El objetivo de este artículo es el de establecer un diálogo-espejo entre diferentes miradas para pensar y contribuir en la transformación de la relación entre la construcción de la masculinidad, el riesgo, la enfermedad y la salud buscando a apuntar hacia una experiencia salutogénica, es decir, de cuidado y promoción de la salud. Busca un diálogo entre la mirada social, cultural y la experiencia; entre el aporte cuantitativo y la vivencia cualitativa. Partimos de fuentes distintas como el informe Masculinidades y Salud en las Américas [1]1 — Organización Panamericana de la Salud (2019). Masculinidades y salud en las Américas. Washington DC: OPS. y los «Talleres de Literatura, Memoria e Identidad», así como fuentes literarias pertinentes.

Las masculinidades y la salud

Entradxs en el siglo XXI es cada vez más evidente que lo que conocemos como masculinidad no solo es bastante diverso (llevándonos a hablar de masculinidades) sino que, sobre la diferenciación biológica de los sexos, se construye en cada sociedad y época una serie de nociones acerca de lo que son y deben ser en los hombres, frecuentemente opuesto a lo que se espera de las mujeres. Muchas de estas nociones se van convirtiendo en mandatos como son el ser proveedor, ser competitivo, tener el “privilegio” del uso de la violencia, ser heterosexual y negar aspectos humanos de la emocionalidad.

Crecen las referencias que muestran que muchos de estos mandatos significan un riesgo para la salud de las mujeres, de niñas y niños y de los propios hombres. En un estudio para la Organización Panamericana de la Salud [2]2 — Ibídem. concluimos que, sin duda, los hombres siguen ocupando un lugar privilegiado en la mayoría de las sociedades y contextos, pero que esto va aparejado de importantes costos en la salud (de las mujeres y de los propios hombres), empezando por una esperanza de vida al nacer de alrededor de 5 años menor que las mujeres en el continente americano (semejante a Europa). Como único ejemplo estadístico compartimos este análisis desde la mortalidad de los hombres en su curso de vida.

Los hombres siguen ocupando un lugar privilegiado en la mayoría de las sociedades y contextos, pero esto va aparejado de importantes costos en la salud de las mujeres y de los propios hombres

En el plano epidemiológico podemos encontrar claros referentes de la forma en que la masculinidad hegemónica genera costos enormes en la salud de los hombres. Análisis de las principales causas de mortalidad de los hombres en su curso de vida [3]3 — Ibídem. muestran claramente cuatro conjuntos de problemas de salud: los que tienen que ver con las muertes violentas (homicidios, accidentes viales y laborales, ahogamientos y el suicidio como marcador de la falta de capacidad de pedir ayuda ante el malestar subjetivo) [4]4 — Una lectura al respecto es El otro yo, de Mario Benedetti en La muerte y otras sorpresas que permite observar la difícil relación de los hombres con las emociones consideradas como no masculinas. , las muertes asociadas al consumo de sustancias (alcohol, otras drogas y la mitad de las cirrosis hepáticas) y el VIH-sida que sigue relacionándose con la falta de cuidado en el ámbito de la sexualidad. Esto hace que uno de cada cinco hombres no llegue a los 50 años de edad. Además, tenemos la presencia de los hombres en las muertes de mujeres por homicidio y una gran proporción de los accidentes. El cuarto tiene que ver con las enfermedades crónico-degenerativas: la diabetes, los problemas cardiacos y los accidentes vasculares cerebrales. Así, la salud aparece como un campo crítico para analizar la masculinidad hegemónica o dominante y desarrollar propuestas transformativas.

La construcción de la identidad de género

En el campo de la salud tenemos también distintas miradas o paradigmas: subdisciplinas como la patología dan cuenta detallada de los daños biológicos causados por la enfermedad, mientras que la medicina se enfoca primariamente en la curación y la prevención de un mayor daño en los cuerpos individuales. La salud pública se preocupa de los procesos colectivos tanto en su curación como en la prevención, y la salud colectiva denuncia los factores estructurales sociales y económicos que subyacen en el enfermar y morir de distintos conjuntos sociales. ¿Pero qué disciplinas dan cuenta del padecer? ¿De la experiencia subjetiva del enfermar, morir o de estar saludable? Puede ser que la psicología en sus variantes más humanistas o psicoanalíticas, así como la sociología de las emociones, entre otras. Pero está también la filosofía y el arte que, en primera o tercera persona nos transporta a esta fundamental experiencia. Y es desde esta perspectiva que queremos sensibilizar acerca del proceso salud-enfermedad-cuidado en los hombres retomando la literatura —que provoca y permite mirarse en el espejo de diversos personajes y “vivirnos” desde las historias de otrxs— y la escritura autobiográfica.

Con respecto al cuerpo, Virginia Woolf narra:

El cuerpo actúa todo el día y toda la noche; se embota o se espabila, se ruboriza o palidece, se hace de cera con el calor de junio, se endurece como el cebo entre las nieblas de febrero. La criatura que está dentro sólo puede mirar a través del cristal, ya que esté manchado o sea color de rosa; no puede separarse del cuerpo, como la funda de un cuchillo o la vaina de un guisante, ni por un segundo; debe soportar entera la interminable procesión de cambios, calor y frío, comodidad e incomodidad, hambre y hartazgo, salud y enfermedad, hasta que se produzca la inevitable catástrofe; el cuerpo se hace añicos y el alma (según dicen) escapa. Pero de todo este drama diario del cuerpo no queda registro.

Woolf, Virginia (2019). Estar enfermo. Barcelona: Alba.

Woolf escribe esto en 1925, cuando Thomas Mann recientemente había publicado La montaña mágica (1924). Mucho después, Solzyenintsin retoma una perspectiva semejante en Pabellón de cancerosos (1960).

En la literatura encontramos una multiplicidad de textos que describen estos tipos de comportamientos que afectan tanto la salud física, mental y social

En cuanto al poder de la escritura, el escritor Juan José Millás, en su libro El mundo, menciona:

Mi padre presumía de haber sido el primero en fabricar un bisturí eléctrico en España, aunque seguramente tomó la idea de una publicación extranjera. Recuerdo haberle visto inclinado sobre la mesa del taller, efectuando cortes en un filete de vaca, asombrado por la precisión y la limpieza del tajo. No olvidaré nunca el momento en el que se volvió hacia mí, que lo observaba un poco asustado, para pronunciar aquella frase fundacional: “Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento de producirla. Cuando escribo a mano, sobre un cuaderno, como ahora, creo que me parezco un poco a mi padre en el acto de probar el bisturí eléctrico, pues la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas.

Millás, Juan José (2008). El mundo. Ciudad de México: Planeta.

Ahora bien, ¿qué diferencias se han encontrado en cuanto a la relación con su salud entre las mujeres y los hombres? ¿Cómo es que el mandato de género afecta a la salud de los hombres, específicamente? En primer lugar, encontramos que existe una mayor disposición de las mujeres a recordar, escribir y compartir sus experiencias, lo cual es el proceso que proponemos para la mayor consciencia desde dónde y cómo se manifiesta la identidad de género, esto se manifiesta en la cantidad de asistentes varones a los talleres en una proporción del 40% y en que su permanencia hasta el final del taller es del 20%. Otra diferencia fundamental es que en las mujeres están más desarrolladas las habilidades para contactar con sus emociones; se permiten expresarlas abiertamente. Es más difícil que los hombres rompan las resistencias para contactar, profundizar, escribir y compartir sus emociones, así como identificar las formas en que los discursos de poder establecidos les conforman. Refrenar las emociones y sentimientos está normalizado. Sin embargo, esto ha sido posible casi en la totalidad de quienes llegan hasta el final del taller.

Lo que se observa en cuanto al comportamiento manifestado en los escritos de los hombres sobre el riesgo de padecer eventos traumáticos por los “mandatos de la masculinidad patriarcal”, se expresan, sobre todo, en el ejercicio de la violencia física como forma de “resolver” conflictos, así como el contener emociones que los hacen parecer “débiles o frágiles”, lo que puede provocar, en muchos casos, el desarrollo de inseguridades, complejos, miedos e ira. También la manera de relacionarse entre sus iguales compitiendo y degradándose con apodos por su aspecto físico (corpulencia), color de piel, estrato económico, social, cultural y en referencia degradante, misógina y homofóbica si tiene conductas “afeminadas”, así como en la interiorización de las relaciones con figuras de autoridad, estructura y referencia masculina son las que se dan con los tíos, abuelos y padres. Desde lo literario encontramos una multiplicidad de textos que describen estos tipos de comportamientos que afectan tanto la salud física, mental y social. Tomamos algunos para identificarlos y reflexionar sobre cómo se han vivido y les han afectado en diferentes ámbitos. Se utilizan cuentos y fragmentos de autores como, por ejemplo, Juan Villoro, Javier Marías, José Agustín, Javier Cercas, Enrique Serna, entre otros textos literarios desde las miradas de hombres y de mujeres en un ejercicio de apropiación de la escritura.

Citaremos un ejemplo que, aunque contiene lenguaje coloquial particular de México, es comprensible en el contexto y permite observar conductas de violencia normalizada que puede ayudar a los participantes a identificarlas. Son fragmentos finales del cuento Mañana lloraré de Héctor Aguilar Camín (después de un pleito que dos gemelos provocan para defender el “pudor” de su hermana, lo cual también es un ejercicio de violencia sobre ella y el cuerpo de las mujeres en estado de “indefensión” y posesión-cosificación):

—¡Qué manera de madrearse muchachos!— decía el judicial adentro, instalado ya en la sala de doña Raquel Casares. —Me recuerda mis buenas épocas, madrizas donde quiera, la Romita, la Candelaria, Martínez de la Torre, Atencingo—.

[…] Alatriste caminaba frente a él y se miraba incrédulamente las manos. […] Subió hasta el primer rellano y miró nuevamente el desastre en el jol: Gamiochipi con las manos crispadas en la cabeza, el rostro desfigurado de Morales, el ahogo de Changoleón, los sudores de Geme Tico por el dolor de la fractura que empezaba a licuar nuevamente los grumos de sangre en su pelo, la horrenda parte izquierda del rostro de Geme Taco, la nariz fracturada de El Cuero, la raya morada en el perfil de Colington. Y el agente perorando entre ellos, exhumando sus muertos.

[…] Entró al baño y se echó agua fría en las manos largamente, hasta entumecerlas. Algo empezó a voltearse dentro de él. —No voy a llorar— repitió en voz alta. —Por lo menos no voy a llorar hoy—.

Miró fijamente sus manos insensibles, esas manos desconocidas y ajenas, entumecidas por el agua que corría transparente sobre ellas, luego alzó los ojos y miró en el espejo la cara de un tipo al que tampoco conocía.

—Qué pendejada— le dijo el tipo del espejo intentando una sonrisa.

—Qué pendejada— respondió Alatriste intentando la suya.

Pero los dos lloraban como puercos…

Aguilar Camín, Héctor. (1989). “Mañana lloraré” en Lo fugitivo permanece, 21 cuentos mexicanos. Selección/presentación de Carlos Monsiváis. Ciudad de México: Secretaría de Educación Pública.

Esta forma de “vivir” la masculinidad suele generarse desde la socialización primaria y luego en la adolescencia en donde es central la vivencia del cuerpo. Al respecto del cuerpo en los hombres, por ejemplo, Juan José Millás, en La vida a ratos, nos dice:

El riesgo de padecer eventos traumáticos por los “mandatos de la masculinidad patriarcal”, se expresan, sobre todo, en el ejercicio de la violencia física como forma de “resolver” conflictos, así como el contener emociones que los hacen parecer “débiles o frágiles”

Lunes. La pregunta es: ¿tengo un cuerpo o soy mi cuerpo? De joven, tienes un cuerpo al que conduces alocadamente, como corresponde a la enajenación propia de esos años. Lo pones a ciento ochenta por hora, lo pasas de revoluciones y casi siempre te responde.

Durante esa época, la identificación entre tu cuerpo y tú no es demasiado alta: la misma que tienes con un juguete o con un coche. Tu juguete se puede estropear, tu coche puede envejecer, pero tú sigues ahí, rompiendo la pana como un tío. Quiere decirse que no crees en la muerte. Pero a medida que pasan los años, misteriosamente, uno se va convirtiendo en su cuerpo.

Un día te levantas de la cama, caminas hacia el espejo, te miras y la revelación que alcanza de golpe: yo soy mi cuerpo, yo soy esto, yo soy mi continente y contenido, todo a la vez. Si un texto, literario o no, pudiera hablarse a sí mismo llegaría a la misma conclusión: mi contenido es mi forma. De modo, decíamos, que a partir de cierta edad el cuerpo deja de ser el vehículo del yo para convertirse en el yo del vehículo. Una revelación que acojona.

Millás, Juan José (2019). La vida a ratos. Ciudad de México: Alfaguara.

Millás confirma lo que nos aportan los estudios de masculinidades: los hombres crecen con una percepción de invulnerabilidad que los coloca en situaciones de riesgo al sentirse vulnerables; percibirse en un sitio poco masculino es sinónimo de debilidad que dificulta el acto de pedir ayuda. Esta vulnerabilidad puede, no siempre, irse aceptando a medida que avanza el curso de vida, aunque la experiencia de ser “paciente” siga siendo difícil y contradictoria, y más cuando se detenta una pequeña o gran cuota de poder. Veamos al emperador Adriano, interpretado con maestría por Marguerite Yourcenar:

Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón… Es difícil seguir siendo emperador ante un médico y también es difícil guardar la calidad de hombre… El ojo del médico Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre… Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos, pero nada puede exceder de los límites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo 60 años… He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.

Yourcenar, Marguerite (1980). Memorias de Adriano. Trad. de Julio Cortázar. Buenos Aires: Ed. Sudamericana.

A continuación la obra relata porciones de su vida a las cuales ha renunciado: la cacería, montar a caballo, comer demasiado, las voluptuosidades del amor «y de todas las felicidades que lentamente me abandonan, el sueño es una de las preciosas y también de las más comunes.»

Los hombres ante la enfermedad y el duelo.

El tema del cuidado en la salud y la enfermedad es un tema que se ha feminizado como resultado de la división sexual del trabajo. Esto se da también en el cuidado de los hombres, sobre todo cuando son niños, adolescentes o adultos mayores. Un hombre joven se ve confrontado con el hecho de cuidar a su padre. De esto se da cuenta Sánchez Carbajal al referir el enésimo internamiento de su padre, quién escasamente se cuidó a sí mismo y poco se deja cuidar. Junto con su madre deben de buscar la forma de reorganizar sus vidas para estar en apoyo al cuidado hospitalario del padre… «y así procuraríamos hacer nuestra vida en torno a la vida de mi padre como alrededor de un sol salvaje y quebradizo; un sol de vidrio que no poseía las palabras para nombrarnos, pero que nos tenía amarrados girando en torno a él igual que esos caballos salvajes que para ser domeñados necesitan miles de vueltas alrededor de un hombre que no tiene ni la mitad del tamaño del animal.» [5]5 — Sánchez Carbajal, Marcos (2017). Bilis Negra. Ciudad de México: INBA.

Sobre esta cuestión del cuidado durante la enfermedad, la experiencia de la pandemia ha visibilizado con contundencia y ha contribuido, en muchos sentidos, a reforzar las desigualdades de género, aunque en algunos sectores de los hombres al cuestionarlo han podido asumirlo como un reto hacia la igualdad y el cuidado. Ivonne Laus describe muy bien el efecto en la salud mental del confinamiento de los sectores que tienen el lujo de poder trabajar desde su casa al estar viviendo en:

El movimiento de las mujeres contra la inequidad, injusticia y violencia de género ha visibilizado que el mandato patriarcal tiene que ver con una sociedad jerarquizada en donde la violencia y la desigualdad se han normalizado

Esta alteridad insoportable que hoy es el mundo, padezco el silencio en la boca, en la comisura de estos labios renunciados que no mojan nada, que no pronuncian nada, que no escupen, que no beben de la copa de nadie, en sus mesas, en sus casas, en sus calles. El abismo de los ojos, que resbalan desprevenidos en la pendiente de la curva de la enfermedad. Y, otra vez, el murmullo, ese ese zumbido en los oídos, pero estridente, que ensordece la tarde, al son de la cantinela de la sirena mortífera que suena todos los días, inequívocamente, a las seis.

Las manos anestesiadas de no tocar. Los pies entumecidos de sopesar su camino entre el baño, la cama, la cocina y la sala de estar. La mente detenida en las 17 pulgadas con brillo automático del ordenador de una vida ermitaña potenciada al extremo en defensa de toda la humanidad

Laus, Ivonne (2020). En Crónicas de la Pandemia. Coordinado por Collado P., Nettel G. y Weiss, Y. México. UNAM.

A los hombres, la pandemia los confrontó con la vulnerabilidad y el miedo, con la necesidad de cuidarse para cuidar y con el reto de gestionar los malestares tanto laborales como domésticos. No es un accidente que importantes líderes de diversos países se negaran a usar cubrebocas para luego enfermar de COVID. La pandemia también cuestiona la idea de progreso capitalista y neoliberal y su relación depredadora con la naturaleza —un desarrollo de corte patriarcal—. En la feminización del trabajo de cuidado, muchas mujeres terminan cuidando a mujeres y a hombres en todo el curso de la vida, funcionando frecuentemente como “embajadoras” de los malestares masculinos en los servicios de salud.

