En la introducción de este apartado, Jordi Muñoz (2020) señala que “en Catalunya hay muchos debates pendientes”, mostrando la importancia del debate estratégico interno al movimiento independentista y la necesidad de desenterrar temas y de aportar exigencia y rigor al debate. Me quiero centrar aquí en un debate pendiente dentro del independentismo, que a menudo ni siquiera se acostumbra a considerar como tal: el debate sobre el feminismo. El feminismo como propuesta que, considerada en su profundidad, supone una enmienda a la totalidad para la política independentista. No la idea superficial de considerar el feminismo como el hecho de poner a más mujeres en un cartel ni hacer un minuto de silencio cuando se asesina una mujer. Sino el feminismo entendido como forma de entender el poder, el estado, la violencia, la libertad, y también la independencia, teniendo en cuenta los cuerpos, las experiencias, los trabajos, las ideas y la vida de las mujeres y de todas aquellas personas que quedan fuera de los marcos de pensamiento patriarcales, cis y heteronormativos. Es decir, el feminismo no sólo para hacer un minuto de silencio porque han matado a una mujer sino para comprender que el asesinato sistemático de mujeres por el hecho de serlo es una violencia política que no se considera como tal porque las ‘cuestiones de las mujeres’ no se consideran políticas, porque nuestras vidas no valen igual y porque considerarlo como terrorismo evidenciaría la connivencia del poder y de las instituciones con este tipo de violencia.

¿Y qué tiene que ver eso con el independentismo? Si el independentismo tiene que ver con la política, la libertad, la soberanía, la represión, la historia o la cultura, tiene que ver con los feminismos. Porque los feminismos han hecho contribuciones centrales en estos ámbitos señalando cómo, tradicionalmente, la perspectiva que se ha mostrado sobre todos estos temas ha sido una visión muy parcial, específica y concreta: una visión androcéntrica y masculina basada en los cuerpos, las experiencias, los trabajos, las ideas y las vidas de los hombres.

Historiadoras, antropólogas, politólogas, economistas o juristas, entre otras, han mostrado junto con activistas feministas, estos sesgos que todavía están muy presentes en las universidades catalanas y en la política. Y muchas han mostrado también cómo es necesario tenerlos en cuenta dentro del soberanismo. Las feministas han mostrado por ejemplo como los nacionalismos han tenido efectos muy negativos para las mujeres, considerándolas como reproductoras biológicas de la nación y convirtiendo sus cuerpos en campos de batalla para luchas entre grupos, como es el caso de las violaciones sistemáticas como armas de guerra en conflictos bélicos (ver Yuval-Davis y Anthias, 1989). También han revelado como históricamente se han producido tensiones entre movimientos nacionalistas y feministas, en las que se ha acusado a las segundas de dividir el movimiento y poner palos en las ruedas. Sin embargo, si bien la relación entre la construcción de los estados-nación y el desarrollo del capitalismo ha estado estrechamente relacionada con el mantenimiento de las relaciones patriarcales, también ha habido mujeres, organizadas en espacios feministas, que han luchado por la liberación de sus pueblos. En este sentido, desde los feminismos se han hecho muchos esfuerzos por señalar las consecuencias negativas de los nacionalismos, aportando visiones críticas centrales para la concepción de las naciones y los nacionalismos, pero también se ha dejado poco espacio para entender las naciones, los pueblos y las luchas por su liberación de formas no excluyentes, etnicistas ni violentas que encajaran con proyectos feministas (Rodó-Zárate, 2020).

