Las publicaciones sobre China que inundaron Europa a lo largo de la edad moderna ofrecieron una imagen bastante completa del país, que a su vez se vio complementada con los objetos que llegaban de Oriente, entre los que había porcelana, pinturas, objetos musicales, seda y libros chinos. Y son precisamente los libros, aunque los escritos sobre China por los españoles, lo que nos interesa en este trabajo, que propone un breve recorrido por algunas de las principales publicaciones a lo largo de la historia.

China en el siglo XVI

El primer gran texto sobre China en la edad moderna y, sin lugar a dudas, una de las aportaciones más relevantes en cuanto a la configuración de la imagen europea de China fue el libro del agustino Juan González de Mendoza, la Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de la China, publicado en Roma en 1585 por encargo del Papa. El éxito de la Historia fue rotundo: antes de finalizar el siglo XVI hubo 46 ediciones —11 de ellas en España— y fue traducido a 7 lenguas [1]1 — Lach, D. (1965). Asia in the making of Europe, vol. I, book II. Chicago & London: University of Chicago Press, 744. .

Y lo cierto es que Mendoza jamás pisó China. Aunque en 1580 Felipe II lo había elegido para encabezar una embajada a China, nunca llegó a realizarse y la delegación, con Mendoza a la cabeza, únicamente viajó hasta México. A su regreso a Europa y tras el encargo papal, Mendoza articuló la primera gran síntesis sobre China a partir de las fuentes disponibles, a las que tuvo un acceso privilegiado. Por un lado, conocía las informaciones de los portugueses —instalados desde 1557 en Macao—, y aunque Mendoza no utilizó el libro del dominico portugués Gaspar da Cruz, Tratado das cousas da China (Évora, 1569), conocía bien el Discurso de la navegación (Sevilla, 1577) de Bernardino de Escalante, que es una glosa del libro del portugués. Por el otro, manejó las relaciones sobre China de los castellanos instalados en Manila desde 1571. Además, recabó información durante su estancia en México, donde ya había chinos, y en Roma. Mendoza describe China con absoluta admiración: la riqueza y productividad del reino —en el que se obtenía el máximo provecho de la tierra y la abundancia de recursos naturales permitía, además, tenerlo todo a precios baratísimos—, o la existencia de un sistema político cuyo gobernante era la máxima expresión de la ética y la cortesía dan buena cuenta de ello. Mendoza también describe a budistas y taoístas, y aunque identifica el culto a los antepasados y la importancia del estudio de los clásicos, no menciona ni a Confucio ni al confucianismo, cuya aparición en Europa estará vinculada a los textos de los jesuitas [2]2 — Folch, D. (2021). «La selección de González de Mendoza: lo que ensalzó, retocó o suprimió». En: Barlés, E. (coord). Ex Oriente.  Zaragoza: PUZ (en prensa). .

Las publicaciones sobre China que inundaron Europa a lo largo de la edad moderna ofrecieron una imagen bastante completa del país, complementada con los objetos que llegaban de Oriente

Después de la Historia y antes de finalizar el siglo, las informaciones sobre China fueron diluyéndose en obras de carácter general como la Historia natural y moral de las Indias (1590) del jesuita José de Acosta, la Historia de las cosas del Oriente (1595) de Amaro Centeno o las Repúblicas del mundo (1595) del agustino Jerónimo Román. Además, también en la literatura es posible hallar algunas referencias a China, aunque muy tangenciales, y se sabe que la actualmente desaparecida colección real de Felipe II contaba con unas 3.000 piezas de porcelana en el Alcázar de Madrid [3]3 — Krahe, C. (2017). “La globalización de la porcelana Ming”. En: El patrimonio intangible del arte chino. Maestros de la creación, Madrid: CCACO, 144-151. .

