Hace 25 años, en Barcelona, se reunía la primera Conferencia Ministerial Euromediterránea, con la Declaración Final en la que se ponía en marcha lo que se ha convertido en el llamado Proceso de Barcelona. La conmemoración es un momento propicio para evaluar el camino recorrido, analizar críticamente la situación actual y prever de la mejor manera posible el futuro.


Una Asociación Euromediterránea para la modernización del mundo árabe-mediterráneo

La Conferencia de Barcelona de 1995 fue una ocasión extraordinaria para plantear con ambición el acercamiento de Europa a los países árabes mediterráneos y mejorar claramente los problemas tradicionales de desigualdad, falta de acuerdo y de confrontación que arrastraba desde tiempos inmemoriales el mundo mediterráneo. La constatación general era que la situación de excesiva diferencia entre los niveles de vida y de progreso económico entre Europa y el Sur del Mediterráneo era insostenible. Después de toda una serie de intentos europeos demasiado débiles de poner en marcha varios sistemas de ayuda hacia los países árabe-mediterráneos, finalmente el año 1995 la ocasión era propicia para emprender una gran política de la Unión Europea hacia el Sur y el este del Mediterráneo.

Paradójicamente, la ocasión vendría propiciada por un hecho poco mediterráneo. La caída del muro de Berlín en 1989 fue vista por parte de Alemania como una ocasión para reunificar el país y atraer hacia la Europa Occidental el gran conjunto de los países de la Europa Central a través de la empresa, por parte de la Europa comunitaria, de una gran política de cooperación. Esta política los tenía que ayudar a transitar hacia sistemas democráticos de libre mercado. Los países del Sur de Europa, y en especial España, enseguida vieron una gran oportunidad para lograr el pacto, dando apoyo siempre que fuera acompañado de una política comunitaria europea cabe en los países del Sur del Mediterráneo. De este gran pacto salieron las políticas Phare y Thacis hacia el Este y el proyecto de Asociación Euromediterránea denominado Proceso de Barcelona hacia el Sur.

El Proceso de Barcelona, de acuerdo con la declaración final de 1995, planteaba un pacto histórico de Europa con los países del Sur y el este del Mediterráneo en un gran proyecto de cooperación y asistencia que ayudara de manera decisiva la modernización económica, social e institucional de los países del Sur.

El Proceso de Barcelona planteaba un pacto histórico de Europa con los países del Sur y el este del Mediterráneo en un gran proyecto de cooperación y asistencia que ayudara de manera decisiva la modernización económica, social e institucional de los países del Sur

La triple gran finalidad del Proceso de Barcelona ha sido desde el comienzo la construcción en torno al Mediterráneo de una gran área de paz y estabilidad, de progreso económico compartido y de diálogo y entendida entre los diferentes pueblos y culturas. Se trataba de un proyecto político de gran alcance histórico, que tenía un motor económico. Aspiraba a poner en marcha una Zona euromediterránea de Libre Cambio con apoyo técnico y financiero europeo de los programas Meda, que tendría que provocar un círculo virtuoso en el Sur del Mediterráneo. Todo, tendría que ayudar a poner al día las instituciones económicas de los países del Sur, acercándoles a «el acquis communautaire» prevalente en la Europa Occidental, espacio económico donde se los proponía participar. Cabe mencionar que el punto esencial era el compromiso de los países del Sur de impulsar las reformas necesarias a fin de que un círculo virtuoso de esta naturaleza se pudiera poner en marcha y fuera capaz de impulsar el desarrollo y la transformación económica del país. El gran mercado europeo impulsaría entonces, con su demanda, las inversiones, el crecimiento y la creación de puestos de trabajo en los nuevos países socios del Sur del Mediterráneo. La acogida de la propuesta por parte de los países del Sur y de sus sociedades fue entusiasta. De hecho, hoy podríamos decir que las esperanzas eran tan grandes que el riesgo de no satisfacerlas lo era también.

Una de las características principales del Proceso de Barcelona consistía en hacer un llamamiento a la participación de la sociedad civil. Por esta razón, el Instituto Catalán del Mediterráneo, nombre con el que se conocía entonces el IEMed bajo la dirección de Baltasar Porcel, organizó en aquellos mismos días, y por encargo de la Comisión Europea y de la Presidencia española de aquel semestre, el primer gran Foro Civil EuroMed, donde participaron más de dos mil doscientas personas representativas de todos los órdenes de la vida civil de Europa y de los ahora países socios mediterráneos.

