Obituarios de la democracia
Sobre la vida y la muerte de la democracia llevamos ya bastante tiempo discutiendo y su fallecimiento ha sido anunciado casi tantas veces como la muerte de Dios o la del hombre. Desde hace unos cuantos años abundan los libros que nos advierten de su extinción: las democracias languidecen por culpa de los electores, de los elegidos, de las nuevas tecnologías, o bien por ineficacia o falta de racionalidad, etc.
La democracia no es inmutable y algunas de sus versiones (la democracia ateniense, el Imperio romano o la República de Venecia) desaparecieron después de una larga vida. No sería poco que sus beneficiarios fuéramos conscientes de la fragilidad de la democracia y pensáramos que la historia está llena de gente que no pudo imaginar que iba a acabarse la estabilidad de la que gozaba, como los sacerdotes paganos, los aristócratas franceses, los granjeros rusos y los judíos alemanes. El mundo está lleno de lugares en los que vive gente sobre las ruinas de civilizaciones pasadas que fueron en su momento mucho más competentes de lo que lo son ahora. Si es cierto lo que afirmaba el gran luchador por la independencia americana y segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, [1]1 — Adams, J. (1851). The Works of John Adams, vol. 6. Boston: Little, Brown and Co, p. 484. todas las democracias se han suicidado. Admitida su mortalidad, la cuestión es determinar qué y cómo está en peligro, cómo podemos caracterizar la situación en la que nos encontramos y, sobre todo, indagar si hay algún procedimiento para la supervivencia de la democracia.
La naturaleza de la crisis
A la hora de explicar cómo desaparecen las democracias, nuestra analogía favorita del desastre son los años 30. Todos conocemos los paralelismos que se trazan para hacer verosímil esa comparación, pero tal vez lo más inquietante de la situación en que nos encontramos es que este final de la democracia podría darse de un modo que no tiene precedentes. [2]2 — Runciman, D. (2018). How Democracies End. Nueva York: Basic Books. Incomoda especialmente pensar que puede haber formas de debilitamiento y desaparición de las democracias que no nos resulten familiares, de las cuales no tengamos precedentes en el pasado y sean, por lo tanto, difíciles de prevenir. ¿Y si nuestras principales amenazas no fueran algo asimilable a las experiencias de quiebra de la democracia que recordamos con el fascismo o el comunismo, sino otras formas inéditas y sutiles de degradación? No estamos en una era épica de conquista y supresión de las democracias, de lo que fue un ejemplo la Revolución del 25 de Abril en Portugal (en el primer caso) o los golpes militares que las suprimieron en las diversas dictaduras militares de América Latina (en el segundo caso).
Igualmente, las crisis actuales de las democracias, pese a la impresión que nos han producido, por ejemplo, los asaltos al Capitolio de Washington o a las instituciones del Gobierno en Brasilia, tienen un origen distinto y requieren otra interpretación. No estamos ante una segunda oleada de prefascismo; nuestras sociedades están más desarrolladas y son más interdependientes. Pensar en términos de reincidencia implica dar por supuesto que en la historia hay demasiada continuidad y que los fallos son una repetición.
Más que complots contra la democracia lo que hay es debilidad política, falta de confianza y negativismo de los electores, oportunismo de los agentes políticos o desplazamiento de los centros de decisión hacia lugares no controlables democráticamente
Lo primero que hay que volver a pensar es el modo como se degradan las democracias. Tendemos a pensar que las democracias mueren a manos de personas armadas. [3]3 — Levitsky, S.; Ziblatt, D. (2018). How Democracies Die. Nueva York: Crown. Ahora bien, al igual que el poder, tampoco la violencia política es lo que era, por lo que hay que pensar fuera del marco mental del golpe de estado o la insurrección, y más en términos de inadaptación, ineficiencia, degradación o desequilibrio. Hay quien propone hablar de una “desconsolidación” de la democracia, [4]4 — Mounk, Y. (2018). The People vs. Democracy. Why our Freedom Is in Danger & How to Save it. Cambridge: Harvard University Press, p. 254. un término modesto para juzgar la situación sin excesivo dramatismo y que parece darse por satisfecho si despierta en nosotros la conciencia de que la democracia es más vulnerable de lo que inicialmente pensábamos, más inestable de lo que prometían sus instituciones. Más que complots contra la democracia lo que hay es debilidad política, falta de confianza y negativismo de los electores, oportunismo de los agentes políticos o desplazamiento de los centros de decisión hacia lugares no controlables democráticamente.
