“El concepto de crisis se ha convertido en la forma fundamental de interpretar el tiempo histórico” [1]1 — Koselleck, R. (2006). “Crisis”.  Journal of the History of Ideas, vol. 67, núm. 2, p. 371. Disponible en linea.

Reinhart Koselleck


La Revolución de los Claveles de 1974 marcó el inicio de un período de transición política en el sur de Europa que condujo, casi simultáneamente, a la desaparición de los últimos regímenes autocráticos en Portugal, Grecia y España, unos hechos que forman parte de lo que Huntington denominó “tercera ola democratizadora”. [2]2 — Huntington, S. P. (1993). The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century, vol. 4. University of Oklahoma Press. La cuestión que plantea este artículo es si esta ola democratizadora, favorecida por la política de distensión o détente de la Guerra Fría, formó parte de una transformación más profunda, en la que las capas tectónicas del orden mundial se estaban recolocando y provocaron las fisuras que han llevado a la crisis actual del último imperio occidental y su orden neoliberal. Desde una perspectiva geopolítica, el artículo bucea en los procesos de transformación profunda de las estructuras de poder ideológicas, económicas y políticas que han tenido lugar, e intercala las escalas regionales y globales, a fin de contextualizar apropiadamente los acontecimientos del pasado y dilucidar qué parece traernos el futuro.

Análisis de las estructuras que sostuvieron el orden imperial occidental

Disertar acerca de los cambios geopolíticos que han tenido lugar desde 1974 requiere realizar un breve análisis de las macroestructuras de poder que han moldeado nuestro tiempo desde la segunda mitad del siglo XX y que son: (i) el auge del orden económico capitalista liberal (y sus versiones alternativas “a la rusa” o “a la china” presentes en el nuevo milenio); (ii) la universalización del Estado nación, y (iii) el intento de construcción de la hegemonía norteamericana como el último de los imperios globales occidentales. Estas estructuras constituyen los tres pilares del tiempo histórico que llamamos globalización, y su impacto desigual es lo que ha llevado a algunos a cuestionarlas y a hablar más bien sobre globalizaciones o, incluso, antiglobalizaciones. [3]3 — Held, D.; McGrew, A. (2007). Globalization/Anti-globalization: Beyond the Great Divide. Polity.

Estas macroestructuras han convivido en un proceso coconstitutivo, en el que las crisis y transformaciones originadas en alguna de ellas han provocado la transformación de las demás, y la hegemonía norteamericana y su proyectado imperio informal han sido los que más damnificados han salido de estos choques de placas tectónicas. A continuación, analizaremos por qué y trataremos de señalar las causas y de situar en el tiempo y en el espacio el origen de su declive.

Estados Unidos, ¿potencia global o globalismo nacionalista?

Desde un punto de vista ideológico, el imperialismo ha sido el elemento central de la modernidad política y, a la vez, desde el siglo XIX, ha sido el principal responsable de la fragmentación de la globalización. Esta fragmentación ocasionó una fractura racial, económica y “civilizacional” dominada por el intento europeo u occidental de explicar y legitimar su superioridad, lo que dio origen a la desigualdad y falta de cohesión que aún azota nuestro mundo y que supone el principal obstáculo a su gobernabilidad.

El imperialismo ha sido el elemento central de la modernidad política y, a la vez, desde el siglo XIX, ha sido el principal responsable de la fragmentación de la globalización

De este pasado histórico surgieron los dos imperios informales que marcarían las principales dinámicas de rivalidad geopolítica desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1991: Estados Unidos y la Unión Soviética. Por ello, la época de la Guerra Fría fue un tiempo marcado por la búsqueda del equilibrio entre lo que podríamos llamar globalizaciones rivales, lo que dio lugar a geografías ad hoc, caracterizadas por la regionalización de un “mundo libre”, bajo la hegemonía de EE. UU., y uno “comunista”, liderado por la URSS bajo la égida de un antioccidentalismo militante.