Así se iniciaba lo que podríamos llamar el periodo clásico del Proceso de Barcelona, con la firma de los correspondientes Tratados de Asociación, empezando por los de Túnez y Marruecos y continuando por todo el resto, salvo Libia, que no participaba por el aislamiento que se le había impuesto después de los atentados de Lockerbie y Berlín, y de Siria, que siempre arrastró los pies sin poner nunca en marcha su proceso de participación.

En los años siguientes, hasta la Presidencia española de la UE del 2002, se fueron poniendo las piezas de los tres pilares del Proceso de Barcelona. En el ámbito político lo podríamos simbolizar con la institución de la Asamblea Parlamentaria Euromediterránea; en el terreno económico, con la Facilidad Euromediterránea Femip (Facilité Euro-mediterrannéene d’Investissement et de Partenariat) del Banco Europeo de Inversiones; y en el tercer pilar del Proceso, con la creación de la Fundación Anna Lindh para el diálogo intercultural.

A partir del 2004 se ponen en marcha dos grandes proyectos de profundización del Proceso de Barcelona. En primer lugar, desde el punto de vista bilateral –con cada país socio–, con la PEV o Política Europea de Vecindad, que consistía fundamentalmente en la aplicación en los países socios del Sur de la política de pre-adhesión que tanto éxito había tenido por la transformación espectacular de los países de Europa Central, que se incorporaron a la Unión Europea a partir de 2004. Como explicó el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, se trataba de una invitación en toda regla con la finalidad que los países socios del sur y el este del Mediterráneo se incorporaran al “mercado interior” europeo en la medida en que quisieran [1]1 — El programa bilateral de modernización se implementaba a través de los correspondientes Planes de Acción pactados con los respectivos gobiernos, que podían disponer de la ayuda financiera de los fondos europeos de la PEV y de la asistencia técnica, inspirada en la de pre-adhesión que tanto había ayudado los países de Europa Central. .

En segundo lugar, a partir del 2008 se pone en marcha la profundización regional –multilateral– del Proceso de Barcelona con la creación de la Unión por el Mediterráneo (UpM). Importante en el nuevo marco de cooperación euromediterránea era la creación de un Secretariado permanente con sede en el Palau de Pedralbes de Barcelona. Era todo un reconocimiento al símbolo de la cooperación Euro-mediterránea que el nombre de Barcelona había sido desde 1995. A propuesta del presidente francés Nicolas Sarkozy se quería adoptar, además, una actitud más pragmática con el impulso de proyectos concretos de orden práctico y aplicado y se pretendía impulsar el co-ownership por parte de los países socios a través de la creación de una co-presidencia Norte-Sur.


Una realidad alejada de las expectativas

Sin embargo, la realidad era que quince años después de la creación del Proceso de Barcelona, a pesar de la construcción progresiva del Partenariado o Asociación Euromediterránea, prevalecía el sentimiento de que la realidad había quedado muy lejos de las expectativas suscitadas inicialmente. La financiación europea era esquelética para las tareas propuestas y los regímenes autoritarios del Sur no habían llevado a cabo las medidas de reforma necesarias para aprovechar las ventajas o facilidades del Partenariado o Asociación Euromediterránea. Además, buena parte de de las poblaciones del Sur empezaban a ver la política Euromediterránea de la UE como un apoyo a los regímenes autoritarios de sus países, especialmente después de las proclamas del presidente Sarkozy sobre pragmatismo y despolitización del Proceso de Barcelona, que dejaban de lado la insistencia en la democratización y los derechos humanos. Todo conducía a una frustración de las poblaciones del Sur, cada día más conscientes de la situación a causa de los progresos que, a pesar de todo, había hecho la educación, a las facilidades de las nuevas redes de comunicación social y a la aparición de nuevos medios de comunicación como la cadena televisiva Al-Jazeera, que emitía en árabe desde Catar, donde podían ver y escuchar cada día las noticias críticas hacia los regímenes depredadores y autoritarios de su propio país. Toda una novedad en el mundo árabe.

