Yo debía de tener unos quince años cuando vi por primera vez “Blade Runner”.

Fue en clase de filosofía, en el instituto. Hasta entonces, como muchos niños, había fantaseado con la idea de construir mis propias máquinas. Recuerdo especialmente que, algunos años antes, tras ver un capítulo del “Doctor Who” en el que aparecían unos robots extraterrestres (los daleks) puse la casa patas arriba en busca de cajas de zapatos, hilos de costura y hueveras de cartón para fabricar mis propios artilugios que yo mismo movía imitando aquellos robots televisivos. Pero lo que me ocurrió tras el visionado de “Blade Runner” fue distinto. Yo no aspiraba a emular esas máquinas, porque esas máquinas se parecían demasiado a “nosotros”. Y eso me aterraba.

Hay algo atávico en el miedo que los humanos sentimos hacia el progreso y la tecnología. En general hacia el futuro que nos habla de suplantación. De sustitución de nuestra raza.

Hay algo atávico en el miedo que los humanos sentimos hacia el progreso y la tecnología. En general hacia el futuro que nos habla de suplantación. De sustitución de nuestra raza. Fruto de ese miedo nacieron relatos universales como los del “Golem” o el “Frankestein” de Shelley, donde un puñado de insensatos humanos jugaban a ser dioses, creando seres a los que dotaban de “alma”. Para mi lo interesante era que al tratar de fabricar seres, o máquinas, a nuestra imagen y semejanza, esos locos y ambiciosos científicos de ficción debían averiguar primero “cómo somos”.

Intuyo que eso mismo les ocurre a los ingenieros en robótica ode inteligencia artificial en la vida real. Seguramente ellos también tratan de hallar esa cuadratura del círculo: la “formula” que defina las características esenciales de nuestra forma de hacer, física y sicológicamente. A mi, particularmente, el intento de emulación del comportamiento humano me resulta especialmente fascinante. En este sentido uno de los temas centrales de “Blade Runner”, como el de muchaficción robótica, es el de la imposibilidad dellibre albedrío. como parábolasobre la propia libertad humana: ¿Es posible que el ser humano supere a las presiones del sistema? ¿de su sociedad? ¿de sus emociones? Y, sobretodo, ¿podemos escapar de la propia química que nos compone?.

Dos décadas más tarde de aquel primer visionado de “Blade Runner” y tras azarosos quiebros del destino llegó mi primera obra de ciencia ficción: “Eva”. La películanos hablaba de un tiempo futuro dónde proliferan lasmáquinas sociales.Robots destinados a hacer compañía y combatir la soledad. Para mi eseasunto, el de la soledad, eraentonces un problema de rabiosa actualidad. Y lo es con más fuerza aún ahora. No es un secreto que el aislamiento se ha convertido en un problema de salud de primer orden, especialmente, en los países occidentales. Una epidemia que crece de manera exponencial. Valgan unos pocos datos como ejemplo [1]1 — El País. Negocis. 12/24/2018. “La factura econòmica de la solitud”. :

  • El 25% de los hogares españoles son habitados por un único individuo.
  • En Japón mueren 4.000 ciudadanos a la semana en soledad.
  • Un estudio de la Universidad de Stanford del año 2018 equiparaba la vida en soledad a fumar 11 cigarrillos al día, aumentando un 31% el riesgo de morir ya que puede ser el detonante de enfermedades como la hipertensión, la demencia, la depresión o los ataques cardiacos.
Intuyo que la proliferación de “máquinas sociales” podría paliar, aunque fuese tímidamente, el problema [de la solitud]

Evidentemente las máquinas no deberían ser la única solución a un desafíode tal magnitud. No tendría sentido. Pero si intuyo que la proliferación de “máquinas sociales” podría paliar, aunque fuese tímidamente, el problema. Y podrían hacerlo de manera extraordinariamente hábil, siempre y cuándo esas máquinas estuvieranbien diseñadas.

