Era una década de optimismo, la segunda edad de oro de la seguridad. Los grandes conflictos del mundo se resolvían y parecía que la política española había conseguido ahuyentar a sus fantasmas. Había tensiones y desencuentros, pero a mediados de los años noventa el catalanismo y el Estado español consolidaban una conllevancia productiva y sostenida por primera vez desde que Catalunya había vuelto a emerger como actor político a finales del siglo XIX. Unos años de calma entre décadas de tormenta. Aquel mundo se acabó y las constantes dramáticas de nuestra historia volvieron a aparecer.

Dos imágenes lo explican bien. Una en blanco y negro, el President Companys y algunos de sus consellers en el barco prisión Uruguay. La otra en color, consellers y líderes sociales del independentismo en la prisión de Lledoners. De los Hechos de Octubre de 1934 a los Hechos de Octubre de 2017, vuelve a haber en Catalunya presos políticos y exiliados. Un ritornello trágico de la política catalana que obliga a plantearse algunas preguntas. Da vergüenza compararse con los hombres y las mujeres que vivieron el Desastre de los años treinta, la guerra y el purgatorio posterior, pero las preguntas son las mismas que algunos Homenots se hicieron entonces. ¿Qué ha pasado? ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué hay que hacer a partir de ahora para volver a construir?

Un buen texto arruinado por una mala lectura

En 1985 el President Tarradellas predijo el impasse al que la política catalana llegaría veinte años más tarde: “El primer problema de la Catalunya actual es demostrar con su buena gobernación que el Estatuto actual le queda pequeño. En política, sin confianza no hay nada que hacer. Harán falta años para que Catalunya se haga merecedora de ello y que Madrid acceda a modificar el Estatuto recientemente aprobado. Porque si no se modifica, Catalunya se encontrará en la situación más que desgraciada de comprobar que la autonomía que tiene no es, ni mucho menos, la que quería. Y no me refiero a la literalidad de las disposiciones del Estatuto sino al espíritu que lo informa. (…) He ahí el gran problema de hoy, que puede llegar a tener graves consecuencias” [1]1 — TARRADELLAS, JOSEP (1989): Ja sóc aquí. Record d’un retorn. Barcelona, Planeta (página 15-16). . Y aquel momento llegó.

El catalanismo pensaba el marco constitucional español desde un acuerdo no escrito de progresividad que el Estado nunca asumió. El Estatuto fue un buen texto arruinado por una mala lectura

El catalanismo pensaba el marco constitucional español desde un acuerdo no escrito de progresividad que el Estado nunca asumió. La idea de que el autogobierno tenía que crecer a la vez que crecía la capacidad de los catalanes para gobernarse. La esperanza de que una España rica y democrática sería más receptiva a la aspiración soberana de Catalunya. La negociación del nuevo Estatuto respondía a esta lógica, pero topó con un rechazo frontal. El Estatuto acordado en Madrid y votado en Catalunya en 2006 era una tregua, una salida honorable, pero en 2010 la sentencia del Tribunal Constitucional lo impugnó dando un portazo rotundo y doloroso. Un desengaño profundo y el final de un camino. El margen de progresividad que ofrecía el pacto constitucional se cerró con una nueva interpretación restrictiva y rígida de la norma fundamental. Un buen texto arruinado por una mala lectura.

Sin memoria, sin prudencia

Dos anécdotas de los años de la Transición ayudan a explicar aquella forma de hacer política y los frutos que dio. Había memoria y, en parte por eso mismo, había un sentido de la prudencia que condicionaba el juego. Las reglas de la partida, pero no necesariamente sus límites.