La democracia amenazada
Las teorías acerca de las amenazas actuales contra la democracia se dividen entre las de quienes la ven desafiada por el hecho de que la gente no tiene el poder que debería tener y las de quienes piensan que tiene demasiado poder; por exceso o por defecto, podríamos decir, por la incompetencia de las élites o por la irracionalidad de los electores. Si damos por buena esta tipología apresurada, entenderemos que aquello que lamentamos es, en el primer caso, la tecnocracia y, en el segundo, el populismo, mientras que las soluciones pasarían por limitar el poder del demos o por incrementarlo.
Los diagnósticos del primer tipo suelen describir rigurosamente los procesos de desempoderamiento popular, ya sea por el poder de las élites, del capitalismo incompatible con la democracia o de los algoritmos. Puede ocurrir que el lamento se deba a que los gobiernos tengan demasiado poder (lo que amenaza los derechos humanos, por ejemplo) o porque tengan demasiado poco frente a la perversidad de ciertos agentes externos (como cuando constatamos la dificultad de hacer que las grandes empresas paguen impuestos, pongamos por caso). Las propuestas lógicas de este campo suelen apuntar hacia una mayor participación y en la línea de una democracia deliberativa más directa.
En el bando de los que lamentan que la democracia sea demasiado directa se critica el mito del votante racional, [5]5 — Caplan, B. (2008). The Myth of the Rational Voter. Why Democracies Choose Bad Politics. Princeton: Princeton University Press. [6]6 — Bartels, L. (2008). “The Irrational Electorate”. The Wilson Quaterly, núm. 32, p. 44-50. la falta de competencia y responsabilidad de los electores [7]7 — Achen, C.; Bartels, L. (2016). Democracy for Realist. Why Elections Do Not Produce Responsive Government. Princeton: Princeton University Press. o simplemente el hecho de que el votante medio carezca de la formación y la información necesarias; como dice Brennan, [8]8 — Brennan, J. (2016). Against Democracy. Princeton: Princeton University Press. o son hobbits (ciudadanos con baja información, poco interés y poco deseo de participación) o hooligans (demasiada información y opiniones fuertes con muchos prejuicios). La folk theory of democracy [9]9 — Achen, C.; Bartels, L. (2016). Democracy for Realist. Why Elections Do Not Produce Responsive Government. Princeton: Princeton University Press. hace derivar toda la legitimidad del consentimiento y no de la representación, que presupone una ciudadanía capaz de entender, juzgar y controlar al sistema político. Hay incluso propuestas epistocráticas más o menos radicales que defienden que la democracia debería realizarse con menos participación.
La crítica a la incompetencia política puede también obedecer a razones de tipo democrático. Existe algo así como el derecho a tener un gobierno competente [10]10 — Brennan, J. (2016). Against Democracy. Princeton: Princeton University Press, p. 140. y lo que tenemos con frecuencia es un electorado irracional e ignorante que impone sus decisiones incompetentes sobre la gente inocente. Si nuestros sistemas políticos se muestran incapaces de resolver los problemas de la desigualdad, de garantizar la seguridad sin comprometer los derechos humanos o promover el crecimiento económico, la posibilidad de confiar en quien prometa esos resultados sin preocuparse demasiado de los formalismos democráticos está siendo una tentación irresistible en muchos lugares del mundo. De ahí la insistencia de algunos autores en promover la competencia del sistema político, en formular versiones más o menos fuertes de epistocracia y en limitar la democracia por razones democráticas. Para ellos la democracia sería algo instrumental, que más que un valor en sí depende de la eficiencia a la hora de producir resultados de acuerdo con criterios de justicia. Los procedimentalistas, por el contrario, se apoyarían en procesos deliberativos idealizados y estarían muy interesados en cómo se toman las decisiones y no tanto en qué decisiones se toman. Como vemos, los motivos para limitar el poder inmediato de la gente o para ampliarlo apelan siempre al poder de la gente (a lo que quiere el pueblo en su agregación inmediata o a lo que realmente quiere en la construcción indirecta de su voluntad política).