Como Estados Unidos fue el único superviviente de esta competencia geopolítica por dominar el mundo, me centraré en su explicación y eventual declive, para cuyo análisis se requiere, en primer lugar, una breve conceptualización acerca de lo que entendemos por imperio. Un imperio informal, al modo del estadounidense, es aquella organización en la que, pese a que existe un poder político situado en el núcleo, se permite a los poderes políticos periféricos desarrollar un cierto modo de soberanía formal, pero con una autonomía significativamente limitada por el empleo de la intimidación militar o económica. [4]4 — Mann, M. (2013). The Sources of Social Power, vol. 4. Cambridge: Cambridge University Press, p. 86-87. Según Michael Mann, por el tipo de coacción empleada, los imperios informales se podrían dividir en tres subtipos: (i) el imperio informal de la cañonera, caracterizado por intervenciones militares intensas pero breves sobre territorios no colonizados pero sobre los que se pretende influir; (ii) el imperialismo económico, en el que la coacción militar se sustituye por la coacción económica, mediante la intervención en las economías periféricas a través de “ajustes estructurales” impuestos por las organizaciones financieras internacionales que el imperio lidera, y, finalmente (iii) el imperio informal mediante representantes o proxies locales, en el que se ejerce una especie de subcontratación de la coacción a cambio de la concesión de ayuda económica o militar.

Siendo así, en el ámbito de la coacción o hegemonía militar, EE. UU. ha ejercido la hegemonía a través de instituciones internacionales de seguridad como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), así como mediante la construcción de una red de estados clientelares fidelizados mediante alianzas defensivas y contratos armamentísticos.

En el ámbito económico-financiero, Estados Unidos ha dominado a través del dólar y su paridad con el oro en el sistema Bretton Woods (hasta 1971), al igual que mediante otros subproductos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Por último, en el ámbito comercial, su dominio ideológico y normativo lo ha ejercido a través del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por la sigla en inglés) o la Organización Mundial del Comercio, y han situado el libre comercio como condición y garantía de su influencia hegemónica.

Su imperio informal mediante proxies lo ha desarrollado, sin embargo, interviniendo militarmente para defender o instalar regímenes clientelares, y son representativas de esta tendencia sus intervenciones en países del Medio Oriente como Irán (hasta 1979), Irak, Israel, Arabia Saudí o Kuwait, de los que se ha servido para ejercer el control geoestratégico mediante la asistencia militar directa o el establecimiento de bases militares en sus territorios. En este contexto, desde la década de los setenta, en la mayoría de las ocasiones ha dominado mediante el uso de proxies y de forma deslocalizada, motivados en sus objetivos por la defensa del capitalismo mucho más que por motivos ideológicos relacionados con la defensa de la democracia, pese a haber sido esta la narrativa legitimadora dominante, ya que la prosperidad de Estados Unidos ha sido asociada a la prosperidad de la economía global por parte de sus élites, que han asociado el concepto de democracia al concepto de libertad de empresa, pero, fundamentalmente, de la empresa norteamericana.

EE. UU. ha ejercido la hegemonía a través de instituciones como la OTAN o el Consejo de Seguridad de la ONU, y con la construcción de una red de estados clientelares fidelizados mediante alianzas defensivas y contratos armamentísticos

Los autores como Cox o Wallerstein que, desde distintas perspectivas teóricas, cuestionan la realidad de la hegemonía estadounidense por el hecho de estar sujeta a los condicionantes de las otras macroestructuras de poder o por la simple presencia de polos de resistencia a su hegemonía, convergen con autores como Mann en la idea de que el interés geoeconómico por el control de regiones remotas por parte de Estados Unidos ha constituido, más que una hegemonía, una suerte de “globalismo nacionalista” que no entendía de límites geográficos. Esto es así porque los intereses de Estados Unidos se proyectaban simbólicamente a lo largo y ancho del planeta, y convertían cualquier amenaza lejana en una cercana, [5]5 — Mann, M. (2013). The Sources of Social Power, p. 26. mientras disminuía, en ese proceso, su capacidad de influir en muchas dinámicas políticas, económicas o ideológicas que tenían lugar en los intersticios de la globalización que pretendían dominar.

La década de los setenta: el gran punto de inflexión

Intentar situar el origen de los cambios que se colaron por estas dinámicas intersticiales y que condujeron al declive del mundo unipolar que surgió tras la Guerra Fría nos lleva a situarnos en la década de los setenta, coincidiendo con las grandes transformaciones estructurales que tuvieron lugar a nivel económico y político y que estuvieron marcadas por la salida oficial de Estados Unidos del sistema Bretton Woods en 1971, la crisis petrolera de 1973 y el auge de nuevos actores regionales y transnacionales que contribuirían al desbanque final de Estados Unidos como potencia hegemónica en el siglo XXI. A continuación, analizaremos la relación entre estas transformaciones.

La depreciación del dólar provocada por la financiación de la guerra de Vietnam y que precipitó la salida del sistema Bretton Woods fomentó que Estados Unidos limitara sus intervenciones directas en el exterior y decidiera descentralizar sus actuaciones mediante el empleo de proxies o aliados. Esto tuvo tres repercusiones que, de manera más o menos directa o indirecta, han contribuido a propiciar su declive en el siglo XXI: (i) el auge de estados aliados o proxies que a largo plazo han resultado ser nocivos para la defensa de los intereses norteamericanos y su consolidación como referente hegemónico (Israel o Arabia Saudí); (ii) el auge de movimientos yihadistas transnacionales antioccidentales, que pudieron financiarse gracias a los petrodólares provenientes de la crisis de 1973, y (iii) el comienzo del despunte de Asia bajo el liderazgo de China, que en la década de los setenta se encontraba en una fase de redefinición de su política exterior, y que se ha alineado con la causa árabe, ha buscado establecer relaciones con países del Tercer Mundo y ha destacado por su no intervencionismo militarista y su independencia política con respecto a las superpotencias del momento. A esto se unió la entrada en una nueva época de implementación de reformas bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, que provocarían un rápido crecimiento económico que la ha llevado a convertirse en el principal rival para la hegemonía de Estados Unidos en el siglo XXI.

La guerra de 1973

De todas estas dinámicas y acontecimientos, fue la intervención norteamericana en la guerra de 1973 —o guerra de Yom Kippur apoyando a Israel— la que tuvo un mayor impacto en las transformaciones estructurales que vendrían después, ya que generó la aparición de un nuevo actor surgido de los desiertos de Arabia para otorgar un cariz híbrido a esta guerra: el petróleo. Esto otorgó a actores como Arabia Saudí una capacidad de influencia sobre la economía mundial sin precedentes. La intrusión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en la economía amenazaba el prestigio y el liderazgo político y militar del imperio estadounidense. En este contexto, el apoyo a Israel iniciado con la administración Kennedy para emplear la “cañonera” israelí frente a la expansión del nacionalismo árabe prosoviético se tornó incompatible con la doctrina de los dos pilares desarrollada hasta entonces. Esta doctrina, basada en el apoyo a Arabia Saudí e Irán, garantizaba el abastecimiento petrolero y le aseguraba el mantenimiento de la hegemonía sobre sus aliados, principalmente Europa y Japón, a los que se garantizaba el acceso a un petróleo barato. El equilibrio que proporcionaban los dos pilares se rompió con la incorporación de Israel al juego estratégico y acabó liquidado tras la Revolución iraní de 1979. Ya en mayo de 1973, el rey Faisal advirtió a Nixon de que necesitaba contar con aliados árabes para poder defender los intereses de EE. UU. en la OPEP y que “no podría encontrar a esos aliados en tanto que continuara apoyando la ocupación israelí de tierras árabes”. [6]6 — Bennis, P. (2001). “What Has Been the Role of the UN in the Israel-Palestine Struggle”. Fact Sheets. Trans Arab Research Institute (TARI). Disponible en linea.

El impacto del boicot petrolero sobre las estructuras de poder internacionales fue tal que hay autores como Issawi que hablan de una oscilación del poder en detrimento de Norteamérica, evidenciado por el alcance de la paridad armamentística con respecto a la URSS, por el surgimiento incipiente de los mercados asiáticos y por la creciente asertividad política y desconfianza con respecto a Estados Unidos de los miembros de la Comunidad Económica Europea, que prefirieron negociar directamente con los estados productores de petróleo las condiciones de suministro. [7]7 — Issawi, C. (1978). “The 1973 Oil Crisis and After”. Journal of Post Keynesian Economics, vol. 1, núm. 2, p. 6 i 14.

El resultado más inmediato de la crisis económica internacional fruto de la crisi petrolera del 1973 fue el enriquecimiento exponencial de los países exportadores de petróleo y el fortalecimiento de su influencia como referentes en el mundo musulmán

El resultado más inmediato de la crisis económica internacional fue el enriquecimiento exponencial de los países exportadores de petróleo y el fortalecimiento de su influencia como referentes en el mundo musulmán, al poder costear, gracias a los petrodólares, su proyección política mediante la financiación de su ideología wahabista y rigorista entre musulmanes de Oriente y Occidente o de actores político-religiosos como los Hermanos Musulmanes, los muyahidines afganos (de los que surgirían los talibanes) o posteriormente al-Qaeda. Todos ellos fueron actores no estatales que arrastrarían a Estados Unidos al lodazal en el que se convirtió la guerra contra el terror, que marcó las primeras dos décadas del siglo XXI, y le hizo fracasar en las intervenciones militares fallidas que debían conducir a la democratización del Gran Oriente Medio, el nuevo Rimland, repleto de zonas grises que haría descabalgar de su hegemonía al último imperio del siglo XX.

Del “Make America great again” a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y a la guerra de datos: nuevas tendencias geopolíticas en el siglo XXI

Si el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos, la idea de que el siglo XXI será el siglo asiático ha planeado sobre el discurso de los analistas geopolíticos más actuales. Esto es así por dos motivos. En primer lugar, por el declive del imperio informal norteamericano ya explicado, reflejado en un menor intervencionismo y una vuelta a la defensa de sus intereses nacionales contenidos en el lema aspiracional de sus corrientes políticas más conservadoras: “Make America great again (MAGA). En segundo lugar, por el proyectado sorpasso económico de China a Estados Unidos en las próximas décadas. El PIB chino ascendía en 2023 a 20 billones de dólares frente a los 26,8 billones de la economía estadounidense, [8]8 — Delgado, S. (2024). “Así podría superar la economía china a EEUU antes de 2030”. Estrategias de Inversión. Disponible en linea. lo que recorta la distancia entre ambos y fortalece la asertividad china en el exterior, reflejada en su caso en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative, BRI). Esta Iniciativa contempla la construcción de seis corredores terrestres y otros puntos de articulación de rutas comerciales marítimas, que supondrán la mayor plataforma de cooperación económica y construcción de infraestructuras (vial, ferroviaria, portuaria y energética) que se hayan construido hasta el momento para conectar Asia, Europa y África.

El crecimiento económico y la proyección exterior china sitúan a Estados Unidos en un importante dilema geopolítico, puesto que para impedir este sorpasso debería contar con Rusia, y la actual guerra de Ucrania parece haber dinamitado todos los puentes que conducían en esa dirección. En este sentido, el peor escenario que se le puede plantear a Estados Unidos es la conversión de Rusia en un vasallo del poderío económico chino, alimentado por la dependencia energética china y por el aislamiento al que está siendo sometido el régimen de Putin por parte de las potencias occidentales. La ecuación de aliados “antihegemónicos” se complica si sumamos Irán al tablero, una cuestión que hizo saltar las alarmas en Washington cuando, en abril del 2023, China consiguió reunir en Beijing a los principales antagonistas del Medio Oriente: Irán y Arabia Saudí, en lo que podía señalar el preludio de una reconciliación que empezó con la reanudación de sus relaciones diplomáticas gracias a la mediación del país asiático.

Pero las nuevas tendencias geopolíticas del siglo XXI no van a pivotar únicamente en torno a cuestiones tradicionales de seguridad relacionadas con polos de poder estatales. Aunque se afiance la tendencia hacia el multilateralismo o hacia esa “unimultipolaridad” señalada por Huntington, los principales desafíos para la seguridad internacional provendrán de los problemas derivados del cambio climático o por la aparición de tecnologías de la información disruptivas que están llevando a una “guerra de datos”, y que pueden hacer descarrilar el protagonismo de los estados y fomentar el auge de actores económicos no estatales y transnacionales.

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Reunión de representantes de China y Estados Unidos para hablar sobre las relaciones comerciales entre ambos países, el 21 de febrero de 2019. Fotografía: Tía Dufour/Casa Blanca/Wikimedia Commons


El cambio climático ya ha empezado a producir desplazamientos de población por hambrunas y crisis alimentarias, y podría abrir en un futuro no muy lejano un nuevo escenario de confrontación geopolítica entre las grandes potencias si no se detiene el deshielo del Ártico. Por otro lado, la lucha contra el cambio climático está fomentando el desarrollo de fuentes de energía no fósiles, lo que provocará cambios estratégicos por el control de los recursos que harán perder influencia a estados que ahora se consideran fundamentales para la seguridad energética.