En este contexto, se produjo en Túnez la chispa de la inmolación del joven Mohamed Bouazizi como reacción de rabia y de dignidad contra la opresión, que desencadenó una revolución ciudadana y democrática impensable e imprevista; primero en Túnez, derribando el régimen de Ben Alí, y después en Egipto, derribando, también, el Presidente Mubarak. Desde allí el movimiento revolucionario se extendería al conjunto del mundo árabe con un éxito diferenciado [2]2 — En algunos países, como Egipto y Túnez, la revolución triunfó, a pesar de que en Egipto el golpe de estado del general Al-Sissi contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes revirtió la situación, haciendo que el país volviera a la tradición del régimen militar autoritario. Otros países, en especial el Marruecos y también Jordania, emprendieron un proceso de reformas constitucionales y legislativas que permitieron reconducir la situación. Otros, como Argelia, financiaron la paz social aumentando sueldos y salarios con las rentas del gas y del petróleo y con pocas reformas. Finalmente, en algunos casos el movimiento revolucionario fue ahogado en sangre por los correspondientes regímenes, lo cual desembocó en largas y crueles guerras civiles como las que se han producido a Siria y a Libia. .

El cierto es que las Primaveras Árabes cogieron el Proceso de Barcelona a contrapié. Justo cuando el impulso de la nueva política del presidente Sarkozy proponía abandonar la insistencia en la democratización, los derechos humanos y las reformas, las poblaciones árabes emprendieron sus revoluciones ciudadanas en nombre justamente de aquellos principios que el Proceso de Barcelona había estado predicando desde 1995, y que justamente se habían dejado de lado desde el 2008. Ahora eran las propias poblaciones árabes las que cogían las riendas de su destino, reclamante democracia y derechos humanos.

La revoluciones democráticas de las Primaveras Árabes que se produjeron a partir del 2011 significaban en realidad la crisis del sistema autoritario árabe tradicional heredad de los movimientos de liberación desde la independencia, impregnados de la ideología del nacionalismo árabe moderado o radical según la adscripción de cada país en la confrontación bipolar de la época. Todos, sin embargo, “progresistas” o conservadores, eran regímenes autoritarios de partido único de manera más o menos evidente, burocratizados e imbuidos de la ideología del intervencionismo del Estado, tanto en la economía como en el resto de ámbitos.

Las revoluciones democráticas de las Primaveras Árabes que se produjeron a partir de 2011 significaban en realidad la crisis del sistema autoritario árabe tradicional heredado de los movimientos de liberación desde la independencia

Al sobrevenir las Primaveras Árabes, la crisis del sistema autoritario árabe tradicional se desencadena a causa de la frustración acumulada por tres fenómenos diferentes. En primer lugar, la decepción por la falta de desarrollo, progreso económico y social prometido por la independencia. A lo largo de los años sesenta, setenta y ochenta las poblaciones árabes vieron como a raíz de la independencia no se seguía el desarrollo económico y social prometido, sino la persistencia de una situación de pobreza y precariedad para las crecientes masas de población. En segundo lugar, la frustración por el fracaso y derrota reiterada de todos los ejércitos árabes combinados ante el pequeño y odiado Estado de Israel, que pisaba los derechos de los palestinos y usurpaba su territorio. Si la derrota de 1948 fue el ingrediente fundamental para la caída de la monarquía egipcia del rey Faruk, la derrota todavía más desgarradora de 67, el verdadero hundimiento árabe, y no sólo palestina, la Nakba, fue el ingrediente fundamental en la caída del raïs Nasser. En tercer lugar, la frustración creciente y la rabia causada por la perpetuación de unos poderes corruptos y depredadores y el incumplimiento de la promesa de democracia que había ido históricamente asociada al horizonte de la independencia.

La crisis del tercermundismo, el hundimiento del bloque soviético y el triunfo final del liberalismo occidental no hicieron más que echar leña al fuego. El desarrollo, a pesar de todo, de las clases medias y la modernización de la juventud y de aquellas partes de la población más urbanas, convivía con la falta de oportunidades para los jóvenes y el creciente retraso económico, cada vez más marcado respecto de sus vecinos del norte europeo.