El siglo XVII: la transición Ming-Qing

En el siglo XVII, el interés por China continuó vigente y, con alguna excepción, el grueso de las publicaciones vino de la mano de las órdenes religiosas. En 1601 se publicaron la Historia de las misiones del jesuita Luis de Guzmán, la Historia del archipiélago filipino y reinos de la gran China del franciscano Marcelo de Ribadeneira y se inició la impresión de la Historia general de los hechos de los castellanos de Antonio de Herrera y Tordesillas, cronista de la corte de Felipe II y Felipe III. Dos años más tarde, se publicó la Historia de la India Oriental de fray Antonio San Román y en 1609 la Conquista de las islas Malucas de Bartolomé de Argensola. En 1614 el Viaje del mundo de Pedro Ordóñez Ceballos —traducido al poco tiempo al holandés, francés y latín, y parcialmente al inglés— y a continuación, en 1621 y 1625 respectivamente, el Epitome historial del reino de la China de Francisco Herrera Maldonado y el Viaje a la China del jesuita Adriano de las Cortes, que además incluía algunas ilustraciones elaboradas en Manila por un dibujante chino [4]4 — Busquets, A. (2010). “Un siglo de noticias españolas sobre China”. Granada: UGR. Disponible en línea. .

Pero es en la segunda mitad del siglo XVII cuando se publican las dos obras castellanas más relevantes sobre China de este siglo: la Historia de la conquista de China por el Tártaro del obispo Juan de Palafox y Mendoza y los Tratados históricos, políticos éticos y religiosos de la monarquía de China del dominico Domingo Fernández de Navarrete.

La Historia de Palafox, publicada póstumamente en 1670, brindó una nueva temática a la naciente sinología con la incorporación de la conquista manchú de China, el primer acontecimiento chino con repercusión más allá de China. Aunque la conquista manchú y el cambio dinástico Ming-Qing se conoció en Europa fundamentalmente a través de las informaciones que proporcionaron los jesuitas —tanto los que quedaron atrapados en las luchas civiles del país que acompañaron la caída de los Ming como los que dedicaron al tema una narración coherente, como es el caso de Martino Martini y su De Bello Tartarico (1655)—, también es necesario tener en cuenta la Historia de Palafox.

A pesar de que jamás estuvo en China, el obispo de Puebla de los Ángeles obtuvo información de los chinos que vivían en México y también de las relaciones manuscritas e impresas que llegaban, entre las que destaca una relación manuscrita de 1647, según él mismo afirma. El obispo, avezado en el análisis de múltiples conflictos en México y en la península ibérica, en su extensa Historia relata los acontecimientos que tuvieron lugar en China entre 1640 y 1647, focalizándose en lo ocurrido en la corte imperial Ming, el avance de los manchúes en China y la resistencia Ming en las provincias del sur, aportando noticias fundamentalmente acerca del ascenso de la familia de comerciantes y piratas Zheng, liderada en ese momento por Zheng Zhilong, cuyo poder económico y militar llegó a ser igual o incluso superior al del propio emperador. Además, en las últimas cien páginas ofrece un retrato extremadamente amable e incluso idealizado del pueblo manchú. Ni el ateísmo de los manchúes —que disculpa por el buen trato dado los misioneros cristianos—, ni los vicios que les atribuye —como la crueldad en las guerras o el gusto por la sangre y carne humanas—, ni tampoco algunos otros vicios que les disculpa —sostiene que ni son tan sensuales ni tan dados a los vicios de la carne como los chinos y para nada dados al pecado nefando, la homosexualidad— enturbian un ápice la imagen altamente positiva de los manchúes, que sin lugar a dudas despiertan en Palafox muchas más simpatías que los chinos.

