Transcripción del discurso inaugural del Festival de Salzburgo de 2018, que el autor ha cedido exclusivamente a la revista IDEES.

I

Soy hijo de la Ilustración y tuve la suerte de crecer en una casa llena de libros. Todas aquellas obras alimentaban mi imaginación, aunque no siempre de la manera más previsible. Os pongo un ejemplo. Cuando tenía catorce años, la vida me resultaba a la vez fascinante e inexplicable, como a todos los adolescentes. Para comprenderla mejor, un día eché un vistazo a la librería de casa y encontré la obra Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant. Había oído que era un gran libro y, en ese momento, yo esperaba que la filosofía me hiciera entender la vida con unas cuantas frases y normas claras. Lo que leí me pareció sublime. Sonaba extraordinario, sí, pero también me dejó desconcertado. En aquella época sentía que la vida me abrumaba, no la acababa de entender, y el sistema de ideas que me proponía el maestro Kant no me aportaba ninguna solución. Como tantos otros lectores inicialmente esperanzados, dejé de lado el libro, decepcionado.

Pese a todo, hubo una idea que me enamoró para siempre (recordemos que tenía la edad perfecta para enamorarme): en este mundo caótico, uno mismo debe encontrar su propio camino, y el mapa que lo mostrará no se encuentra ni en las escrituras sagradas, ni en las bibliotecas, ni en los mitos griegos. El camino, pues, tenía que encontrarlo yo mismo, en mi razón. Tenía que activar mi capacidad para razonar, que es propia de todos los individuos y tan natural como la respiración. El amor intelectual que sentí entonces por el pensamiento metódico de Kant se ha acabado transformando en una relación amorosa —no siempre llana— que me ha acompañado de por vida. He forjado una extraña relación a distancia con las ideas brillantes de unos pensadores que hace tiempo que ya no viven.

Para mí, otro descubrimiento intelectual tan o más importante que Kant fue Denis Diderot, un filósofo irresistiblemente sensible y lúcido de la Francia prerrevolucionaria. Conocido por ser el editor de la Enciclopedia francesa, concibió una visión radicalmente humanista del mundo que plasmó después en cartas, textos literarios y ensayos.

Diderot y los otros autores de los siglos XVII y XVIII vivieron en una época en que las mentes más brillantes apenas empezaban a sentir los primeros alientos de la modernidad.

Con ellos aprendí que la Ilustración y la filosofía no se reducen únicamente a un catálogo de doctrinas y libros gruesos, sino que se fundamentan sobre un abanico de debates, provocaciones, ensayos y experimentos. La filosofía es, como dice la filósofa suiza Barbara Bleisch, «pensamiento arriesgado».

Así pues, en un mundo en el que el poder del trono y del altar era absoluto, estos pensadores se atrevieron a cuestionar y reconsiderar todo lo que sentían, tanto en su interior como a su alrededor. No se sintieron intimidados por la censura, ni por la policía secreta, e incluso se arriesgaron a convertirse en extraños en su propio país (¡y dentro de su familia!) por culpa de sus pensamientos escandalosos sobre la religión y la dignidad humana. A pesar de estos peligros, a menudo muy reales, el pensamiento claro ha demostrado ser irresistible y ha dado forma a nuestro presente: los derechos humanos, la «libertad, igualdad y fraternidad», «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», la democracia, las ciencias naturales, la liberación de los esclavos, el fin del régimen eclesiástico y la emancipación de la mujer serían literalmente impensables sin la Ilustración.

