Jim Morrison tenía razón: “La gente es extraña cuando tú eres un extraño”. Y las cosas aún se vuelven más extrañas cuando, de repente, un desconocido se materializa ante ti y te dice que algo terrible está acercando. La manera más razonable de tratar con un tonto así es sonreír con compasión, hacer ver que lo escuchas y luego decir educadamente: «Gracias y adiós». Y sólo cuando ya se ha ido puedes poner los ojos en blanco y soltar una risita. Probablemente esto es lo que ocurrió en 2019 cuando terminé la gira de presentación de mi libro en la que di charlas en universidades como Stanford, Columbia, Seattle y Oxford, entre otras. Explicaba a la gente que una nueva y difusa forma de fascismo está a punto de llegar, primero en Europa y más adelante en Estados Unidos, y que es un tema mayor que Trump o los de su especie. Y lo advertía con tono precipitado, no precisamente porque tenga devoción por las democracias occidentales, sino porque creía que es necesario que nos unamos, de manera solidaria y urgente, contra esta nueva especie de fascismo amorfo. Podía parecer que no era el momento adecuado para hablar de ello, pero ahora que las elecciones estadounidenses están a la vuelta de la esquina y que las intenciones de Boris Johnson han quedado claras, no hago más que ver artículos de opinión en medios internacionales que hallan consuelo en el hecho de que los Estados Unidos y el Reino Unido aún no están tan mal como Turquía. Pero cuando se menciona constantemente un régimen oficialmente autocrático para expresar la gravedad de una situación, significa sin duda que el problema ya se les ha escapado de las manos.

Después de haber presenciado el método perfecto del ascenso del autoritarismo en Turquía durante más de una década, entre 2016 y 2019 comparé unos desarrollos políticos similares en varios países europeos y en Estados Unidos

Después de haber presenciado el método perfecto del ascenso del autoritarismo en Turquía durante más de una década, entre 2016 y 2019 comparé unos desarrollos políticos similares en varios países europeos y en Estados Unidos. En países donde el populismo de derechas estaba al alza, la gente, aun creyendo que era un caso exclusivo de su país, sufrió las mismas conmociones enloquecedoras y paralizantes que había experimentado Turquía una década atrás. Los países eran evidentemente diferentes entre sí, pero, aparentemente, la gente como yo estábamos perdiendo nuestro país de una manera no tan diferente: asistíamos al deterioro moral y político con estupefacción y confusión. Pensé que comprender la locura es la única manera de hacerle frente. Así que traté de desenredar el caos que reinaba en la política mundial para averiguar qué lógica había detrás. Estaba convencida de que desmontar la máquina política para ver cómo funciona era la única manera de rebobinar, con la ayuda de la oposición mundial. Pero comprender en soledad es, probablemente, la mayor tragedia humana. Por ese motivo emprendí, como si fuera un circo de mala muerte, una gira mundial con el libro Cómo perder un país: los siete pasos que van de la democracia a la dictadura.

Una ola global de autoritarismo

En pocas palabras, el libro dice: «Quizás tengas una democracia madura y unas instituciones aparentemente fuertes, pero esto por lo que estamos pasando no es un delirio pasajero al que el país es inmune. La ola global de autoritarismo es la última línea de defensa de un neoliberalismo desgastado y, tarde o temprano, se volverá más despiadado y demencial para mantener unido este despiadado sistema. Por este motivo debemos trabajar conjuntamente en solidaridad universal para hacer frente a esta catástrofe.» Pretendía que los pueblos occidentales se saltaran el período en que se pierde el tiempo riendo, haciendo burla o en estado de confusión y que se situaran en el punto donde te das cuenta de que es un problema que sólo puede resolverse mediante la unión internacional de la oposición.