Pero es sobre todo con la publicación en 1676 de los Tratados de Navarrete cuando China recupera en España la centralidad en una obra. Los Tratados, articulados a partir de siete tratados a modo de libros independientes, fueron pensados como manual de referencia para futuros misioneros y como preámbulo de su otro libro, las Controversias, focalizado en cuestiones religiosas. Los Tratados ofrecen una amplia síntesis de los principales aspectos sobre el imperio chino y demuestran un conocimiento profundo de China, fruto de su estancia en el país durante más de una década. Navarrete utiliza un amplio abanico de fuentes, tanto europeas como chinas, con las que refuerza su texto o rebate lo escrito por otros. Entre las fuentes destacan algunas de las principales publicaciones de los jesuitas —Ricci-Trigault, Colin, Semedo, Kircher, Colin o Martino Martini—, el manuscrito del dominico Vittorio Riccio —al que sigue esencialmente para las noticias relativas a la conquista manchú de China—, y un variado conjunto de materiales chinos, entre los que hay algunos clásicos confucianos, libros con estampas impresas, memoriales, historias chinas, diccionarios, algún mapa y algunos libros sobre la lengua china.

Navarrete incluye también la traducción de textos chinos –el Mingxin Baojian, que traduce como Espejo precioso del alma y algunas sentencias confucianas–, a la vez que rescata y traduce el tratado del jesuita italiano Longobardo De Confucio ejusque doctrina tractatus, prohibido por los jesuitas. Esto situó a Fernández de Navarrete de lleno en medio de la querella de los ritos, el enfrentamiento entre jesuitas y mendicantes por la consideración que debían tener los ritos chinos y que alcanzó entonces uno de los momentos más álgidos de la disputa [5]5 — El tratado de Longobardo, que causó una profunda impresión en Leibniz, expuso por primera vez en un idioma occidental los conceptos filosóficos más prevalentes en China, y recogió las opiniones de los estudiosos de la época, fueran o no cristianos. Gernet, J. (1982). Chine et christianisme. Action et réaction. París: Gallimard, 19. . Además, el dominico incluye la opinión que le merecen algunas de las publicaciones de los jesuitas: la Descripción de las Filipinas de Letona, la Historia de los Jesuitas en Filipinas de Francisco Colin o de De Bello Tartarico sobre la conquista manchú de Martino Martini.

La imagen de China que proyecta Navarrete es positiva hasta el punto de que, en más de una ocasión, presenta la civilización china como modelo a seguir en Europa —anticipándose así a lo que sucederá con la Ilustración—, aunque en su relato no deja de lado crudas descripciones acerca de algunas de las costumbres de los chinos, como que matan a niñas recién nacidas ahogándolas en bateas.

Inicialmente, la publicación de los Tratados tuvo una buena acogida: se hicieron traducciones al italiano, inglés, alemán y francés que vieron la luz entre finales del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII. Además, los Tratados acercaron China a algunos fisiócratas como Quesnay o a filósofos como Voltaire, que en 1769 afirmó que China era más conocida que algunas provincias de la propia Europa [6]6 — Cummins, J.S. (1959). “Fray Domingo Navarrete: A source for Quesnay”. Bulletin of Hispanic studies. Vol. 36, nº 1, 37-51; Cummins, J.S. (1962). The Travels and Controversies of Friar Domingo Navarrete. Cambridge: Hakluyt Society, ci. . Sin embargo, el hecho de que la obra estuviera vinculada a la España inquisitorial, el clímax al que llegó la querella de los ritos –en cuyos debates el dominico tuvo un papel fundamental–, los diversos escritos anónimos condenándola y el hecho de que escapaba de las noticias aportadas por el corpus jesuítico, que en aquel momento dominaba el ámbito cultural europeo, fueron algunos de los factores que menoscabaron su impacto.

La imagen de China que proyecta Navarrete es positiva hasta el punto de que, en más de una ocasión, presenta la civilización china como modelo a seguir en Europa

También en la literatura de este siglo es posible hallar menciones a China, como en la dedicatoria al conde de Lemos que encabeza la segunda parte del Quijote (1615) y en especial en las obras de Lope de Vega, así como alusiones a remedios curativos, seda, jengibre y otros objetos preciosos venidos de oriente [7]7 — Krahe, C. (2016). Chinese porcelain in Habsburg Spain. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 55. , cuya presencia también quedará recogida en algunos cuadros, en los que los pintores incluyeron platos y cuencos de porcelana, imitando en la forma y decoración la cerámica china.