A distinto nivel, la competencia por el control de los datos implicará una transformación en la recopilación, análisis y uso estratégico de la información, que vendrá alimentada por el desarrollo de nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, que mejorarán la capacidad de análisis y la previsión de comportamientos, ambas fundamentales en la toma de decisiones estratégicas. Por otro lado, la irrupción de estas tecnologías en el ámbito de la seguridad incrementará los ciberataques y la ciberdefensa, incluyendo la capacidad de romper códigos y cifrados mediante la computación cuántica o la utilización de la cadena de bloques (blockchain) para asegurar la confiabilidad de la información. En este sentido, no es descabellado pensar que empresas como Google, Palantir Technologies, Oracle, Amazon o IBM resulten ser tan influyentes para garantizar la gobernabilidad mundial como en la actualidad lo son los estados.

Pero si existe un elemento que caracterizará las nuevas dinámicas de poder e influencia serán las tecnologías de manipulación de contenidos, tan empleadas por Rusia o China como modo de influir en procesos políticos que tienen lugar en terceros estados, de forma que provocan prácticas que se encuentran en la híbrida zona gris, y difuminan en el proceso las líneas divisorias entre la guerra y la paz. Las herramientas avanzadas de manipulación de mensajes, como la generación de textos y contenidos multimedia mediante granjas de troles o inteligencia artificial, serán utilizadas para crear información falsa, desinformación o propaganda. Esto supondrá la principal amenaza a las democracias de corte occidental, sujetas a los vaivenes de los ciclos electorales y sustentadas sobre el derecho a la información y la libertad de prensa. Si el desarrollo tecnológico acaba por llevarnos a un mundo en el que la realidad y la ficción ya no serán fácilmente discernibles, aumentar la resiliencia ciudadana frente a la desinformación parece ser la vía más sensata.

Las tecnologías de manipulación de contenidos, utilizadas para crear desinformación, serán la amenaza principal para el futuro de las democracias de corte occidental

En conclusión, si la Revolución de los Claveles inició una nueva ola democratizadora que acabó con los vestigios del autoritarismo en Europa, la revolución tecnológica podría llevar a una ola contraria en el siglo XXI, en la que la desconfianza y la conspiranoia acaben secuestrando el proyecto emancipatorio del liberalismo político, lo que sembrará la desconfianza ciudadana en las instituciones y los Estados que las sustentan. Siendo así, puede que la próxima gran confrontación mundial ya no se espere en el Pacífico o en el Ártico, sino en las mentes y corazones que sostienen el mundo tal y como hoy lo conocemos.

  • Referencias y notas

    1 —

    Koselleck, R. (2006). “Crisis”.  Journal of the History of Ideas, vol. 67, núm. 2, p. 371. Disponible en linea.

    2 —

    Huntington, S. P. (1993). The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century, vol. 4. University of Oklahoma Press.

    3 —

    Held, D.; McGrew, A. (2007). Globalization/Anti-globalization: Beyond the Great Divide. Polity.

    4 —

    Mann, M. (2013). The Sources of Social Power, vol. 4. Cambridge: Cambridge University Press, p. 86-87.

    5 —

    Mann, M. (2013). The Sources of Social Power, p. 26.

    6 —

    Bennis, P. (2001). “What Has Been the Role of the UN in the Israel-Palestine Struggle”. Fact Sheets. Trans Arab Research Institute (TARI). Disponible en linea.

    7 —

    Issawi, C. (1978). “The 1973 Oil Crisis and After”. Journal of Post Keynesian Economics, vol. 1, núm. 2, p. 6 i 14.

    8 —

    Delgado, S. (2024). “Así podría superar la economía china a EEUU antes de 2030”. Estrategias de Inversión. Disponible en linea.

Sonia Sánchez Díaz

Sonia Sánchez Díaz es profesora de Relaciones Internacionales y Vicedecana de Internacionalización en la Facultad de Comunicación de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid). Es doctora en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense de Madrid y tiene un máster en Política y Sociedad en Israel por la Universidad Hebrea de Jerusalén, además de un máster en Relaciones Internacionales y Oriente Medio por la Universidad de Durham. A lo largo de su carrera, ha combinado su perfil como asesora y analista política internacional con la gestión de proyectos, la docencia y la investigación. Actualmente también es integrante del Consejo Científico del Real Instituto Elcano.