Desde su nacimiento a principios del siglo XX, la naturaleza del islamismo político moderno ha sido objeto de encarnizados debates entre sus defensores y sus detractores. El hecho de que su doctrina sobre el Estado islámico ideal sea a menudo vaga más allá de los eslóganes y que algunos movimientos que forman parte de esta familia ideológica hayan recurrido a la violencia ha dado pie a interpretaciones muy diferentes con respecto a su esencia y significación histórica. De hecho, en el núcleo de su proyecto se encuentra la aplicación de la sharia o ley islámica, la cual, como no está codificada, adopta un significado diferente para cada rama religiosa o movimiento político islamista.

Antes de las llamadas “Primaveras Árabes” del 2011, a grandes rasgos, había dos grandes enfoques con respecto a la naturaleza del islamismo político. Para algunos autores, como el arabista Bernard Lewis, se trata de una ideología regresiva, intolerante e inmutable que pretende forzar el retorno de la comunidad islámica a unas prácticas religiosas medievales. Para otros, como el académico francés François Burgat o el norteamericano John Exposito, el islamismo representa un vector de progreso para los países islámicos que pretende diseñar una vía propia de acceso a la modernidad, y no una simple transposición de los modelos occidentales. Su ascenso sería fruto del empoderamiento de sectores sociales excluidos por las élites que han controlado el poder durante siglos, y no lo consideran antitético con los ideales democráticos, aunque la fusión entre islamismo y democracia podría dar lugar a un modelo diferente al de los países occidentales.

Hasta hace una década, el debate sobre la compatibilidad entre islamismo y democracia era eminentemente teórico, ya que no había ningún partido o movimiento islamista que hubiera llegado al poder a través de las urnas. El FIS argelino es el que se acercó más al ganar la primera vuelta de las elecciones legislativas argelinas del año 1991, semanas antes que el Ejército diera un golpe de Estado y abortara el proceso de transición. Entonces, las cancillerías occidentales dieron apoyo a los generales argelinos, adoptando la tesis que se popularizaría más tarde sintetizada con la expresión “un hombre, un voto, una vez” [1]1 — Djerejian, Edward P. (1996), “One man, one vote, one time is not democracy”, New Perspectives Quarterly, September 1996 . Es decir, los partidos islamistas que participaban en procesos electorales y, en teoría, aceptaban el sistema democrático lo harían sólo de forma finalista, para llegar al poder, y entonces suprimir las elecciones e implantar una teología.

Una etiqueta, muchas caras

Ya antes del 2011, la etiqueta de la ideología islamista comprendía una gran variedad de movimientos. Entre otros, figuraban los grupos yihadistas como Al Qaeda, los movimientos salafistas quietistas y lo que podríamos denominar partidos islamistas con vocación institucional, es decir, aquellos que tienen como objetivo formar parte de las estructuras políticas vigentes, aunque modificándolas. Incluso este grupo, que es el que centra el análisis de este artículo, era bastante diverso.

En buena parte, las diferencias en los postulados de los diversos partidos islamistas de la región del Oriente Medio y el Norte de África (MENA, en inglés) eran fruto del contexto político de cada país. Así, por ejemplo, en aquellos países donde había un conflicto armado de tipo nacional, como en Palestina o en el Líbano, ambos ocupados total o parcialmente por las fuerzas israelíes, movimientos como Hezbolá o Hamás contaban con brazos armados al mismo tiempo que participaban en procesos electorales. El resto abogaban por conseguir sus objetivos políticos sólo a través de la acción política.

En Egipto, los Hermanos Musulmanes, considerado el primer movimiento islamista moderno de la región, y matriz de varios partidos de una ideología parecida a otros países, mantenían un discurso conservador, en línea con el islamismo clásico, en cuestiones como el papel de la mujer o las minorías o de la sharia, rechazando de forma categórica una separación entre religión y Estado. En cambio, en Turquía, se abría paso a finales de los años noventa un partido, el AKP, liderado por un joven RecepTayyip Erdogan, que aseguraba haber adoptado los postulados centrales del modelo laico diseñado por Kemal Atatürk, renunciando a situar la sharia en el centro de la estructura legal del país.

