De un tiempo a esta parte, la gente me pregunta si la tarea de las ONG todavía tiene sentido hoy en día, o son un vestigio de nuestra sociedad que ya está desfasado. Y la pregunta siguiente es, si las propias ONG tienen que continuar existiendo. Y hay que plantearse seriamente si tienen razón. Y si no la tienen, explicar bien por qué. Cuando la cooperación empezó en los años 60, se sustentaba básicamente sobre tres pilares, la generosidad, la transferencia y la asistencia.

La transferencia porque transfería desde nuestro país hacia los países -entonces llamados del Tercer Mundo-, dinero, personas formadas y conocimiento, mientras también transfería de vuelta hacia los países donantes, información y conocimiento. En aquellos momentos, si querías saber que pasaba en América Latina o en la África o en India, era difícil si no era por los boletines de las ONG o el relato de un cooperante que trabajaba y volvía a casa por vacaciones.

El segundo componente fundamental de la cooperación, juntamente con el de la transferencia, era el de la generosidad. El motor de la cooperación, muy ligado inicialmente a movimientos cristianos, era el de la bondad o generosidad de quien, teniendo sus necesidades básicas resueltas, quería «ayudar» a quien lo necesitaba, lejos de casa.

Y el tercer pilar, muy ligado a este segundo, era un marcado componente asistencial. Este componente de raíces culturales y antropológicas es el que trata de solucionar lo más rápidamente posible una situación problemática. Cuando se tiene fiebre, administramos un antitérmico para que baje. Este componente, tan fijado en el ADN de nuestra sociedad, con el tiempo se desveló como erróneo y/o insuficiente. Cuando tratamos la fiebre, tratamos un síntoma. Cuando tratamos el hambre, tratamos un síntoma. Pero los síntomas lo son de problemas, y si no tratamos el problema -la causa-, el síntoma tiende indefectiblemente a reaparecer. La experiencia nos ha demostrado que la asistencia es incapaz de provocar por sí sola, cambios estructurales. Y, por lo tanto, que fomenta la dependencia y a menudo es un obstáculo al mismo desarrollo de la comunidad y de sus actores.

La pulverización de los cimientos

Los tres pilares en los que se sustentaba la cooperación los ha pulverizado el paso del tiempo, la experiencia de las acciones emprendidas, las evaluaciones que han hecho las mismas entidades y los cambios en el mundo. Las ONG y las personas que las componen tienen, por formación, inquietud vital y por visión global una tendencia natural a la reflexión. Y este componente las ha llevado a evolucionar, puesto que la cooperación internacional, casi siempre, ha sido fruto de este ejercicio de reflexión, responsabilidad y madurez. Por esta razón, ha habido siempre una evolución natural. Y por la misma razón, muy poca gente queda ya que defienda todavía que estos son los pilares de la cooperación.

El primer pilar que se pulverizo por sí solo fue la de la asistencia. No hacía falta esperar los grandes cambios en el mundo, ni la globalización, ni ninguna otra reflexión, para darse cuenta que los proyectos asistenciales, no eran adecuados para cambiar las situaciones que se pretendían resolver o enmendar. Todas las entidades han podido comprobar alguna vez que hay proyectos donde, a pesar de que pasen los años, donde a pesar de que se hagan fuertes y continuadas inversiones, no se consigue revertir la situación. Y no lo logran porque el abordaje era a los síntomas y no a las causas. Sin ir a las causas, sin preguntarse porque se había llegado a aquella situación y sin la participación de los destinatarios en cómo abordar la situación, los problemas y las dependencias se cronifican.

La asistencia solo tiene sentido en un primer momento o puntualmente cuando, por las causas que sea, hay que salvar vidas y salir de una situación de emergencia. Puede ser un requisito, pero nunca es la solución. En situaciones de emergencia o ayuda humanitaria, puede tener sentido. En un terremoto, un campo de refugiados, una grave inundación o en una sequía que esté provocando muertos de hambre, no nos podemos entretener en el análisis de las causas. Hay que salvar vidas. Tantas y tan rápido como se pueda. El análisis tiene que venir cuando la situación está mínimamente estabilizada. A pesar de que, incluso en emergencias, se están haciendo abordajes nuevos mucho menos intervencionistas.