Un contexto internacional crecientemente complicado

La ventana de oportunidad por la Paz en el Oriente Medio, abierta por la conferencia de Madrid de 1991 y las subsiguientes conversaciones de Oslo, momento de optimismo y esperanza del cual surgió el Proceso de Barcelona, se encerró bruscamente con el asesinato de los máximos impulsores del Proceso de Paz, el primer ministro israelí Isaac Rabin y del Presidente egipcio Anouar Al Sadat, en ambos casos en manos de extremistas de su propio bando. A pesar de todo, el Proceso de Barcelona continuó, de manera tal que las Conferencias Ministeriales Euro-Mediterráneo eran el único foro donde se encontraban regularmente los representantes de Israel y de los países árabes, tuvieran estos o no relaciones diplomáticas formales con el Estado judío. La evolución posterior, además, resultó cada vez más difícil. Las confrontaciones en aquella complicada parte del mundo que va de las montañas de Afganistán a las costas mediterráneas de Siria y el Golfo, incidieron progresivamente en el mundo euromediterráneo y, por descontado, en toda la escena internacional. Los mega-atentados del 11 de septiembre de 2001 y las guerras subsiguientes en Afganistán y especialmente en Irak, complicaron extraordinariamente la situación. En el mundo árabe-mediterráneo el estallido del terrorismo internacional facilitó en realidad un fortalecimiento de los regímenes autoritarios árabes tradicionales, como el de Ben Alí en Túnez, regímenes que se presentaban ante sus interlocutores europeos y ante la comunidad internacional como la garantía de estabilidad, control y lucha contra los movimientos de terrorismo violento.

Toda esta situación consolidó todavía más el concepto de la excepción árabe. Es decir, que el mundo árabe es un caso aparte y no se incorpora a las consecutivas olas de democratización que han ido configurando la escena internacional desde la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial [3]3 — La construcción comunitaria de la Europa democrática desde el año 57; el proceso de descolonización en los sesenta; la llegada finalmente de la democracia en el Sur de Europa (España, Grecia y Portugal) en los años setenta; las democratizaciones en América Latina los años ochenta; en Europa Oriental y en la Sudáfrica a los noventa e incluso en torno al dos mil y en el Asia Suroriental, no encontraban el arreglo de un proceso similar en el mundo árabe. .

En el ámbito económico se producía una excepción similar [4]4 — Las transformaciones económicas que se habían producido en otros lugares del mundo no se terminaban de realizar en el mundo árabe. Y al desplazarse el centro de gravedad mundial cabe en el Pacífico, incluso desde un punto de vista geográfico, parecía que a los países árabes se les escapaba otra vez el tren de la historia. . Eso sí, el petróleo fluía intensamente, financiando proyectos megalómanos en países del Golfo y proporcionando rentas increíbles a la élite de estos países, que se invertían fundamentalmente en los mejores barrios de París, Londres, Nueva York o la Costa del Sol española y la Costa Azul francesa.

El gran sueño euromediterráneo que representaba el Proceso de Barcelona, sin embargo, seguía en pie. La economía europea, el gran mercado europeo y el éxito de la progresiva integración de la Unión Europea permitían tener esperanzas en el hecho de que esta ola de crecimiento económico podría hacer realidad aquella promesa de progreso compartido de la Declaración Final de Barcelona de 1995.

Es entonces cuando Europa y el Mediterráneo toman conciencia progresiva de sus múltiples complementariedades. Europa se reconoce como una sociedad progresivamente envejecida por comparación a la plétora de juventud demográfica de los países socios mediterráneos. El gran mercado europeo, el más potente del mundo por la amplitud y el nivel de la demanda que representa, puede arrastrar las inversiones y el crecimiento económico de los países del Sur que ya han firmado con la Unión Europea sus tratados de libre comercio industrial [5]5 — Es cierto que, contrariamente a las demandas del Sur, no se han incorporado todavía, a pesar de las promesas, los productos agrícolas ni los servicios, y que existen innumerables trabas en el desplazamiento de los trabajadores. Pero de Europa es de donde vienen las inversiones, la tecnología, los turistas y las transferencias de dinero de los trabajadores emigrados. Y en Europa es donde van los emigrantes y donde va la mayor parte de las exportaciones, hasta más del 70% en los países del Magreb. . Marruecos, por ejemplo, que había tenido un crecimiento de un 1% anual del PIB per cápita durante los años 90, aumentó este ritmo hasta el 3,4% entre el 2000 y el 2015. Era una gran mejora, pero insuficiente para convertirse en un “tigre” como los asiáticos y acercar distancias con los niveles económicos europeos, a pesar de ser, como muchas veces se ha dicho, el mejor alumno del Proceso de Barcelona.