De los libros a la porcelana: las chinoiseries del XVIII

En el siglo XVIII, el interés y las publicaciones españolas sobre China decayeron por completo y prácticamente desaparecieron, coincidiendo además con la expulsión de todos los misioneros de China en 1709 —únicamente regresarían unos pocos dominicos a finales de siglo, instalándose en Fujian, en la costa sur del país—. En Europa, en cambio, las noticias sobre China siguieron despertando interés, motivaron el envío de diversas embajadas y la Ilustración encumbró la figura de Confucio como filosofo racionalista [8]8 — Además prefiguraba el Confucio secularizado de los modernistas chinos de principios del XX. Cheng, A. “Confucius revisité: textes anciens, nouveaux discours”. Histoire intellectuelle de la Chine. Disponible en línea. .

Con todo, en 1703 se publicó en Cantón póstumamente el Arte de la lengua mandarina del dominico Francisco Varo –por el franciscano Pedro de la Piñuela–, del que se conservan dos manuscritos, uno en castellano (1682) y otro en latín (1684). Varo, que estudió la lengua china durante treinta años, escribió una gramática de la lengua guanhua, que era la lingua franca que usaban los letrados chinos, los mercaderes y los misioneros extranjeros, y que se extendió en China en los siglos XVI a XVIII [9]9 — Coblin. W.S. (2000). Francisco Varo’s Grammar of the Mandarin Language (1703). Philadephia: John Benjamins Publishing Co., xxii. . Esta publicación representa la ópera magna de las gramáticas y diccionarios que años antes ya habían escrito los misioneros españoles, entre cuyas primeras manifestaciones cabría citar el Arte y vocabulario de la lengua china de Martín de Rada y el Arte de la lengua china del dominico Juan Cobo —aunque ninguna de ellas se ha conservado [10]10 — Paternicò, L. M., When Europeans Began to Study Chinese, Leuven, Ferdinand Verbiest Institute, 2013, pp. 43-44. — y el manuscrito Arte de la lengua chio chiu, compilado hacia 1620 probablemente por el dominico Melchior de Mançano, con caracteres chinos y su transcripción al español, siendo una de las gramáticas más antiguas que se ha conservado [11]11 — Existe un ejemplar en la biblioteca de la Universitat de Barcelona. D. (1995). “Sinological materials in some Spanish libraries». Caley, J. & Ming, W. (eds.), Europe Studies China. London: Han-shan Tang Books, 149-160. Para mayor detalle véase Klöter, H. (2011). The Language of the Sangleys. A Chinese Vernacular in Missionary Sources of the Seventeenth Century, Leiden-Boston: Brill, 56-57. .

