Las sociedades se mueven en ciclos alternantes de movimientos progresistas y reaccionarios. Las expresiones masivas de solidaridad son, igualmente variables: del impulso del movimiento para el 0’7% del PIB por cooperación a mediados de los años ‘90, a los drásticos recortes raíz de la crisis económica del 2008 que decapitan el sector, avivado de nuevo raíz de la emergencia por el desplazamiento forzado hacia el 2015. La cooperación no se considera siempre una prioridad y no son pocas las declaraciones que sostienen que sólo se puede priorizar una vez las necesidades de los locales hayan sido cubiertas. Al mismo tiempo, hace décadas que se tiene conciencia de la interdependencia de los factores locales y globales. La emergencia climática, los conflictos armados y los desplazamientos forzados, las crecientes desigualdades, los ataques a minorías y las ofensivas a defensores de derechos humanos, etc. son factores sin fronteras, y que requieren abordajes globales. ¿Como hacer para que las sociedades perciban que la implicación ciudadana va en beneficio de todo el mundo?

De las reivindicaciones de “otro mundo es posible”, a los movimientos indignados en diferentes partes del planeta, las concreciones, a cada contexto y en cada momento histórico, han incorporado agendas diferentes, y al mismo tiempo han mantenido algunas históricas. ¿Qué quiere decir repensar nuestra sociedad en el contexto actual? ¿Y hacia dónde se quiere cambiar el mundo? Algunas de las reivindicaciones vigentes piden poner la vida en el centro: destronar la economía como principal filtro de realidad para meter factores como la sostenibilidad ambiental y la economía del donut, abolir las opresiones y los privilegios, garantizar la seguridad humana por encima de la militar, etc. El objetivo no tendría que ser ya sólo acabar con la pobreza, sino minimizar también las desigualdades, mediante más controles en los países ricos que regulen tanto la explotación de recursos como el abuso de los paraísos fiscales, entre otras praxis que perjudican en el mundo entero. Eso implica ir a las raíces de los problemas, a menudo disimuladas bajo imágenes de Responsabilidad Social Corporativa, de greenwashing entre otros autorretratos condescendientes de las sociedades del norte.

La ciudadanía crítica puede ser un antídoto al pensamiento único, ya que recoge la idea de compromiso y acción para la transformación

¿Qué aporta una ciudadanía crítica en todo eso? ¿Qué función tiene y hasta qué punto puede realmente promover cambios en el mundo? La ciudadanía crítica puede ser un antídoto al pensamiento único, gracias a un pensamiento divergente que aporte soluciones y alternativas a los problemas existentes. La ciudadanía crítica, también, recoge la idea de compromiso y de acción para la transformación. Ente los siguientes apartados se explicará qué implica la ciudadanía crítica; qué competencias personales y colectivas comprende; y cómo se pueden promover desde diferentes ámbitos.

No hacer el idiota

El idiota, en la Antigua Grecia, era el hombre —mujeres, personas extranjeras y esclavas estaban normalmente excluidas de los espacios de participación— que se centraba en sus asuntos particulares, en oposición a aquellos que participaban en las decisiones públicas de asuntos colectivos [1]1 — Nomen, J. (2018) El niño filósofo. Cómo enseñar a los niños a pensar por sí mismos. Barcelona: Arpa Editories. . Se asociaba este concepto a su escaso criterio, ignorancia, falta de educación y de especialización. En un mundo en que se palpa la desafección por la política, la ciudadanía crítica puede jugar un papel crucial generando espacios de participación con más capacidad de cuestionamiento que los actores institucionales. Para que esta participación se dé, sin embargo, se tienen que cumplir ciertas condiciones, tanto en la concepción de ciudadanía, como en el alcance de lo que implica la crítica.

El concepto de la ciudadanía pide una implicación en la mejora de las problemáticas que afectan a las personas, a diferentes niveles de la sociedad. A nivel local, más allá de lo que algunos actores reducen a recoger excrementos de perro, tirar la basura en el contenedor de reciclaje que toca y a no hacer ruido excesivo, ejercer ciudadanía quiere decir cuestionar a los modelos de gestión pública (planificación de los espacios y otros recursos públicos para la convivencia, atención a las necesidades básicas de las personas, espacios de participación, gestión y reducción de los residuos, etc.) para pedir mejores servicios. A nivel estatal, la implicación ciudadana puede oscilar entre ejercer el derecho al voto (o no), e implicarse en iniciativas para cambiar leyes, políticas, o generar alternativas (de consumo, vivienda, etc.).