La Corporación Metropolitana de Barcelona era uno de los grandes proyectos del maragallismo. Una herramienta para gobernar la gran Barcelona. Cuando las leyes de ordenación territorial aprobadas por el Parlamento en 1987 cortaron de raíz aquella iniciativa, una reunión de la ejecutiva socialista planteó la posibilidad de combatirlas con un recurso al Tribunal Constitucional. “Maragall se quedó solo defendiéndolo (…). La dirección del partido alegó que recurrir una ley del Parlamento evocaba el conflicto que la Lliga había provocado en los años treinta con la Ley de contratos de cultivo” [2]2 — FUSTER-SOBREPERE, JOAN (2017): “La política és la gent”, Claret, Jaume (coord.): Pasqual Maragall. Pensament i Acció, Barcelona, La Magrana (página 50-51). . Puede parecer una anécdota, un breve comentario de una reunión de partido de hace más de treinta años, pero es alguna cosa más. La inestabilidad republicana, el desastre de la guerra y el trauma de la dictadura dejaron un poso de memoria constante.

Cuando veinte años después del golpe de Estado de febrero de 1981 el President Pujol explicaba en un artículo en La Vanguardia su experiencia durante el 23F resumía así su actitud: “mí consigna fue no precipitarse” [3]3 — PUJOL, JORDI (2001): “Mi consigna fue no precipitarse”, La Vanguardia, 21 de febrero de 2001. . Aquella generación tenía un fuerte sentido de la prudencia política. Tenían bien presente aquella teoría del desbordamiento que Josep Pla enunció en un artículo en La Veu de Catalunya poco después del Sis d’Octubre. «Si os dedicáis a la política demagógica, ¿quién podrá evitar que un demagogo más audaz os siegue la hierba bajo los pies y os desbanque”? [4]4 — PLA, JOSEP (1983): Cròniques parlamentàries (1934-1936), Barcelona, Destino (página 22). . Tenían memoria histórica y una idea clara del nivel de turbulencia que la política española podía tolerar si se querían evitar los riesgos de una espiral de inestabilidad fuera de control. En Madrid sabían que la estabilidad de España no se puede dar nunca por descontada y que persiguiendo la sumisión de Catalunya el Estado ha caído demasiadas veces en el endurecimiento, el autoritarismo y la catarsis.

Con el paso de los años, una nueva generación de políticos fue llegando a la sala de máquinas del poder en Madrid y en Barcelona. Su historia ya no era la de la tragedia republicana y el antifranquismo. La prudencia parecía sobrar, una cobardía innecesaria que los ataba de manos y pies frenando sus ambiciones.

La ley contra el voto y el punto de no retorno

Los argumentos del combate ideológico entre Madrid y Barcelona durante el ascenso del independentismo volvieron allí donde habían estado durante buena parte del siglo XX. El Estado jugó a la ley y la fuerza mientras el catalanismo jugaba al voto y la justicia. Como si el Estado democrático de derecho pudiera ser ajeno a la fuerza de las urnas. Como si el cumplimiento de la ley fuera opcional para una institución de gobierno en el contexto de la Europa democrática. Incapaces, todos, de admitir que no hay conflicto posible entre la ley y los votos porque la ley tiene la obligación de ajustarse y el voto el deber de someterse. En las democracias sólidas el derecho y la justicia tienen que bailar sin pisarse.

Un gran error casi siempre es fruto de una cadena de pequeños errores. Hicieron falta años de jugadas temerarias para llegar al descarrilamiento de los Hechos de Octubre de 2017, una quema de naves general que situó el país en un bloqueo difícil de superar. El Estado con su autismo de media década, incapaz de asumir la demanda catalana de soberanía, pretendiendo que la reivindicación independentista era un acceso de fiebre. El soberanismo jugando al tacticismo, pronunciando un discurso fácil que pretendía que para llegar a la independencia era suficiente desearlo con fuerza. Incapaz de asumir que con una mayoría escasa que no llegaba al 50% no se podía tomar el atajo. En 2017 la suma de errores consolidó un camino de no retorno. El Estado enviando miles de antidisturbios a agredir a los ciudadanos que se movilizaron el 1 de octubre y utilizando su aparato judicial para encarcelar políticos o forzarlos al exilio. El independentismo, incapaz de capitalizar el 1 de octubre, prisionero de luchas internas, lanzándose a una declaración de independencia simbólica que acabó con la suspensión de la autonomía. Dolor, acritud, bloqueo y un punto de no retorno.

Retos, pandemia y punto de inflexión

La reforma del Estatuto y el giro independentista se alimentan de una mezcla de angustia e ilusión. La plena conciencia de los retos urgentes que encara la sociedad catalana y la falta de las herramientas necesarias para superarlos con éxito. Hay cambios profundos en marcha que transforman la economía y la sociedad en todo el mundo. El reto digital, el reto de la sostenibilidad, la globalización, la desigualdad creciente y la inmigración como desafíos principales. España ha levantado un gran Madrid que aspira las energías peninsulares y al que resulta cada vez más difícil resistirse. El entramado político, empresarial y fiscal del Estado dibuja un desequilibrio evidente hacia el centro de la península. Sin capacidad suficiente para llevar a cabo políticas ambiciosas y dotarlas de los recursos necesarios una Catalunya angustiada se enfrenta a estos cambios con una mano atada a la espalda.

La voluntad de ser de Catalunya persiste; los retos están aquí, no se han movido, y desde hace meses se han visto acelerados por una pandemia

La voluntad de ser de Catalunya persiste. Voluntad de ser más y de seguir siendo su propio centro. Voluntad de ser una cultura dinámica, una economía vibrante, una sociedad justa y una lengua viva. Hace quince años que la política catalana aspira a un cambio estructural que le permita afrontar con garantías los retos del futuro. Quince años y dos fracasos. Los retos están aquí, no se han movido, han aumentado y desde hace unos meses se han visto acelerados por una pandemia global que ha puesto todo el mundo cara a cara con sus debilidades.

Un triple bloqueo sin salida

La escalada hacia los acontecimientos de octubre de 2017 y el choque posterior han tenido consecuencias sobre el prestigio interior y exterior de la política catalana. La confianza, y la legitimidad, del autogobierno catalán son hoy más pobres que hace una década. Han pasado tres años y la política catalana no se ha movido del bloqueo en que entró después de aquel mes de octubre. El independentismo no puede consolidar su proyecto porque su mayoría es insuficiente y no permite superar la oposición frontal del Estado español y que la Unión Europea ha secundado sin ninguna grieta importante. Pero si el independentismo no gana, nadie puede afirmar que esté perdiendo. En las condiciones más adversas, con sus líderes en la prisión y el exilio, sin un proyecto viable que ofrecer a los votantes, ha mantenido su fuerza y sigue siendo, de largo, el principal movimiento político de Catalunya. No hay independencia, no hay resignación, y tampoco se avista ningún camino intermedio. La experiencia del Estatuto convierte en casi imposible cualquier esperanza de un nuevo pacto de autogobierno con el Estado. Probablemente haría falta una reforma constitucional para llevarlo a cabo y ni la política ni la sociedad españolas parecen capaces de emprender un viaje como este para cerrar la crisis catalana. Triple bloqueo, ¿y ahora qué?

La solución Tarradellas

Entrevistado en un libro de homenaje a Ramon Trias Fargas publicado en el año 2000, Pasqual Maragall resumía en cuatro puntos la posición política del President Tarradellas sobre la relación de Catalunya con el Estado español. Cuesta decir si Maragall definía el pensamiento de Tarradellas o el suyo propio pero la duda no le quita ni un gramo de valor al planteamiento que presentaba: “primero, que los catalanes tenemos que decidir por nosotros mismos; segundo, que en todo lo que se refiere a las cuestiones decisivas los catalanes tenemos que estar unidos; tercero, que la mayor parte de las cosas malas que nos han pasado en nuestra historia provienen tanto o más de nuestros propios errores como de la acción de los otros; y cuarto, que España es una realidad importante de la cual formamos parte y a la que no podemos dar la espalda” [5]5 — GISBERT, JOSEP (2000): “Entrevista amb Pasqual Maragall”, Gisbert, Josep y Oliver Joan: Homenatge a Ramon Trias Fargas, Barcelona, Fundació Ramon Trias Fargas (página 227). .

