període dels primers anys de la transició, representat simbòlicament per plafons temàtics que descrivien el procés de canvi social i polític que havia tingut lloc durant els 25 anys transcorreguts des de la caiguda del règim de Salazar. Atès el seu llegat, hauria estat molt difícil per a una exposició oficial tractar el període de la transició.

¿Cómo percibe la sociedad portuguesa contemporánea el pasado autoritario y la transición a la democracia? En Portugal, aunque hay muy pocas encuestas que lo corroboren, parecen coexistir la valoración del 25 de abril de 1974 como una ruptura positiva con el pasado y la desconfianza hacia las instituciones democráticas. En el marco de las celebraciones del 30.º aniversario de la democracia, en el 2004 se encargaron varios sondeos de opinión sobre la naturaleza de la transición al país. De los encuestados en uno de los sondeos, el 77% dijo que se sentía orgulloso de cómo se había desarrollado la transición, mientras que la mayoría de los portugueses (52%) consideraba que el golpe de estado del 25 de abril de 1974 había sido el acontecimiento más importante de la historia del país. Al desagregar las respuestas según la opción de voto, se observaban ciertas diferencias: los votantes de derechas eran más propensos a creer que la adhesión a la Unión Europea o la independencia respecto de España en el siglo XVII fueron acontecimientos más significativos. El Estado Novo se valoraba negativamente, mientras que el 25 de abril se valoraba positivamente, con una minoría del 17% y el 14%, respectivamente, que creían que la dictadura fue una cosa buena y el 25 de abril un acontecimiento negativo.

El final del imperio, la consolidación democrática y la pertenencia a la Unión Europea sirvieron para cerrar muchas de las divisiones causadas por la transición

principios del siglo XXI? Con la excepción de los votantes del PCP, la respuesta es que no. Si consideramos que la Constitución de 1976 reflejaba el dominio abrumador de la izquierda durante el proceso de transición, las revisiones posteriores revelan la influencia de la derecha. El final del imperio, la consolidación democrática y la pertenencia a la Unión Europea sirvieron para cerrar muchas de las divisiones causadas por la transición.

La democracia es el tipo de régimen preferido por el 72% de los portugueses, independientemente de la edad o las convicciones políticas. Los acontecimientos del 25 de abril se han asociado positivamente con una mejora del nivel de vida general de la población, ya que el 68% de los portugueses cree que Portugal es un lugar mejor gracias a la transición a la democracia. Sin embargo, estas encuestas también indican que los portugueses tienen una baja opinión del funcionamiento y de la “calidad” de su democracia. Y algunos estudios comparativos muestran que, de todas las naciones europeas, los portugueses son los que menos confían en sus instituciones de gobierno.

Hasta a principios del siglo XXI, la sociedad portuguesa a duras penas tuvo debates públicos esporádicos, iniciativas parlamentarias y escasas “erupciones de memoria” en el seno de la sociedad civil sobre el pasado autoritario. Con todo, algunos episodios volvieron a colocar el pasado en la esfera pública: una entrevista secreta con un antiguo inspector de la PIDE que había sido juzgado y condenado en rebeldía; una pensión concedida a un antiguo funcionario de la policía política por “servicios a la nación”, y un programa de televisión en que la audiencia votó al antiguo dictador como el portugués más importante de la historia. Sin embargo, es cierto que ninguno de estos episodios dividió especialmente a la sociedad portuguesa. No se puede decir lo mismo del pasado colonial y de las guerras coloniales de la dictadura.

Una de las características de la “política de la memoria” de la democracia portuguesa ha sido la contradicción entre una actitud de ruptura que denunciaba la dictadura el 1974-1975 y una “desaparición memorial” de la guerra colonial y del colonialismo durante los años de consolidación democrática. La contradicción se explica en parte por el hecho que los actores centrales del 25 de abril de 1974 fueron también los actores de la resistencia militar a la descolonización. Hubo, pues, una “venganza” contra el pasado dictatorial, pero no contra su parte colonial, y se ha mantenido en el discurso político y en las instituciones un excepcionalismo lusotropicalista [4]4 — El lusotropicalismo es una teoría desarrollada por el sociólogo brasileño Gilberto Freyre que afirma que la colonización portuguesa fue diferente de otras colonizaciones europeas en los trópicos y que esta diferencia se manifestó en el mestizaje y la interpenetración cultural. difuso.