La mayoría de los grupos políticos islamistas aseguraban haber abrazado el sistema democrático y respectar el pluralismo político

Ahora bien, la mayoría de estos grupos políticos compartían también algunas características importantes: todos ellos formaban parte de la oposición en sus respectivos países —a menudo siendo la principal fuerza opositora en contextos autoritarios y de represión política— y, en sus discursos, aseguraban haber abrazado el sistema democrático y respetar el pluralismo político, abogando por la apertura de un proceso de transición. Además, a la práctica, habían renunciado a la creación de un califato transnacional y aceptaban las fronteras del Estado-nación, muchas de ellas diseñadas durante el periodo colonial.

Sus detractores siempre han desconfiado de la sinceridad de estos planteamientos. Y tenían motivos para hacerlo, ya que no faltaban las actitudes intolerantes o incluso violentas entre los militantes de estos partidos hacia sus adversarios [2]2 — Por ejemplo, militantes o simpatizantes de los Hermanos Musulmanes en Egipto han cometido actos de violencia sectaria contra los cristianos coptos, adversarios laicos o lugares considerados como inmorales. Estos actos no han sido continuados durante sus casi cien años de historia, sino más bien en momentos de crisis. . Además, los llamados pensadores islamistas clásicos, como Hassan al-Banna o Sayyid Qutb, fueron muy críticos con el concepto de democracia, que vincularon directamente exclusivamente con la cultura política occidental. Qtub, por ejemplo, contraponía la soberanía popular a la voluntad divina y al Corán, descrito como la única Constitución de los musulmanes.

En cambio, la mayoría de los movimientos islamistas contemporáneos han evolucionado ideológicamente y argumentan hoy que la democracia no es ajena a los valores islámicos, a menudo equiparándola al principio de la shura, que se podría traducir por “consultación”, y que figura entre los criterios clásicos que tiene que seguir un buen gobernante según el pensamiento islámico clásico. Las elecciones serían, pues, una especie de actualización de los diwans, los órganos de notables que aconsejaban a los gobernantes ya en el periodo clásico del islam. Ahora bien, estos partidos no llegaron a diseñar nunca una descripción clara y detallada del Estado islámico ideal que querían conseguir. ¿Qué se escondía detrás del eslogan histórico de “el islam es la solución”?

La oportunidad de las Primaveras Árabes

Las revueltas populares antiautoritarias del 2011 que sacudieron la región, más conocidas como Primaveras Árabes, representaron una oportunidad histórica para el islamismo político institucional. La caída de los regímenes dictatoriales en Egipto, Túnez, Yemen y Libia, y la apertura de una expectativa de cambio en otros países como Marruecos, Siria o Jordania, era la coyuntura que los movimientos islamistas habían soñado durante décadas para poder acceder al poder. Sin embargo, igual que pasó a los mismos regímenes, la repentina pulsión revolucionaria cogió por sorpresa los movimientos islamistas, y la mayoría no estaban preparados para el reto de adaptarse a unos cambios profundos y vertiginosos, teniendo que asumir pronto la responsabilidad de gestionar sus países en un contexto de transición fluido y muy complicado.

Las primeras elecciones libres en varios países después de las revueltas otorgaron una victoria clara a los islamistas. En Egipto, en las legislativas de finales de 2011, los partidos islamistas obtuvieron cerca de un 70% de los votos, siendo el Partido de la Libertad y la Justicia —afiliado a los Hermanos Musulmanes— el más votado, seguido de la coalición salafista Nur, la gran sorpresa de los comicios. En Túnez, Ennahda recogió el 37% de los sufragios, muy lejos del segundo partido, con un 8%, en un Parlamento muy fragmentado.

Aquel mismo año, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) se impuso en las elecciones en Marruecos, donde el régimen monárquico continuaba en pie, pero sumado a los otros resultados, hizo que algunos medios hablaran de una “marea verde” por el color que se identifica tradicionalmente con el islam. En Siria, no hubo nunca elecciones libres, ya que meses después de una cruenta represión, el país cayó en una guerra civil, pero la rama de los Hermanos Musulmanes en el país jugaba un papel central en la principal plataforma opositora en aquel momento, el Consejo Nacional Sirio.