Aquí está todo, toda la complejidad, una propuesta de itinerario y los socavones en los que ha caído en los últimos años. Catalunya tiene que ser aquello que los catalanes quieran, pero para conseguirlo hay que construir mayorías amplias, evitar descarrilamientos sumando a la persistencia el sentido del tiempo político y no actuar como si España fuera una cosa ajena y lejana que no hay que tener demasiado en cuenta. El camino de los últimos años ha sido otro. Con una mayoría escasa, con el #tenimpressa (tenemos prisa) como lema y tratando España como si fuera una metrópoli lejana sin vínculos con el país, el resultado está a la vista de todos. La pregunta es evidente, ¿cómo se rehace el camino? ¿Cómo encajan ahora y aquí las cuatro piezas de la receta Tarradellas citada por Maragall? Pues poco en poco, a medio plazo y con más paciencia que fuerza.

Los catalanes tenemos que decidir

Se tendrá que consultar la salida del laberinto con los ciudadanos de Catalunya. No hay otro camino. La sentencia del Tribunal Constitucional que decapitó el Estatuto resquebrajó la legitimidad democrática en el marco político catalán. Los catalanes no han votado su Estatuto. No han refrendado su parte del bloque de constitucionalidad español. Catalunya es una nación porque así lo entienden una gran mayoría de sus ciudadanos y la nación catalana no ha aprobado su régimen jurídico actual. Será por medio de un referéndum de autodeterminación tolerado por el Estado o votando un nuevo texto de autogobierno más o menos ambicioso, no lo sabemos, pero hasta que la ciudadanía de Catalunya no refrende un nuevo estatus, no desaparecerá la inestabilidad política que afecta el país y el conjunto de España. Lo que empezó una sentencia que impugnaba unos votos lo cerrarán unos votos que impugnarán aquella sentencia.

Construir mayorías amplias

Cualquier cambio del estatus político de Catalunya será fruto de un consenso amplio que tendrá que ir necesariamente bastante más allá del 50% de los votos para situarse en una mayoría más generosa. Será necesario para superar la oposición del Estado, para buscar complicidad internacional si el camino es la independencia y para esquivar el riesgo de una tensión social que pueda romper el país. Ser más, sí, pero también ser más mayoritarios. No sólo sumando voluntades, cultivando la abstención cómplice, trabajando para reducir el rechazo que la propuesta pueda generar para que nadie la viva como una amenaza.

Una mayoría amplia es condición necesaria pero no suficiente. El nuevo Estatuto fue aprobado por el Parlament en 2005 con 120 votos a favor y sólo 15 en contra. Parecía que había unidad, pero era más aparente que real. La competición electoralista favoreció en Barcelona un Estatut maximalista que todo el mundo se apresuró a negociar a la baja cuando llegó a Madrid. El partido del President de la Generalitat negociaba al margen del gobierno español y el primer partido de la oposición acabó pactando el texto con la Moncloa sin que lo supiesen en la Casa dels Canonges, la residencia oficial del President de la Generalitat de Catalunya. Una década más tarde, en plena escalada independentista, los dos partidos que compartían el gobierno de la Generalitat se atrevían jugar al juego de la gallina con el futuro del país en las manos. Sin una unidad política real que acompañe una mayoría amplia no hay victoria posible ante un Estado que casi siempre juega con todos los actores en plena coordinación.

Evitar los errores propios

La historia demuestra que la paciencia y el sentido del tiempo político son la base de los triunfos colectivos de la Catalunya contemporánea. El Estado ha cometido errores, la represión desatada el 1 de octubre contra los colegios electorales es un ejemplo evidente, pero el catalanismo tiene tendencia a descarrilar en los momentos fundamentales. Los errores siempre le salen más caros al jugador más débil. El movimiento soberanista tendría que ser consciente de que a menudo gana en la progresividad y la calma, mientras que en el conflicto y la prisa pierde casi siempre. Evitar los desbordamientos, siempre y en cualquier circunstancia, es una lección fundamental del siglo largo de historia política del catalanismo. Ponerle coto a la demagogia para parar los espirales descendentes antes de que empiecen. De nuevo, memoria y prudencia.