Asistimos a la consolidación de una gran escisión cuyas consecuencias no pueden ser más que dañinas para una concepción integral y equilibrada de la democracia. Los problemas que dependen del saber experto irán llevándonos hacia un gobierno técnico; las demandas de reconocimiento, que se expresan en el lenguaje de la identidad personal, evolucionarán hacia algo parecido al anarquismo. Se asienta así una profunda ruptura entre la razón y la expresión. Hoy podemos constatar que, desde el punto de vista de la legitimidad democrática, tanto el solucionismo como el expresionismo están sobrecargados. La habilidad de los sistemas democráticos se acreditará en función de que sean o no capaces de encontrar soluciones a estos problemas al mismo tiempo, sin declarar la victoria voluntarista sobre el principio de realidad o repetir que los problemas relativos a la identidad son cosa del pasado. Se requiere una nueva síntesis que combine de un modo democráticamente satisfactorio eficacia y reconocimiento.
¿Qué diagnóstico acerca de la crisis de la democracia sería entonces más acertado y nos daría mejores indicaciones acerca de su supervivencia? Mi interpretación de la crisis actual de la democracia es que algunos de sus valores han dejado de funcionar equlibradamente; en este caso, el principio de realidad y el principio de placer se han disociado: la competencia contrasta con las limitaciones en las que la política debe desenvolverse y las expectativas de participación no son compatibles con la complejidad de los asuntos. La articulación de estas dimensiones ya no resulta inteligible ni fácilmente practicable una vez que se ha rebasado cierto umbral de complejidad.
La democracia ha vivido la mayor parte de su historia de glorias pasadas; ahora debe sobrevivir reformulando su función en el mundo actual y en el futuro.
Superar esta ruptura requiere, de entrada, un ejercicio de renovación conceptual. La causa de que el debate esté protagonizado por ingenuos y cínicos se debe a que las cosas no funcionan según la definición simplista de la democracia que manejamos; de ahí que no tengamos tanto una crisis de la democracia como una crisis de la teoría de la democracia. [11]11 — Shattschneider. E. E. (1960). The Semisovereign People: A Realist’s View of Democracy in America. Nueva York: Holt, Rinehart and Winston, p. 131. La democracia ha vivido la mayor parte de su historia de glorias pasadas; ahora debe sobrevivir reformulando su función en el mundo actual y en el futuro.
Cómo sobreviven las democracias
En los numerosos análisis acerca del malestar democrático hay más obituarios que propuestas acerca de lo que debería hacerse para que la democracia sobreviva. Plantearé tres ejercicios de reanimación que tienen un cierto carácter contraintuitivo porque invitan a completar la democracia frente a su simplificación habitual, a protegerla frente a sí misma y a concebirla más como un sistema que como la acción de sujetos individuales.
a) Una democracia completa
La democracia ha de temer más a sus falsos amigos que a sus verdaderos enemigos. Cualquier cosa que quiera defenderse políticamente encuentra una justificación más convincente si se hace en nombre de la democracia que contra ella. Una de las grandes ironías acerca de cómo mueren las democracias es que la misma democracia es usada como pretexto para su subversión; la democracia tiene tanto prestigio que calificamos como tal cualquier cosa que nos gusta. [12]12 — Mounk, Y. (2018). The People vs. Democracy. Why our Freedom Is in Danger & How to Save it. Cambridge: Harvard University Press, p. 26. Las peores perversiones políticas suelen hacerse en nombre de una democracia de la que se ha aislado un momento, un valor o una dimensión, como ocurrió con el fascismo y el comunismo que la invocaban y pretendían revitalizarla. Wendy Brown [13]13 — Brown, W. (2015). Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution. Cambridge: MIT Press. llama desdemocratización a aquella forma muy contemporánea de corrupción de la política que amenaza la democracia sin atacar sus principios, en nombre incluso de ellos: el liberalismo apela a la libertad, el populismo niega las mediaciones institucionales para encontrar la unidad del “verdadero” pueblo… Es este homenaje inquietante a los principios de la democracia el que caracteriza esta nueva perversión frente al clásico totalitarismo abiertamente antidemocrático.
Cualquier elemento de la democracia tomado aisladamente termina produciendo algo que tiene poco que ver con lo que deberíamos esperar de ella. La actual crisis de la democracia es, a mi juicio, una crisis de unilateralización de alguno de sus elementos. Este es el sentido en el que cabría pensar incluso la posibilidad de que fracasara la democracia permaneciendo intacta. Podría suceder que los elementos fundamentales de la democracia siguieran operando, pero no lo hicieran de manera conjunta, equilibradamente. [14]14 — Runciman, D. (2018). How Democracies End. Nova York: Basic Books, p. 6. Lo que más fragiliza nuestras instituciones democráticas es su mutilación o reduccionismo, su simplificación. La democracia es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, autoridades independientes, rendición de cuentas, deliberación, representación…).
Hemos de trabajar en favor de una cultura política más compleja y matizada. Uno de nuestros principales problemas tiene su origen precisamente en el hecho de que cuando las sociedades se polarizan en torno a contraposiciones simples no dan lugar a procesos democráticos de calidad. ¿Cómo se puede promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados sistemáticamente con la desatención e incluso el desprecio? ¿Cómo se puede evitar que sean tan rentables electoralmente la simpleza y el mero rechazo? Hagamos intervenir en el proceso democrático más valores, actores e instancias, pensemos un equilibrio más sofisticado entre todo ello y habremos puesto las bases para la supervivencia de la democracia en el siglo xxi. Solo una democracia compleja es una democracia completa.
b) Proteger a la democracia de sí misma
Las democracias representativas tienen hoy dos enemigos: el mundo acelerado, la predominancia de los mercados globalizados, por un lado, y la hybris de la ciudadanía, por el otro, es decir, la ambivalencia de una sociedad a la que la política debe obedecer, por supuesto, pero cuyas exigencias, por estar poco articuladas políticamente, son con frecuencia contradictorias, incoherentes y disfuncionales. Mencionar este segundo peligro es romper un tabú, porque buena parte de nuestra clase política y quienes escriben de política suelen practicar una adulación al pueblo, al que no sitúan en ningún horizonte de responsabilidad. Pocos hablan de las amenazas “democráticas” a la democracia, las que proceden del imperio de la demoscopia, la participación sin igualdad efectiva, las expectativas exageradas o la transparencia absolutizada. Al señalar esta carencia no pretendo invalidar el principio de que en una democracia el único soberano es el pueblo; me limito a subrayar que la democracia representativa es el mejor invento de que hemos sido capaces para compatibilizar, no sin tensiones, este principio con la complejidad de los asuntos políticos, la contraposición entre eficiencia y soberanía que mencionaba al describir las amenazas de la democracia. ¿Y si la democracia fuera un sistema cuya inteligencia en el fondo consiste en que es capaz de combinar institucionalmente la soberanía popular con la sospecha hacia esa misma soberanía?
Por eso cabe afirmar sin exageración que, desde la más modesta tecnología hasta los procedimientos políticos más sofisticados, los sistemas de gobierno son tanto más inteligentes cuanto más pueden resistir a la obstinación de quienes gobiernan (sea el pueblo soberano o sus eventuales representantes). Todo el progreso humano está en juego se juega en ese difícil equilibrio entre permitir a la voluntad humana gobernar los acontecimientos e impedir al mismo tiempo la arbitrariedad.
Un sistema inteligente es, por así decirlo, un sistema que nos protege no solo frente a otros sino también frente a nosotros mismos. Se configura tras la experiencia de los peligros que somos capaces de autogenerar y frente al atavismo de considerar que nuestro peor enemigo es siempre alguien distinto de nosotros mismos.
