Fina Birulés es, probablemente, una de las personas que mejor simboliza en Catalunya el legado de los feminismos de los años 70 y los hilos de la continuidad con los feminismos actuales. Es profesora de Filosofía de la Universitat de Barcelona y forma parte del Seminario Filosofía y Género-ADHUC. Es autora y coeditora de numerosos ensayos sobre el pensamiento de Hannah Arendt y demás pensadoras contemporáneas. Cuando se le pregunta en qué momento tomó consciencia que era feminista, asegura que lo ha sido siempre, pero que hay una experiencia clave que la hizo ver que el feminismo era una cosa en la que se debía implicar: la entrada al mundo profesional. “Hasta aquel momento, ingenuamente, pensaba que bastaba con hacer las cosas bien para tener las mismas opciones. Sin embargo, el ambiente laboral, en mi caso la universidad y en una facultad tan masculina como la de Filosofía, me hicieron dar cuenta que no era así”.

Feminismo(s). ¿Plural o singular?

Ahora están de moda los plurales. Me parece bien. Sin embargo, no sé si siempre se consiguen tratar todos los problemas solamente añadiendo un plural. Es verdad que en los años 70 se hablaba de “la mujer”, y probablemente era una categoría muy ambigua o demasiado normativa. Añadirle el plural mejora un poco las cosas, pero creo que aún queda mucho por hacer.

Uno de los conceptos centrales de su obra es el de diferencia. ¿Cómo lo definirías? ¿Cómo se relaciona con el feminismo?

La diferencia no se puede definir. Se decide en cada relación, en el caso particular, y por tanto no se pueden dar definiciones de que es ser hombre, ser mujer, o de qué significa la diferencia sexual. A menudo el feminismo confunde la igualdad con la libertad. La igualdad tiene que ver con la reclamación de derechos, o con el hecho que todos y todas nacemos distintos y decidimos tratarnos como iguales en un marco de justicia. Y cuando las leyes no respetan esta igualdad, discriminamos. En cambio, la libertad tiene que ver con la diferencia o con la diversidad. Una diversidad que no es reducible a definiciones.

Los ataques contra la libertad de las mujeres y las personas –porqué esto sirve tanto para el feminismo como para el racismo– son las formas de violencia machista o racista. Si no tenemos en cuenta esto, no entenderemos nada: tenemos las leyes que penalizan estas agresiones y resulta que aún hay más. ¿Qué pasa? ¿Son fruto de discriminación? No; debemos cambiar el respeto para la diferencia o la diversidad.

¿Cómo se complementan e interrelacionan los discursos de la igualdad o la paridad con el discurso de la diferencia? ¿En qué momento se encuentran?

La cuestión de la igualdad no es exactamente la de la paridad. Por poner un ejemplo: hace años, hubo que cambiar el código penal español porque agredir a un hombre era un delito y agredir a una mujer era una falta, lo que significaba condenas o multas diferentes. Cuando se cambió y pasó a ser delito agredir a cualquier persona, ya no se necesitaban más leyes. Lo que hace falta es o hacerlas cumplir, o bien modificar los preconceptos, el orden simbólico a través del cual la gente considera que si una mujer ha sido agredida es que tal vez estaba donde no tenía que estar o estaba haciendo lo que no tenía que hacer. Y esto no es tan sencillo: no se modifica ni con más paridad ni con más populismo penal. En nuestra época, los políticos y las políticas tienen mucha prisa en intentar mostrar que están resolviendo un problema, e inmediatamente reclaman más código penal. Lo que hace falta es cambiar las formas y los espacios de relación.

En este sentido, a menudo has dicho y escrito que la libertad es la capacidad de moverse físicamente o simbólicamente.

Exacto. Si alguien está en prisión, no puede desplazarse libremente del lugar que tiene asignado. Y las mujeres, también las personas de razas determinadas, muy a menudo tienen lugres asignados, lugares en los que pueden estar y deben estar. Si se desplazan de este sitio, puede considerarse que están infringiendo unas normas no escritas y que esto autoriza a violencias. Y este hecho no se modifica con las leyes. Cuesta mucho más de cambiar y debe hacerse con políticas que van más allá de las políticas de derechos.