II

«Todos somos hijos de la Ilustración»

Una declaración que ya ha degenerado en una frase vacía de significado. Políticos, periodistas e historiadores la emplean como si fuera una afirmación sobreentendida. Sin embargo, a diario observamos cómo nuestro presente justamente refuta estos enunciados. Es más, desde el fin del totalitarismo no ha habido un ataque tan extenso y poderoso contra la Ilustración en los países occidentales como el que estamos viviendo hoy. Hablo de la Ilustración, de respetar el pensamiento crítico, de priorizar los hechos sobre las opiniones, los prejuicios, los sentimientos, las tradiciones y los dogmas. Ahora, de repente, este principio se ve atacado. En tiempo de las noticias falsas (fake news), una época en que los hechos objetivos se edulcoran con un conjunto de filtros, en el que un presidente estadounidense se auto-revela diariamente como un gran mentiroso y en el que la extrema derecha europea inventa «excusas válidas» para volver a apoderarse del antisemitismo, no hay que dar más ejemplos.

Y es que también los derechos humanos se defienden, desde hace tiempo, con una retórica debilitada. Porque, claro, ahora se aplican de manera diferente dependiendo de si eres un ciudadano de primera clase o de segunda. Es decir, si naces en Occidente disfrutarás de más derechos, más libertades y más oportunidades, aunque sea a costa de los demás.

Christoph Ransmayr, el aclamado escritor austriaco, hablaba así de Ruanda, de donde hace poco ha vuelto:

«Sin los minerales y los materiales únicos que se extraen en este país; sin las minas de oro, plata y diamantes y de tantos otros recursos minerales; sin las cosechas que se cultivan aquí, y sin la mano de obra de millones y millones de esclavos y trabajadores con salarios precarios, Europa probablemente no sería el paraíso que los refugiados tanto anhelan y admiran hoy».

Este paraíso, como todos los paraísos, está amenazado. De repente, el pensamiento y los derechos humanos universales han sido sustituidos por un retroceso a los derechos individuales, a la nación, a la frontera. Ahora, valores como la libertad, la igualdad y la solidaridad sólo se vuelven atractivos o aplicables si están protegidos por muros altísimos y alambre de púas. Atención, estamos hablando de nuestra libertad y nuestra igualdad.

Pero, ¿qué vale esta libertad si nos hace ignorantes, desinformados? ¿Si nos lo ofrece todo masticado? ¿Y cuál es la respuesta adecuada para aquellos que encuentran la autonomía molesta, la libertad agotadora y la igualdad sospechosa? ¿Aquellos que prefieren una verdad «sentida» (de sentimiento) a una «reflexionada»?

En este contexto, la afirmación «somos hijos de la Ilustración» adquiere un significado diferente. Cada vez más a menudo enfatizamos la primera palabra. Decimos: Nosotros somos hijos de la Ilustración. No los musulmanes, no los extranjeros invasores. Estos no porque no son como nosotros. Ellos no son ilustrados, no pueden integrarse, deben quedarse en su lugar de origen. Nosotros queremos mantener lo que tenemos, queremos permanecer como somos. Sólo así la Ilustración se convierte en un arma para mantener el statu quo de los ricos y poderosos.

III

A día de hoy, el desmantelamiento de los principios de la Ilustración se extiende mucho más allá de Europa. Asistimos al resurgimiento de nuevos estados autocráticos; vemos cómo las estructuras autoritarias y las identidades nacionalistas que creíamos superadas vuelven a infiltrarse en programas y prácticas electorales; observamos cómo la verdad y la ciencia pierden el compromiso ético, y cómo, cada vez más, la gente sucumbe a una «idiotización» voluntaria.

Quizás se trata simplemente de una reacción a los cambios de la sociedad, unos cambios que hemos tenido que asumir en tan sólo tres generaciones. Dicen que después del progreso viene la regresión. Y quizás hace trescientos años sí era fácil creer en el progreso. Hoy, sin embargo, sus efectos secundarios comienzan a corromper su intención original y fácilmente puede terminar convirtiéndose en su antítesis. Quizás éste es el principio del fin de las sociedades de la Ilustración. Después de nosotros, el pluralismo étnico.

Personalmente creo que nos estamos escondiendo tras el telón de la Ilustración como si fuéramos actores con el texto equivocado en una obra que ha sido interpretada durante demasiado tiempo.