A nivel global, habitualmente, ni tan sólo hay listones bajos de ciudadanía como puede ser no hacer ruido excesivo o votar cada cuatro años. La ciudadanía planetaria se concibe como un extra, que ni siquiera tiene una definición de mínimos. A pesar de la falta de expectativas de lo que puede implicar una ciudadanía global, el margen de implicación es infinito. La ciudadanía, por lo tanto, puede ser crítica o no. Puede dejarse encorsetar en una concepción más reduccionista o más maximalista de lo que puede ser todo su potencial. En este artículo, sin embargo, aspiraremos a los máximos, a una sociedad comprometida a reducir las desigualdades, erradicar las violencias, hacer respetar los derechos humanos, y establecer relaciones de cuidado entre personas y con la naturaleza.

En la concepción de lo que es la ciudadanía crítica, algunas pensadoras remarcan la distinción entre ser crítico/a y criticón. Ser criticón quiere decir buscar los problemas y los defectos por sistema, mientras que ser crítico/a quiere decir interrogarse, pensar ordenadamente, discernir argumentos. La ciudadanía no tiene que buscar simplemente la crítica para la crítica, sino que tiene que cuestionar lo que no funcione partiendo de un proceso reflexivo y razonado, y con un objetivo de mejora [2]2 — Rosàs, M., Torralba, F. (2019) «Som crítics? Fonaments per a una educació compromesa», Informes Breus. Barcelona: Fundación Jaume Bofill y Bonalletra Alcompàs. .

También es relevante distinguir el pensamiento alternativo del pensamiento crítico. Muchos actores tendemos a pensar que, por el hecho de presentar ideas alternativas a las dominantes socialmente ya estamos promoviendo el pensamiento crítico. Efectivamente, promover ideas alternativas supone superar el pensamiento único, abriéndose a otras opciones, y permite valorar ventajas e inconvenientes de los modelos tanto dominantes como alternativos. Pero el pensamiento crítico puede ir un poco más allá y enseñar a pensar, fomentando las competencias para reflexionar, valorar, discernir, relacionar y argumentar.

¿Cuáles son los componentes básicos, pues, del pensamiento crítico, para conformar una ciudadanía comprometida? La Filosofía 3/18 o Filosofía para Niños resalta que el pensamiento crítico tiene que ir ligado al pensamiento cuidadoso (empático, apreciativo) y creativo (imaginativo, y también a la acción) [3]3 — Nomen, J. (2018) El niño filósofo. Cómo enseñar a los niños a pensar por sí mismos. Barcelona: Arpa Editories. .

El concepto de la ciudadanía pide una implicación en la mejora de las problemáticas que afectan a las personas a diferentes niveles de la sociedad. Sin embargo, la ciudadanía global ni siquiera tiene una definición de mínimos; a pesar de la falta de expectativas, el margen de implicación es infinito

Por una parte, el pensamiento cuidadoso invita a ir más allá de la reflexión ética meramente racional, e incorporar un filtro de valores con el objetivo de comprender el otro. En este sentido, muchos autores reivindican hacer más autocrítica, desmantelar el pensamiento colonial, tener en cuenta las múltiples perspectivas que pueden tener diferentes colectivos y disciplinas sobre un hecho (multiperspectiva), desarrollar una conciencia planetaria, etc. Por otra parte, el pensamiento creativo se puede relacionar con la acción. ¿De qué sirve pensar, valorar, y considerar alternativas si no es para transformar la realidad hacia mejor? Es primordial, pues, que el pensamiento crítico no nos lleve a la “parálisis por el análisis”, y que el foco en esta clase de pensamiento no vaya en detrimento de la construcción de alternativas.

Así pues, para no hacer al idiota, hay que aprender a pensar críticamente, sin caer en un criticismo infundado o inútil. Es decir, hay que pensar desde la racionalidad, pero también con empatía y enfocándose hacia la acción.

Retrato robot para una ciudadanía crítica: motivación, autoconciencia, empatía, asertividad, visión, persistencia… y contexto.

Para ejercer una ciudadanía crítica también hay que prepararse. En una sociedad que, deliberada o fortuitamente, nos empuja a hacer al idiota, es necesario un sobreesfuerzo individual y colectivo, junto con un cambio de contexto. Veamos a continuación como se pueden preparar las personas y los colectivos y por qué y como cambiar los contextos con la finalidad de hacer posible el ejercicio de esta ciudadanía crítica.