¿Ha dominado demasiado la perspectiva de igualdad de derechos?

Está bien que esté. Pero no es suficiente. No es suficiente, por ejemplo, para comprender por qué pervive la violencia. ¿Cómo se explica que perviva la violencia en sociedades en las que prácticamente la igualdad de derechos está reconocida?

¿El debate de la libertad, concretamente la libertad política, tiene suficiente espacio dentro de la reflexión feminista?

Hay una parte sobre la cual no se reflexiona, pero que es práctica. La libertad política está relacionada con la presencia en el espacio público de formas de relación diversas, que no se reducen a las de igualdad. La libertad no ha de ser únicamente entendida como la libertad de la voluntad, que cada uno haga lo que le plazca, sino la libertad de desplazarse en el espacio público y no estar allí donde a una la esperan. Cuando se agrade a una mujer, dicen “es que estaba en un descampado, ¿Cómo se le pasa por la cabeza ir en esas horas?” No es la culpabilización, es el hecho de decir que no estaba en su lugar. Y no solamente esto: “¿y dónde va con esta pinta?” Ser libre es la posibilidad de no ser allí donde te esperan políticamente. No el hecho de escoger entre dos opciones dadas, sino la posibilidad de desplazarte. Y esto vale para las mujeres, para la lucha antirracista, etcétera.

Regalar la palabra libertad a la derecha es un error. No estamos hablando de lo mismo. Incluso, aunque no se hagan servir tales expresiones, pienso que parte de los feminismos que ahora se dicen radicalizados no solamente reclaman igualdad –por ejemplo, la ciudanía– sino la posibilidad de no ser allí donde te esperan, incluso desde el punto de vista de la propia identidad. El feminismo lo ha puesto sobre la mesa. Las mujeres han demostrado que querían salir de casa, pero salir de casa no era solamente salir de las tareas domésticas. La ley dice que somos iguales, sin embargo, a la práctica hay una serie de preconcepciones que muy a menudo transmitimos también de forma indirecta y no nos damos cuenta. En este sentido, pienso que la libertad política es alguna cosa que es necesaria reclamar, y no es ningún obstáculo para reclamar también la igualdad. Pero el derecho no resuelve todos los problemas.

A menudo, el feminismo confunde la igualdad con la libertad. La igualdad tiene que ver con la reclamación de derechos, con el hecho de que todos y todas nacemos distintos y decidimos tratarnos como iguales en un marco de justicia. En cambio, la libertad tiene que ver con la diferencia o la diversidad; la posibilidad de desplazarnos en el espacio público y de no estar allí donde esperan que estemos

¿Hasta qué punto la libertad política, esta posibilidad de moverse físicamente o simbólicamente, se entiende como participación política en sentido amplio?

La política en sentido amplio incluye movimientos de desplazamiento del foco. Ahora bien, en términos generales, actualmente se concibe la política como a política representativa. Pienso que hay una parte importante de todas nosotras, y especialmente la gente joven, que tiene ganas de participar. Participar quiere decir tener ganas de introducir proyectos, que no todo se reduzca a las propuestas desde un supuesto poder que más bien expulsa la ciudadanía de la participación. El nosotras, las mujeres del feminismo de los años 70 no pretendía representar a todas las mujeres. Lo que pretendí era decir: “nosotras queremos hacer esto”. Cabe la posibilidad de que fracases y hagas lo mismo que está haciendo el gobierno a tu lado, sin innovar en nada. La otra posibilidad es generar una experiencia y un tejido social mucho más habitable. La participación en algunos movimientos colectivos da una experiencia que no tienes de otra forma.

Es la idea de comunidad, de acción colectiva.

Sí, la idea de libertad en el sentido de haber introducido alguna cosa nueva: la participación en una alianza. De la alianza nace poder, que no es el poder de los políticos. Después puede convertirse en ello.