No fue un accidente político ni una conspiración rusa lo que dio a los americanos y los británicos unos gobiernos de poca monta, sino una cuestión global que surge de la peor crisis sufrida por el capitalismo. El barro político y moral que estamos combatiendo hoy en día nos lo regaló la avalancha neoliberal de los años ochenta. Lo que necesitamos es un nuevo acuerdo mundial, un nuevo contrato social. Los que piensan y escriben libros repitiendo que una vez Trump o Johnson hayan marchado, el problema desaparecerá, están simplemente equivocados. A estas alturas debería ser claro como el agua que la democracia no puede sobrevivir sin la justicia social. En 2020, afortunadamente, millones de ciudadanos de países occidentales lo entendieron y, contra todo pronóstico, apoyaron líderes políticos como Bernard Sanders o Jeremy Corbyn, a quien la oposición que forma parte del establishment había apartado de la carrera política. Así pues, hoy podemos reconocer e identificar otro patrón en la política mundial: tanto los autoritarios como sus oponentes están actuando exactamente de la misma manera; una manera que es, simplemente, equivocada.

En los países donde la nueva forma de fascismo entra en el escenario principal de la política, la oposición y las fuerzas democráticas se encuentran en una posición contradictoria. En tanto que el establishment político actual se siente amenazado por los implacables autócratas, la oposición se ve forzada a jugar dos papeles de manera simultánea: proteger la clase política corrupta y prometer que la mejorará mientras intenta marcar las diferencias entre su discurso y el del populismo anti establishment de derechas. Pero proteger el establishment del dirigente actual mientras se está en la oposición es, prácticamente, ir contra las leyes de la lógica. En todos los países donde el discurso anti establishment está en auge, las promesas de la oposición progresista han comenzado a sonar, de repente, demasiado suaves. La oposición que forma parte del establishment, y a veces incluso los progresistas que no forman parte de él, dividen su discurso político en dos vectores opuestos: están a favor y en contra, al mismo tiempo. En países donde se sufre la fuerza destructiva del populismo de derechas, proteger el establishment empieza a parecer prioritario. Por esta razón, la oposición decide apoyar la «opción más razonable». En el caso americano, es Biden; y en Francia se escudaron detrás de Macron. En Turquía también tuvimos nuestro Biden. Y creedme cuando os digo que todos los países que han tenido un Trump fueron tan brillantes como los demócratas americanos o los progresistas franceses para inventarse un Biden o un Macron propio. El pánico que se respira en el ambiente no permite elegir la opción que realmente moviliza el pueblo hacia un nuevo acuerdo legítimo, que probablemente descolocaría la oposición tanto como heriría el populismo de derechas. Ni que decir tiene que sustituir los Bernies por Bidens nunca ha funcionado a largo plazo en ninguno de los países que han pasado por la misma calamidad política. Como el problema es un error sistémico, enseguida queda claro que la emergente atmósfera política con los movimientos fascistas y progresistas persistirá, aunque el establishment gane y pueda gobernar, con la opción más razonable, para fortificar el ya dañado castillo del sistema. Durante este doloroso período en que nace el nuevo sistema, hay otro patrón global que, no se sabe cómo, acaba beneficiando las inclinaciones autoritarias.

La ola global de autoritarismo y el barro político y moral que estamos combatiendo hoy es la última línea de defensa de un neoliberalismo desgastado que se volverá más despiadado y demencial. Lo que necesitamos es un nuevo acuerdo mundial, un nuevo contrato social. La democracia no puede sobrevivir sin la justicia social

Mi hermano es director de cine y vive en Estados Unidos, en Atlanta. A menudo discutimos sobre por qué las izquierdas manifiestan su odio hacia la oposición, que forma parte del establishment, más que hacia el fascismo. Es de locos ver como ocurre exactamente lo mismo tanto en EEUU como en Turquía. Y el caso británico no es diferente. Aunque hablen lenguas diferentes, la similitud del vocabulario que se utiliza para expresar el odio hacia la oposición progresista llama mucho la atención. Y el nihilismo que se genera debido al discurso del odio ha apaciguado, y continúa apaciguando, los ánimos en estos países. No estoy advirtiendo la izquierda americana o británica para que dejen de criticar a los demócratas o a Partido laborista, sino que les pido que reconozcan el entusiasmo que todos compartimos a la hora de criticar la oposición. Es mejor ser conscientes de que este extraño placer que sentimos cuando damos un buen golpe a la oposición del establishment tiene algo de autodesprecio derivado del derrotismo. Este clima político y emocional no hace más que propiciar la autodestrucción. Sé que no hay palabras que puedan hacer desaparecer el nihilismo y la reticencia que la izquierda está sufriendo en estos momentos. Hemos dejado atrás la época en que las masas creían en las palabras. Lo que de verdad puede activar la materia humana que llevamos dentro es la acción política. Actuar es el único remedio para nuestras decepciones y miedos. Quizás la acción no funciona siempre, pero es la única manera que la humanidad conoce para acabar con esta inercia enfermiza. Y ahora, a pesar de que estamos en el peor de los momentos, las masas saben y demuestran que lo entienden.