Una sociedad está bien gobernada cuando resiste el paso de malos gobernantes. La democracia unicamente puede sobrevivir si la inteligencia del sistema compensa la mediocridad de los actores
Para actuar con este tipo de inteligencia contraintuitiva, hay que haber caído en la cuenta, por ejemplo, de que lo que amenaza una sociedad no son tanto las armas nucleares en poder del enemigo sino sus propias centrales nucleares; la amenazan menos las armas biológicas del enemigo que ciertos experimentos de su sistema científico; la amenaza no tanto la invasión de soldados extranjeros sino la propia criminalidad organizada y la demanda de los propios drogadictos; la amenaza no es tanto el hambre y la muerte causados por la guerra sino la invalidez y la muerte causadas por sus accidentes de tráfico. Es decir, lo que más impide que las sociedades plurales decidan libremente su destino no es tanto un obstáculo exterior como la propia falta de acuerdo en su seno. La solución no pasa por las personas, me permito concluir, sino por mejorar los sistemas que nos protejan contra las personas, contra nuestros errores, nuestra demencia o nuestra maldad.
c) Sobreponerse a los malos gobernantes
Para entender qué es un sistema de inteligencia colectiva —como se supone que debería serlo la política en una sociedad democrática— puede resultarnos ilustrativo el experimento mental planteado por Robert Geyer y Samir Rihani: [15]15 — Geyer, R.; Rihani, S. (2010). Complexity and Public Policy. A New Approach to 21st Century Politics, Policy and Society. Londres: Routledge, p. 188. ¿qué pasaría si los gobernadores del Banco de Inglaterra fueran sustituidos por una habitación llena de monos? Si uno tuviera que responder rápidamente a esta pregunta, la intuición inmediata le llevaría a asegurar que la economía británica colapsaría. Ahora bien, a nada que hayamos podido reflexionar un poco y superar el automatismo en la respuesta, si miramos las cosas desde la perspectiva de complejidad de los sistemas, la respuesta sería muy diferente: el gobierno de los monos pondría de manifiesto hasta qué punto estamos gobernados más por sistemas que por personas, con equilibrios, contrapesos y correcciones automáticas, por lo que los monos no harían tanto daño como podría temerse.
respuestas iniciales se pone de manifiesto hasta qué punto somos deudores de un modo de pensar centrado en los individuos y los líderes, en el corto plazo y en la falta de atención a las condiciones sistémicas en las que tienen lugar nuestras acciones. Seguimos pensando que el gobierno es una acción heroica de las personas en vez de entender que se trata de configurar sistemas inteligentes. Por eso hablamos de liderazgo con unas connotaciones tan personalizadas, la atención pública se interesa principalmente por las cualidades personales de quienes nos gobiernan, nos preocupa más descubrir a los culpables que reparar los malos diseños estructurales.
Todo lo que sea poner el foco en el ser humano para designar los problemas que tenemos —la teoría de que lo importante es el ser humano, sea desde la perspectiva de las características personales del líder o de las motivaciones del votante individual en clave de rational choice— lleva consigo una infravaloración de las propiedades sistémicas de la complejidad social.
Los principales problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad tienen el carácter de problemas planteados por una realidad interdependiente y concatenada ante los cuales sus componentes individuales son ciegos: insostenibilidad, riesgos financieros y, en general, aquellos que están provocados por una larga cadena de comportamientos individuales que pueden no ser malos en sí mismos, pero sí lo es su desordenada agregación. De ahí que no se trate tanto de modificar los comportamientos individuales como de configurar adecuadamente su interacción, y esa es precisamente la tarea que podemos designar como inteligencia colectiva. Se gana mucho más mejorando los procedimientos que mejorando a las personas que los dirigen. No deberíamos esperar tanto de las virtudes de quienes componen un sistema complejo ni temer mucho de sus vicios; lo que realmente debería inquietarnos es si su interconexión está bien organizada, y cómo son las reglas, los procesos y las estructuras que configuran esa interdependencia.