Siguiendo esta misma línea, en nuestro contexto, la relación entre feminismos y soberanismo ha sido controvertida. Han sido dos espacios a menudo considerados como opuestos, aunque ha habido figuras clave como Maria Aurèlia Capmany, Montserrat Roig o Maria-Mercè Marçal que han mostrado la importancia de considerar la interrelación entre estos dos ejes. En Terra de ningú: perspectives feministes sobre la independència (Gatamaula, 2017) y en el segundo volumen, dedicado a la represión (Gatamaula, 2019), intentamos llenar de contenido este espacio (vaciado a base de desmemoria) con diferentes voces que reflexionaran, desde posturas feministas, sobre los debates que existen dentro del independentismo. Con más de setenta contribuciones, se pretendía incidir en el debate político dentro del soberanismo con perspectivas feministas sobre los temas centrales de discusión. En la misma línea, el monográfico sobre feminismos publicado en esta misma revista (2019), coordinado por Núria Vergés y Mireia Calafell, contribuye a este debate dando voz a perspectivas críticas desde posiciones a menudo menospreciadas. Otros volúmenes como Sobiranisme i Feminisme (2018) o Tot un país de decidir (2015) también presentan diferentes propuestas. Pero todos estos volúmenes, junto con los textos, manifiestos, movilizaciones periódicas como Cap dona en l’oblit o el centenar de campañas y acciones que se han llevado a cabo, a menudo pasan desapercibidos. Ver publicaciones sobre ‘feminismo’ y ‘soberanismo’ parece que implica que son temas parciales, periféricos, específicos, mientras los volúmenes donde no hay ninguna perspectiva feminista parece que son universales, que no están situados ni parten de visiones concretas. Nada más lejos de la realidad.

Si el independentismo tiene que ver con la libertad, la soberanía, la represión, la historia o la cultura, tiene que ver con los feminismos

Por lo tanto, me centraré en poner de relieve como algunas aportaciones feministas pueden contribuir a enriquecer el debate sobre cuestiones centrales del independentismo: en primer lugar, en relación a la identidad nacional; en segundo lugar, sobre la relación entre independentismo, catalanismo, clase social y origen; en tercer lugar, sobre los procesos constituyentes y, en cuarto lugar, sobre la participación política. Creo que tener en cuenta estas contribuciones puede aportar complejidad al debate, herramientas para llevarlo a cabo y plantear algunas propuestas para hacer del independentismo un espacio menos excluyente.

“Los catalanes somos más trabajadores”

Hablar de identidad catalana sin considerar las propuestas feministas sobre la concepción de las identidades a menudo implica moverse en unos marcos conceptuales más propios del siglo XIX que del siglo XXI. Para los feminismos, la cuestión identitaria ha sido un tema central del debate y de la teorización política. Como se define qué es una mujer, qué limitaciones tiene definirlo en función de cuestiones biológicas, cuáles son los riesgos de tener una definición concreta y qué exclusiones implica, como se define el sujeto del feminismo, qué oportunidades y qué peligros tiene llevar a cabo políticas identitarias son algunas de las cuestiones que han estado (y siguen estando) en el centro de los debates feministas. Y son cuestiones que se podrían aplicar a los debates dentro del independentismo que giran en torno a la identidad catalana.

Por ejemplo, las propuestas desde la teoría queer sobre una concepción de las identidades fluida, no binaria y que evite la categorización podrían ser aportaciones centrales para dejar atrás discursos homogeneizadores, esencialistas y excluyentes sobre las identidades nacionales. También las perspectivas feministas postcoloniales (Cuentas Ramírez, 2017) y lesbianas (Ramajo Garcia, 2017) serían muy útiles para mostrar la necesidad de tener en cuenta la diversidad en la configuración de la identidad nacional y la importancia de considerar diferentes ejes más allá de la pertenencia. Menospreciar estas propuestas para comprender cómo se configura la identidad nacional es perder la oportunidad de aprovechar el legado, la experiencia y la teorización de décadas basadas en la voluntad de evitar exclusiones. Y creo que, en el contexto actual, cuando se habla sobre identidades nacionales, o bien se evita utilizar el concepto o bien a menudo se hace con términos que excluyen, discriminan y refuerzan tendencias etnicistas muy peligrosas en el momento actual de crecimiento de la extrema derecha. Hacen falta perspectivas feministas, queers y postcoloniales sobre las identidades nacionales que permitan poder hablar sobre estas cuestiones y que al mismo tiempo alejen el independentismo de la xenofobia y el racismo. Hacen falta estas visiones para construir un movimiento diverso y para crear antídotos contra los nacionalismos etnicistas y contra el fascismo.