En lo referente al cuidado y el conocimiento de las diferentes etapas evolutivas del cuerpo en la vida, los discursos de poder y control que interiorizan los hombres pueden generar una menor tolerancia hacia la vulnerabilidad corporal que, como cualquier ser vivo, manifiesta y, por lo tanto, la visión de la propia vida como un proceso que incluye la muerte como parte natural. En este sentido, existe una cierta dificultad para identificar cómo es que la visión de la masculinidad hegemónica les pone en un mayor riesgo para asumir una calidad de vida más saludable, que no los exponga a actos violentos, y en la prevención y cuidado de su salud en el más amplio sentido, redundando de esta manera en una calidad del propio proceso de vida y, por lo tanto, de muerte. En cuanto a la vivencia del duelo, es importante permitirse sentir el dolor, la tristeza y la fragilidad de la pérdida para elaborar el duelo (entre otras manifestaciones). Si estas emociones y sentimientos se conciben como sinónimo de debilidad o de ser “femenino”, van a generar un duelo complicado o no elaborado y acabarán teniendo un costo en la salud propia y de las personas cercanas

A manera de conclusión

El movimiento de las mujeres en pro de cambios profundos con respecto a la inequidad, injusticia y violencia de género ha visibilizado también la urgencia de conocer y reconocer que el mandato patriarcal tiene que ver con una sociedad jerarquizada en donde la violencia y la desigualdad se han normalizado y que tiene un coste también en los hombres (aunque no de igual manera y proporción) [6]6 — Reconocemos que este texto está desarrollado en una forma muy binaria comparando a hombres y mujeres. Evidentemente la sociedad es mucho más diversa y compleja y en esto la literatura también será un extraordinario instrumento de sensibilización. . Dicho movimiento impulsa la creación de nuevas formas de construirnos, de relacionarnos, de hacer política, ejercer justicia, de crear redes de tejido colectivo con otros tipos de valores en la propia mirada y escucha de sí y de lxs demás. Este texto busca contribuir a mostrar las formas en que la masculinidad hegemónica afecta también a los hombres y que los privilegios aún prevalentes tienen importantes costos tanto para mujeres como para los hombres. Desde el cuidado de sí, como categoría política, los hombres pueden revisar y reconstruir su identidad, superar mandatos y estereotipos para expandir este cuidado a las otros y otros, así como al planeta. En este camino hemos querido poner énfasis en el poder de la literatura y la escritura autobiográfica con un programa que pueda actuar como espejo, mecanismo de sensibilización y de conscientización, así como un espacio que posibilite el diálogo entre géneros y generaciones.

  • Referencias

    1 —

    Organización Panamericana de la Salud (2019). Masculinidades y salud en las Américas. Washington DC: OPS.

    2 —

    Ibídem.

    3 —

    Ibídem.

    4 —

    Una lectura al respecto es El otro yo, de Mario Benedetti en La muerte y otras sorpresas que permite observar la difícil relación de los hombres con las emociones consideradas como no masculinas.

    5 —

    Sánchez Carbajal, Marcos (2017). Bilis Negra. Ciudad de México: INBA.

    6 —

    Reconocemos que este texto está desarrollado en una forma muy binaria comparando a hombres y mujeres. Evidentemente la sociedad es mucho más diversa y compleja y en esto la literatura también será un extraordinario instrumento de sensibilización.

Benno de Keijzer

Benno de Keijzer es médico por la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor en los Másters de Salud Pública, Estudios de Género y Salud, Arte y Comunidad de la Universidad Veracruzana de México. Su trayectoria profesional combina los estudios de medicina con la antropología social y la salud mental comunitaria. Se ha especializado en el análisis y la búsqueda de estrategias transformativas de las masculinidades, tanto en la prevención de la violencia hacia las mujeres como en el ámbito de la salud y el autocuidado de mujeres y hombres. Durante los últimos tres años, ha participado en los talleres "Literatura, Memoria e Identidad" conducidos por Olga Beatriz.


Olga Beatriz Cuéllar

Olga Beatriz Cuéllar es socióloga por la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante más de veinte años, ha acumulado experiencia en el trabajo con niños y niñas, jóvenes y adultos en talleres de desarrollo de habilidades de pensamiento, sociales y afectivas, en ámbitos escolares, bibliotecas públicas y circuitos privados en México. Es colaboradora de la asociación civil Documentación y Estudios de Mujeres (DEMAC) y coordina el taller "Literatura, Memoria e Identidad Masculina” en Veracruz, desde donde se propone despertar la memoria y producir textos autobiográficos mediante la lectura de textos literarios.