España, una realidad importante

Conocer el Estado, conocer España. El catalanismo tenía una idea de España y una misión hispánica. Puede parecer una paradoja, pero el soberanismo y el ‘independentismo también las necesitarán si quieren consolidar un proyecto mayoritario para el siglo XXI. “España es una realidad importante de la que formamos parte”, decía Tarradellas, y tenía razón. España existe, es, y su presencia, impacto e influencia en Catalunya va mucho más allá de la imposición estatal. El combate catalán no es contra España, no puede serlo, sino contra su Estado.

Cualquier nuevo consenso que aspire a construir una hegemonía se juega una parte del éxito en la capacidad de construir un discurso que incorpore la españolidad catalana

Ningún movimiento que aspire a ser hegemónico en la Catalunya actual puede ser antiespañol. Es indispensable evitar la confusión entre el españolismo y la españolidad en que cae una parte del soberanismo. El españolismo es residual en Catalunya, la españolidad no. La españolidad catalana es algo más que legítima, es normal, y tiene que tener un encaje confortable y natural en la catalanidad compartida de pasado mañana. España existe y al día siguiente de la independencia los lazos de hispanidad continuarían muy vivos. Cualquier nuevo consenso que aspire a construir una hegemonía se juega una parte del éxito en la capacidad de construir un discurso escandinavo que incorpore la españolidad catalana. La manía hispánica del catalanismo no era una manía, era una necesidad.

Volver a la política

Mayorías, unidad e inteligencia. El camino es difícil, pero está trazado. Romper la polarización y superar el bloqueo. Cultivar el espacio central generando nuevos consensos, uno a uno. Recuperar el prestigio de la Generalitat como herramienta de buen gobierno. Interpelarnos de nuevo unos a otros sin perseguir la necesidad de una victoria inminente. Volver a sonreír para volver a convencer. Asumir que la independencia y el autogobierno no se excluyen. Que la mayoría independentista crece cuando se frena el autogobierno y que el autogobierno avanza si lo hace la voluntad de independencia. Recuperar la política Catalunya adentro y Catalunya afuera sabiendo que el Estado no estará allí. Los aparatos del Estado son un actor con vida propia que el gobierno español nunca controla del todo. Unos aparatos que querrían prorrogar el bloqueo y la polarización para evitar cualquier cambio. Es urgente que los presos políticos y exiliados recuperen la libertad, por justicia y para facilitar la normalización política. Es urgente, pero será difícil porque una parte importante de la maquinaria estatal no quiere volver a la política. Y es justamente por eso que es importante conseguirla.

Todavía resulta difícil intuir una salida pero que no se pueda ver no quiere decir que no exista. Aparecerá si se crean las condiciones para que germine. Como aquellos nudos que parecen imposibles de deshacer. Intentándolo con más fuerza sólo se consigue ofuscar y estrechar todavía más la situación. Detenerse, observar el nudo, respirar antes de volver a poner los dedos, ya es empezar a deshacerlo. Para empezar a salir de un pozo, lo primero que se necesita es no seguir cavando.

  • REFERENCIAS

    1 —

    TARRADELLAS, JOSEP (1989): Ja sóc aquí. Record d’un retorn. Barcelona, Planeta (página 15-16).

    2 —

    FUSTER-SOBREPERE, JOAN (2017): “La política és la gent”, Claret, Jaume (coord.): Pasqual Maragall. Pensament i Acció, Barcelona, La Magrana (página 50-51).

    3 —

    PUJOL, JORDI (2001): “Mi consigna fue no precipitarse”, La Vanguardia, 21 de febrero de 2001.

    4 —

    PLA, JOSEP (1983): Cròniques parlamentàries (1934-1936), Barcelona, Destino (página 22).

    5 —

    GISBERT, JOSEP (2000): “Entrevista amb Pasqual Maragall”, Gisbert, Josep y Oliver Joan: Homenatge a Ramon Trias Fargas, Barcelona, Fundació Ramon Trias Fargas (página 227).

Marc Arza

Marc Arza

Marc Arza es consultor en internacionalización de empresas y miembro del Consejo Nacional del PDeCAT. Durante ocho años, ha sido concejal de promoción económica y urbanismo en el Ayuntamiento de Reus. Licenciado en Derecho, tiene un Master en gestión de empresas y un Master en Humanidades y Cultural Contemporánea.