Las sociedades están bien gobernadas cuando las gobiernan sistemas en los que se sintetiza una inteligencia colectiva (reglas, normas y procedimientos) y no cuando tienen al frente personas especialmente dotadas. Podríamos prescindir de las personas inteligentes, pero no de los sistemas inteligentes; esto se suele decir de otra manera: una sociedad está bien gobernada cuando resiste el paso de malos gobernantes. Estos 200 años de democracia han configurado precisamente una constelación institucional en la que un conjunto de experiencias han cristalizado en estructuras, procesos y reglas (especialmente las constituciones) que proporcionan a la democracia un alto grado de inteligencia sistémica, una inteligencia que no está en las personas sino en los componentes constitutivos del sistema. De alguna manera esto hace al régimen democrático independiente de las personas concretas que actúan e incluso de quienes lo dirigen, y hace que también sea resistente frente a los fallos y debilidades de los actores individuales. Por eso la democracia tiene que ser pensada como algo que funciona con el votante y el político medio; únicamente sobrevive si la propia inteligencia del sistema compensa la mediocridad de los actores, incluido el eventual paso de unos monos por el gobierno.
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Referencias y notas
1 —Adams, J. (1851). The Works of John Adams, vol. 6. Boston: Little, Brown and Co, p. 484.
2 —Runciman, D. (2018). How Democracies End. Nueva York: Basic Books.
3 —Levitsky, S.; Ziblatt, D. (2018). How Democracies Die. Nueva York: Crown.
4 —Mounk, Y. (2018). The People vs. Democracy. Why our Freedom Is in Danger & How to Save it. Cambridge: Harvard University Press, p. 254.
5 —Caplan, B. (2008). The Myth of the Rational Voter. Why Democracies Choose Bad Politics. Princeton: Princeton University Press.
6 —Bartels, L. (2008). “The Irrational Electorate”. The Wilson Quaterly, núm. 32, p. 44-50.
7 —Achen, C.; Bartels, L. (2016). Democracy for Realist. Why Elections Do Not Produce Responsive Government. Princeton: Princeton University Press.
8 —Brennan, J. (2016). Against Democracy. Princeton: Princeton University Press.
9 —Achen, C.; Bartels, L. (2016). Democracy for Realist. Why Elections Do Not Produce Responsive Government. Princeton: Princeton University Press.
10 —Brennan, J. (2016). Against Democracy. Princeton: Princeton University Press, p. 140.
11 —Shattschneider. E. E. (1960). The Semisovereign People: A Realist’s View of Democracy in America. Nueva York: Holt, Rinehart and Winston, p. 131.
12 —Mounk, Y. (2018). The People vs. Democracy. Why our Freedom Is in Danger & How to Save it. Cambridge: Harvard University Press, p. 26.
13 —Brown, W. (2015). Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution. Cambridge: MIT Press.
14 —Runciman, D. (2018). How Democracies End. Nova York: Basic Books, p. 6.
15 —Geyer, R.; Rihani, S. (2010). Complexity and Public Policy. A New Approach to 21st Century Politics, Policy and Society. Londres: Routledge, p. 188.
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Referencias complementarias
- Dahl, R. (1983). “Federalism and the Democratic Process”. In: Pennock, J. R.; Chapman, J. W. (ed.). Nomos XXV: Liberal Democracy. Nueva York: New York University Press, pp. 95-108.
- Fukuyama, F. (2015). “Why is Democracy Performing so Poorly”. Journal of Democracy vol. 26, núm. 1, pp. 11-20.
- Keane, J (2009). The Life and Death of Democracy. Londres: Simon and Schuster.
Daniel Innerarity
Daniel Innerarity es Catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y titular de la Cátedra de Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia. También es director del Instituto de Gobernanza Democrática (Globernance). Doctor en Filosofía, ha sido profesor visitante en varias universidades europeas y americanas. Es autor de numerosos libros, entre los que destacan La libertad democrática (2023), La sociedad del desconocimiento (2022) o Una teoría de la democracia compleja: gobernar en el siglo XXI (2019). Escribe regularmente en El País, El Correo/Diario Vasco y La Vanguardia.