Captar fondos de la ciudadanía siempre ha sido mucho más fácil desde las imágenes y los relatos de asistencialismo, que desde la lucha por los cambios estructurales desde la exigencia de derechos o desde el acompañamiento de procesos

Viendo que no era la solución y que llegaba a ser incluso un freno para la solución verdadera, las ONG empezaron a hablar de su acción enmarcándola en el análisis de las causas y lo que después se vino a llamar, el enfoque de derechos. Ha sido el recorrido lógico que la inmensa mayoría de entidades han hecho con el tiempo y a medida que han ido adquiriendo experiencia y madurez.
Otra cosa es que este recorrido sea conocido o lo hayan explicado. Porque no, aquí las ONG han fallado y no han explicado externamente, a la sociedad y a sus socios, los cambios de abordaje que ha experimentado su trabajo. Por tres razones básicamente. Porque no se ha puesto suficiente énfasis en la comunicación y en hacer pedagogía, porque no siempre es sencillo explicar las intervenciones en estos parámetros y, sobre todo, porque captar fondos de la ciudadanía, siempre ha sido mucho más fácil desde las imágenes y los relatos de asistencialismo que desde la lucha por los cambios estructurales desde la exigencia de derechos o desde el acompañamiento de procesos. Es mucho más sencillo pedir dinero para construir una escuela, un pozo o un hospital, que pedirlos para acompañar el proceso participativo de una comunidad. Y esto, ha frenado muchas iniciativas pedagógicas, porque la prioridad era captar fondos para poder seguir trabajando.

El segundo pilar, el de la transferencia, lo ha hecho añicos la globalización e internet. Nadie, hoy en día, se plantea preguntar en una ONG que pasa en la República Democrática del Congo si quiere saberlo. Ni nadie necesita ninguna ONG para llegar a República Democrática del Congo. A pesar de ello, algunos han pensado que internet y una compañía de viajes son suficientes para ir a cualquier lugar y «ayudar» o trabajar. Y no, para ir e informarse no hacen falta las ONG, pero para no cometer los errores de antaño, sí que sería bueno consultar y dejar que la experiencia evite repetir errores que ya teníamos superados. Así periódicamente no tendremos que explicar que no hay que recoger mantas por África, que no hay que ir repartiendo regalitos a los niños por allá donde se pasa, y recordar que la dignidad es un rasgo fundamental en las relaciones con todas las personas y culturas. Y que nuestra cultura es tan respetable como la suya. Y para entender, además, la expoliación de riqueza que se está haciendo en República Democrática del Congo, sí que hace falta algún análisis algo más profundo. Sin este análisis, nadie nos habría hablado nunca del coltán y no sabríamos ni que es.

La tercera pata, la de la bondad, generosidad o solidaridad, se ha desmoronado más recientemente. El análisis de las cifras macroeconómicas ha permitido darnos cuenta de que la lucha principal para combatir la pobreza hoy en día, es la lucha contra la desigualdad. Y esto ha revertido el termino de generosidad hacia los de justicia e injusticia. Básicamente, ahora sabemos que en el planeta hay bastantes recursos para que todo el mundo viva con dignidad, pero su desigual reparto, es la causa que haya personas que no puedan vivir la vida con dignidad. La introducción en la ecuación del concepto de desigualdad, este pequeño cambio que puede parecer muy académico, hace que la perspectiva se modifique, y que el «donante» haya pasado de ser un actor movido por la generosidad, a formar parte del problema. Este descubrimiento merece todo un capítulo aparte, porque básicamente cuando hemos puesto la lupa a la desigualdad, hemos descubierto que muchas cosas cambiaban.

Hemos descubierto que cuando hablamos de desigualdades, no estamos hablando de desigualdades fútiles, sino que estamos hablando de desigualdades obscenas y que los 9 ciudadanos más ricos del mundo tienen una fortuna equivalente a la de la mitad de la ciudadanía más pobre del mundo. Sí, la mitad. Es decir, unos 3.500 millones de personas.

