El día 1 de octubre de 2017 muchos catalanes que votaron en el polémico referéndum acaecido en esa fecha enarbolaron un clavel rojo, el estandarte lírico de la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974. Los medios lusos se hicieron eco de esta coincidencia simbólica, subrayando que incluso el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, había alzado, en uno de los locales de voto, la flor revolucionaria de un lejano abril portugués. ¿Qué significaron estos claveles catalanes? Y ¿qué sentido pueden tener hoy para Catalunya, cincuenta años después de la Revolución del 25 de Abril, los rojos claveles portugueses?
El deseo de ser Portugal
Portugal es, para muchos catalanes, un espejo mágico en el que contemplan la posibilidad de su propia independencia. El país de Camões y Pessoa funciona, por lo menos, como un seguro de vida de la diversidad ibérica. La realidad española no ha sido capaz de asimilar a lo largo de la historia el rectángulo luso, y esto funciona como una esperanza para el triángulo, nunca equilátero, de la cultura catalana. En este sentido, el 25 de abril de 1974 nos presenta, en ese espejo mágico, el rostro más simpático de la realidad lusa: una cara amable y libre, revolucionaria y utópica, dibujada con claveles rojos.
Si tuviéramos que reducir ese clavel a un solo pétalo lexical, el vocablo elegido sería sin duda libertad. En 1974 y en 2017, esa era la radiación de estas flores, su más intenso aroma. Libertad es una palabra abierta, una especie de Aleph terminológico: en esta voz pueden caber todas las demás voces de los diccionarios. En el fondo, se asemeja a una espiral que viaja rumbo al infinito, que puede abarcarlo todo. Abre un horizonte que es todos los horizontes. En fin, estamos ante un espejismo absoluto que, en 1974 y en 2017, encandiló a la realidad portuguesa y a una parte del complejo mosaico catalán. Los catalanes del 2017 querían ser los portugueses de 1974, con la libertad, en forma de flor, como bandera.
El dolor de ser portugués
Y, sin embargo, ahondemos un poco más en las imágenes de la revolución lusa: esos claveles se colocaban en los cañones de fusiles y metralletas, transportados por soldados que, a veces, iban en carros de combate por las calles y plazas de Lisboa. Los catalanes vieron la flor y la cogieron para ponerla en la jarra de su propia historia. Pero parecen no haber visto lo demás: las armas de guerra, todo el utillaje bélico que los claveles matizan.
De hecho, muchos de esos soldados líricos del 25 de abril de 1974 estaban condenados a combatir en el imperio luso, durante la guerra colonial que había arrancado en 1961. Estaban condenados a matar o a morir. Esto nos dice algo fundamental: la independencia portuguesa no es, para nada, un cuento de hadas. No es una flor. Secularmente se asentó en el patrimonio de un imperio con vetas criminales, como todas las construcciones imperiales. Hubo un incansable y sangriento viaje planetario, realizado por los lusos, que fue el precio a pagar por no ser españoles. Un periplo que arranca en 1415, con la conquista de Ceuta, y que terminará poco después de esta revolución de abril de 1974, con la independencia, en 1975, de las últimas colonias lusas. Quedarán nada más el enclave de Macao, que se entregará a China en 1999, y el problema de Timor Oriental, ocupado por Indonesia después de la Revolución de los Claveles, y que sólo se resolverá en 2002.
Para muchos catalanes Portugal es un espejo en el que contemplan la posibilidad de su propia independencia. El 25 d’abril de 1974 nos presenta el rostro más simpático de la realidad portuguesa
La independencia portuguesa no es, de hecho, un sueño, sino más bien una realidad cruda, amasada con un enorme sufrimiento. Escribiendo sobre el imperio, ese combustible vital de Portugal durante muchos siglos, Fernando Pessoa se pregunta, en un poema de Mensagem: “¿Valió la pena?” La respuesta que el poeta se da a sí mismo resulta enigmática: “Todo vale la pena si el alma no es pequeña”. Y en ese mismo libro de 1934, el poeta afirma: “Cumplióse el Mar, y el Imperio se deshizo. ¡Señor, falta por cumplirse Portugal!”. [1]1 — Pessoa, F. (1981). Obra poética (ed. de Miguel Viqueira). Barcelona: Ediciones 29, vol. I, p. 367, 371. Por lo tanto, el país ha sido independiente, pero no se ha realizado: no ha llegado a lo que debería ser. Uno diría que la independencia, por sí misma, no es un pase de magia que resuelve la vida de un país.