Según expones en el libro Entorn del pensament, la política i el feminisme (2014), los grupos de autoconsciencia de la década de 1970 fueron una experiencia clave, pues generaron espacios reales y simbólicos de encuentro e intercambio entre mujeres. ¿Las redes sociales y el espacio digital podrían serel equivalente actual?

Es muy diferente. Pero bien, puede que sí. Los grupos de autoconsciencia y las reuniones fueron el éxodo que hicieron las mujeres de la participación hacia los movimientos de izquierdas; de repente, se reunieron solas como forma de participación política. No era otra forma de decir “nosotras nos vamos, ya os lo haréis”; era otra cosa. Toda la historia se ha dedicado a decir que es lo femenino. Discutámoslo nosotras, decidamos qué es. Dejemos de permitir que los otros nos digan quien somos, decidámoslo a partir de la propia experiencia. El ámbito de las redes sociales es otro tipo de relación, otro tipo de suporte: hay mucha diferencia respeto los años 70 porqué hay mucha interferencia.

En este sentido, ¿qué diferencias hay entre este feminismo de los años 70 y los feminismos actuales?

Fuera lo que fuese el feminismo a los años 70, podríamos decir que tuvo un éxito muy importante: consiguió poner en la esfera pública temas como el aborto, el deseo, el cuerpo, que nunca habían sido objeto de reflexión política ni tampoco de leyes. Ahora nos parece muy normal que esté, pero antes no estaba. Fueron ellas las que lo situaron en el ámbito de la reflexión política.

Ahora podríamos hablar de otros temas, incluso de temas vinculados a la crítica de como se colocaron esas cuestiones en la esfera pública. No hay una continuidad inmediata, sin embargo la faena que se hizo en aquel momento fue muy importante. Hay una herencia, pero las circunstancias y los contextos también son muy distintos. Ellas estaban en un periodo determinante, nosotras estamos en pleno neoliberalismo, que lo reduce todo ya no solo a las leyes de igualdad sino a las leyes del mercado; a la libertad entendida como hiperresponsabilidad de una misma. Sea usted la empresaria de sí misma, la responsable de todo lo que ocurra.

¿Había un mayor compromiso con la práctica y la actuación en el mundo común?

No era tanto un compromiso con la práctica, sino que era una práctica. Ciertamente, había quien hacia teoría, pero básicamente aquel feminismo se reunía, discutía, se tiraba los platos por la cabeza, se sentaba en la calle. El feminismo de los años 70 era una praxi. Los que nos dedicamos a las tareas intelectuales, acostumbramos a pensar que para actuar es necesario tener previamente una teoría, y no es verdad. Normalmente los que pensamos qué está pasando somos los que vamos detrás de los que actúan. Después se ha corrido a teorizar. Pero había un compromiso con el mundo común: no pretendían solo mejorar la vida de las mujeres, pretendían repensar y reducir las formas de relación. Porque la política no es solo quien ha de gobernar a quien; la política tiene que ver con las formas de relación –que pueden ser igualitarias, como las de la justicia– o formas de relación que no necesariamente son reductibles a la igualdad, como es el caso de una escuela. Entre la persona que enseña y la criatura no hay una relación de igualdad, ni necesariamente tiene que existir. La idea es pensar formas y tejidos de relación distintos, y esto es lo que hacía el feminismo entonces y diría que también intenta hacerlo ahora.

¿Crees que el feminismo ha logrado repensar la comunidad, crear nuevos lenguajes y formas de representar el legado del movimiento?

Yo diría que en una parte importante han cambiado las relaciones. No sé si todo se puede atribuir a los gestos del feminismo, pero han cambiado las relaciones, y mucho, y también las formas de vida de las mujeres y los hombres. Y las relaciones entre padres e hijos, entre madres e hijas. Hay una parte de rediseño del mundo común, pero también hay una tentativa de pensar cómo hacerlo para que la política de los políticos sea más feminista. Y normalmente se considera que solo se consigue con instituciones como l’Institut Català de les Dones o el Instituto de la Mujer. Creo que está bien, pero no es suficiente. La institucionalización siempre tiene un precio muy alto.