Los años siguientes, las trayectorias de los partidos islamistas de la región divergieron de forma todavía más clara de acuerdo con el contexto de cada país. La cuestión de cuál sería el estilo de la gobernanza de los partidos islamistas en caso de ganar las elecciones dejó de ser un terreno para la elucubración teórica, ya que en al menos dos países, Túnez y Egipto, pudieron asumir las riendas del poder [3]3 — En Marruecos el PJD también asumió la dirección del gobierno, pero como pasó con sus predecesores, se encontró limitado por la enorme influencia del rey y de su entorno, el llamado makhzen, en la toma de decisiones. . Las experiencias de los tunecinos de Ennahda y los egipcios Hermanos Musulmanes fueron muy dispares, sobre todo en cuanto a las consecuencias de su gestión de la transición. En un caso, el tunecino, la acción de gobierno de Ennahda ha ayudado a completar una transición democrática relativamente exitosa, mientras que en el caso de Egipto, adobó el terreno para un golpe de Estado militar que se ha saldado con la implantación de una dictadura todavía más represiva que la anterior, a la de Hosni Mubarak.

Los espejos invertidos de Túnez y Egipto

Incluso en el 2011, el punto de partida de ambos movimientos ya era sensiblemente diferente. A principios del siglo XXI, los Hermanos Musulmanes habían experimentado un pulso interno entre los sectores más aperturistas, donde predominaban los cuadros jóvenes o de mediana edad, y la vieja guardia, a menudo identificados como “halcones”. Los primeros defendían la necesidad de hacer un aggiornamiento de la ideología islamista, alineándose con los valores y prácticas de la democracia liberal y abogando por una mayor apertura a la sociedad. Los segundos, guardianes de las esencias, se impusieron en la pugna, y desplazaron completamente las palomas de la dirección del partido en las elecciones internas, dando pie a una escisión con la creación del Partido Wasat (“centro” en árabe).

En cambio, Ennahda, hacía años que había iniciado un proceso de evolución ideológica bajo el liderazgo del influyente intelectual Rached Gannouchi. Algunos autores [4]4 — Cavatorta, F. & Merone, F. (2015): “Post-Islamism, ideological evolution and ‘la tunisianité’ of the Tunisi Islamist party al-Nahda”, Journal of Political Ideologies, 20:1, 27-42 han definido este proceso como la “tunezificación” del partido en el sentido que incorporó las bases filosóficas del reformismo de pensadores como Taher Haddad. Así, ya en los años ochenta, el grupo, entonces bajo el nombre de Movimiento de la Tendencia Islámica (MTI), los islamistas tunecinos ya habían enojado a sus correligionarios del mundo árabe al aceptar el código personal vigente en el país, que prohibía la poligamia a pesar de ser legal en el Corán.

A pesar de su talante reformista, los primeros años de gobierno de Ennahda no estuvieron exentos de tensiones con la oposición laica. El proceso de elaboración de una nueva Constitución democrática provocó un fuerte proceso de polarización en torno al modelo de sociedad y el papel de la religión en la vida pública, agravado por el asesinato de dos políticos de izquierdas, presuntamente en manos de grupos yihadistas. De hecho, el experimento democrático se tambaleó en el 2013, pero las concesiones de Ennahda y la oposición en el llamado “Diálogo Nacional” promovido por la sociedad civil, permitieron aprobar una nueva Carta Magna por consenso. Unos meses más tarde, se produciría una transición pacífica del poder a la oposición laica una vez celebrados nuevos comicios presidenciales y legislativos del año 2014.