Es justamente la evolución de las mentalidades y las expectativas frustradas de los segmentos más activos de la población lo que llevó al estallido de las Primaveras Árabes y lo que sigue siendo el motor de este proceso revolucionario inacabado

Así pues, se produjo una cierta convergencia con los niveles económicos de Europa Occidental, teniendo en cuenta los ritmos de crecimiento encara menores prevalentes en Europa. No obstante, el diferencial en términos absolutos había aumentado enormemente y, con estos ritmos de crecimiento, harían falta demasiados decenios para que se produjera una convergencia significativa. Para convertirse en un “tigre” y dar un salto significativo como habían hecho los asiáticos hacen falta uno ritmos de crecimiento por encima del 6,5%, o más del 10% en el caso de China. Y para crecer más fuertemente se necesitan reformas mucho más profundas y significativas que las que se habían llevado a cabo en los países socios mediterráneos. La realidad era que los regímenes árabes habían rehusado las reformas comprometidas en Barcelona en 1995, de una manera profunda en el ámbito político e institucional, el el de los derechos humanos y de libertades públicas, pero también en el ámbito social y económico. Las privatizaciones de las empresas públicas se habían hecho fundamentalmente en beneficio de las élites privilegiadas próximas o partícipes del poder. La burocratización continuaba más fuerte que nunca. La liberalización arancelaria había sustituido los antiguos aranceles por todo tipo de impedimentos y de licencias que se otorgaban discrecionalmente. La reforma del sistema bancario y financiero o las facilidades para crear empresas seguían arrastrando los pies [6]6 — Si en 1995 el PIB per cápita de los países socios mediterráneos, sin tener en cuenta Turquía, era el 10,52% de la media europea, en el 2015 este porcentaje llegaba al 14,4%. Entre 1995 y el 2015 Marruecos pasaba del 8,6% de la media europea en PIB per cápita al 9,5%. Había, pues, una cierta convergencia, pero demasiado débil para tener un impacto comparable a los “tigres”. Partían de una situación demasiado desfavorecida. El PIB per cápita de los países mediterráneos era de 1.741 $ en 1995. Con un crecimiento acumulado hasta el 2015 del 249%, se le añadían 2.605 $, llegando a 4.340 $. Los países de la Unión Europea crecían en aquel periodo sólo un 182%. En términos absolutos, sin embargo, eso le añadía a su PIB per cápita inicial de 16.522 $ otros 13.599 $, llegando a 30.121 $ per cápita en el 2015. Vid. S. Florensa, 2020, p. 99. .

A pesar de este cúmulo de dificultades, sin embargo, las sociedades árabes han seguido haciendo su camino, especialmente la juventud, las clases urbanas profesionales y las mujeres. Y fue justamente esta evolución de las mentalidades y las expectativas frustradas de estos segmentos más activos de la población, confrontada al inmovilismo de los sistemas autoritarios tradicionales, lo que llevó al estallido de las Primaveras Árabes y lo que sigue siendo el motor de este proceso revolucionario inacabado, que sigue siendo vigente de diferentes formas según los países.


¿Se puede hacer balance?

El balance del Proceso de Barcelona es, pues, un ejercicio complicado. En primer lugar, porque vemos el que se produce, lo que de hecho realmente sucede, pero no lo que se ha evitado, lo que no ha sucedido. El que es seguro es que, vista la avalancha de violencia, guerras e inestabilidad que ha caído sobre el mundo mediterráneo procedente del Oriente Medio y de las guerras del Afganistán, de Irak, de Siria, del Yemen, de Libia, sin el Proceso de Barcelona las cosas habrían sido mucho peores. Sin la presencia y la efectividad, todavía mitigada, de la Política Euro-mediterránea de la Unión Europea, la realidad del mundo mediterráneo habría sufrido de forma mucho más próxima la vorágine desencadenada desde el 2001. A pesar de la continua interferencia de los antiguos o nuevos poderes que intervienen y atizan los conflictos de la región, el resto de países, en la medida en que han podido evitar la violencia abierta y la destrucción, han tenido, como decíamos antes, un progreso limitado, pero cierto y existente. Por eso siguen siendo más válidas que nunca las grandes finalidades y los objetivos que nos habíamos fijado en Barcelona en 1995: trabajar para construir en torno al Mediterráneo un área de paz y estabilidad, de progreso económico compartido y de diálogo entre los diferentes pueblos y culturas. Y por eso sigue siendo importante el Proceso de Barcelona y su instrumento hoy fundamental, la Unión por el Mediterráneo y su Secretariado permanente en Barcelona.