Hay otra cosa que esos soldados del 25 de abril de 1974 también saben: a veces la independencia portuguesa, la autonomía plena, real, de la nación, no coincide con la libertad de la ciudadanía. Basándose en el discurso patriótico del Estado Novo, nacionalista a más no poder, a ellos los obligan a jugarse la vida en África. En realidad, épocas dictatoriales, como el tiempo del marqués de Pombal, en la segunda mitad del siglo XVIII, o las décadas de Salazar, en que Portugal no se doblegaba ante nadie, coincidieron con tiempos de esclavitud para los lusos. La paradoja es la siguiente: la libertad de mi país puede ser mi esclavitud. La independencia nacional deriva, a veces, hacia una triste servidumbre personal, como ocurre aún hoy en día en países clausurados en sí mismos, como Corea del Norte, por ejemplo.
Y una nota más sobre lo que esos soldados saben: hay portugueses de primera y portugueses de segunda y de tercera. El país no es para todos: muchos se ven obligados a emigrar. Esto aún ocurre hoy en día. De hecho, un historiador podría contarles que, después de la revolución de 1640, que provocó la salida de Portugal de la monarquía hispánica, algo que se logró 28 años después, en 1668, con un alto precio de sangre, un conjunto de familias se declararon propietarias del país, como si cobraran el papel que tuvieron en esa gesta. [2]2 — Ramos, R.; Sousa, B. V.; Monteiro, N. G. (2009). História de Portugal. Lisboa: A Esfera dos Livros, p. 322-325. La independencia puede no ser la igualdad fraternal de todo un pueblo, sino la creación de estratos sociales privilegiados, que dominan sobre otras capas de la población.
Una película en blanco y negro
Por supuesto, la libertad de una cultura, de un país, es algo hermoso y fundamental. Pero, en realidad, no constituye, por sí misma, la solución mágica de todos los problemas. En el fondo, la libertad crea sus propias dificultades, que pueden estar bien resueltas o no. El día 25 de abril de 1974 fue, en su mayoría, una película en blanco y negro; un blanco y negro en el que se reflejaba el dolor del pasado y del presente, con las notas de color de los claveles rojos y de la alegría de la gente, de su esperanza de que vivir pudiera ser otra cosa. Pero esa muchedumbre no celebraba la libertad nacional, sino la posibilidad de su libertad personal, ante todas las pesadas y sangrientas obligaciones cívicas que le habían sido impuestas. Hay pocas banderas nacionales entre las muchedumbres míticas del 25 de abril. Lo que vemos son caras que se descubren a sí mismas y brazos que se levantan y se afirman.

Conciencia nacional
Respetemos, no obstante, el deseo mimético que Portugal despierta en una parte de la sociedad catalana, pero intentemos también superar sus espejismos y ver qué lecciones reales puede aportar el 25 de abril de 1974 a Catalunya. En primer lugar, aún hoy en día nos impresiona el modo como el pueblo portugués funcionó, con contadas excepciones, como un gran bloque. La conciencia nacional portuguesa es un hecho y, en esa fecha, viró hacia la izquierda, dejando atrás su complicidad con el Estado Novo. Esa conciencia es muy antigua: nació en el siglo XIV, durante la revolución de 1383-1385, y brotó regada por la sangre de una feroz guerra civil, a la que se sumó la intervención de las tropas de Castilla.