“El independentismo es un movimiento burgués”

“La clase trabajadora utiliza el castellano, el requisito del catalán discrimina a las personas migradas o el independentismo es un movimiento burgués” son algunas de las afirmaciones que generan debates muy salidos de tono en las redes (y en el Parlamento). Los feminismos tienen mucho a aportar de cara a estas cuestiones que aparentemente no tienen nada que ver con el género. Y una de las cuestiones centrales es la perspectiva interseccional sobre la relación entre ejes de desigualdad. Desde esta perspectiva, desarrollada originariamente por las feministas negras (ver Jabardo, 2012) en los años ochenta y noventa en los Estados Unidos, se muestra que hay que considerar múltiples ejes (de género, etnia, origen, orientación sexual, clase, etc.) para comprender cómo se configura una situación concreta de desigualdad (Crenshaw, 1991). Y, según la perspectiva interseccional, hay que comprender también que estos ejes tienen ontologías propias pero que su interrelación provoca situaciones específicas de desigualdad. Por ejemplo, en la relación entre la clase social y la etnia, si aplicáramos una lógica unidireccional (las personas negras son pobres, las blancas son ricas) no se podrían visibilizar muchas de las desigualdades y discriminaciones que sufren estos colectivos: no se podría entender que puede haber personas negras de clase acomodada que sufran racismo (un futbolista) como tampoco que hay personas blancas pobres.

La interseccionalidad aporta una mirada compleja que implica reconocer las posiciones simultáneas de opresión y de privilegio. Se puede tener una posición de opresión en relación al Estado español, como en el caso de Catalunya, pero tener a la vez un privilegio como blanca en relación a personas racializadas o un privilegio como autóctona en relación a personas migradas

Aplicándolo a los casos presentados, una perspectiva interseccional mostraría como los ejes (en este caso la clase social, la identidad nacional, la lengua y el origen) no están alineados de forma unidireccional. Es decir, no hay una asociación directa entre clase e identidad nacional y el uso de estas afirmaciones a menudo lo que muestra es únicamente una voluntad de deslegitimación de ciertas luchas. Por lo tanto, utilizar este tipo de discursos invisibiliza la heterogeneidad, esencializa y no permite identificar las causas reales de las problemáticas sociales.

De la misma manera, desde una perspectiva interseccional, hay que comprender que si bien hay unas relaciones de dominación intra-estatales, también hay formas de dominación Norte-Sur y un legado de relaciones coloniales con otros territorios (especialmente América Latina), que, desde una perspectiva global, comportan un privilegio colonial, étnico y racial. Se puede tener una posición de opresión en relación al Estado español, como en el caso de Catalunya, pero tener al mismo tiempo un privilegio como blanca en relación a personas racializadas o un privilegio como autóctona en relación a personas migradas. Del mismo modo, el hecho de que el conocimiento del catalán sea un requisito para el acceso al trabajo para personas migradas se puede considerar una medida discriminatoria para personas migradas a la vez que se reconoce que el catalán es una lengua minorizada que hay que proteger. La interseccionalidad aportaría pues esta mirada compleja que implica reconocer las posiciones simultáneas de opresión y de privilegio, también en relación a la cuestión nacional como de la lengua. No hay oprimidos ni opresores en términos generales, sino que depende de la perspectiva desde la que se mire o el eje en el que se focalice.

“Ahora no toca hablar de feminismo”

La revolución francesa, que se considera un momento clave de cambio y de consecución de derechos, fue precisamente el contrario desde la perspectiva de género. Fue un momento fundacional de exclusión de las mujeres, y todo aquello que tenía que ver con ellas, de la concepción de ciudadanía. La “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” no era un masculino genérico sino uno masculino claramente marcado que dejaba a las mujeres fuera. A pesar de su supuesta universalidad, la mitad de la población no se consideraba ciudadana, como tampoco se abolía la esclavitud. Para rebatir las justificaciones de que ‘eran otros tiempos’, en aquella época ya hubo reacciones, como la propuesta de la escritora y activista francesa Olympe de Gouges con su “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”. No se puede dejar el feminismo, el antirracismo ni las desigualdades de clase para después porque los propios procesos son constitutivos de exclusiones y porque, según cómo sea el proceso, no se llega al mismo lugar. La forma como se llevan a cabo los procesos constituyentes es clave para dibujar los marcos de aquello que entra en el debate y aquello que no (Bodelón González, 1017; Verge, 2017). Y en este dibujo de los marcos no puede faltar la perspectiva de género, raza o clase si no se quiere reproducir un nuevo régimen del 78 a la catalana.

Los feminismos también muestran que no hay jerarquías en la opresión y que no hay neutros (Lorde, 1984/2007). Los hombres tienen género, las blancas etnicidad y las personas heterosexuales orientación sexual. De la misma forma, no hay posturas neutras ante la situación en Catalunya, ni ante el uso de la lengua. Pero de la misma manera, tampoco existe un independentismo neutro al género porque no hay una forma neutra de escoger representantes, denunciar la represión (Bassa y Bassa, 2019) u organizar una movilización política. Por lo tanto, los feminismos muestran como siempre se debe tener en cuenta los diferentes ejes y no dejar ninguno para después. Y además, valorando la posibilidad de que no haya un después, o que llegue demasiado tarde, es importante que al menos el camino haya valido la pena.


“No hemos encontrado a ninguna mujer que quisiera encabezar la lista”

Vinculada con los procesos constituyentes, la participación política es otro de los factores clave. Si se quieren procesos políticos participativos diversos e igualitarios hace falta ir más allá de cuotas y de gestos simbólicos sobre representatividad. Hace falta que las mismas formas de participación y de concepción de la política cambien para que las mujeres, y otros sectores que quedan fuera, puedan participar.

La misma forma de entender qué es la ciudadanía y la política se basan en concepciones generalizadas que separan lo público (político) de lo privado (no político) y recluyen a las mujeres en la esfera privada, dejándolas fuera del contrato social que constituye el Estado (Pateman, 1988). Eso tiene varias implicaciones, entre ellas que todo lo que tiene que ver con las mujeres o con lo femenino no se considera como político. Un ejemplo es el hecho de que no haya una asunción comunitaria de la crianza. Después de los (escasos) meses de permiso de pa/maternidad, el cuidado de la criatura pasa a ser un tema privado. Durante la pandemia de la COVID-19 se ha visto claramente: ante el cierre de las escuelas se ha privatizado el servicio a cargo de las familias con una estrategia del ya te espabilarás al cuidar de tus criaturas mientras trabajas.

En la participación política pasa lo mismo. El trabajo de cuidados y los tiempos que implica no se consideran cuestiones ni políticas ni de las que nos tengamos que hacer cargo colectivamente. Pero hay que comprender que la vida se reproduce gracias a un trabajo que mayoritariamente asumen las mujeres de forma precaria e invisible. Y este trabajo, un trabajo que va mucho más allá del trabajo doméstico, tiene unos tiempos, unos espacios y unos condicionantes que se deben tener en cuenta cuando se piensa en la participación (Sagastizabal, 2017). Conciliar también significa que la participación política sea compatible con la vida, especialmente para la vida de aquellas que tienen personas que dependen de ellas.