Hemos descubierto también que el eje Norte-Sur se ha volatilizado. La realidad en los países destinatarios de la cooperación, no está muy lejos de la de nuestro país. Es decir que hay una desigualdad obscena aquí, y también hay una desigualdad obscena en la África o en India. No hay que comparar como hacíamos antes, norte y sur. En África subsahariana hay 16 personas con una fortuna superior a los mil millones de dólares, conviviendo con 350 millones de personas viviendo con menos de 2 dólares en el día. Aquí los sueldos de los directivos del Ibex son 250 veces más grandes que el sueldo mediano de sus trabajadores y trabajadoras. Si, 250 veces.

Hemos descubierto que 7 de cada 10 personas al mundo viven en países donde la desigualdad ha crecido los últimos veinte años.

El clásico componente de bondad, generosidad o solidaridad de la cooperación (que generaba una relación desigual entre donante y receptor) queda sustituido por el de justícia i derechos fundamentales

Hemos descubierto que si en el momento de tomar cualquier decisión política se valora si se reduce o no la desigualdad, y se toman decisiones para reducirlas, los cambios son mucho más espectaculares que con nuestros proyectos.

Hemos descubierto que, con este planteamiento, el clásico componente de bondad, generosidad o solidaridad de la cooperación (que generaba una relación desigual entre donante y receptor) queda automáticamente sustituido por el de justicia y por el de derechos fundamentales. Ahora el donante, como decía antes, ya no es alguien que puede ser generoso o no, sino que es alguien que forma parte del problema y que, por lo tanto, es responsable también de resolverlo. La desigualdad se corrige yendo todos y todas hacia el punto medio.

¿Y el tercer rol?

La generosidad se ha reconvertido en lucha por la justicia global y por los derechos fundamentales. El asistencialismo en lucha por las causas, enfoque de derechos y acompañamiento de procesos. Pero…, ¿y el rol de transferencia? ¿No tiene sustituto?

Sí que tiene. En un mundo sumergido en crisis, en pandemias, en estados que defienden privilegios indefendibles, en sociedades que ante las dificultades se cierran en sí mismas, las ONG tienen un rol de recordar que el mundo continúa siendo uno solo. Tienen la obligación de hacer reflexionar que solo localmente, no solucionaremos las grandes cuestiones. Y que lo que pasa aquí no es demasiado diferente que lo que pasa en el Chad. Y que, por lo tanto, hace falta una visión global de la cuestión.

Desgraciadamente, no podemos esperar que políticos a los que solo votan los ciudadanos más próximos, y cada cuatro años, tengan visiones a medio y largo plazo y tomen decisiones pensando en el bien del planeta y en ciudadanos que no los pueden votar. La lucha por el medio ambiente es un ejemplo muy evidente de que, paradójicamente, las leyes del sistema democrático van en contra del interés común.

A estas tres evidencias, hay la constatación de la baja capacidad de las entidades para solucionar la cuestión por sí solas. Por ejemplo, hay estudios (Oxfam Intermón) que nos dicen que de todo el dinero que «desaparece» en África, solo un 5% lo hace por corrupción. Un 30% lo hace por negocios ilícitos como diamantes, armamento, coltán, etc. Pero lo más grave es que el 65% del dinero que desaparece, lo hace por la elusión y la evasión fiscal de grandes compañías multinacionales en estos países. Este 65%, anualmente representaría el doble de toda la cooperación al desarrollo que todos los países del mundo hacen durante el mismo año en África. Es decir, África legalmente, por justicia, tendría que ingresar el doble de lo que ingresa por generosidad o solidaridad.

Hace años, que existen estos ejemplos. La deuda externa siempre ha sido uno de ellos. Hace años que explicábamos que una condonación de la deuda ilícita de estos países supondría multiplicar las cifras de cooperación por miles sin moverse del despacho. Y desgraciadamente, continúa existiendo una explotación de recursos de empresas y países ricos en países empobrecidos. El coltán es un buen ejemplo de esta situación. Y hay una retahíla de ejemplos de grandes dimensiones que nos permiten entender que las ONG tenemos poco a jugar en el campo del volumen económico. Y por eso hacen falta nuevas estrategias y maneras de trabajar. En el libro «De la Pobreza al Poder» de Duncan Green, una de las conclusiones que saca, después de analizar momentos importantes de la historia de la humanidad, es que siempre que ha habido un cambio importante ha sido porque se han dado tres factores conjuntamente.