Entender y actuar

Después de haber sido la Casandra de la geopolítica durante un momento, os dejo un pedacito de la compasión de Mary Poppins: Todo lo que estamos viviendo de manera global, tanto en la política como en la naturaleza, sobrepasa los límites de lo que podíamos llegar a imaginar sobre el mundo y la humanidad. Sentir rabia, odio y una tremenda decepción es natural. Sin embargo, expresar estas emociones desde los márgenes del establishment político difícilmente puede considerarse una acción política. Comprender y actuar. Nos hemos visto obligados a separar estos dos aspectos de la política durante demasiado tiempo y ya ha llegado la hora de darnos cuenta de que son dos acciones orgánicamente entrelazadas e inseparables. Hasta donde alcanza mi entender, en las calles de todo el mundo cada vez hay más y más gente que tiene clara esta realidad. Hay un movimiento que está madurando entre la población. No se trata del famoso «fantasma que recorre Europa» del que hablaba Marx. Este espíritu que nos sobrevuela aún no tiene nombre ni rumbo, aunque es más grande y temerario. El movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos y las protestas en Hungría han sido las acciones pioneras de este «fantasma». Todos y cada uno de nosotros debemos tomar estas acciones muy en serio, no sólo porque relatan la verdad de nuestra época, sino también porque se han llevado a cabo arriesgándose a una muerte por asfixia, también conocida como COVID-19. En un momento en que salir a la calle y acercarse a otros seres humanos suponía arriesgar la vida, millones de personas no dudaron ni un segundo en asumir el riesgo, y eso quiere decir algo. Este tipo de energía política no puede, y quizás no debería, limitarse a formar parte de la oposición convencional.

Nos espera un invierno extraño. Sin duda será el invierno de nuestro descontento. La pobreza y el hambre encabezarán la lista de los problemas mundiales. Tanto los regímenes autoritarios y pomposos como las oposiciones «razonables» que forman parte del establishment deberán pasar el examen de la peor crisis económica de la era moderna. No habrá consuelo para tanta furia. Seremos testigos del nacimiento de lo nuevo y de la muerte de lo viejo, y no será agradable. Pero como he dicho antes, sólo la comprensión y la acción, y su unidad inseparable, nos ayudarán a sobrevivir a este maldito invierno. Seguro que la primavera aparecerá al final del túnel, pero seguro que todos deberemos poner toda la atención y esfuerzo en hacer que este invierno pase, y que pase humanamente. Hasta aquí una extraña hablando de estos horribles hechos. Espero que los consideréis como obsequios procedentes del futuro y no como pronósticos de mala suerte.

Ece Temelkuran

Ece Temelkuran

Ece Temelkuran es periodista, columnista y escritora. Es autora del libro How to Lose a Country: The 7 Steps from Democracy to Dictatorship (2019), publicado en español por la editorial Anagrama (Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura); un manual de resistencia contra fascismos, populismos, nacionalismos y tentaciones dictatoriales de los gobiernos en el que hace un análisis de los pasos que llevan un país de la democracia a la dictadura de facto. Temelkuran fue despedida del medio de comunicación turco donde trabajaba, Habertürk, por sus artículos críticos con el gobierno, y ha sido reconocida dos veces como la columnista política más leída en Turquía. Sus artículos han aparecido en medios como The New York Times, The Guardian, Le Monde Diplomatique o Der Spiegel, entre otros, y ha escrito una docena de libros. El año 2008 fue galardonada con el premio Ayşe Zarakolu Freedom of Thought Award por la Asociación de Derechos Humanos de Turquía.