*

Pero, ¿por qué pasa todo esto ahora, en un momento en que cada vez menos personas mueren violentamente y nuestros países son más prósperos y seguros que nunca? Porque la gente cada vez tiene más miedo.

Cada vez más personas temen la pérdida de bienes y de estatus, la pérdida de la confianza, la pérdida de la esperanza. Cada vez más personas observan cómo crece la brecha entre la realidad oficial (la que nos venden como liberal), y la que luego experimentan. El orden económico mundial ha mutado hasta convertirse en una parodia amarga de los pensamientos ilustrados sobre los que había sido erigido. Este nuevo orden sustituye la racionalidad por la racionalización, el universalismo por el mercado global, la libertad de los consumidores que creen que pueden escoger entre un producto singular o la hegemonía imperante. Los derechos civiles se han convertido en manuales de garantía para el usuario. Porque en este mundo ya no necesitamos pasaportes, necesitamos tarjetas de crédito.

A escala global, esta parodia de la Ilustración ha pulverizado las viejas estructuras sociales y, tal y como afirma el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, ha creado una «modernidad líquida», un sistema en el que las sociedades, los mercados, los ecosistemas y las identidades son en un estado de confusión constante. Esta parodia explica parte del miedo que se ha infiltrado dentro de nuestras sociedades.

Los cambios van seguidos de hipocresía. Los políticos y economistas hablan de crecimiento económico, de innovación y productividad, de ocupación plena y de prosperidad. Pero al mismo tiempo, cada vez son menos las personas que ganan más, al igual que cada vez son más las personas que se dan cuenta de que en realidad no existe un futuro mejor. Que hace falta que nosotros nos adaptemos al funcionamiento del sistema porque el sistema no hará nada para adaptarse a nuestra manera de funcionar.

Cada vez más personas sienten que el idilio político artificial mantenido durante la posguerra ha llegado a su fin, que las ideas del pasado han vuelto a Europa con todas las lacras que durante tiempo se habían creído superadas. Ahora, estas ideas han reaparecido con un nuevo compañero de vida: la ley del mercado. Así pues, el futuro ya no se ve como una promesa, sino como una amenaza. No nos haremos más ricos, más seguros o más privilegiados. A las sociedades sólo nos queda una bella esperanza: evitar el futuro y eternizar el presente. Lástima, sin embargo, que este futuro ya haya llegado hace tiempo: en forma de inviernos cálidos y de algoritmos inteligentes, pero también en forma de personas que han venido a pie o en barco. Efectivamente, las sociedades ricas tienen la opción de comprar tiempo y dejar para más adelante la introducción de cambios importantes, pero este tiempo lo compran a costa de sus hijos.

IV

No es extraño que muchas personas experimenten miedo ante esta desestabilización constante. Ni tampoco que cada vez más personas busquen alternativas a un sistema que no ofrece ninguna razón realista para la esperanza y que no es capaz de apaciguar sus temores. A la postre, la democracia liberal tiene algo en común con la religión: sólo puede existir si suficiente gente cree en ella.

Y es precisamente así: cada vez más ciudadanos se retiran. De la democracia, de la responsabilidad, de todo lo que se hace con libertad, igualdad y solidaridad. Es la retirada colectiva del mercado global hacia la fortaleza llamada «Europa». Parece que la obra de la Ilustración que representábamos tras el telón se nos está a punto de escapar de las manos.

V

«Todos somos hijos de la Ilustración», exclamamos, y usamos esta frase como una especie de escudo protector contra lo que nos es desconocido. Somos los descendientes de aquellos pioneros que se arriesgaron para permitirnos una vida cómoda, amparada por derechos oficiales. Una generación de herederos que secretamente piensan que son moralmente superiores porque sus antepasados ​​fueron valientes. Quizás es hora de que maduremos. Crecer significa enfrentarse a los propios miedos. En vista de la política de terror y odio que cada vez se extiende más por Europa, creo que ha llegado la hora de entender que, aparte del calentamiento global, otro cambio climático está teniendo lugar: un cambio en las reglas y actitudes civilizadas (y a menudo no escritas) que hacen posible la democracia.