¿Qué precio?

Es un precio muy alto. De repente es necesario que perviva la cuestión de las mujeres, y no que las mujeres cuestionen. De repente te encuentras por enésima vez viendo “quesitos” de aquellos que contabilizan cuantas mujeres empiezan una carrera y cuantas la terminan. Está bien que se haga, pero eso solo subraya el carácter y la identidad de posible victima de las mujeres. Y esto me parece muy peligroso. Está bien, porque sirve para las políticas públicas, pero queda todo muy condicionado. De repente, la participación en primera persona queda desdibujada para encajar en los condicionantes que pone la subvención, por ejemplo. No quiero decir que esto sea encorsetarlo, pero hay una parte importante de pérdida de espontaneidad. El feminismo no está vinculado a la política representativa, sino a la política de participación. No es lo mismo hablar en nombre de las mujeres que el hecho de que las mujeres hablen. A veces dicen cosas que no estaban previstas que se dijeran ni por parte de los feminismos ni por la otra parte. ¿Cuándo se plantea el tema de la prostitución, es necesario hablar en nombre de las prostitutas? ¿Cómo si la prohibición de la prostitución fuera su protección? Puede que no, puede que sea necesario sentir qué dicen aquellas que lo practican y que se han planteado alguna cosa.

¿Quién tiene más voz en la definición sobre qué es el feminismo, actualmente? ¿Tienen suficiente voz los feminismos radicalizados?

Generalizar es complicado. A mí, lo qué sea el feminismo me da exactamente igual. Está muy bien que alguien encuentre una definición que englobe a todo el mundo, pero yo no lo haré. En cambio, el feminismo o los feminismos han estado unos de los movimientos capaces de remodelar muchas cosas del espacio público, y al mismo tiempo, de tener en sí muchas discrepancias, cosa que es muy sana, porqué la unanimidad suele ser fruto de una tiranía o del fanatismo. Es mucho más interesante tener que discutir. Por ejemplo, las políticas públicas deben ser cuestionadas, pero no necesariamente excluidas de la posibilidad de pensarlas como feministas.

También existen un conjunto de cuestiones que se plantean en cuanto una se da cuenta que el feminismo, tal y como lo plantearon las mujeres occidentales y norteamericanas, era un feminismo occidental y de mujer blanca. Cuando las emancipacionistas americanas reclamaban el derecho al trabajo, las mujeres negras decían: “yo lo que quería es tener menos. O tenerlo remunerado”. Es interesante esta falta de atención o falta de consciencia sobre otras perspectivas y otras situaciones vitales que permiten pensar las cosas de otra forma. En estos momentos, en Barcelona hay muchos grupos de mujeres feministas que cuestionan las formas tradicionales, que interrumpen discursos, que nos interpelan. Por otra parte, es necesario decir que en los años 70 había también feministas afroamericanas como Angela Davis o bell hooks, para citar las más conocidas.

A menudo el feminismo ha sido criticado por centrarse únicamente en el género y no tener en cuenta otros ejes de discriminación, especialmente la diversidad racial y económica.

Hay una cosa que es necesaria decir antes de estar de acuerdo con esta premisa: al ecologismo no se le dice nunca si es racista. Al movimiento gay, tampoco. Es decir, parece que solo es en el caso del feminismo que es necesario que represente el bien de toda la humanidad. Vale la pena darse cuenta de ello. Al mismo tiempo, es bueno: es un indicio de la capacidad de dejarse interpelar, a pesar de que pueda ser conflictivo, por otras formas de exclusión e otras formas de vida, o para algunos gestos que el mismo feminismo debería de replantearse. Sobre la cuestión de la interseccionalidad, pienso que como modelo teórico es muy flojo. Lo que es interesante es el análisis concreto de casos. Por ejemplo, aplicar la interseccionalidad a grupos de migrantes que llegan a Barcelona des de un determinado país, de un determinado género, de una determinada etnia… el análisis de la práctica es muy productiva para diagnosticar problemas y vías de solución.

¿Sea como sea, la interseccionalidad amplia la capacidad de acción del feminismo o la limita?

Mientras no se quiera llegar a la concepción del mundo justo –que esto es la parálisis total– está bien. Pienso que es positiva. Siempre actuamos sin garantía: una se arriesga a poner alguna a debate, sin embargo no se sabe si saldrá una mejora o habremos repetido lo mismo que ya había. Es el riesgo de la acción en general, no solo de las feministas.

¿Hasta qué puto son importantes los referentes y el legado cultural para el feminismo?

Hace unos años o unas décadas, a muchas mujeres que querían escribir, hacer ciencia o pensar en la esfera de la cultura, les parecía que eran las primeras o las únicas, que debían empezar de cero. La muestra es la masculinización del siglo XI; por ejemplo, Víctor Català. Esto ha cambiado, y parte importante del trabajo ha estado la recuperación de la obra y la figura de las mujeres del pasado. ¿Por qué? No tanto porque sea necesario continuar una supuesta tradición, sino porque si no hay tradición, si no hay pasado, no sabemos qué significa conservar y qué significa innovar.

A partir de una herencia hay quien la amplia, hay quien “se la fuma”, hay quien no la utiliza para nada. Pero situarse entre el pasado y el futuro es esto: ¿qué recogemos del pasado? ¿Qué innovamos? ¿Cómo hacemos crecer la herencia? Hacer crecer la herencia, des de un punto de vista creativo, es ser fiel y infiel a la vez. Una herencia no se aumenta a base de repetir lo que hacía Virginia Woolf casi de forma literal, sino que cabe la posibilidad de alejarse un poco y después reaproximarse; tomar una parte de la herencia como a material a partir del cual crear. Este juego de fidelidad e infidelidad, de diálogo –a veces diálogo crítico– es interesante.

¿Qué podemos aprender de pensadoras como Hannah Arend, Simone Weil o Fraonçoise Collin? ¿Por qué es importante continuar profundizando en una política de la memoria?

La Filosofía y la Facultad de Filosofía son entornos muy masculinizados. A la pregunta sobre si no ha habido filósofas, la respuesta, aparentemente, era que no. Sin embargo, era suficiente con empezar a buscar un poco, que es lo que hicimos durante muchos años en el seminario de Filosofía y Género. Hay pitagóricas, epicúricas. Hacer esta recuperación permite generar un legado a partir del cual situarse, que no quiere decir meramente mimetizar.

El movimiento feminista ha sido masivo en las últimas manifestaciones del 8M y ha ocupado el espacio público. ¿El hecho de ganar transversalidad y que haya una cierta democratización del feminismo comporta una folcklorización, un feminismo de eslogan?

Democratizar no folckloriza. De repente la gente joven se ha manifestado y lo ha hecho de una manera distinta, no solo ocupando un espacio, sino haciendo una manifestación no estandarizada. Esto indica otra manera de ser en el espacio público, que se parece a las manifestaciones de los jóvenes por la emergencia climática. Otra cosa es el neoliberalismo con sus criterios de mercado y su elogio a la libertad de empresa. El feminismo y las mujeres son un target importante por todo esto. Los medios de comunicación necesitan alimentarse. ¿Qué sea un eslogan? Pues evidentemente que lo es. El mercado de apropia de todo, pero esto no quiere decir que sea necesariamente negativo para las políticas, las decisiones o las intervenciones que puedan hacer las mujeres. Vivimos en un mundo en el que casi todo pasa a ser deglutido.

Ante la llamada contrarrevolución al feminismo, ¿cuál debe ser la reacción?

A mí no me parece una gran contrarrevolución. No me parece que les importe. Gritan mucho y, en términos generales, lo que no se debe hacer es darles voz ni darles un amplificador. Son tentativas, naturalmente, que en algunos casos son peligrosas, porque con este discurso propagandístico agresivo pueden hacer que a alguien se le ocurra agredir a otra persona, pero hay que tener presente que todo lo que se está haciendo desde el feminismo y los movimientos sociales está introduciendo cambios. Si nos dedicamos a combatir a los que gritan, acabaremos sólo gritando. Aparte de darles un espacio que no tienen.