De cara al futuro parece claro que en el mundo se irán configurando unas grandes áreas de cooperación y de integración, al menos comercial. Lo hemos visto en el sureste asiático con el ASEAN, en el continente norteamericano, en la América Latina, en la China con sus vecinos asiáticos, etcétera. La crisis de la pandemia de la Covid-19 lo ha puesto todavía más de manifiesto. La rotura de las cadenas de valor e incluso las dificultades de aprovisionamiento desde China y países lejanos, han puesto de manifiesto las ventajas de las deslocalizaciones en zonas próximas y complementarias. Para Europa, esta zonas son forzosamente los países árabes mediterráneos y el resto del África. Por eso la Unión Europea tiene que continuar con una Política Euromediterránea renovada y decididamente fortalecida con medios mucho más importantes que los que hasta ahora había tenido. También en eso la crisis de la Covid-19 puede aportar alguna herencia positiva. Hemos visto cómo aparecían unas disponibilidades presupuestarias realmente insospechadas. Se ha hablado incluso del hecho de que estamos en un momento Hamiltoniano en Europa [7]7 — El primer Secretario del Tesoro norteamericano con el presidente George Washington, Alexander Hamilton, consiguió impulsar decisivamente la construcción y consolidación de los Estados Unidos como república con un poder federal fuerte, federando la deuda pública que las 13 colonias habían contraído para financiar la guerra por la independencia norteamericana. Con la federación de la deuda fortaleció, obviamente, la capacidad financiera y de hecho creó el sistema fiscal federal de los Estados Unidos. .

Sin la presencia y la efectividad, todavía mitigada, de la Política Euro-mediterránea de la Unión Europea, la realidad del mundo mediterráneo habría sufrido de forma mucho más próxima la vorágine desencadenada desde el 2001

Además del impacto negativo a nivel sanitario, económico y social de la pandemia, la buena noticia es ahora el programa Next Generation de la Unión Europea y el paso adelante que representa por la propia construcción de la Unión. Con respecto a la Política Euromediterránea, resulta importante la vertiente financiera del Next Generation hacia los países de la vecindad y lo que estos nuevos programas pueden representar para los socios mediterráneos, cuyas previsiones generales ya están contenidas en los nuevos planes financieros plurianuales de la Unión Europea. Quizás así podremos salir de la indigencia que ha sido la norma, desde un punto de vista presupuestario, de los programas euromediterráneos.

Es necesario y hay que esperar que la Política Europea de Vecindad y la propia Unión por el Mediterráneo vean fortalecidas de una manera decisiva sus capacidades para inducir los cambios en las políticas económicas y sociales necesarias a los países socios del Sur. Más allá, hace falta establecer también unas bases efectivas y empezar a trabajar con el resto de países africanos para construir esta gran área de cooperación y de integración, al menos comercial y en algunos otros aspectos determinantes, con el resto de países africanos. Nuestra gran área de cooperación y de integración en la globalidad tiene que ser necesariamente euro-africana.

Los nuevos retos

El impacto económico y social de la pandemia de la COVID-19 ha sido realmente importante. Para avanzar hacia la recuperación y la reanudación el problema mayor puede venir de las diferentes capacidades de los países para llevar a cabo una recuperación transformadora en positivo de sus economías. Parece claro –y así lo apuntan todos los condicionantes de eligibildad de ayudas y las disposiciones que acompañan el programa Next Generation de la Unión Europea– que no volveremos a una reconstrucción de las economías europeas tal como estaban antes de la crisis sanitaria.

Hay toda una serie de emergencias que no son nuevas, pero que ahora es evidente que no podemos seguir dejando de lado. En primer lugar, la emergencia ambiental. El cambio climático está teniendo impactos en los países del norte de África y del Sahel, y el Mediterráneo en general es un mar especialmente frágil, como explican los expertos del MedECC en este artículo. Hay que esperar que Europa sea abanderada en la lucha contra el cambio climático, no sólo dentro de su continente sino también en el ámbito de la vecindad. Es por eso que la concertación de las políticas europeas con sus socios mediterráneos a través de la UpM son fundamentales.

Es necesario que esta emergencia ecológica se vea corregida por una serie de transiciones importantes. En primer lugar, por la transición energética, ayudando a la implantación de energías limpias y renovables a fin que el mix energético vaya siendo cada vez más adecuado en el conjunto del Mediterráneo.