En 1640, cuando ocurre la sublevación de Lisboa contra la monarquía hispánica, todo el imperio luso, de nuevo en bloque, acompaña este movimiento, y lo hace desde Asia, desde América, desde África. La única excepción será Ceuta. Algunos ensayistas, como Eduardo Lourenço, hablan incluso, ante este tipo de fenómenos, de una hiperidentidad portuguesa. [3]3 — Lourenço, E. (1994). Nós e a Europa ou as Duas Razões. Lisboa: Imprensa Nacional-Casa da Moeda, p. 10. Es cierto. Ni siquiera la emigración endémica ha diluido esta grande e inamovible pirámide identitaria. El 25 de abril, y en la gran manifestación del 1 de mayo de 1974, vimos el espectáculo de esa muchedumbre articulada que es Portugal.
Catalunya no es así. Sabemos desde los estudios clásicos de Jaume Vicens Vives que se trata de una encrucijada territorial, que convoca todo tipo de poblaciones. [4]4 — Vicens Vives, J. (2013). Notícia de Catalunya. Barcelona: RBA, p. 76-78. Al país le faltan grandes consensos colectivos, algo que se intenta superar con el célebre eslogan “Som un sol poble”. Quizá uno de los mayores errores del procés haya sido querer escenificar una unanimidad nacional, a través de grandes manifestaciones y de un referéndum, cuando lo que había en realidad era un país partido por la mitad. Actuando así se ha roto el espejo identitario catalán, y cada grupo se mira en un añico de la imagen nacional.
Quizá uno de los mayores errores del procés, haya sido querer escenificar una unanimidad nacional a través de grandes manifestaciones y de un referéndum
La construcción de amplios consensos constituye uno de los grandes retos para la Catalunya del futuro. Algunos independentistas ya lo han entendido. Otros tardan en hacerlo. El pueblo unido catalán no tiene los perfiles de una muchedumbre unívoca, sino más bien se parece a un coro con muchas voces. Y esta polifonía probablemente es mucho más rica e interesante que el canto monocorde del nacionalismo en estado puro. El reto de Catalunya, más que la independencia, consiste en la aventura maravillosa de inventar un modo propio, único, de ser nación. Esa será, a nuestro entender, la grandeza catalana.
Los países cambian
Segunda lección real: una de las magias de los claveles rojos es el modo como aquellos soldados, espantosas máquinas de matar, se transforman, gracias a una flor, en mariposas de libertad. Lo que antes era una peligrosa mantis religiosa cambia por una luminosa luciérnaga. De hecho, en aquella jornada culminó un viaje hacia la paz que la cultura portuguesa empezó en la segunda mitad del siglo XIX. En ese “día inicial entero y limpio” —según las palabras de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen— [5]5 — Andresen, S. de M. B. (1986). O Nome das Coisas. Lisboa: Salamandra, p. 25. atrás la sangrienta memoria imperial, que, entre muchas otras salvajadas, incluía el monstruoso pecado de los seis millones de esclavos negros que se transportaron, a lo largo de los siglos, desde África hacia América.
Portugal es, hoy, una nación de paz. Resulta impresionante comprobar cómo el país se recicló a sí mismo, de un modo tan creíble que, en las últimas décadas, varios lusos han ocupado y ocupan puestos de alta responsabilidad a escala internacional. En ese sentido, los claveles rojos en los cañones de las armas de fuego resumen lo que Portugal venía buscando desde hace más de un siglo sin acabar de lograrlo. La paz es, hoy por hoy, nuestro imperio, el más hermoso que hemos conquistado. Y también por ello el país resulta tan atractivo para el turismo internacional. Reina en la nación un sosiego amable de convento budista, como si fuéramos una versión europea de Shangri-La.
De este modo, también España puede cambiar y dejar de ser esa cosa áspera, esa arpillera desagradable que envuelve Catalunya. Y, a su vez, Catalunya tampoco tiene por qué vivir hurgando en esa herida luminosa de una independencia nunca conseguida y siempre buscada, algo que, cuando se intenta, genera nuevas llagas, en un sacrificio perpetuo en que cada nueva derrota nos salva de olvidarnos de nuestra identidad y de nuestro proyecto. De hecho, todo puede ser distinto, todo puede cambiarse. Los países no son fatalidades, cárceles inmutables dentro de las cuales sufrimos. Hay otra España en busca de sí misma en el seno de la España actual, y hay otra Catalunya naciendo en la presente Catalunya. Pero, ¿qué debemos hacer para alcanzarlas? También aquí el 25 de abril nos señala cuál puede ser el camino.