Es cierto, sin embargo, que hay una ola de movimientos y mandatarios como Trump o Bolsonaro que declaran la guerra a la ideología de género.

Están habiendo cambios importantes y seguramente hay mucha gente a la que le inquietan o no le gustan nada, porque les cuestiona el lugar privilegiado y cómodo que han tenido toda la vida. La mayoría de los hombres de mi generación eran feministas, pero lo eran para sus hijas, no para sus mujeres o parejas, no sea que se tuvieran que mover del lugar donde estaban. Pienso que esta reacción indica que ha habido cambios muy importantes. Y en lugar de hablar de los problemas reales que inquietan alguna gente, de repente es la ideología de género. El intento de agresión a Judith Butler fue el año pasado, antes de que Bolsonaro ganara las elecciones. Había no sé cuántos miles de personas protestando porque Butler iba a dar una conferencia en la universidad. Aquello estaba organizado desde los movimientos evangelistas, que tienen poder porqué hay alguien que sé lo da. Ellos se apoyan en ello, llaman más que nadie y lo distorsionan todo. Es importante combatirlos, pero combatirlos a través de no darles voz. Sino, al final lo único que haces es oírlos a ellos, intoxicarte. Porque intoxican.

Por otra parte, esto también indica que hay ciertos movimientos que siguen utilizando la cuestión de las mujeres como moneda de cambio. Por ejemplo, se habló de los derechos de las mujeres para justificar la guerra de Afganistán, pero a nadie le preocupaban. Era una forma de justificar una intervención bélica. Determinados grupos de derechas o de extrema derecha se tiran por la cabeza los cuerpos con otros partidos políticos: los cuerpos de las mujeres, los cuerpos de los gays o los cuerpos de los inmigrantes. Pero en realidad, ni les interesan las mujeres, ni los gays ni los inmigrantes; les interesa aparecer en la esfera pública con estos gritos. Es oportunismo o desafío a los demás partidos. Basta, por ejemplo, en pensar que hicieron en Francia hace unos años, cuando empezaron a discutir si el pañuelo sí o no. De repente resulta que la laicidad de la república dependía de que una pobre niña fuera a la escuela con pañuelo. ¿Realmente estás preocupado por los derechos de esta criatura? No. Estás haciendo pasar por las niñas y las jóvenes una cuestión que no tiene nada que ver: la laicidad de la república.

A menudo has hablado del rol de la norma. ¿Cómo crees que se puede llevar a cabo un cambio más profundo para resignificarla?

Todo el mundo nace en una sociedad que ya estaba y, por tanto, entra a formar parte de un mundo de normas y relaciones que no ha elegido. Para hacerse inteligible debe participar de estas normas. Lo primero que preguntan a las personas que esperan una criatura es: «¿niño o niña?» Podría ser otra pregunta. La criatura nace y se encuentra re-descrita en términos de lo que se entiende por femenino o masculino. Y si alguien sale mucho de la norma, el precio es que no se sabe quién eres. En el juego de normalización y crítica de la norma se juegan muchas cosas; no es sólo que nos sacamos un prejuicio. Por poner un ejemplo, la ley de los matrimonios homosexuales: significa la introducción de una ley pero, al mismo tiempo, algunos cambios que tendrán consecuencias en las formas de normalización de las parejas gays y las parejas en general. Esto no quiere decir que de la eliminación de ciertas actitudes, de ciertos prejuicios contra las parejas homosexuales, no sigan otras formas de normalización. La sociedad está hecha de normas que, a través de gestos y leyes, podemos intentar hacer más inclusivas. Pero siempre habrá una norma y, si sales, el riesgo es que no seas visible, que seas monstruoso o monstruosa, que no seas inteligible. La solución no debe ser que todos seamos iguales y no haya ningún prejuicio. Lo que conseguimos, a veces, es que haya formas de normalidad que son más inclusivas que otras. Y hay que ir haciéndolo, no hay otra.