Si tuviéramos que dibujar un retrato robot de esta persona que practica la ciudadanía crítica se podrían enumerar, como hace el título de este apartado, un montón de habilidades del activista perfecto. Pero cabe decir que, de la misma manera que la ciudadanía difícilmente se ejerce de forma individual, no se trata de esperar que una sola persona cumpla todos estos requisitos, sino que se tienen que completar colectivamente. La participación es mucho más efectiva y divertida cuando se hace en equipo, librándose así de autoexigencias excesivas. Así, las competencias que se enumeran a continuación se tienen que entender como los componentes de un retrato robot comunitario y compartido. Algunas de estas capacidades, individuales y colectivas, podrían ser:

Motivación: tener un sentido de trascendencia, una disposición de lucha por la causa, un sentimiento de conexión y pertenencia con una comunidad determinada. Todos estos factores son importantes para que la implicación ciudadana sea una fuente de enriquecimiento y no una carga. La motivación puede provenir de intereses individuales con respecto a determinadas causas o valores, pero también se puede favorecer colectivamente.

Autoconciencia: conocer los puntos fuertes y débiles, capacidades y limitaciones de cada persona que integra al colectivo, y también del grupo en sí. La autoconciencia es muy importante para adecuar las estrategias que se utilizarán. Si estamos hablando de ciudadanía crítica, la autocrítica y la autoevaluación son aspectos fundamentales. Hay que preguntarse qué identidad hemos construido y como eso afecta a nuestros sesgos respecto de la percepción de la realidad. ¿Estamos exprimiendo todo nuestro potencial en función de las habilidades que tenemos?

Empatía: algunos debates públicos se otorgan el derecho a establecer cuáles son “los problemas reales” de la ciudadanía, o juzgan que las personas están manipuladas. En general la gente es suficientemente consciente de sus propias necesidades, y no necesita que otros —y menos si es desde arriba, desde posiciones de privilegio— juzguen si son reales o no. Estas apreciaciones llevan a acusaciones de superioridad moral y, mucho peor todavía, al auge de movimientos populistas que, en el mejor de los casos, simplifican la realidad o incluso promueven un discurso del odio. Es importante, pues, escuchar las necesidades no cubiertas de los colectivos desde el no juicio y con cierta apertura con el fin de favorecer la comprensión humana. Hace falta otorgar a las necesidades de los colectivos la importancia que se merecen, y actuar en consecuencia, dando apoyo o estableciendo un diálogo neutro y abierto que no estigmatice o criminalice.

Asertividad: si la empatía nos lleva a comprender el otro desde las necesidades más profundas, la asertividad nos permite marcar límites. Ser comprensivos no implica que no haya límites. Hay que denunciar todo aquello que sea injusto, discriminador, poco ético, violento. Es importante comunicar, siempre argumentando de forma convincente, pero sin que el otro se sienta atacado o atacada. En este sentido, y si queremos abrir espacio al pensamiento crítico, puede ser un requisito abolir la corrección política en ciertos espacios. En las aulas, la corrección política a menudo hace que el alumnado repita mantras de lo que se espera que diga, y en consecuencia queda bloqueada la expresión de temas que realmente los inquietan sin sentirse juzgados. Esta realidad, que se podría trasladar a otros entornos y grupos, dificulta mucho la creación de diálogos saludables y la promoción de reflexiones críticas sinceras. Al mismo tiempo, abolir la corrección política no tendría que implicar dar carta blanca a todo lo que se pueda llamar. La asertividad implica, como se ha dicho, marcar límites, y velar para que lo que se llame no entre en las trampas del discurso del odio.

Visión creativa: una de las funciones de la ciudadanía crítica es poner en la agenda pública temas que son o serán clave por el futuro del planeta. Es decir, hacer visibles los retos actuales más urgentes y anticipar los ángulos muertos (blind spots) que constituirán amenazas para la humanidad en un futuro próximo. Conocer realidades y buenas prácticas de otros contextos, comparar con otros paradigmas y cosmovisiones, ayuda a pensar fuera de los marcos habituales (think out of the box), permite proyectar tendencias de acuerdo con las inercias que generemos, y abre las puertas a imaginar futuros alternativos. Todas estas competencias, relacionadas con el pensamiento creativo y el pensamiento lateral, también son competencias clave para una ciudadanía crítica.