La momia franquista
El modo como el 25 de abril luso cortó con el pasado poco tiene que ver con la Transición española. La revolución portuguesa se libró de un imperio muy rápidamente, como quien tira un paquete vacío de cigarrillos en la cuneta. Fue una honda metamorfosis realizada en muy poco tiempo. En España, a causa de la memoria de la Guerra Civil, todavía muy viva hoy en día, hubo que actuar de otro modo, con muchas pinzas, aunque, de cuando en cuando, Adolfo Suárez fue capaz de grandes rasgos de cirujano genial. Como resultado de esta mesura, España es hoy por hoy una democracia, sin duda alguna, pero tiene por dentro, aún, una momia franquista. Debemos añadir que este fantasma conservador, este macabro espectro, no es un exclusivo hispánico: en la actualidad, está levantando cabeza en muchas naciones occidentales. Pero sí que es propia de España la cauta lentitud con que se ha ido conjurando esa lúgubre ánima franquista.

El motivo ya lo hemos visto: se ha dado prioridad a exorcizar la Guerra Civil, el monstruo de los monstruos, lo que es justo y comprensible. El fantasma de la contienda brutal de 1936-1939 ha colocado en segundo plano el espectro del franquismo. Para arrancar con un proyecto de concordia, se ha creado una constitución, cometiendo, sin embargo, el error de considerarla una realidad casi inamovible. De este modo el país ha tardado muchísimo, está tardando muchísimo, en liberarse de la memoria subliminal de una dictadura que no ha hecho, aún, su acto de contrición definitivo. Dice Julián Marías, con toda la razón, que ese acto de contrición es un deber de las dos partes de la contienda fratricida. [6]6 — Marías, J. (1978). La devolución de España. Madrid: Espasa-Calpe, p. 200.
Cierto. Pero, si la guerra fue, al fin y al cabo, culpa de ambos bandos, las largas décadas de dictadura constituyen una falta específica de la España conservadora, de la cual esta aún no se ha avergonzado definitivamente.
En el caso portugués, el gran puente sobre el Tajo, en Lisboa, rápidamente se transformó en el puente 25 de Abril, dejando atrás su onomástica dictatorial (puente Salazar). Después de la revolución, el partido de derechas se llamaba Centro Democrático Social, de forma que, teóricamente, no había derecha en el panorama político luso de aquel entonces. Todo giró demasiado a la izquierda, pero en futuras revisiones constitucionales de gran calado se alcanzó un régimen centrado, con el que cada portugués se puede identificar.
En el caso español, Franco tardó décadas en abandonar su invernadero del Valle de los Caídos. Se conjuró, en parte, el conservadurismo del ejército. De hecho, España ya no es esa “siniestra colaboración de generales y de hidalgos” de la que hablaba, en el siglo XIX, el escritor luso Eça de Queiroz. [7]7 — Matos, A. de C. (2005), Dicionário de Citações de Eça de Queiroz. Lisboa: Livros Horizonte, p. 122. Pero todavía existen muchas trabas y rémoras. Una constitución que solo suele cambiar sus comas y algún que otro vocablo representa un buen ejemplo de este inmovilismo de mal agüero. Existe, hoy, una mayoría social que se prepara para emprender la segunda transición, pero, si la derecha no colabora, todo se realizará con parches y remiendos sucesivos, en una inestabilidad perpetua que puede terminar condenando a muerte el presente régimen.