La democracia liberal es una forma de gobierno muy joven y frágil, un experimento histórico con un futuro abierto. La democracia, en el sentido en que la conocemos, hace pocas décadas que existe en algunos países europeos. Incluso en algunos de ellos hace tiempo que es víctima de una vulneración intencionada. No es un estado natural, pero siempre corre el riesgo de degenerar en un teatro de legitimación de autócratas.

No es extraño que cada vez más personas busquen alternativas a un sistema que no ofrece ninguna razón realista para la esperanza y que no es capaz de apaciguar sus temores

La democracia no sólo depende de instituciones fuertes, sino también de otros requisitos más difíciles de definir: un cierto sentido común, una especie de decencia, autocontrol, respeto en el trato con los demás, respeto por los hechos objetivos. Si se socavan estas condiciones, la democracia se desequilibra y llegará un momento en que se colapsará. Esto es lo que hace que sea tan peligroso vivir en sociedades atemorizadas. Las personas con miedos piensan de manera diferente, perciben el mundo de manera diferente que las personas seguras de sí mismas. Quienes se dedican profesionalmente o estratégicamente a manipular votantes y consumidores lo saben bien: si controlas el miedo, controlas también las personas.

Y es así como la opinión colectiva se acaba alejando, inesperadamente, de ideas como los derechos humanos, la libertad, la identidad o la seguridad. Y nos descubrimos habitando un mundo hostil que pasa del debate a la confrontación. Con este telón de fondo amenazándonos, la Ilustración racionalista se desvanece como si esquilásemos una peluca empolvada.

VI

Así pues, ¿está anticuada la Ilustración? ¿O tal vez se ha visto irremediablemente comprometida cuando se ha acercado al poder? O, como algunos argumentan, ¿puede que haya sido toda ella un error, una aberración histórica?

El pensamiento ilustrado es arriesgado. Nosotros, los herederos de la Ilustración, ya no queremos correr ese riesgo. En realidad, no nos interesa el futuro. Sólo queremos que nuestro presente privilegiado no acabe nunca. Aunque cada vez se hunda más y termine haciendo aguas a nuestro alrededor.

Para no temer lo que vendrá, sino para darle forma, no sólo se necesitan nuevas tecnologías y mejoras en la eficiencia, sino una transformación global del modelo de vida occidental. No hacen falta muros, ni ningún otro tipo de medida intimidatoria. Porque el miedo sólo desaparecerá cuando la gente encuentre una razón realista para conservar la esperanza. Es por eso que necesitamos valor: para volver a arriesgar y para reflexionar un poco sobre el mundo y la posición que ocupamos. La Ilustración es, en este sentido, más necesaria que nunca, pero no en su acepción más racionalista, ni en su parodia estrictamente económica.

*

Para el enciclopedista Denis Diderot, mi compañero especial, el sentido de la vida a mediados del siglo XVIII no era la racionalidad, sino la voluptuosidad, la sensualidad, el placer. Efectivamente, el hombre no sólo vive de la razón. Más bien tenemos que dar las gracias al deseo, el eros, que es el que nos impulsa a seguir adelante, nos nutre de valentía para superar los contratiempos, nos obliga a buscar nuevas opciones y nos ayuda a comunicarnos con los demás. Pero resulta que la voluptuosidad no es una competición entre individuos racionales. El deseo y la empatía buscan (¡necesitan!) comunicación y contacto; generan confrontación y solidaridad. Soy humano porque deseo, porque tengo empatía para con los demás; y sólo puedo vivir bien si los demás también viven bien. Y de repente, una ética emerge del deseo. El pensamiento ilustrado empieza a hablar con nuestras pasiones e, incluso, con nuestros miedos.