La descolonización y la opción europeísta generaron una importante producción ideológica por parte de ciertos segmentos de la élite intelectual, aunque la “crisis de identidad” tantas veces anunciada no llegó a manifestarse nunca de forma tangible. Después de una fase de recriminaciones, especialmente por parte de los sectores conservadores, que se manifestó en las numerosas críticas a la descolonización formuladas en la segunda mitad de los años setenta, se crearon, aunque con éxito escaso, pequeños partidos de extrema derecha en un intento de capitalizar el descontento de los sectores más afectados, especialmente los retornados de África. Tampoco tuvo mucho éxito la reconversión de las ideologías conservadoras hacia un discurso de defensa de una “identidad nacional” amenazada por su disolución en una Europa comunitaria.

La elaboración de discursos identitarios nacionalistas en reacción a la disolución del espacio europeo surgió en Portugal a la década de 1970, con un conservadurismo que hacía un uso instrumental de la vocación exclusivamente atlantista del país, de un lado, y una defensa más economicista de los “intereses de las fuerzas productivas nacionales” ante el capitalismo europeo, del otro. Finalizado el mito de las colonias, las élites democráticas consiguieron consolidar en la opinión pública la opción europea como la única que podía recrear una relación importante con los nuevos países africanos de lengua portuguesa, ya que las relaciones económicas que tenían casi habían desaparecido y los vínculos políticos se habían deteriorado después de la ola independentista de 1975.

Una de las características de la “política de la memoria” de la democracia portuguesa ha sido la contradicción entre una actitud de ruptura que denunciaba la dictadura y una “desaparición memorial” de la guerra colonial y del colonialismo durante los años de consolidación democrática

En 1978, tres años después de la descolonización, la gran mayoría de los portugueses, casi el 70%, pensaba que “Portugal tendría que haber dado la independencia a estos países”, aunque garantizando los derechos de los portugueses que vivían allí. Sólo el 2,2% de los encuestados estaba a favor de continuar la lucha contra los movimientos de liberación. Sin embargo, en 1978 había una minoría significativa, en torno al 20%, que pensaba que Portugal no podría sobrevivir económicamente sin las antiguas colonias. La desaparición progresiva de este punto de vista parece indisolublemente vinculada a la perspectiva de adhesión a la CEE. [5]5 — Ver: Bruneau, T. C.; MacLeod, A. (1986). Politics in Contemporary Portugal: Parties and the Consolidation of Democracy. Boulder: Lynne Rienner.

Con el crecimiento, después de muchos años, de un partido populista de derecha radical, la activación y la radicalización de las “políticas de la memoria” han vuelto ocasionalmente a la arena política y al espacio público. En tanto que el pasado dictatorial parece menos susceptible de ser movilizado por la derecha radical, los debates se concentran más en los legados del colonialismo que en la transición democrática, marcada sobre todo por el resurgimiento de las celebraciones del 25 de noviembre.

  • Referencias y notas

    1 —

    Pinto, A. C. (2006). “Authoritarian Legacies, Transitional Justice and State Crisis in Portugal’s Democratization”. Democratization, vol. 13, núm. 2, p. 173-204.

    2 —

    Raimundo, F.; Almeida, C. G. (2019). “The Legacy of the Portuguese Transition to Democracy. April-Warriors versus November-Warriors”. A: Cavallaro, E.; Kornetis, K. (ed.). Rethinking South European Democratization in Spain, Greece and Portugal. Londres: Palgrave Macmillan, p. 45-69.

    3 —

    Fishman, R. M. (2019). Democratic Practice: Origins of the Iberian Divide in Political Inclusion. Oxford (Regne Unit): Oxford University Press, p. 49.

    4 —

    El lusotropicalismo es una teoría desarrollada por el sociólogo brasileño Gilberto Freyre que afirma que la colonización portuguesa fue diferente de otras colonizaciones europeas en los trópicos y que esta diferencia se manifestó en el mestizaje y la interpenetración cultural.

    5 —

    Ver: Bruneau, T. C.; MacLeod, A. (1986). Politics in Contemporary Portugal: Parties and the Consolidation of Democracy. Boulder: Lynne Rienner.

António Costa Pinto

António Costa Pinto

António Costa Pinto es profesor titular de la Universidad Lusòfona, con sede en Lisboa, e investigador coordinador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa. Ha sido profesor visitante en la Universidad de Stanford y en la Universidad de Georgetown, e investigador visitante en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad de Nueva York. Su investigación se centra en el fascismo y el autoritarismo, las élites políticas y la democratización, entre otros. Recientemente ha publicado el libro O Essencial da Política Portuguesa (Lisboa, Tinta da China, 2022). También es autor de la obra América Latina en la era del fascismo (Granada, Comars, 2023).