En este siglo, China pasa a ser un tema completamente exótico y alejado, un lugar periférico del que se exporta, fundamentalmente, porcelana. En el XVIII siguió llegando mucha porcelana china en forma de vasos y figurillas hechas por encargo y decoradas por los chinos al gusto de los europeos. En la colección real de Felipe V había una vajilla de porcelana china conocida como “familia rosa” —en la que destacan recipientes para te, chocolate y café, tres de los alimentos más valorados en las cortes europeas y cuya decoración es el collar del Toisón y de la Orden del Espíritu Santo, coronado de corona real [12]12 — Sánchez, M.L. (2003). “La vajilla de Felipe V”. Oriente en Palacio. Tesoros asiáticos en las colecciones reales españolas. Madrid: Patrimonio nacional, 203-209. —, y se sabe que su segunda mujer, Isabel de Farnesio, se dedicó al coleccionismo de una gran cantidad de objetos de China. Ya en época de Carlos III se fundó la Real Fábrica del Buen Retiro en Madrid (1760), denominada popularmente como “La China”, entre cuya producción destaca la Sala de Porcelana de Aranjuez, uno de los máximos ejemplos de la chinoiserie europea, cuyas paredes y techos estaban recubiertos por completo de porcelana, y toda ella repleta de motivos del rococó francés. Carlos III no sólo pretendía dotar a la corte española de porcelana buena —sumándose así a lo que otras cortes europeas ya habían hecho—, sino que buscaba evitar el excesivo gasto que suponía la porcelana extranjera, esencialmente la china [13]13 — García-Ormaechea, C. (2003). “La porcelana del Palacio Real”. Oriente en Palacio. Tesoros asiáticos en las colecciones reales españolas. Madrid: Patrimonio nacional, 226-239. . De hecho, las cortes europeas adoptaron tanto para la decoración de interiores como para los muebles las primeras chinoiseries, y el uso de paneles de laca en la decoración acabó siendo un símbolo inequívoco de elegancia y lujo.

La reaparición textual de China en los siglos XIX y XX

Es en la segunda mitad del siglo XIX cuando China reaparece en los textos españoles, fundamentalmente de algunos viajeros y diplomáticos, que se harán eco de la convulsa situación interna que atravesaba el país con múltiples rebeliones, y cuyo conflicto exterior con las potencias extranjeras se concretó en las guerras del opio (1839-1842 y 1856-1860). Las contribuciones de Juan Mencarini en la revista Vida marítima: Revista de navegación y comercio, la Reseña histórica del Gran Imperio de China (1857) de Luis Prudencio Álvarez y Tejero y El intérprete chino (1861) de José de Aguilar —una colección de frases en chino, con su transliteración y traducción al castellano, pensada para futuros comerciantes—, o las Impresiones de un viaje a la China (1876) de Adolfo Mentaberry son algunos ejemplos.

Pero sin lugar a duda, durante este período las noticias vendrán fundamentalmente de la mano de Sinibald de Mas (1808-1868), que entre los numerosos escritos que dejó destacan L’Angleterre et le Céleste Empire (1857), L’Angleterre, la Chine et l’Inde (1858) y La Chine et les puissances chrétiennes (1861), todos en francés seguramente por el escaso interés que había en España por China en esos momentos. Sinibald de Mas, considerado como el primer diplomático español en China, ofrece un lúcido retrato de la China del siglo XIX prestando atención tanto a la historia y cultura del país, como a los principales acontecimientos internos —con información de primera mano de la rebelión de los Taiping (1850-1864)— y al papel de las potencias europeas. Aunque admira el pasado de China, responsabiliza a la dinastía manchú de la crisis del país, lo que justifica el dominio colonial europeo [14]14 — Permanyer, A. (2006). “Sinibaldo de Mas, un observador español de la realidad china del siglo XIX”. San Ginés, P. (ed.). La investigación sobre Asia Pacífico en España. Granada: UGR. Disponible en línea. . Tras varios intentos fallidos, Sinibald de Mas consiguió firmar el primer tratado que regulaba las relaciones diplomáticas entre España y China (1864), encargo que había recibido del Ministerio de Estado español, aunque de bien poco sirvió por la escasa presencia de españoles en China.