El primer factor es una ciudadanía visionaria y luchadora. Es decir, un grupo de ciudadanos/as que se hace consciente de que una situación es injusta, insostenible y lucha para cambiarla. Esta ciudadanía, que inicia este proceso, no siempre acaba viendo el cambio porque hay cambios que son muy lentos. Pero es una ciudadanía combativa que lo denuncia y lo hace evidente. En nuestro caso, un ejemplo podrían ser los primeros objetores de conciencia. En aquel momento, ni siquiera el resto de la ciudadanía comprendía que era necesario eliminar el servicio militar.

El segundo elemento necesario, es un gobierno eficaz. Imagino que las palabras han sido elegidas con toda la intención. No hablan ni de un gobierno bueno ni malo. El gobierno del recientemente traspasado De Klerk en Suráfrica, era un gobierno fundamentado y defensor del apartheid. Aun así, este mismo gobierno, que ahora no clasificaríamos precisamente de un buen gobierno, entendió que se tenía que liberar a Nelson Mandela de la prisión de Robin Island. Y aquel 11 de febrero de 1990, este hecho supuso la estocada definitiva para eliminar el régimen de apartheid en Suráfrica.

Y el tercer elemento imprescindible para producir un cambio, es un detonante. La Sra. Parks, cuando el uno de diciembre de 1955 se sentó en el asiento que no le correspondía en el autobús, no se había levantado pensando «¡hoy la liaré!». Ni se lo podía imaginar, pobre mujer. Pero su acción fue el desencadenante de todos los cambios de la población negra en los Estados Unidos. Los desencadenantes o detonantes, no los podemos prever ni provocar.

Pero sobre los otros dos requisitos que hacen falta, sí que podemos incidir. Tener ciudadanías activas, visionarías y luchadoras es vital. Y hacer incidencia política también. Solo la ciudadanía es capaz de iniciar un cambio. Y solo la ciudadanía puede convencer a un gobierno para que sea eficaz, y esto se hace con la presión política.

La cooperación y las ONG no solo continúan teniendo sentido, sino que continúan siendo una pieza clave

Por eso son tan importes las entidades y los movimientos. Son la garantía de cambio y evolución. Por eso a pesar de las cifras, los cambios de pilares fundamentales de ONG y movimientos, y análisis superficiales que parecerían apuntar a que han perdido el sentido de la existencia, resulta que tienen tanto o más sentido que nunca. La cooperación y las ONG no solo continúan teniendo sentido, sino que continúan siendo una pieza clave.

¿Y porque continúan teniendo sentido?

Continúan teniendo sentido, porque la ciudadanía activa está en los movimientos y en las entidades. Porque las sociedades y los gobiernos de los estados en momentos de crisis económica se cierran en sí mismos y tienden a pensar que los problemas vienen de fuera y que la solución hay que encontrarla dentro. Porque, como decía antes, nuestro sistema político, la democracia donde solo votan cada cuatro años los ciudadanos de dentro de las fronteras de un país (y no todos), difícilmente tendrá en cuenta medidas a medio y largo plazo porque no son electoralmente rentables, ni propondrá nada global porque solo lo votan los más próximos. Porque nadie hará estos análisis globales en un mundo donde hay poco interés que se hagan y poco interés para escucharlo. Porque todo el mundo habla de globalización, pero nadie parece dispuesto a entender que es real, y que lo que pasa aquí no es independiente de lo que pasa allí, ni lo podemos solucionar sin pensar en que pasa más allá de nuestras fronteras. La interdependencia no es AliExpress o Amazon… va mucho más allá. Porque hay que hacer mucha presión política para tener democracias maduras y transparentes. Y para tener gobiernos «eficaces» preparados para hacer cambios.