A principios del siglo XXI, los Hermanos Musulmanes habían experimentado un pulso interno entre los sectores más aperturistas, y la vieja guardia, a menudo identificados como “halcones”

Con el fin de consolidar la transición y de evitar cualquier tentación de retorno a una dictadura antiislamista, Ennahda selló un pacto con su gran adversario, Nidá Tunis, que dio lugar a una “gran coalición” de gobierno entre 2015 y 2019. El año 2016, en su X Congreso, el partido islamista dio un paso más en su evolución ideológica y estableció en sus estatutos una separación entre la religión y la política. El empleo de cargos en el partido pasaba a ser incompatible con las actividades de proselitismo religioso. Además, todavía bajo la dirección de Ghannouchi, el partido abandonó la etiqueta “islamista”, para pasar a definirse como “islamico-demócrata”, inspirándose en los partidos democristianos europeos. Con su victoria en las elecciones legislativas del 2019, en las que Nidá Tunis casi desapareció, Ennahda se reafirmó como un actor central en la política tunecina.

La experiencia en el poder de los Hermanos Musulmanes no podría ser más diferente. Embriagado por sus victorias en las primeras elecciones legislativas y presidenciales, el movimiento no pudo, o no creyó necesario, llegar a pactos con la oposición laica para pilotar de forma conjunta el proceso de transición. Si bien el año de gobierno del presidente Mohamed Mursi no registró la adopción de cualquier política que pretendiera cambiar el código moral del país [5]5 — El principal agravio de la oposición laica o no islamista fue la aprobación de una Constitución ambigua con respecto al papel de la religión en la vida pública, que no implantaba un sistema de corte islamista, pero tampoco impedía que pudiera desarrollarse. , no apaciguó los miedos de la minoría cristiana copta o los sectores antiislamistas. Mursi tampoco fue capaz de mejorar el nivel de vida de la población, una urgencia para las masas que expulsaron a Mubarak del poder.

Así fue como un ambicioso general y ministro de Defensa, Abdelfattah al-Sissi, encontró el terreno adobado para satisfacer su sed de poder personal y de su institución, un Ejército que de forma más o menos directa había gobernado el país desde la Revolución de 1952. Los Hermanos Musulmanes no aceptaron el golpe de Estado de al-Sissi, e intentaron revertirlo a través de las movilizaciones populares. En un proceso de escalada, el Ejército recurrió a una represión implacable para asentar su poder [6]6 — Según algunas ONGs, la cifra de represaliados políticos en Egipto en los dos años posteriores al golpe de Estado podría ascender a 41.000. Sobre esto, véase este artículo de Human Rights Watch en línea. , decapitando a la cofradía y declarándola “organización terrorista”. Con sus líderes en prisión cumpliendo largas condenas, asesinados o bien en la clandestinidad, la naturaleza de los debates internos cambió radicalmente. Ya no se trataba de discutir un posible aggiornamiento ideológico para el siglo XXI, tampoco de hacer una valoración crítica del año de gobierno de Mursi, sino de intentar conseguir la supervivencia de la organización. Asimismo, también se discutió si la resistencia a la dictadura podía legitimar algún tipo de uso de la violencia, y cuáles tenían que ser sus límites. La represión imposibilitó que se planteara una posible evolución ideológica como la experimentada por Ennahda en Túnez.

Erdogan y el dilema islamista

Si bien se suele asociar el islamismo político al mundo árabe, probablemente el partido islamista más influyente de las últimas dos décadas no pertenece a esta región: el AKP turco liderado por Erdogan. Desde su victoria electoral en las legislativas de 2002 y hasta aproximadamente una década después, el partido fue a menudo descrito como un ejemplo de la posible metamorfosis del islamismo político hacia la aceptación de la democracia liberal. Incluso, algunos de los autores que acuñaron o defendieron el término “postislamismo” para describir la evolución de algunos partidos islamistas que habrían dejado atrás algunos de los postulados del islamismo político clásico lo señalaban como su principal exponente [7]7 — Kuru, Ahmet; Stepan, Alfred (2012). Democracy, Islam, and Secularism in Turkey. Religion, Culture, and Public Life. New York: Columbia University Press. .

En aquella primera fase del gobierno de Erdogan, Turquía aprobó una serie de reformas con el objetivo de acceder a la Unión Europea que reforzaron la democracia turca, reduciendo la tutela del Ejército, y expandieron los derechos y libertades de la ciudadanía. Por ejemplo, se abolió la pena de muerte en el año 2002, y se flexibilizaron las restricciones para el uso de lengua kurda. Sin embargo, a raíz de las protestas contra el proyecto de urbanización del parque de Gezi, el gobierno turco imprimió un progresivo giro autoritario que llegó a su punto culminante después del golpe de Estado de 2016. Erdogan no sólo aprovechó la ocasión para reformar la Constitución y centralizar el poder en manos del Ejecutivo, sino que desató una campaña de arrestos y acoso contra la oposición y cualquier voz crítica. El AKP pasó de ser un referente de la moderación de una parte del islamismo a uno de los principales ejemplos al lado de Vladimir Putin de la hornada de líderes autoritarios con un proyecto para eternizarse en el poder a fuerza de manipular las reglas del juego electoral, lo que se ha llamado la “democracia iliberal”.

La trayectoria de Erdogan presenta una disyuntiva: ¿requiere un esfuerzo para adoptar los principios centrales de la democracia liberal o hay suficiente con abogar por un sistema que incluya la celebración de elecciones?

La trayectoria de Erdogan, considerado como una fuente de inspiración por buena parte de los islamistas del mundo árabe después de las revueltas del 2011, presenta a los militantes islamistas de la región con una disyuntiva: ¿hay que hacer un esfuerzo para adoptar los principios centrales de la democracia liberal, tal como ha hecho Ennahda, o bien basta con abogar por un sistema que incluya la celebración de elecciones, pero no garantice un respeto estricto a los derechos individuales? Dado que Erdogan es uno de los pocos aliados en el poder de los partidos islamistas árabes —Istanbul es el exilio preferido por los dirigentes de los Hermanos Musulmanes egipcios—, pocos son los que osan criticarlo [8]8 — En una entrevista con este autor el año 2017, Rached Ghannouchi se mostró en desacuerdo al definir la evolución del gobierno de Erdogan como una “deriva autoritaria” e insistía en considerarlo un referente democrático. . Además, el contexto de represión o guerra civil que sufren varios países no ofrece el clima ideal para llevar a cabo revisiones de tipo ideológico. Por esta, probablemente, este tipo de debates internos serán pospuestos a corto plazo al haber necesidades más urgentes, pero tarde o temprano se tendrán que abordar. Y en una era de recesión de los ideales democráticos incluso en los países que han hecho bandera de los mismos, como los EE.UU., no está claro que su poder de atracción sea suficiente para seguir impulsando los partidos islamistas hacia una evolución ideológica en el mismo sentido que las últimas décadas.

Ante este escenario, y teniendo en cuenta la pluralidad que comprende el campo islamista, la Unión Europea y los países que la forman tendrían que evitar desarrollar grandes líneas de acción política hacia el islamismo como si fuera un bloque homogéneo. Hará falta un análisis afinado que haga las distinciones adecuadas entre los partidos o movimientos del islamismo político institucional en función de su ideología y comportamiento concreto, aunque, teóricamente, formen parte de una misma familia política o puedan considerarse aliados. Y en el caso de aquellos que hayan exhibido una evolución positiva, como es el caso de Ennahda en Túnez o el PJD en Marruecos, mantener o fortalecer los contactos.

La Unión Europea tiene que ser consciente de que no puede haber una democratización, y quizás incluso una estabilización, de la región MENA en un contexto de exclusión y represión del islamismo político. Ciertamente, los partidos o movimientos islamistas han perdido fuerza de atracción en comparación con los años inmediatamente posteriores a las Primaveras Árabes, pero la suya sigue siendo la ideología con una capacidad de movilización más potente de la región. Creer que es posible llevar a cabo políticas exitosas de erradicación de estos partidos o ideología como hacen Egipto o los Emiratos Árabes Unidos es un error. El autoritarismo y la represión sólo sirven para dar argumentos a la vertiente más radical y violenta del islamismo, el yihadismo. La estabilidad de que prometen algunos autócratas de la región puede resultar un espejismo de corta duración, como ya sucedió durante la primera década del siglo XXI, sobre todo en ausencia de un desarrollo económico inclusivo. Favorecer una tendencia a la moderación y adopción de los ideales democráticos por parte del islamismo político tendría que ser un objetivo estratégico de la Unión Europea.