Igualmente, tenemos que emprender la transición digital, a fin de que la reanudación económica se haga en sectores de futuro y la digitalización se introduzca de manera transversal en todos los sectores, dando un salto cualitativo en su productividad y en su aportación al PIB y al bienestar general. También hay que avanzar en una transición desde el punto de vista social y humano. Tiene que haber un desarrollo inclusivo a fin de que los jóvenes puedan desarrollar sus capacidades. Eso implica corregir los fines ahora crecientes desigualdades, tanto internas como entre los países del Norte y los del Sur. Hace falta, por último, que haya también una transición en la gobernanza.

La tarea es, pues, ingente: necesitamos un Proceso de Barcelona y una Unión por el Mediterráneo renovadas, que sean un instrumento para la transición del mundo árabe Mediterráneo hacia la modernidad

No será fácil, pero hace falta que las profundas transformaciones que despuntan en el mundo árabe den su fruto en un sentido positivo, ayudante a la construcción de sistemas democráticos donde la solidaridad y el ejercicio de las libertades sustituya las tradiciones de autoritarismo y sus secuelas. La educación será fundamental para llevar a cabo estas transformaciones asegurando las posibilidades a los jóvenes e incluyendo a las mujeres en la construcción de sus sociedades.

A nivel global, estos nuevos retos son aquellos en los cuales intenta hacer frente la Agenda 2030 de Naciones Unidas. Son los famosos SDG, Sustainable Development Goals (OSD, Objetivos de Desarrollo Sostenible) que tienen como objetivo la promoción de un desarrollo inclusivo y sostenible para todo el planeta. Como apunta la Resolución del 2015 con que la ONU aprobaba la Agenda 2030, «quizás somos la última generación que tiene la posibilidad de detener la destrucción del planeta».

La tarea es, pues, ingente. Nos hace falta un Proceso de Barcelona renovado, que nos ayude a afrontar unos problemas también ingentes. Fundamentalmente, hace falta que el Proceso de Barcelona y la Unión por el Mediterráneo sean un instrumento para la transición del mundo árabe mediterráneo hacia la modernidad. La transición democrática que están reclamando sus sociedades es un proceso complicado, que no está libre de dificultades. El mundo árabe se encuentra en un momento de gran esperanza, y también de gran dificultad, pero está claro que no puede seguir siendo la excepción. La democracia no son sólo elecciones, no es sólo aprobar una constitución. La democracia es, de hecho, un sistema social que incluye instituciones y valores, así como los comportamientos colectivos adecuados, que necesita una base económica y social de carácter también democrático correspondiente. Por eso hace falta un inmenso esfuerzo de todo el mundo. El impulso de la sociedad civil del mundo árabe es evidente que hace tiempo que existe. Hace falta que lo sean también el esfuerzo y el acierto de las políticas públicas adecuadas por parte de sus propias instituciones, como también el acompañamiento solidario y eficaz de sus socios europeos.

Eso es lo que significa hoy el Proceso de Barcelona. Por eso es necesaria, ahora más que nunca, una política acertada y eficaz y una cooperación digna de este nombre en todo el conjunto de la Unión Europea y sus países miembros hacia sus vecinos, los países socios mediterráneos. En este gran esfuerzo tendrá que jugar un papel esencial y crucial la Unión por el Mediterráneo y su Secretaría General desde Barcelona. Y hará falta que todos ayudemos.

  • NOTAS

    1 —

    El programa bilateral de modernización se implementaba a través de los correspondientes Planes de Acción pactados con los respectivos gobiernos, que podían disponer de la ayuda financiera de los fondos europeos de la PEV y de la asistencia técnica, inspirada en la de pre-adhesión que tanto había ayudado los países de Europa Central.

    2 —

    En algunos países, como Egipto y Túnez, la revolución triunfó, a pesar de que en Egipto el golpe de estado del general Al-Sissi contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes revirtió la situación, haciendo que el país volviera a la tradición del régimen militar autoritario. Otros países, en especial el Marruecos y también Jordania, emprendieron un proceso de reformas constitucionales y legislativas que permitieron reconducir la situación. Otros, como Argelia, financiaron la paz social aumentando sueldos y salarios con las rentas del gas y del petróleo y con pocas reformas. Finalmente, en algunos casos el movimiento revolucionario fue ahogado en sangre por los correspondientes regímenes, lo cual desembocó en largas y crueles guerras civiles como las que se han producido a Siria y a Libia.