Por todo esto y por muchas más cosas,

  • Es necesario que alguien nos hable de Justicia Global y que existan entidades como lafede.cat y que puedan convertirse en think-tanks potentes de estos conceptos.
  • Es necesario que alguien nos vuelva a hablar de derechos humanos como lo hace Amnistía, porque parece que gobiernos y medios a base de repetirlo pueden acabar convenciendo a todo el mundo, de que son una quimera.
  • Es necesario que alguien todavía explique que las fronteras son un invento, y un negocio, como denuncia Helena Maleno y Caminando Fronteras.
  • Es necesario que miles de pequeñas ONG acompañen a miles de comunidades a tener oportunidades que sin ellas nunca tendrían.
  • Es necesario que Oxfam Intermón siga investigando sobre desigualdad y elusión y evasión fiscal para que tengamos datos y no ignoremos la magnitud de la tragedia. Ahora sabemos que las personas más ricas del mundo han duplicado su fortuna con la pandemia mientras el 99% de la población ha dado pasos hacia atrás.
  • Es necesario que la plataforma por la fiscalidad justa y todas sus entidades luchen para hacer desaparecer todos los paraísos fiscales.
  • Es necesario que Punt de Referencia, Migrastudium, Noves Víes, y una retahíla más de entidades, se ocupen de personas que permitimos que sean alegales en nuestro país. Aunque egoístamente solo sea para evitar abocar a la delincuencia a personas sin ninguna otra salida legal.
  • Es necesario que Caritas y su informe FOESSA nos explote en la cara periódicamente y nos diga que estas desigualdades junto a nuestras casas son insostenibles.
  • Es necesario que Greenpeace y Greta Thumberg continúen explicando que nos quedaremos sin planeta si no reaccionamos. Este es el ejemplo más claro de cómo sin entidades, el mundo con la inercia y las dinámicas establecidas va hacia la autodestrucción.
  • Es necesario que haya iniciativas como el centro de empresa y DDHH para analizar nuestra huella como país más allá de nuestras fronteras, para evitar el todo se vale porque está lejos.
  • Es necesario que haya entidades que trabajen por los derechos también aquí y nos recuerden que los tenemos. La pandemia y algunos procesos políticos los están pisando aquí también. Y defenderlos aquí, es estratégico para que por simpatía no se pierdan en otras partes.
  • Es necesario que defendamos el estado del bienestar, y no para mantener privilegios, sino porque es un buen elemento de reducción de desigualdades.
  • Es necesario el Comercio Justo y campañas como las de Ropa Limpia para que no olvidemos que la globalidad, y las comodidades más próximas, pueden esconder «otras vidas» que son difíciles de conocer.
  • Es necesario que las ONG continúen siendo capaces de ponerse ‘al servicio de’ y de superar ‘su logo’ y actuar como aglutinadoras i mediadoras entre demandas sociales y espacios institucionales. Y que sigan trabajando para conectar bien las luchas de la ciudadanía de países ricos y la ciudadanía de países empobrecidos. Como ya hacen.

Y son necesarias muchas más iniciativas que no nos caben ya en el artículo.

No lo olvidemos. Todas estas cosas no las hará nadie más que los movimientos sociales o las ONG. Las ONG y el 0,7% todavía son imprescindibles. Las ONG que nos hacen falta ahora no se asemejan a las que nacieron en los años 60. Y el 0,7% que seguimos reclamando no tiene demasiado a ver con el primero de 1969. Pero la ciudadanía organizada, siempre ha sido un contrapunto necesario, imprescindible, para un sistema económico, político y organizativo, tan imperfecto que hace agua continuamente. Siempre han ido por delante. Siempre han tenido una visión más clara de por dónde ir. Y siempre ha propuesto soluciones más igualitarias y colectivas para salir adelante. Y esto es igual ahora, que hace 10, 20 o 100 años. No hace falta que busquemos argumentos en el entorno por no contar con ellas. Siguen y continuarán siendo imprescindibles.

Eso sí, son y continuarán siendo una piedra en el zapato, para todos aquellos que desde su posición acomodada o desde la carencia de análisis, no quieren ver como tenemos que avanzar -ni hacia donde- como humanidad.

Francesc Mateu

Francesc Mateu

Francesc Mateu es médico de formación y realizó el máster de Medicina Tropical en la Universidad de Barcelona. Trabajó para Oxfam Intermón desde 1998 hasta 2019, en Bolivia como médico y coordinó proyectos en África Austral. Fue director de la misma entidad en Catalunya entre 2004 y 2019, trabajando en tareas de evaluación interna y sistemas. También ha colaborado con lafede.cat y la Coordinadora Española de Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (CONGDE), donde fue presidente y vicepresidente, respectivamente. Actualmente es director del Fòrum de Síndics.