VII

¿Pero qué pasaría si una nueva y necesaria Ilustración comenzara con un resurgimiento de la pasión? ¿Y si, de golpe, nos autodefiniéramos como seres apasionados? ¿Y si empezáramos a considerarnos (ilustrados por tantas teorías científicas) Homo sapiens, una especie que comparte el 98% de la estructura genética con los chimpancés? ¿O si nos creyéramos los beneficiarios de un don especial, una especie de astucia simbólicamente abstracta que nos ha hecho inesperadamente numerosos y exitosos en tan sólo unos pocos milenios? Entonces entenderíamos que no estamos por encima de la naturaleza, sino que vivimos dentro de ella. Veríamos que nosotros no somos el milagro de la creación, que la Tierra no está supeditada a nuestras órdenes, sino que tan sólo somos una parte ínfima de un sistema complejo que continuará existiendo incluso cuando nosotros no estemos. En esta hipótesis, el Homo sapiens aprendería a verse como un primate muy interesante pero problemático, que no siempre tiene la sabiduría necesaria para usar la pasión o la inteligencia con cordura. Un individuo que, a pesar de los logros tecnológicos alcanzados (o debido a ellos) necesita más que nunca valores como la aceptación, la estabilidad o la plenitud.

Sin embargo, como la estabilidad de las sociedades occidentales se basa en el crecimiento económico constante, el primate se vería obligado a satisfacer constantemente su hambre artificial. Y ese apetito voraz, mira por donde, sólo se satisfaría a costa de los demás. Lástima que muchos de estos otros lo habrían entendido antes que él y preferirían ser parte de la Gran Comida antes que de la Gran Hambruna. Llegados a este punto, estamos en el origen de la migración global.

Mientras tanto, la economía crecería y crecería, de manera que la sociedad, el gobierno y, en general el país, disfrutarían de un éxito increíble, al menos desde el punto de vista oficial. Desde la perspectiva de la naturaleza, sin embargo, la situación sería muy diferente. Uno de los organismos más importantes de nuestra cultura es la levadura, un hongo que nos ha permitido producir alimentos como el pan, la cerveza o el vino durante miles de años. La levadura es unicelular, se reproduce mediante pequeñas explosiones cada vez que ingiere azúcar. Sigue comiendo, insaciable, hasta que agota toda la energía y se asfixia y muere de hambre revolcada en sus propios excrementos. Como individuo, la levadura puede que no haya producido ningún Mozart, ni Shakespeare, pero como colectivo, los humanos parecen haber aprendido poco más que este hongo en los últimos millones de años de evolución. Nosotros nos estamos abriendo camino hacia nuestra propia asfixia. Pero a diferencia de los hongos de la levadura el Homo sapiens puede modificar su comportamiento mediante el entendimiento, la imaginación y la empatía. Y tal vez incluso hacer posible un futuro en el que la economía se entienda como parte de la ecología y las personas, como primates infinitamente sobrevalorados. No nos engañemos, sería arriesgado tanto para nuestra prosperidad como para el statu quo. Pero al menos sería ilustrado.

*

Si hoy eres tú quien tiene catorce años, habrás heredado un mundo lleno de riesgos inmensos. Sin embargo, si estás dispuesto a revertir los dogmas del presente en favor del pensamiento ilustrado, a pensar por ti mismo o de una manera arriesgada, entonces podrás formar parte de un futuro en el que valdrá la pena vivir. Y no como un niño pequeño o como un simple heredero, sino como parte de la naturaleza, como un primate con empatía. Y, sobre todo, con la pasión de querer una vida mejor.

Philipp_Blom

Philipp Blom

Philipp Blom és historiador, escriptor i periodista. És autor de diversos assajos sobre la història d'Europa de principis del segle XX, entre els quals destaquen l'obra Gente peligrosa: el radicalismo olvidado de la ilustración europea (2010), La fractura: vida y cultura en Occidente 1918-1938 (2015) i Años de vértigo (2010), on descriu la dècada i mitja abans de l’esclat de la Primera Guerra Mundial.