En nuestra película, Álex, el personaje protagonista interpretado por Daniel Brühl, estaba empeñado en diseñar robots con los que poder compartir la vida familiar o con los que, ¿por qué no?, salir a tomar unas cañas. Él quería diseñar máquinas que no fueran tan máquinas, que no siempre se mostrasen como esclavos de nuestra voluntad. No dejaba de ser paradójico porque es precisamente esa sumisión la que define brutalmente a cualquier mecanismo: funcionan en base a órdenes. No olvidemos que incluso el propio vocablo “robot”, proviene de la palabra eslava “robota”, que significa “servidumbre”.

La dicotomía entre la obediencia y desobediencia de las máquinas es una constante en la ciencia ficción pero fue expresada por primera vez, de una manera reglada, por el genial Isaac Asimov. Sus famosas “tres reglas de la robótica” [2]2 — Les normes van aparèixer per primer cop al conte curt de 1942 Runaround, que forma part de la col·lecció de 1950 Jo, robot. venían a limitar la conducta de las máquinas inteligentes de la siguiente manera:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

La idea de estas tres leyes de ficción era proteger al ser humano, que los robots, por muy avanzados que fueran, no pudieran volverse en contra de nosotros como sucedía con el ‘Frankestein’, de Mary Shelley.

Pero en el campo de la máquina social o de compañía, aquella que ha de ocupar una esfera estrictamente personal, se abre un debate muy interesante: ¿Podrán ser buenas compañeras de viaje aquellas máquinas que sólo y absolutamente sólo obedezcan siempre las órdenes de su “amo”? ¿podemos establecer relaciones poderosas con individuos que no sentimos como “iguales”?

Se trata de un debate interesante. Aunque no soy más que un aficionado sé que son varias las investigaciones que avanzan emulando de la afectividad humana y la comprensión del “otro” apoyándose en la Inteligencia Artificial. Parece bastante razonable que las máquinas del futuro sepan leer nuestros estados de ánimo y comportarse de forma compasiva, atenta y tierna si queremos que sean buenos compañeros de viaje.

Pero estoy seguro que llegaremos más allá

No me cuesta imaginar que en el futuro seremos capaces de diseñar robots con los que establecer una sincera amistad.

La posibilidad de que una máquina pueda no obedecernos e incluso rechazarnos se me antoja como crucial si queremos “diseñar” máquinas que “emulen” el libre albedrío y con las que, por tanto, podamos crear puentes emocionales a un nivel superior

Existe una apreciación universalmente aceptada de que la amistad verdadera se basa no sólo en la afectividad y empatía que exista entre dos o más personas sino principalmente en el respeto mutuo. Mi limitada experiencia personal e intelectual me ha enseñado que, pese a que la mayoría de nosotros establecemos diferentes tipos de relaciones personales, aquellas que son más fuertes (y este sería el objetivo ulterior de una máquina social o de compañía) se establecen con aquellos individuos que sentimos como “iguales”. Entendemos que estamos ante un “igual” cuando ese individuo es autónomo y como tal puede ejercer esa independencia en una dirección distinta o incluso opuesta a la nuestra. Quizás ello se deba a que los humanos, como especie, somos animales gregarios y al igual que otros muchos mamíferos nos sentimos reconfortados al seguir a un guía o respaldar una consigna expuesta por un grupo de liderazgo. Por esa razón, cuando alguien no sigue las órdenes, de alguna manera, “se significa”, sobresale. Al ir a contracorriente, adquiere “valor”. La posibilidad de que una máquina pueda no obedecernos e incluso rechazarnos se me antoja como crucial si queremos “diseñar” máquinas que “emulen” el libre albedrío y con las que, por tanto, podamos crear puentes emocionales a un nivel superior.

No descubro nada extraordinario si afirmo que muchas de nuestras experiencias más fuertes giran en torno al desenlace positivo tras una crisis. A la catarsis que hemos sentido al solucionar un conflicto. Varias estrategias pedagógicas o narrativas se basan en ese mismo dispositivo: se crea un problema que acabamos o no resolviendo. Especialmente la narrativa universal (en sus diferentes variantes: literatura, cine o videojuegos) suele operar proponiéndonos una meta, un objetivo que debe ser acometido. Luego el devenir de la ficción no cesa de crear obstáculos y trabas para conseguirlo, alejando esa meta y haciendo más emocionante el viaje hasta llegar a un clímax final.

De igual manera creo que esas máquinas sociales del futuro deberían ser maestras del conflicto, del noble arte de la narrativa aplicada a las relaciones. Naturalmente deberían ser muy hábiles en saber cómo y cuándo crear un obstáculo. Casi nadie quiere tener como compañero a alguien que sea un muro, que nos lleve la contraria por deporte. Se trataría, de alguna manera, de que la segunda ley de la robótica de Asimov, la que nos habla de la obligación de obediencia, fuera algo más difusa, menos categórica, más creativa. Se trataría de liberar a la máquina de la sumisión a nuestros caprichos.

El robot de compañía del futuro que imagino debería ser, por tanto, un individuo muy adaptable al medio, es decir al “hogar” al que llega […] Por eso esa inteligencia artificial debería ser hábil en pictografía, en el estudio y clasificación de personas según su carácter

El robot de compañía del futuro que imagino debería ser, por tanto, un individuo muy adaptable al medio, es decir al “hogar” al que llega. Yo tengo un nivel de aceptación dela formalidad, el cariño o el conflicto en las relaciones distinto al que, probablemente, tenga mi vecino. Es más, mi vecino es incapaz de mantener su humor constante durante toda la semana. Por eso esa inteligencia artificial debería ser hábil en pictografía, en el estudio y clasificación de personas según su carácter. En la actualidad son varios lossistemas de este tipo categorización de la personalidad, algunos de ellos ya implementados a la Inteligencia artificial. Desde el modelo de los Cinco Grandes (OCEAN: Openness / Conscientiousnes / Extraversion/ Agreeableness/ Neuroticism)[3] ,a la estructura jerárquica de la personalidad de Eysenk (PEN: el rasgo de carácter puede explicarse en base al Psicoticismo, Neocriticismo y Extraversión) [4]4 — Psychologistworld.com “Eysenck’s PEN Model of Personality” , pasando por la teoría de la personalidad de Cattell (basado en 16 rasgos de personalidad o factores fuente) [5]5 — Verywellmind.com “Cattell’s 16 Personality Factors”. . Cualquiera de esos sistemas podrían ayudar a esos robots a crearse una idea de nuestro carácter y a elaborar un itinerario u hoja de ruta de relación personal profunda, inspiradora y, ya que estamos, entretenida. Adaptándose a nosotros a cada paso.

Por supuesto estas ideas son tan sólo conjeturas de alguien que suele moverse en el marco de la ciencia ficción y, por tanto, en un laboratorio de pruebas casi siempre favorable. La realidad científica es un asunto distinto. O quizás no tanto… En cualquier caso estos son los apuntes de un chaval que empezó interesándose en el aspecto de los robots para acabar cautivado por el comportamiento de éstos. Que intuye que una de las próximas revoluciones, que no la única, la encontraremos en las máquinas que son capaces de ser desobedientes sin dejar de ser divertidas, cariñosas y, por supuesto, seguras.

  • Referencias

    1 —

    El País. Negocis. 12/24/2018. “La factura econòmica de la solitud”.

    2 —

    Les normes van aparèixer per primer cop al conte curt de 1942 Runaround, que forma part de la col·lecció de 1950 Jo, robot.

    Psychological Review, 41, 1-32.

    4 —

    Psychologistworld.com “Eysenck’s PEN Model of Personality”

    5 —

    Verywellmind.com “Cattell’s 16 Personality Factors”.

Kike Maíllo

Kike Maíllo es graduado en dirección por la ESCAC (Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña). Ha trabajado como creativo y realizador, y ha hecho numerosos videoclips de éxito. Su carrera se inició con su segundo cortometraje, "Los perros de Pavlov", que fue proyectado en más de cuarenta festivales y recibió más de dos decenas de premios, entre los que destacan los del Festival de Alcalá de Henares o el Festival de Munich. En 2009 se encarga de la puesta en marcha y la realización de la serie de animación "Arròs covat", producida por Escándalo Films y Televisió de Catalunya, y ganadora de un premio Ondas en 2010. En octubre de 2011 estrenó "Eva", su primer largometraje, un drama de ciencia ficción que ha recibido más de una veintena de premios, entre los que destaca el Goya a mejor director novel. En 2016 estrena "Toro", su segundo largometraje, y en la actualidad prepara su tercer film como productor, "La llamada".