El modo como el 25 de abril luso cortó con el pasado poco tiene que ver con la Transición española
La derecha deberá decidir si ama más la democracia que a sí misma y a su pasado. Y Catalunya no puede dejar de apuntarse a este gran reto que es terminar de una vez la Sagrada Familia del sistema democrático español. Creo que eso le permitirá ver su verdadero rostro. La Catalunya independentista forma parte del viejo sistema hispánico, es uno más de sus resortes. Pero una nueva Catalunya, plenamente autónoma y plenamente en diálogo con el resto de España, es lo que sería una novedad, una revolución y una esperanza.
Conclusión: energía utópica
Tomemos esta palabra, esperanza, y regresemos a las imágenes del 25 de abril portugués. Esa esperanza, la gran alegría de esa esperanza, constituye quizá el mensaje más eterno de la revolución. Muchos de los ideales de izquierda que en ella latían han sido aparcados por la historia en un depósito de chatarra. La democracia que por aquel entonces se conquistó está hoy en juego y tiene que ser defendida. Pero la gran fuerza de aquel día fue una absoluta esperanza, cuya bandera debemos enarbolar en nuestro interior.
Esta misma energía utópica forma parte, hace muchos siglos, del mundo catalán. Es un rasgo identitario que hermana a Portugal y Catalunya. Y, en ese sentido, Catalunya también puede ser un sueño para los lusos. Por su tradicional prosperidad económica, que centellea en la vida cotidiana, una riqueza que, a nosotros, portugueses, tanto nos ha faltado, condenados a menudo a malvivir en la penumbra de nuestra penuria. También por Barcelona, una de las grandes metrópolis de la contemporaneidad: una urbe de museos y monumentos, de debates y librerías, donde, en este momento, se está construyendo una de las mayores basílicas del mundo.
Aunque el 25 de abril de 1974 puede y debe ser en muchos aspectos una inspiración para Catalunya, esta tiene su propio camino. Se trata de una cultura potente, capaz de llevar sus propios claveles. Occidente, Europa y la península ibérica necesitan lo que Catalunya pueda crear, y no lo que pueda imitar. En ese sentido, sería algo extraordinario que el mundo catalán fuera capaz de plantear soluciones identitarias afirmativas y originales de diálogo, articulación cultural y prosperidad, tan necesarias en el mundo presente. Una Catalunya con personalidad propia sería una patria para toda su ciudadanía, y una referencia para la humanidad.
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Referencias y notas
1 —Pessoa, F. (1981). Obra poética (ed. de Miguel Viqueira). Barcelona: Ediciones 29, vol. I, p. 367, 371.
2 —Ramos, R.; Sousa, B. V.; Monteiro, N. G. (2009). História de Portugal. Lisboa: A Esfera dos Livros, p. 322-325.
3 —Lourenço, E. (1994). Nós e a Europa ou as Duas Razões. Lisboa: Imprensa Nacional-Casa da Moeda, p. 10.
4 —Vicens Vives, J. (2013). Notícia de Catalunya. Barcelona: RBA, p. 76-78.
5 —Andresen, S. de M. B. (1986). O Nome das Coisas. Lisboa: Salamandra, p. 25.
6 —Marías, J. (1978). La devolución de España. Madrid: Espasa-Calpe, p. 200.
7 —Matos, A. de C. (2005), Dicionário de Citações de Eça de Queiroz. Lisboa: Livros Horizonte, p. 122.
Gabriel Magalhães
Gabriel Magalhães es profesor de literatura en la Universidad de Beira Interior, en Portugal. Empezó su carrera docente en la Universidad de Salamanca, donde se doctoró en 2000. Ha publicado varias obras en portugués y castellano sobre temas ibéricos: Garrett e Rivas: o romantismo em Espanha e Portugal (2009), Los secretos de Portugal (2012), Como Sobreviver a Portugal Continuando a Ser Português (2014), Los españoles (2016) y El país que nunca existió (2023). Con la novela Não Tenhas Medo do Escuro (2009) recibió el Premio Revelación de la Asociación Portuguesa de Escritores. También es autor de otras novelas, como Madrugada na Tua Alma (2011) o Os Crimes Inocentes (2018). Sus libros han sido traducidos al catalán, al castellano y al italiano. Colabora con La Vanguardia desde 2009.