Asimismo, también se deber tener en cuenta que potenciar la participación de las mujeres en los espacios de decisión política implica necesariamente que estos espacios sean espacios libres de violencia machista (Boya, 2020). Y esta cuestión, aunque a menudo se instrumentalice (por todos lados) para objetivos partidistas que nada tienen que ver con la lucha contra las violencias, es una de las causas de la escasez de mujeres en espacios de decisión. Pero también hay otros factores, como el racismo, que igualmente alejan ciertos grupos de la participación. Por ejemplo, la Ley de transitoriedad jurídica especificaba que los hijos de personas migrantes no tendrían derecho a la nacionalidad catalana a pesar de haber nacido en Catalunya, implicando una clara discriminación y exclusión (Ortiz, 2017). Si no hay mujeres que quieran encabezar listas, o no hay jóvenes, personas racializadas, trans o migradas en espacios de decisión política lo que hace falta es pensar cómo son estos espacios para que todos estos colectivos se sientan fuera de lugar, vean que por sus condiciones no pueden acceder o sean expulsadas.

Las contribuciones feministas son centrales para los debates dentro del movimiento independentista, ya que son imprescindibles para la construcción de cualquier propuesta política que quiera contribuir a un cambio social más allá de un cambio de banderas

Estas son algunas de las aportaciones que los feminismos pueden hacer a los debates dentro del independentismo y, como cuestión relevante, son aportaciones no partidistas. La articulación de la lucha feminista dentro del marco independentista se ha producido en espacios de encuentro transversales como Dones per la República o Feministes per la independència. Eso, que se podría considerar como un elemento positivo que aleja el debate sobre el feminismo de las pelas entre partidos, quizás también ha sido uno de los motivos por los que el feminismo no se considera un tema de debate: ningún partido parece tener las demandas feministas como línea roja para su acción política frente a otros partidos. Y las críticas y las propuestas planteadas desde los feminismos no los interpelan para que tengan que posicionarse sobre determinadas cuestiones. Es necesario por consiguiente empezar a considerar las aportaciones feministas no como ‘cosas de mujeres’ sino como contribuciones centrales para los debates dentro del independentismo. Tenemos un movimiento feminista con una larga trayectoria, diverso y arraigado, y actualmente se trata de un espacio imprescindible para la construcción de cualquier propuesta política que quiera contribuir a un cambio social que vaya más allá de un cambio de banderas.

  • REFERENCIAS

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    Boya, Mireia (2020). Trencar el silenci. Barcelona: Ara llibres.

     

    Crenshaw, Kimberlé (1991). “Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color”. Stanford Law Review 43 (6): 1241–99.

     

    Cuentas Ramírez, Sara (2017). “Un camí cap a la independència: ni patriarcat, ni capitalism, ni colonialisme” en Gatamaula. 2017. Terra de ningú. Perspectives feministes sobre la independència. Barcelona: Pol·len Edicions.

     

    Izquierdas por la Independencia (2015). Tot un país per decidir. El llibre dels colors per la República Catalana independent. Disponible en línea.

     

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    Jabardo, Mercedes (Ed.) (2012). Feminismos negros. Una antología. Traficantes de sueños: Madrid.

     

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Maria Rodó de Zárate

Maria Rodó de Zárate es activista feminista e investigadora postdoctoral en el grupo de Género y TIC de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Sus ámbitos de estudio se centran en las geografías feministas y de las sexualidades, con especial énfasis en la teoría de la interseccionalidad y el derecho a la ciudad. También es co-editora del libro Terra de Ningú. Perspectives feministes sobre la independència (Pol·len, 2017). Graduada en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Barcelona y doctorada por la misma universidad en Geografía, ha realizado también un máster en Estudios de las Mujeres en la Universidad de Barcelona. Ha realizado estancias de investigación en la City University de Nueva York (EE.UU.), en la Universidad Estatal de Ponta Grossa (Brasil) y en el University College de Dublín (Irlanda). El año 2012 recibió el premio Gender, Place and Culture Award en la categoría de "New and Emerging Scholars".