Uno de los acontecimientos geopolíticos más notables de los últimos años es la aparición visible o, mejor dicho, el retorno de la multipolaridad en el Mediterráneo. La percepción de un desinterés creciente por parte de Estados Unidos en configurar la dinámica mediterránea y la incapacidad de la Unión Europea (UE) de llenar el vacío han creado un espacio que inevitablemente llenarán otras potencias. A pesar de no tener una estrategia mediterránea específica, Washington ha sido una importante potencia mediterránea durante más de doscientos años.

Desde el final de la Guerra Fría, los EE. UU. han sido la potencia militar dominante indiscutible de la zona. La fase unipolar en el Mediterráneo se tradujo en un tipo de dominio por defecto por falta de competencia. Europa era el principal socio económico de los países meridionales del Mediterráneo, pero nunca se ha convertido en un competidor geopolítico.

En este contexto, las revoluciones de la Primavera Árabe representaron un punto de inflexión para este retorno de la multipolaridad. Turquía adoptó una postura muy activa a raíz de este suceso. Erdogan intentó aprovecharse de esta oleada para fortalecer el papel turco en el Mediterráneo. A pesar de varios reveses (Egipto, Siria y parcialmente Túnez, países en los cuales Turquía luchó para preservar algunos de los logros alcanzados después de las revoluciones y que mostraron los límites de este planteamiento), Ankara obtuvo una importante victoria al cambiar el curso del conflicto en Libia, donde intervino abiertamente en apoyo del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), apoyado por la ONU. Sin embargo, un papel turco más asertivo en el Mediterráneo se considera algo normal si miramos el Mediterráneo desde un punto de vista histórico: la ausencia turca no era natural, al contrario. Así pues, los avances turcos en Libia son la señal del retorno de Turquía como participante plenamente mediterráneo.

Un papel turco más asertivo en el Mediterráneo se considera algo normal si miramos el Mediterráneo desde un punto de vista histórico. Los adelantos turcos en Libia son la señal del retorno de Turquía como participante plenamente mediterráneo

No obstante, el interés aquí se centra principalmente en los participantes no mediterráneos y en su papel en la zona, que ha ido ganando importancia durante los últimos años. Este es claramente el caso de Rusia y China, dos superpotencias que, por diferentes motivos y de diferentes maneras, son cada vez más esenciales en la configuración de la dinámica de la cuenca. Además, el análisis se centra en cómo el espacio mediterráneo ha devenido más significativo para el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Para los países del Golfo, el Mediterráneo pasó de ser una zona hacia la cual extendían su influencia económica a ser una zona a la cual han exportado sus rupturas internas, que tienden a replicarse en la política interior de varios países mediterráneos. Así, este trabajo se centrará en analizar las características de la participación mediterránea de estos tres participantes.

El ascenso de China

China es el verdadero recién llegado de la geopolítica del Mediterráneo. De hecho, su papel en esta zona solo se ha vuelto más relevante en las últimas dos décadas, con una aceleración gracias al lanzamiento de la iniciativa Belt and Road (IBR) en 2013 por parte del presidente Xi Jinping. Aun así, sería erróneo caracterizar el planteamiento chino en base a una estrategia específica diseñada para el Mediterráneo. La definición de este área en la política exterior y la cooperación internacional chinas es, como mínimo, ambigua. La estrategia china se centra en varias partes del Mediterráneo (sur de Europa, norte de África, Oriente Medio), con un conjunto propio de impulsores y prioridades para cada una de ellas.

Hasta el final de los años noventa, la historia de Oriente Medio y, por extensión, del Mediterráneo, se podría haber escrito sin tener en cuenta a China [1]1 — Fred Halliday, The Middle East in International Relations: Power, Politics and Ideology (Cambridge: Cambridge University Press, 2005), 98 . Durante la época de Mao, estos espacios se encontraban mucho más allá de las preocupaciones y los intereses inmediatos chinos, dada la lejanía geográfica de la zona respecto a la República Popular China [2]2 — Yitzhak Shichor, ‘China’s Upsurge: Implications for the Middle East’, Israel Affairs 12, no. 4 (2006): 669. . Durante el periodo de reformas y apertura, a partir de 1978, el interés por Oriente Medio evolucionó y se extendió considerablemente. Este cambio también tomó un nuevo impulso después del final de la guerra fría, cuando China se convirtió en un importador limpio de petróleo a mediados de años noventa. En aquel momento, Pekín empezó a participar estratégicamente y comercialmente en Oriente Medio.

Desde principios de la década de 2010, la atención de China por el espacio mediterráneo ha aumentado exponencialmente. Los mandatarios chinos, y también el mundo en general, se dieron cuenta de la significativa importancia geoestratégica de Oriente Medio para China [3]3 — Andrew Scobell, ‘Why the Middle East Matters to China’, en China’s Presence in the Middle East: The Implications of the One Belt, One Road Initiative, ed. Anoushiravan Ehteshami and Niv Horesh (Routledge, 2017), 9. . Este interés, a pesar de ser fundamentalmente geoeconómico, también adquiere una dimensión geopolítica más definida. En primer lugar, la Primavera Árabe supuso un reto importante para el papel chino en este espacio. La respuesta china tardó mucho en desarrollarse en comparación con la de los países occidentales, porque China cultivaba vínculos duraderos con regímenes autoritarios de la zona, como los de Egipto, Libia y Siria [4]4 — I-Wei Jennifer Chang, ‘Chinese Policies on the Arab Spring’, en The International Politics of the Arab Spring: Popular Unrest and Foreign Policy, ed. Robert Mason (New York: Palgrave Macmillan US, 2014), 178. . Las principales preocupaciones de los chinos eran preservar sus intereses y sus inversiones económicas en los países afectados y garantizar la seguridad de sus ciudadanos que vivían y trabajaban en las zonas afectadas. La Primavera Árabe también fue un reto ideológico directo para el partido comunista chino, porque este pronto empezó a preocuparse por el hecho de que el sentimiento de democratización que recorría el mundo árabe pudiera incitar y movilizar políticamente grupos nacionales desafectos.

La adquisición de acciones de los puertos marítimos mediterráneos se convirtió pronto en una prioridad esencial en la aparición de China como participante importante dentro del espacio mediterráneo. En consonancia con el dominio de las consideraciones geoeconómicas sobre los imperativos geopolíticos inmediatos, China ha invertido importantes recursos económicos para adquirir acciones y controlar varios puertos marítimos en el Mediterráneo. El caso más evidente es el interés chino en el Pireo.

Haría falta una mayor capacidad para configurar las dinámicas políticas e intervenir en conflictos activos para implantar con éxito la IBR. A estas alturas, China continúa sintiéndose más cómoda interviniendo a través de su sólido poder económico

Aun así, sería erróneo descartar esta evolución como algo únicamente geoeconómico. Estas consideraciones son cruciales, pero el planteamiento cada vez es más holístico. De momento, los intereses geopolíticos de China se localizan principalmente en su entorno más próximo. Por eso, es probable que el desarrollo de una presencia militar en el Mediterráneo no sea automático y es muy probable que encuentre resistencia, tanto internamente como por parte de algunos de los países en los que China ha invertido recursos en los últimos años. El hecho de que China, en 2015, participara durante diez días en una perforación marítima conjunta con Rusia en el Mediterráneo oriental demuestra que este interés ya forma parte del horizonte estratégico chino. De hecho, haría falta una mayor capacidad para configurar las dinámicas políticas e intervenir en conflictos activos, puesto que un elemento esencial para implantar con éxito la IBR es la estabilidad en Oriente Medio y, por lo tanto, China tendría que contribuir a la resolución de los conflictos regionales. Este objetivo parece quedar muy lejos de la capacidad geopolítica de China en estos momentos [5]5 — Mordechai Chaziza, ‘Religious and Cultural Obstacles to China’s BRI in the Middle East’, BESA Center Perspectives Paper (Begin-Sadat Center for Strategic Studies, 12 de junio de 2020), Disponible en línea. . A estas alturas, China continúa sintiéndose más cómoda interviniendo a través de su sólido poder económico, y lucha para tener un papel en contextos altamente militarizados, como lo demuestran los casos de Libia y Siria.

El retorno de Rusia

Si observamos la participación rusa en el Mediterráneo, la lógica contrasta con la de China: los recursos económicos limitados y la influencia geoeconómica se compensan con un uso cuidadosamente calculado de estas opciones limitadas. Rusia identifica metodológicamente las áreas en las que la relación coste/oportunidad de la inversión política es mejor, principalmente por la ausencia de competencia seria, y actúa en consecuencia. Además, a diferencia de China, Rusia no es un recién llegado en el Mediterráneo y su visión estratégica de la zona es más unificada y coherente. De hecho, las Rússias zarista, soviética y putinista comparten varias similitudes significativas, que son aún más sorprendentes si se compara la Rusia zarista del siglo XIX con la Rusia de Putin del siglo XXI [6]6 — Mark N. Katz, ‘Incessant Interest: Tsarist, Soviet and Putinist Mideast Strategies’, Middle East Policy 27, no. 1 (2020): 142. .

Históricamente, un elemento esencial en el planteamiento ruso de la zona ha sido su obsesión por tener acceso a los llamados mares cálidos, y el Mediterráneo es el mar cálido por excelencia. Desde este punto de vista, el acceso al Mediterráneo siempre se ha considerado un objetivo estratégico fundamental. Un resultado natural de esta necesidad geoestratégica es que la relación con, primero, el Imperio otomano y, después, la República de Turquía ha sido esencial, no solo para la dinámica de la presencia y la defensa rusas en el mar Negro, sino porque, en general, Moscú siempre ha necesitado mantener cierta influencia sobre Turquía.

A comienzos de la era de Putin, Rusia tenía muy poca influencia en Oriente Medio. En aquellos años, las prioridades de Putin eran principalmente nacionales: la primera presidencia de Putin (2000-2008) se centró sobre todo en la reestructuración del Estado, la recentralización del control y el fin de las fuerzas centrífugas que habían llevado al país cerca de la desintegración en los años noventa.

Durante el segundo mandato de Putin, la atención hacia la política exterior empezó a ser más marcada. El interés por el Mediterráneo era, como describió Ilya Bourtman, “de todo menos ideológico” [7]7 — Ilya Bourtman, ‘Putin and Russia’s Middle Eastern Policy’, Middle East Review of International Affairs (MERIA) 10, no. 2 (2006): 1. . Este pragmatismo se convirtió en dos grandes tendencias: Rusia recuperaba deudas de los países de la zona y, cuando no era posible, transformaba estas deudas en oportunidades para la penetración económica y fortalecía las relaciones con todos los participantes de la zona. De este modo, podía estrechar vínculos con países rivales, tal y como demuestran las relaciones de Rusia con Argelia y Marruecos.

La participación rusa en el Mediterráneo contrasta con la de Chona: los recursos económicos limitados se compensan con un uso cuidadosamente calculado de estas opciones limitadas

En los primeros días de la presidencia de Putin, el planteamiento era muy prudente. Rusia permaneció mayoritariamente pasiva en la época de las llamadas revoluciones de colores que abrazaban toda Eurasia. Esta actitud empezó a cambiar, tal como se demuestra de manera visible con la intervención de Rusia en Georgia en 2008. Las débiles reacciones de la OTAN y de la UE ante este hecho alentaron a Rusia, y Moscú se volvió más audaz, con el objetivo de volver a adquirir el estatus y la influencia que había perdido en el caos de los años noventa. El impacto de este conflicto se subestimó en gran medida, no solo en aquel momento, sino también en los meses siguientes. En lugar de esto, tal y como argumentó correctamente Michael Kofman, “esta guerra anunció una transición importante en la política internacional”, porque el conflicto de los cinco días de agosto “presagiaba el retorno de la política de grandes potencias y el final del periodo posterior a la guerra fría” [8]8 — Michael Kofman, ‘The August War, Ten Years On: A Retrospective on the Russo-Georgian War’ (War on the Rocks, 17 de agosto de 2018). Disponible en línea. . De hecho, ya en aquel momento, existía la creciente sensación de que Rusia y Occidente acabarían chocando en el Mediterráneo.

Esta nueva evidencia se hizo más clara a medida que pasaban los años. Llevó a Rusia a hacer algunos movimientos diplomáticos atrevidos que tendrían un profundo impacto en la arquitectura geopolítica del Mediterráneo. Desde este punto de vista, las intervenciones rusas en Ucrania en 2014, en Siria en 2015 y en Libia en 2016 [9]9 — Aquí, la referencia es el 2016, cuando Rusia inició la impresión en paralelo de billetes para el Banco Central de Libia, ubicado en el este. Los mercenarios del grupo Wagner, cuya presencia Rusia nunca ha reconocido oficialmente, llegaron al país libio en septiembre de 2019. forman parte del mismo planteamiento interconectado. La participación de Rusia en la zona también es una herramienta para competir con las potencias occidentales, dominada por consideraciones más amplias sobre la supervivencia y las relaciones con Europa.

En todos estos casos, Rusia se dio cuenta de que Estados Unidos y los países europeos no habrían intervenido; así, el coste político y económico de la intervención habría sido más fácil de gestionar, dados los recursos limitados de Rusia. Hay una lógica rigurosa en este planteamiento: Rusia interviene solo donde encuentra vacíos para llenar. Militarmente, como Siria y Libia, pero también económicamente, sobre todo si la inversión es poco importante, como en el caso de la inversión rusa en una refinería en el Marruecos.

El Consejo de Cooperación del Golfo: permanecemos divididos

China y Rusia, particularmente la primera, son dos superpotencias con ambiciones más o menos globales. Sin embargo, otro participante externo importante en el Mediterráneo que ha devenido cada vez más crucial para los equilibrios de la cuenca es el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). En este caso, este participante difícilmente se puede considerar un participante unitario, sobre todo después de 2017. La visibilidad más grande del papel de los países árabes del Golfo en el Mediterráneo fue resultado directo de la Primavera Árabe. Así, estos acontecimientos desencadenaron este proceso de erosión gradual de la cohesión interna de la organización, lo cual amplió la brecha en cuanto a planteamientos, percepciones y narraciones ideológicas, y que culminó con el bloqueo catarí en 2017.

El CCG se creó en 1980. Sin embargo, las relaciones entre el Consejo y los países mediterráneos se volvieron cada vez más significativas durante los años setenta, a consecuencia de los dos booms del petróleo de 1973 y de 1979, impulsados principalmente por ayudas y remesas públicas. Aquella época se caracterizó por el fuerte ascenso de los estados rentistas del Golfo, que redistribuían esta riqueza a los países vecinos como herramienta de influencia en la política exterior [10]10 — Giacomo Luciani, ‘Oil and Political Economy in the International Relations of the Middle East’, in International Relations of the Middle East, ed. Louise Fawcett (Oxford: Oxford University Press, 2016). . La fuerza económica, más que la influencia política y diplomática, representaba el principal elemento que caracterizaba la presencia del CCG en la cuenca.

La Primavera Árabe impulsó algunos cambios dentro del CCG y en su proyección exterior. Pero no amplió su difusión geográfica formal ni reforzó su papel como participante unitario y corporativo. De hecho, la Primavera Árabe desencadenó un proceso de fragmentación interna y una competencia creciente entre los bloques del consejo, que culminó con el bloqueo catarí y las divisiones que surgieron abiertamente en 2017 [11]11 — Andreas Krieg, ed., Divided Gulf: The Anatomy of a Crisis (Singapore: Springer, 2019). .

La crisis de la COVID-19, junto con la crisis del petróleo, probablemente tendrá un impacto enorme sobre la capacidad del Golfo de utilizar herramientas económicas para aumentar su influencia política en el Mediterráneo

Qatar se mostró muy activo en su apoyo a los Hermanos Musulmanes en toda la región, junto con Turquía. En cambio, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin se convirtieron en el frente contrarrevolucionario que tenía como objetivo debilitar el ascenso de los Hermanos Musulmanes. En este contexto, el papel de los Emiratos cada vez era más relevante e incluso llegaron a eclipsar la proyección de poder de Arabia Saudí. Esta dinámica era innegable en Libia, un país donde los EAU se volvieron los partidarios esenciales del ascenso del señor de la guerra de Libia oriental, Khalifa Haftar. Pese a esto, Libia solo fue la punta del iceberg, una situación en la que el papel de los EAU fue tan dominante que Khalifa Haftar, el señor de la guerra de Libia oriental, solo respondía ante Abu Dabi. En la conferencia de Berlín sobre Libia organizada por Alemania en enero de 2020, los EAU fueron el único país invitado del Golfo.

Sin embargo, a pesar de las ambiciones geopolíticas de los países del Golfo en el Mediterráneo, la influencia económica ejercida mediante ayudas e inversiones continúa siendo crucial para esta proyección hacia ambos lados de la barricada del Golfo. Desde este punto de vista, la crisis de la Covid-19, junto con la crisis del petróleo empeorada por la recesión mundial provocada por el coronavirus, probablemente tendrá un impacto enorme sobre la capacidad del Golfo de utilizar herramientas económicas para aumentar su influencia política en el Mediterráneo.

Conclusiones

El retorno de la multipolaridad en el Mediterráneo es una de las tendencias más notables y actuales de la política global. El menguante interés norteamericano en implicarse directamente en la zona y la incapacidad de la UE para intervenir han dejado un vacío que otras potencias han ido llenando. Turquía es una de ellas, pero Ankara difícilmente se puede considerar una potencia mediterránea externa. En cambio, varios participantes no mediterráneos son cada vez más relevantes en la configuración de la dinámica de la zona.

Uno es China, por ejemplo, gracias a su sólido poder económico y a la importancia que tiene esta zona para sus necesidades energéticas y sus ambiciones para llevar adelante la IBR. Sin embargo, su incapacidad para ejercer influencia, particularmente en zonas de conflicto, puede representar un obstáculo para su penetración mediterránea. Durante los últimos años, Rusia también ha vuelto a ser una potencia relevante después del declive de los años noventa. Gracias a una política exterior impulsada por un pragmatismo abismal, Moscú ha intentado fortalecer las relaciones con todos los participantes de interés, incluso con países en desacuerdo entre ellos, y ha rellenado los vacíos que ha dejado la inacción de Estados Unidos y Europa, como se demuestra claramente con la exitosa y altamente eficaz participación rusa en cuanto a coste/oportunidad en Siria y Libia.

Detrás de estas dos superpotencias mundiales, los países del Golfo también han incrementado su presencia, principalmente a través de la influencia económica. Aun así, para estos, este área también se ha convertido, sobre todo después de la Primavera Árabe, en una zona donde han exportado sus escisiones políticas e ideológicas internas, y es probable que el impacto de la crisis de la Covid-19 mine su capacidad de ejercer influencia sobre los países mediterráneos.

Estas presencias alteran estructuralmente la ecuación de la seguridad mediterránea y han desencadenado una serie de tendencias notables pero preocupantes, sobre todo si las miramos desde Bruselas: una militarización continua de la cuenca, una mayor competencia por la influencia económica de la UE sobre los países vecinos y el aumento de poderes autoritarios que promueven modelos de gobierno alternativos. Todos estos factores contribuirán a ampliar todavía más las fisuras estructurales que caracterizan el Mediterráneo, un mar que demasiado a menudo está unido solo en el mito y la retórica, pero polarizado y fragmentado en su trágica realidad cotidiana.

  • REFERENCIAS

    1 —

    Fred Halliday, The Middle East in International Relations: Power, Politics and Ideology (Cambridge: Cambridge University Press, 2005), 98

    2 —

    Yitzhak Shichor, ‘China’s Upsurge: Implications for the Middle East’, Israel Affairs 12, no. 4 (2006): 669.

    3 —

    Andrew Scobell, ‘Why the Middle East Matters to China’, en China’s Presence in the Middle East: The Implications of the One Belt, One Road Initiative, ed. Anoushiravan Ehteshami and Niv Horesh (Routledge, 2017), 9.

    4 —

    I-Wei Jennifer Chang, ‘Chinese Policies on the Arab Spring’, en The International Politics of the Arab Spring: Popular Unrest and Foreign Policy, ed. Robert Mason (New York: Palgrave Macmillan US, 2014), 178.

    5 —

    Mordechai Chaziza, ‘Religious and Cultural Obstacles to China’s BRI in the Middle East’, BESA Center Perspectives Paper (Begin-Sadat Center for Strategic Studies, 12 de junio de 2020), Disponible en línea.

    6 —

    Mark N. Katz, ‘Incessant Interest: Tsarist, Soviet and Putinist Mideast Strategies’, Middle East Policy 27, no. 1 (2020): 142.

    7 —

    Ilya Bourtman, ‘Putin and Russia’s Middle Eastern Policy’, Middle East Review of International Affairs (MERIA) 10, no. 2 (2006): 1.

    8 —

    Michael Kofman, ‘The August War, Ten Years On: A Retrospective on the Russo-Georgian War’ (War on the Rocks, 17 de agosto de 2018). Disponible en línea.

    9 —

    Aquí, la referencia es el 2016, cuando Rusia inició la impresión en paralelo de billetes para el Banco Central de Libia, ubicado en el este. Los mercenarios del grupo Wagner, cuya presencia Rusia nunca ha reconocido oficialmente, llegaron al país libio en septiembre de 2019.

    10 —

    Giacomo Luciani, ‘Oil and Political Economy in the International Relations of the Middle East’, in International Relations of the Middle East, ed. Louise Fawcett (Oxford: Oxford University Press, 2016).

    11 —

    Andreas Krieg, ed., Divided Gulf: The Anatomy of a Crisis (Singapore: Springer, 2019).

Dario Cristiani

Dario Cristiani

Dario Cristiani es investigador IAI/GMF del German Marshall Fund de Estados Unidos (GMFUS) en Washington DC, donde desarrolla investigaciones sobre la política exterior italiana, el Mediterráneo y la política global en estrecha conexión con el Istituto Affari Internazionali de Roma. También ha sido profesor invitado del International Centre for Policing and Security (ICPS) de la Universidad de South Wales en Pontypridd, Reino Unido. Desde 2009, es colaborador habitual de las publicaciones de la Jamestown Foundation, y también es consultor de riesgos políticos. En 2015, obtuvo su doctorado en Estudios Mediterráneos y de Oriente Medio en el King’s College de Londres.