En el año 1925, Apel·les Mestres publicó una breve antología titulada «Poesía china», que representa la primera aproximación catalana a la lírica oriental; tres años después, Marià Manent publicó «L’aire daurat»

A finales del XIX y primera mitad del siglo XX, cabría destacar tanto la contribución de algunos otros diplomáticos como la de algunos religiosos. Entre los diplomáticos, la figura de otro catalán, Eduard Toda, vicecónsul de España en China entre 1876 y 1882. Hombre de una curiosidad incansable escribió el libro La vida en el Celeste Imperio (1887), en el que ofrece una visión global del mundo chino fruto de su estancia en el país. Interesado por el coleccionismo, y en concreto la numismática —tenía una colección de 15.000 monedas, la mayoría japonesas y chinas [15]15 — Ginés, M. (2013). El col·leccionisme entre Catalunya i la Xina (1876-1895). Universitat de Barcelona: Tesis doctoral, 28. —, el texto incorpora informaciones acerca de la cultura material, prestando especial atención a las piezas de arte chino que copaban la demanda europea. A su regreso a Europa, realizó diversas conferencias sobre este país, publicó diversos artículos en revistas de la época y escribió otro libro, la Historia de la China (1893).

En cuanto a los religiosos, destacan los libros de dos agustinos —Páginas de la última revolución china (1914) de Agustín Melcón, testimonio del paso del imperio manchú a la República China, y El comercio en el Extremo Oriente (1918) de Gaudencio Castrillo—, y algunos diccionarios como el Diccionario chino-español del dialecto de Amoy (1937) del dominico Francisco o el Diccionario manual Castellano-chino, chino-español (1933) del jesuita Luis María Nieto [16]16 — Borao, J. E. (2017). Las miradas entre España y China. Un siglo de relaciones entre los dos países (1864-1973). Madrid: Miraguano, 135 y 186. .

Además, China empezó a filtrarse en España mediante otros canales: empezaron a llegar colecciones de fotografías —como las de Mencarini o las conservadas en los archivos de las órdenes religiosas—, y ganó presencia en las obras literarias. En 1925, Apel·les Mestres publicó una breve antología titulada Poesía china, que representa la primera aproximación catalana a la lírica oriental; tres años después, Marià Manent publicó L’aire daurat; y en 1935 Josep Carner su Lluna i llanterna. Ya en la segunda mitad del XX, Manent volvería de nuevo a China con la publicación de Com un núvol lleuger. Més interpretacions de lírica xinesa (1967). Los tres poetas catalanes ofrecieron al público más de trescientos poemas chinos a partir de las traducciones inglesas y francesas [17]17 — Folch. D. (2010). “Una aproximació lenta: Catalunya i el món xinès”. Barcelona: Direcció General de Difusió Corporativa, Generalitat de Catalunya. .

La guerra civil española tuvo lugar unos pocos años antes a la guerra civil china, y las simpatías y reconocimiento de Franco por el régimen de Taiwán alejó la España franquista de todo lo que hacía y publicaba la China de Mao. Lo que sí se continuó publicando fueron los relatos y textos ya existentes de las órdenes religiosas y las editoriales católicas de las órdenes religiosas fueron muy activas publicando los materiales que ya tenían —como la edición de Mendoza de 1944—, aunque todo ello quedó muy al margen de la corriente cultural del país. Y no fue hasta después de la finalización del franquismo cuando empezaron a aparecer estudios universitarios relacionados con China, y cuando hubo un creciente volumen de publicaciones sobre China.

  • Referencias

    1 —

    Lach, D. (1965). Asia in the making of Europe, vol. I, book II. Chicago & London: University of Chicago Press, 744.

    2 —

    Folch, D. (2021). «La selección de González de Mendoza: lo que ensalzó, retocó o suprimió». En: Barlés, E. (coord). Ex Oriente.  Zaragoza: PUZ (en prensa).

    3 —

    Krahe, C. (2017). “La globalización de la porcelana Ming”. En: El patrimonio intangible del arte chino. Maestros de la creación, Madrid: CCACO, 144-151.

    4 —

    Busquets, A. (2010). “Un siglo de noticias españolas sobre China”. Granada: UGR. Disponible en línea.

    5 —

    El tratado de Longobardo, que causó una profunda impresión en Leibniz, expuso por primera vez en un idioma occidental los conceptos filosóficos más prevalentes en China, y recogió las opiniones de los estudiosos de la época, fueran o no cristianos. Gernet, J. (1982). Chine et christianisme. Action et réaction. París: Gallimard, 19.