    3 —

    La construcción comunitaria de la Europa democrática desde el año 57; el proceso de descolonización en los sesenta; la llegada finalmente de la democracia en el Sur de Europa (España, Grecia y Portugal) en los años setenta; las democratizaciones en América Latina los años ochenta; en Europa Oriental y en la Sudáfrica a los noventa e incluso en torno al dos mil y en el Asia Suroriental, no encontraban el arreglo de un proceso similar en el mundo árabe.

    4 —

    Las transformaciones económicas que se habían producido en otros lugares del mundo no se terminaban de realizar en el mundo árabe. Y al desplazarse el centro de gravedad mundial cabe en el Pacífico, incluso desde un punto de vista geográfico, parecía que a los países árabes se les escapaba otra vez el tren de la historia.

    5 —

    Es cierto que, contrariamente a las demandas del Sur, no se han incorporado todavía, a pesar de las promesas, los productos agrícolas ni los servicios, y que existen innumerables trabas en el desplazamiento de los trabajadores. Pero de Europa es de donde vienen las inversiones, la tecnología, los turistas y las transferencias de dinero de los trabajadores emigrados. Y en Europa es donde van los emigrantes y donde va la mayor parte de las exportaciones, hasta más del 70% en los países del Magreb.

    6 —

    Si en 1995 el PIB per cápita de los países socios mediterráneos, sin tener en cuenta Turquía, era el 10,52% de la media europea, en el 2015 este porcentaje llegaba al 14,4%. Entre 1995 y el 2015 Marruecos pasaba del 8,6% de la media europea en PIB per cápita al 9,5%. Había, pues, una cierta convergencia, pero demasiado débil para tener un impacto comparable a los “tigres”. Partían de una situación demasiado desfavorecida. El PIB per cápita de los países mediterráneos era de 1.741 $ en 1995. Con un crecimiento acumulado hasta el 2015 del 249%, se le añadían 2.605 $, llegando a 4.340 $. Los países de la Unión Europea crecían en aquel periodo sólo un 182%. En términos absolutos, sin embargo, eso le añadía a su PIB per cápita inicial de 16.522 $ otros 13.599 $, llegando a 30.121 $ per cápita en el 2015. Vid. S. Florensa, 2020, p. 99.

    7 —

    El primer Secretario del Tesoro norteamericano con el presidente George Washington, Alexander Hamilton, consiguió impulsar decisivamente la construcción y consolidación de los Estados Unidos como república con un poder federal fuerte, federando la deuda pública que las 13 colonias habían contraído para financiar la guerra por la independencia norteamericana. Con la federación de la deuda fortaleció, obviamente, la capacidad financiera y de hecho creó el sistema fiscal federal de los Estados Unidos.

  • BIBLIOGRAFÍA

    Sijilmassi, Fathallah. L’avenir de l’Europe est au sud. EMNES-CEPS. Rabat, 2019.

    Florensa, Senén, Dtor. The Arab transitions in a changing world. IEMed,Barcelona,2016

    Florensa, Senén. El Mediterráneo, entre las geopolítica y la cooperacion. Reflexiones y ensayos. Ed. Icaria, Barcelona,2017.

    Florensa, Senén. “Barcelona 95, 25 years on: Some political considerations”. IEMed Mediterranean Yearbook 2020.

    Florensa, Senén. “The New Mediterranean Geopolitical framework from the EU perspective”. IEMed Mediterranean Yearbook 2018.

Sensen Florensa

Senén Florensa

Senén Florensa es presidente de la Comisión Delegada del Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed) y presidente de la Asamblea General de EuroMeSCo, una red de think tanks sobre estudios euromediterráneos. Diplomático de carrera, es licenciado en Ciencias Económicas y en Derecho por la Universidad de Barcelona y cuenta con un Diploma de Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática. Ha sido Cónsul General de España en Berlín y en Roma, y ​​embajador español en Túnez. En 1996 fue el primer secretario de la Embajada de España ante la UNESCO. Desde el año 2018, es Embajador representante permanente de España ante la Oficina de las Naciones Unidas y los Organismos Internacionales con sede en Viena. También ha ejercido de presidente del Comité Mediterráneo de la Liga Europea de Cooperación Económica (LECE) y vicepresidente de la Sección Española. Cursó sus estudios de Doctorado en Economía en la Universidad Paris I Panthéon - Sorbonne y fue Becario Fulbright en la Universidad de Nueva York.