¿La educación tiene un papel importante?

Depende de lo que se entienda por educación. Una de las características de nuestro tiempo es que a los adultos y adultas nos desresponsabilizan de todo y, como un legado envenenado, lo enviamos a la siguiente generación. Cuando hay una agresión contra las mujeres, se dice: «es necesario que las escuelas refuercen los contenidos de carácter cívico o democrático». De repente, nosotros no hacemos nada y que sean ellos o ellas que lo hagan bien. Es una perversión: se presenta como una política de responsabilidad, y en realidad es una forma de desresponsabilización. A los adultos de nuestro mundo nos toca intentar ser capaces de abordar los problemas a los que nos enfrentamos. ¿Que no los podemos solucionar? Quizá no. Pero podemos mejorarlo y no pasar el balón directamente a la siguiente generación.

Esto lo explica muy bien Arendt en un texto que fue muy polémico en su momento. Ella hacía referencia a la primera escuela donde se hizo el proceso de no segregación entre niños blancos y negros. Y en la revista Life, una publicación de la época, salió una imagen de una niña negra rodeada de tontos blancos gritando y de policías que los estaban protegiendo. Y Arendt dice: «¿Pero que se han vuelto locos? ¿Por qué dar toda la responsabilidad del fin de la segregación entre blancos y negros en las criaturas de la escuela? » En aquella época el matrimonio mixto aún estaba prohibido. Empezad los adultos. Es cierto que una parte importante de la modificación pasa a veces por la escuela, pero pasa mucho más para el mimetismo y la contaminación entre adultos y niños. Es decir, muy a menudo los niños aprenden viendo cómo se comportan y cómo se relacionan los demás. Pasar toda la responsabilidad a la escuela es de una gran perversión.

Como adultos, ¿cómo nos deconstruimos?

Haciendo el esfuerzo de intentar encarar determinados problemas, de sentarse y discutirlos. De pensar cómo se pueden transformar algunas formas de relación, como por ejemplo las formas de relación racistas. No basta decir que los niños y las niñas aprendan que todos somos iguales.

Cuando hablamos de feminismo, ¿qué deberíamos preguntarnos, hoy? ¿Qué pregunta te hubiera gustado responder?

Hay toda una serie de cuestiones que tienen que ver con la idea de estar en tránsito, con el cuestionamiento del binarismo. No se trata tanto de que alguien quiera pasar de hombre a mujer o a la inversa, sino que emerge con fuerza esta idea de estar en tránsito, ni en un lugar ni en el otro. Por ejemplo, estar en una situación en que una persona se ha hormonado pero no se ha hecho la intervención de genitales. ¿Quién soy? Esto es lo que desafía la norma. Son formas de desafiar la norma pero también formas de vida. No sé cuál sería la pregunta que se debería hacer, pero es un tema que me parece interesante. Se está cuestionando la norma y se están cambiando las formas de normalización actuales a través de la idea de estar en tránsito. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo hay llamas? ¿Qué es un hombre, una mujer…? Quizás lo que se pretende es desafiar esta pregunta.

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Fina Birulés

Fina Birulés es profesora de Filosofía de la Universidad de Barcelona e integrante del Seminario Filosofía y Género-ADHUC. Es autora y coeditora de numerosos ensayos sobre el pensamiento de Hannah Arendt y otras pensadoras contemporáneas: El género de la memoria, Lectoras de Simone Weil, Arendt. Entre sus libros destacan Una herencia sin testamento: Hannah Arendt (2007) y Entreactes. Entorn del pensament, la política i el feminisme (2014). También es autora de Feminisme, una revolució sense model (2018) y Hannah Arendt: Llibertat política i totalitarisme (2019). Recientemente ha participado en la conferencia El lío del género. ¿Por qué los cuerpos importan? (2019) con Judit Butler y Marta Segarra en el CCCB.