Persistencia: «los pequeños cambios son poderosos”, decía el Capitán Enciam, pero ni siquiera estos pequeños cambios son fáciles de conseguir. La cultura de la inmediatez en la que vivimos contrasta con la necesidad de asumir compromisos a largo plazo con el fin de conseguir grandes cambios. Tener visión e iniciativa es importante, pero queda incompleto sin tener, sobre todo persistencia. Conseguir promover cambios en la sociedad requiere muchas habilidades ligadas a la planificación y a la organización (en otros países es muy común el término organizing [4]4 — Speck, A. (2019) Nos organizamos para el cambio social. Un pequeño manual de “Organizing”. Sevilla: La Transicionera. ), así como aptitudes relacionadas con la cooperación, la toma de decisiones efectiva en grupo, la resolución de estrategias no violentas, etc.

Las sociedades aceleradas en las que vivimos, marcadas por largas jornadas que dificultan la conciliación, dejan poco espacio para la implicación social. La cultura política de nuestro país, donde la clase dirigente es poco permeable a las demandas de la sociedad, también es un factor de desmovilización

Pero todas estas competencias, individuales o colectivas, se encuentran con un tope a la hora de ser implementadas. Eso se debe a que el contexto, la situación, también acondiciona el ejercicio de la ciudadanía [5]5 — Zimbardo, P. (2016) El efecto Lucifer. El porqué de la maldad. Barcelona: Editorial Paidós. . Las sociedades aceleradas en las que vivimos, marcadas por largas jornadas que dificultan la conciliación, dejan poco espacio para la implicación social. La cultura política de nuestro país, donde raramente la clase dirigente es permeable a las demandas de la sociedad, también es un factor de desmovilización. A menudo, puede ser útil parar y repensar las prioridades, individuales y colectivas, locales y planetarias, y redirigir nuestras acciones y energías. Así, algunas de las condiciones para que las personas y los colectivos puedan ejercer una ciudadanía crítica tienen a ver con la promoción de diferentes competencias en las que interviene el pensamiento crítico, y al mismo tiempo, necesitan de un contexto que favorezca la participación.

Educar y predicar (con el ejemplo) para la ciudadanía crítica

Formar a una ciudadanía crítica y conseguir tener una masa crítica suficiente para que promuevan cambios sociales locales y globales es una responsabilidad compartida, empezando por todas y cada una de las personas que forman parte de la sociedad, y continuando por sus agentes educadores.

En primer lugar, la ciudadanía en sí llena un amplio abanico de opciones que oscilan entre el ciudadano dormido —el idiota— y el eterno activista —a veces quemado y desbordado. Dentro de este abanico, cada uno tiene que encontrar el espacio en lo que se sienta cómodo. Sería bien provechoso que todos los individuos, en sus resoluciones de año o de curso, decidieran en cuál (o cuáles) causas sociales querrían aportar sus energías para mejorar su entorno próximo o planeta. No hace falta que sean causas altruistas, teniendo en cuenta que a menudo los problemas sociales, ya sean locales o globales, los sufrimos en la propia piel, y muchas veces la implicación en una cuestión social que nos afecta contribuye al bien común. La sociedad en sí también tiene un rol de ciudadano, no sólo mediante la interpelación a las personas responsables de las políticas públicas, sino también a través de lo que consume y ahorra (si puede hacerlo), así como de la variedad de fuentes con las que se informa y la apertura con la que acepta puntos de vista divergentes en los propios.

En segundo lugar, las familias, como agentes de primera socialización, pueden eludir la endogamia ideológica, reflejar y demostrar ama hacia la diversidad, y recoger la complejidad que nos rodea, siendo movidas por la curiosidad de comprender opciones diferentes a las propias y dejando atrás los juicios. Las unidades familiares también pueden predicar con el ejemplo y compartir sus espacios de participación ciudadana.