    6 —

    Cummins, J.S. (1959). “Fray Domingo Navarrete: A source for Quesnay”. Bulletin of Hispanic studies. Vol. 36, nº 1, 37-51; Cummins, J.S. (1962). The Travels and Controversies of Friar Domingo Navarrete. Cambridge: Hakluyt Society, ci.

    7 —

    Krahe, C. (2016). Chinese porcelain in Habsburg Spain. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 55.

    8 —

    Además prefiguraba el Confucio secularizado de los modernistas chinos de principios del XX. Cheng, A. “Confucius revisité: textes anciens, nouveaux discours”. Histoire intellectuelle de la Chine. Disponible en línea.

    9 —

    Coblin. W.S. (2000). Francisco Varo’s Grammar of the Mandarin Language (1703). Philadephia: John Benjamins Publishing Co., xxii.

    10 —

    Paternicò, L. M., When Europeans Began to Study Chinese, Leuven, Ferdinand Verbiest Institute, 2013, pp. 43-44.

    11 —

    Existe un ejemplar en la biblioteca de la Universitat de Barcelona. D. (1995). “Sinological materials in some Spanish libraries». Caley, J. & Ming, W. (eds.), Europe Studies China. London: Han-shan Tang Books, 149-160. Para mayor detalle véase Klöter, H. (2011). The Language of the Sangleys. A Chinese Vernacular in Missionary Sources of the Seventeenth Century, Leiden-Boston: Brill, 56-57.

    12 —

    Sánchez, M.L. (2003). “La vajilla de Felipe V”. Oriente en Palacio. Tesoros asiáticos en las colecciones reales españolas. Madrid: Patrimonio nacional, 203-209.

    13 —

    García-Ormaechea, C. (2003). “La porcelana del Palacio Real”. Oriente en Palacio. Tesoros asiáticos en las colecciones reales españolas. Madrid: Patrimonio nacional, 226-239.

    14 —

    Permanyer, A. (2006). “Sinibaldo de Mas, un observador español de la realidad china del siglo XIX”. San Ginés, P. (ed.). La investigación sobre Asia Pacífico en España. Granada: UGR. Disponible en línea.

    15 —

    Ginés, M. (2013). El col·leccionisme entre Catalunya i la Xina (1876-1895). Universitat de Barcelona: Tesis doctoral, 28.

    16 —

    Borao, J. E. (2017). Las miradas entre España y China. Un siglo de relaciones entre los dos países (1864-1973). Madrid: Miraguano, 135 y 186.

    17 —

    Folch. D. (2010). “Una aproximació lenta: Catalunya i el món xinès”. Barcelona: Direcció General de Difusió Corporativa, Generalitat de Catalunya.

Anna Busquets

Anna Busquets es profesora asociada de estudios de China en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), inscrito en los Estudios de Artes y Humanidades. Su campo de investigación se centra en las relaciones entre Europa y China en el siglo XVII, la construcción de la imagen de China en la época moderna, la transición dinástica Ming-Qing, las relaciones entre China, Filipinas y España y los estudios de género en China. En 2003 diseñó y puso en marcha los Estudios de Asia Oriental en la UOC, que dirigió durante el periodo 2003 - 2009. También ha sido directora adjunta en el Vicerrectorado de Ordenación Académica y Profesorado hasta Septiembre de 2013. Ha sido profesora asociada en la Universidad Pompeu Fabra y profesora de historia y cultura chinas en la Escola Superior de Comerç Internacional. Es autora de diversos artículos y publicaciones, entre las cuales Entre dos mundos: los misioneros como embajadores entre Filipinas y China durante la Edad Moderna (2020) o Cómo se desmoronó un imperio: la convulsión del mundo chino entre las guerras del opio y la instauración de la República en 1911 (2013).