  • REFERENCIAS

    1 —

    Djerejian, Edward P. (1996), “One man, one vote, one time is not democracy”, New Perspectives Quarterly, September 1996

    2 —

    Por ejemplo, militantes o simpatizantes de los Hermanos Musulmanes en Egipto han cometido actos de violencia sectaria contra los cristianos coptos, adversarios laicos o lugares considerados como inmorales. Estos actos no han sido continuados durante sus casi cien años de historia, sino más bien en momentos de crisis.

    3 —

    En Marruecos el PJD también asumió la dirección del gobierno, pero como pasó con sus predecesores, se encontró limitado por la enorme influencia del rey y de su entorno, el llamado makhzen, en la toma de decisiones.

    4 —

    Cavatorta, F. & Merone, F. (2015): “Post-Islamism, ideological evolution and ‘la tunisianité’ of the Tunisi Islamist party al-Nahda”, Journal of Political Ideologies, 20:1, 27-42

    5 —

    El principal agravio de la oposición laica o no islamista fue la aprobación de una Constitución ambigua con respecto al papel de la religión en la vida pública, que no implantaba un sistema de corte islamista, pero tampoco impedía que pudiera desarrollarse.

    6 —

    Según algunas ONGs, la cifra de represaliados políticos en Egipto en los dos años posteriores al golpe de Estado podría ascender a 41.000. Sobre esto, véase este artículo de Human Rights Watch en línea.

    7 —

    Kuru, Ahmet; Stepan, Alfred (2012). Democracy, Islam, and Secularism in Turkey. Religion, Culture, and Public Life. New York: Columbia University Press.

    8 —

    En una entrevista con este autor el año 2017, Rached Ghannouchi se mostró en desacuerdo al definir la evolución del gobierno de Erdogan como una “deriva autoritaria” e insistía en considerarlo un referente democrático.

  • Bibliografía

    Burgat, F. (2016). Comprendre l’islam politique. Paris: Editions La Decouverte.

    Cavatorta, F. y Merone, F. (2015): Post-Islamism, ideological evolution and ‘la tunisianité’ of the Tunisian Islamist party al-Nahda, Journal of Political Ideologies, 20:1, 27-42

    Djerejian, E. P. (1996), “One man, one vote, one time is not democracy”, New Perspectives Quarterly, September 1996

    Esposito, J. L, (1996). Islam and Democracy. New York: Oxford University Press

    Gonzalez, R. (2015). Ascenso y caída de los Hermanos Musulmanes. Barcelona: Editorial UOC

    Kuru, Ahmet; Stepan, Alfred (2012). Democracy, Islam, and Secularism in Turkey. Religion, Culture, and Public Life. New York: Columbia University Press.

    Lewis, B. (1994) The Shaping of the Modern Middle East. New York: Oxford University Press

    Mourenza A. y Topper I. (2019). La democracia es un tranvía. Barcelona: Ediciones Peninsula.

    Qu’tub, S. (1978). Milestones. Beirut: Holy Koran Publishing House

    Wickham, C. (2013) The Muslim Brotherhood: The Evolution of an Islamist Movement. New Jersey: Princeton University Press

Ricard Gonzalez

Ricard González

Ricard González Samaranch es periodista y politólogo especializado en la región del Oriente Medio y el Norte de África. Se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona en 2001, y posteriormente obtuvo un Máster en Relaciones Internacionales con especialidad en el Oriente Medio en la Universidad Johns Hopkins gracias a una beca de La Caixa. Su trayectoria como corresponsal se inició en 2005 en Washington. En 2011, se trasladó a Egipto, y en 2015 se instaló en Túnez, donde ejerció de corresponsal para los periódicos El País y Diari ARA, realizando también colaboraciones para varios medios como Al Jazeera, BBC o Foreign Policy. Es autor del libro Ascenso y caida de los Hermanos Musulmanes (UOC, 2015), y ha escrito numerosos artículos de análisis en el ámbito de las Relaciones Internacionales para la revista Política Exterior, así como para los think tanks CIDOB y Fundación Alternativas.