En tercer lugar, por su amplio alcance, el sistema educativo juega un rol importante. Sobre el papel, el sistema educativo catalán prioriza la competencia de pensamiento crítico, así como la competencia ciudadana [6]6 — Massip, C. et al. (2018), Competències per transformar el món. Cap a una educació crítica i per a la justícia global a l’escola. Barcelona: Graó. . El Departamento de Educación de la Generalitat de Catalunya identifica estas competencias básicas de forma significativa, tanto en la primaria como en la secundaria, en ámbitos como conocimiento del medio y el ámbito social, el ámbito digital, la educación en valores, la lingüística, e incluso la emprendeduría. A conocimiento del medio en la primaria —probablemente de forma mucho más consistente que en el ámbito social a secundaria—, se fomenta tanto la dimensión ciudadana asociada al pensamiento crítico, como el consumo responsable, la justicia y la solidaridad. En la práctica, sin embargo, es difícil afirmar que se promueva el espíritu crítico de forma sistemática en las aulas. Mucho profesorado aborda aspectos de su temario con metodologías que promueven la reflexión y la argumentación (comentarios críticos, debates), pero pocos practican hábitos y rutinas de pensamiento, meta-reflexión, u otros mecanismos para que el alumnado sea consciente de su proceso reflexivo.

Desde el sistema educativo se pueden utilizar metodologías que combinen cuatro aspectos esenciales para la ciudadanía crítica, como son la análisis-observación de problemáticas sociales (1), la conciencia de las emociones que esta situación genera (2), la reflexión cognitiva, ligando aquello observado y sentido con conceptos y marcos teóricos (3), la identificación y, si es posible, la puesta en práctica de alternativas creativas a la situación analizada (4). Estos cuatro componentes se pueden trabajar mediante un montón de metodologías como el trabajo para proyectos, el Aprendizaje-Servicio, el abordaje de temas controvertidos, dinámicas de grupo socio-afectivas, etc., y con la ayuda de herramientas como las rutinas de pensamiento y/o instrumentos para facilitar la meta-reflexión.

En los tiempos actuales, medios y ONG hacen un uso abusivo del story telling, contando problemáticas sociales a través de una explotación emocional de historias individuales en lugar de exponer las causas estructurales de los problemas

Los medios y algunas ONGs, también merecen especial atención con respecto a la construcción de relatos. En los tiempos actuales, se hace un uso abusivo del story telling, contando problemáticas sociales a través de una explotación emocional de historias individuales – a menudo dramáticas —en detrimento de exponer las causas estructurales de los problemas. Si es cierto que la empatía con ciertas personas o colectivos puede favorecer la implicación y la acción, eso no tendría que ser a costa de sobre-simplificar los mensajes e invisibilizar la complejidad de motivos que hay detrás de cada fenómeno social.

Y finalmente —ya se ha sugerido, pero no está más insistir— es necesario que las administraciones transformen su cultura política y sus prácticas de gestión con el fin de tener más en cuenta las necesidades de la ciudadanía.

Conclusiones

No son pocas las problemáticas sociales, locales y globales, que merecerían nuestra implicación, la de todas y cada uno de nosotros, para transformarlas. De los diferentes modelos de ciudadanía crítica, el planeta y las sociedades se merecen el arquetipo más implicado, motivado, autoconsciente, empático, asertivo, con visión creativa y persistente. Hace falta que sea crítico, pero no criticón, que critique, pero también actúe. Llegar, generar este arquetipo, está a manos de cada uno de nosotros.

  • Referencias

    1 —

    Nomen, J. (2018) El niño filósofo. Cómo enseñar a los niños a pensar por sí mismos. Barcelona: Arpa Editories.

    2 —

    Rosàs, M., Torralba, F. (2019) «Som crítics? Fonaments per a una educació compromesa», Informes Breus. Barcelona: Fundación Jaume Bofill y Bonalletra Alcompàs.

    3 —

    Nomen, J. (2018) El niño filósofo. Cómo enseñar a los niños a pensar por sí mismos. Barcelona: Arpa Editories.

    4 —

    Speck, A. (2019) Nos organizamos para el cambio social. Un pequeño manual de “Organizing”. Sevilla: La Transicionera.

    5 —

    Zimbardo, P. (2016) El efecto Lucifer. El porqué de la maldad. Barcelona: Editorial Paidós.

    6 —

    Massip, C. et al. (2018), Competències per transformar el món. Cap a una educació crítica i per a la justícia global a l’escola. Barcelona: Graó.

Cécile Barbeito

Cécile Barbeito es licenciada en Ciencias Políticas, y máster y doctoranda en Didáctica y evaluación educativa. Trabaja en la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona como investigadora y formadora en educación para la paz. Actualmente promueve el pensamiento crítico y el abordaje de temas controvertidos en las aulas. Ha ejercido de ciudadana crítica en instituciones como la Internacional de Resistentes a la Guerra, el Grupo de Educación para la Paz, la Plataforma por una Fiscalidad Justa o el Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP).