El interés de la República Popular China en Oriente Medio y el Norte de África parece ir en aumento en la última década. Los datos son reveladores. Desde el anuncio en 2013 del programa insignia de cooperación e inversión china en el exterior, la Belt and Road Initiative (BRI) –conocida en castellano como la iniciativa de la Ruta de la Seda–, las relaciones económicas entre China y Oriente Medio viven un momento muy dulce. China es ya el mayor socio comercial de hasta diez países árabes e Irán, multiplicando por cinco los intercambios comerciales con el conjunto de la región entre 2004 y 2017 (superando en los últimos años los 200 mil millones de dólares de valor). Además, se espera que la BRI haga mejorar incluso más estos números, gracias a una inversión estimada en los países que participan de hasta 10 billones de dólares en la próxima década [1]1 — Para datos más actualizados sobre las relaciones comerciales e inversiones entre China y los Estados de Oriente Medio y el Norte de África, véase: ChinaMed (2021). ChinaMed Data. Disponible en línea. . Esta realidad socioeconómica viene acompañada de la creación de diferentes espacios institucionalizados para el diálogo y la cooperación, entre los que destacan el Foro de Cooperación China-Estados Árabes (con sus rondas de encuentros ministeriales de alto nivel), el Diálogo Estratégico entre China y el Consejo de Cooperación del Golfo, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (con participación trans-regional), o la Conferencia sobre Interacciones y Medidas de Construcción de Confianza en Asia (con hasta diez miembros de la región).

Uno de los elementos centrales que caracterizan el orden regional en Oriente Medio y el Norte de África es la persistencia de una pluralidad de conflictos solapados y de amenazas a la paz y seguridad globales que, sin duda, se manifiestan en el terreno económico. Siendo las relaciones comerciales y políticas entre China y la región cada vez más intensas, cabe preguntarse cuál es su actitud frente a estos conflictos. ¿Qué nivel de interés e involucración tiene? ¿Existen características transversales y generalizables en la respuesta de Beijing ante tales amenazas a la paz y seguridad internacionales?

Los conflictos regionales frente a los geopolíticos

El primer paso para responder a dichas preguntas es examinar la aproximación de la República Popular China a los conflictos fuera de sus fronteras en general. Beijing suele diferenciar entre dos tipos de conflictos internacionales. En primer lugar, encontramos los conflictos geopolíticos que confrontan directa y diametralmente a varias de las superpotencias internacionales. Este tipo de confrontación tendría en el centro una disputa vinculada con los cambios en la distribución de poder a nivel global por la que potencias emergentes entrarían en conflicto con aquellas en declive para plantear una revisión o una refundación del orden internacional del momento. Además, los conflictos se podrían manifestar en varios escenarios de forma simultánea, teniendo efectos sobre diferentes regiones del globo y afectando en sobremanera la estabilidad general de todo el sistema internacional. Se referirían a situaciones como la “trampa de Tucídides” propuesta por Graham Allison –y que precisamente vaticina un conflicto entre un Estados Unidos en declive y una China en emergencia–, abordadas desde la disciplina de las Relaciones Internacionales mediante los conceptos de guerras sistémicas o hegemónicas popularizados por Robert Gilpin [2]2 — Allison, G. (2017) Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’ Trap? Boston: Houghton Mifflin Harcourt. Gilpin, R. (1981) War and change in world politics. Cambridge: Cambridge Universtiy Press. .

En contraposición a los primeros, y mucho más interesantes para la temática de este artículo, China se refiere a los conflictos regionales como aquellos cuyos actores principales no son las superpotencias internacionales y cuyo impacto no es de alcance global. Incluiría en esta categoría a los conflictos civiles intra-estatales. Aunque pueden de forma eventual tener efectos extra-regionales, éstos no suelen rebasar el espacio regional. Los conflictos regionales no responden a choques de intereses geopolíticos entre las partes. Ni tan siquiera a las justificaciones realistas sobre la búsqueda de la supervivencia, a través de la acumulación de recursos de poder, en medio de un contexto de competición natural ineludible. La conceptualización que China hace de este tipo de conflictos está anclada en una concepción esencialista de los actores que en ellos participan y de la incompatibilidad de intereses que los explican. Se pone el foco en las incompatibilidades étnicas, religiosas, sectarias, identitarias o culturales para explicar el porqué de la disputa y la violencia. Así, se suele dejar de lado cualquier problema político o socioeconómico en la base del conflicto, denostándolo como superficial o sobrevenido, y reduciendo sus causas a choques entre identidades primarias, señaladas generalmente como la raíz verdadera del antagonismo. No se lucha ni por territorio, ni por recursos, ni por poder sino que en el seno del conflicto se encuentra una divergencia sobre maneras de ser, un choque cultural entre grupos socioculturales diferentes.

En base a esta conceptualización del problema, China entiende que la solución pasa por la búsqueda de armonía entre actores, intentando superar las incompatibilidades identitarias en aras de la estabilidad y el progreso común. En esta despolitización de la esencia del conflicto, su resolución ha de venir de la mano de una acomodación progresiva de las diferencias identitarias y culturales. Y aquí las superpotencias globales tienen mucho que decir. Como veremos más adelante, los conflictos regionales pueden y deben de ser superados mediante la puesta en práctica de acuerdos entre los principales polos de poder. Se sobreentiende que, si existe una voluntad común entre ellas, la capacidad coral de las superpotencias puede compeler a los contendientes a superar sus diferencias y poner fin al conflicto.

La actitud de China ante los conflictos regionales en Oriente Medio y el Norte de África está marcada por dos vectores: la defensa a ultranza del principio de no injerencia y el interés chino de presentarse como una superpotencia responsable

En el caso de Oriente Medio y el Norte de África, desde la óptica de Beijing, los conflictos que azotan la región son presentados en esencia como regionales. Las guerras que en la última década han asolado a Siria y Yemen, el conflicto civil en Libia en 2011, el conflicto árabe-israelí, e incluso la posible nuclearización de la República Islámica de Irán y el terrorismo yihadista global originado en la región encajarían dentro de dicha categoría y estarían asociadas a las características propias de estos conflictos según la visión china recién señalada. La actitud y el comportamiento de China frente a dichos conflictos y amenazas a la paz regionales están marcadas por dos vectores: la defensa a ultranza del principio de no injerencia y el interés chino de presentarse como una superpotencia responsable.

La centralidad del principio de no injerencia

El primer vector al que prestar atención para entender la actitud de China frente a los conflictos en Oriente Medio es su defensa del principio de no injerencia.

La política exterior china, hasta la fecha, está parcialmente marcada por la conocida como la “teoría del ascenso pacífico”. Esta teoría no sólo integraría un principio general de prudencia por el que China evitaría una confrontación directa con cualquier otra superpotencia del sistema internacional. También incluiría una observancia estricta del principio de no injerencia, muy en especial por lo que se refiere a su vertiente política. Según la voz oficialista, la República Popular ha de distanciarse de los comportamientos intervencionistas propios de los imperios coloniales europeos en los últimos dos siglos y de los Estados Unidos de 1945 en adelante, de los que se considera una víctima más. Pervive así una defensa de los principios de coexistencia pacífica establecidos en la Conferencia de Bandung de 1955 en base a una historia de opresión compartida entre China y los países del Tercer Mundo.

De esta forma, tanto los responsables del Ministerio de Relaciones Exteriores como los de Zhongnanhai —la presidencia de la República Popular— señalan recurrentemente en sus intervenciones públicas que los Estados de Oriente Medio son amigos y aliados tradicionales que conocen mejor que nadie la realidad social, económica y política de su propia región [3]3 — Para un análisis detallado del autor sobre la narrativa utilizada por los máximos responsables de la República Popular China para referirse a Oriente Medio y su realidad política, véase: Quero, J. (2017) Chinese official geopolitical cartographies and discursive constructions of the Mediterranean: Discourse analysis of official narratives and comparison with the EU. En Ehteshami, A. Huber, D. y Parciello, C. (eds.) The Mediterranean Reset: Geopolitics in a New Age. Chichester: Global Policy, pp. 60-82. . Por tanto, cualquier relación con ellos ha de estar basada en la voluntad compartida de preservar la soberanía estatal y la integridad territorial, así como la defensa de la dignidad nacional de todos y el respeto absoluto a sus sistemas sociales. Dicho de otra forma, China pone en el centro de sus relaciones con los actores regionales el interés común de respectar de forma rigurosa el principio de no injerencia, desde su óptica, diferenciándose de las potencias occidentales..

El principio de no injerencia aplica de igual forma a la actitud china frente a los conflictos de la región. Los eventuales esfuerzos por trabajar en aras de su resolución han de ser poco intrusivos y respetando la independencia de los implicados. Los actores locales o regionales son los protagonistas y, en su opinión, cabe respetar un principio de apropiación por el que son éstos los que han de decidir por sí mismos cuáles son los mecanismos óptimos para la solución del conflicto. Ello no negaría el potencial de las superpotencias globales para hacer avanzar determinadas soluciones que entienden como las mejores. Pero, en contra de los adalides del regime change, la acción mediadora o pacificadora de las superpotencias habría de superar siempre el rasero estricto de la no injerencia y no rebasar cualquier limite impuesto por las partes en base a su propia soberanía. Los acontecimientos que llevaron a la invasión estadounidense de Irak en 2003 y, muy especialmente, la intervención de la OTAN en Libia en 2011 –la misión de evacuación de casi 30,000 ciudadanos chinos y las pérdidas materiales producidas pervive en la memoria de muchos en Beijing– marcan el rechazo hacia el intervencionismo de las superpotencias. Especialmente, en aquellos casos sin un amplio consenso entre ellas sobre qué es conveniente hacer.

China como superpotencia responsable

El segundo vector que explica el comportamiento de China frente a los diferentes conflictos en Oriente Medio es su voluntad de presentarse al mundo como una superpotencia responsable.

La acción exterior china se enmarca en una concepción del sistema internacional como concierto entre las naciones más poderosas. La lectura que hace Beijing de la realidad mundial contemporánea es la de encontrarse en un sistema caracterizado, en esencia, por la capacidad y la responsabilidad privilegiadas de las superpotencias. Encontraría su máxima expresión en el funcionamiento del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas donde, superado en apariencia el principio de igualdad soberana, los miembros permanentes disponen de privilegios y servidumbres a la hora de gestionar algunos de los asuntos centrales de la agenda internacional. Los mecanismos de gobernanza global no serían los de una democracia entre iguales. Según está visión, el mundo en 2021 se parecería más a la Europa del siglo XIX, donde el concierto surgido del Congreso de Viena de 1815 instauró el sistema metternich basado en la responsabilidad de los Estados más poderosos de garantizar la paz y la estabilidad, equilibrio de poder mediante.

Así, la República Popular entiende los conflictos en Oriente Medio como una oportunidad para presentarse como una potencia de alcance global, comprometida con el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Busca asimismo reconocimiento entre los que entiende como sus pares: reivindica ante el resto de las superpotencias su condición de igual si se demuestra como un actor implicado, con capacidad de gestión y resolución parejas a las de por ejemplo Estados Unidos o Francia. Aborrece el intervencionismo y el unilateralismo de las superpotencias occidentales y, ante el mismo, se propone forzar un multilateralismo entre los más poderosos donde no ser obviada en las grandes decisiones de transcendencia global.

Tal reivindicación está íntimamente ligada a la imagen que la República Popular tiene de sí misma y la lectura oficial que se hace de su historia. El conocido como el “siglo de la humillación”, que va desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la victoria del Partido Comunista frente al bando nacionalista del Kuomintang de Chiang Kai-shek en la Guerra Civil (1915-1949), pasando por la trascendental ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, impregna la acción exterior china de un espíritu reivindicativo.

La República Popular China entiende los conflictos en Oriente Medio como una oportunidad para presentarse como una potencia de alcance global, comprometida con el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales

El complejo derivado de la ignominia reciente ha ido siendo progresivamente superado en las últimas décadas mediante su impresionante desarrollo económico y una creciente involucración en la gestión de los asuntos globales. El reconocimiento internacional como una “nueva” superpotencia es otra de las formas en las que dar por zanjada la humillación y recuperar lo que entienden como su posición legítima dentro del sistema internacional que nunca deberían haber perdido. Comportarse como una potencia responsable en el ámbito del mantenimiento de la paz y seguridad es el camino para reivindicar ser participe de la toma de decisiones global. El mejor ejemplo de ello en Oriente Medio serían su actitud la controversia sobre el programa nuclear iraní.

La actitud frente a la proliferación nuclear iraní como ejemplo paradigmático

El desarrollo de un programa nuclear iraní ha sido uno de los asuntos centrales en la agenda internacional en las últimas dos décadas. La comunidad internacional ha entendido como una potencial amenaza para la paz y seguridad la proliferación nuclear en Oriente Medio que podría inaugurarse en caso de que Irán consiguiera el arma atómica. Para los líderes políticos chinos, tal como han expresado en infinidad de ocasiones desde el inicio de las conversaciones en Lausana en 2015, el problema principal sería la falta de confianza mutua entre la República Islámica, por un lado, y las superpotencias occidentales, por el otro. Según esta visión, Irán perseguiría tal tecnología al sentirse insegura frente a una posible intervención internacional que quisiera poner fin al régimen de la República Islámica; y las superpotencias, con Estados Unidos a la cabeza, desconfiarían del comportamiento de un actor contestatario con el orden global y abiertamente contrario a la existencia de Israel.

La solución desde la óptica china sería por tanto doble. Por un lado, poniendo énfasis en los principios de la coexistencia pacífica, Irán debería ejercer su libertad soberana y desarrollar cualquier tecnología que le plazca siempre y cuando ésta no suponga una amenaza para el resto. Esta idea se manifiesta en una defensa a ultranza del derecho de Teherán a desarrollar tecnología nuclear con fines civiles y una posición firme de salvaguarda de las obligaciones y derechos contemplados en el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1970. Por otro lado, las superpotencias globales, en un ejercicio de responsabilidad, deberían ser quienes asumieran el liderazgo en la gestión de la problemática y la búsqueda de soluciones. El Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) firmado en 2015 entre el P5+1 –los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más la Unión Europea– e Irán sería el mejor ejemplo de aquello que desearía China como modelo de solución de los conflictos regionales.

Desde la retirada de los Estados Unidos del JCPOA, en mayo de 2018, China ha hecho hincapié en la necesidad de que las superpotencias se comporten de forma responsable y respeten los acuerdos alcanzados. Plantea la necesidad de que Washington vuelva al acuerdo alcanzado, condena sus esfuerzos por forzar al resto a reabrir la negociación y se cierra en banda a modificar las responsabilidades de las partes convenidas de forma conjunta. Por tanto, se repite una condena al unilateralismo estadounidense que se entiende como nocivo para el conjunto, contrario a los intereses coralmente definidos, y contestatario en definitiva a que sea el concierto de las superpotencias quien tome decisiones colectivas sobre los asuntos más importantes de la agenda internacional.

Reflexiones finales: ¿es sostenible esta actitud?

Dos preguntas quedan en el aire. La primera es hasta qué punto la actitud china frente a los conflictos en la región tiene algo que decir sobre situaciones como las actuales guerras en Siria o Yemen. En general, China tiene muchas dificultades en tener algo que decir cuando la realidad de los conflictos no encaja con su prisma analítico aquí descrito. Es el caso en especial de cuando existen diferencias profundas entre el resto de las superpotencias globales: en aquellas circunstancias donde las superpotencias no tienen intereses compatibles es imposible la articulación de mecanismos de gestión como los que propone china. Ante ello, sólo queda una retracción a la defensa de la soberanía estatal de las partes que en poco contribuye al fin de los conflictos armados actuales. Ello fuerza a Beijing en demasiadas ocasiones a un silencio incómodo para un actor que se presenta como potencia global responsable.

La actitud poco decidida de China ante los conflictos de la región es sólo posible en tanto que no tiene intereses fundamentales que proteger. Pero ¿hasta qué punto será sostenible según incremente su presencia en espacios eventualmente conflictivos?

La segunda es sobre la sostenibilidad en el tiempo de dicha actitud china. Hasta la fecha, la República Popular ha sorteado con bastante éxito que sus extraordinarias relaciones comerciales vayan de la mano de una profundización en sus relaciones políticas o de un creciente compromiso sustantivo con la estabilidad y seguridad regionales. Su actitud poco decidida ante los conflictos de la región es sólo posible en tanto que China no tiene intereses fundamentales que proteger en esos escenarios concretos. Pero, ¿hasta que punto será ello sostenible según siga tejiendo una red de intereses económicos e incremente la presencia de sus ciudadanos y empresas en espacios que eventualmente devengan conflictivos? Pensar que el intervencionismo occidental en muchos de los conflictos de la región es fruto de una “misión civilizatoria” trasnochada hace que, en demasiadas ocasiones, China obvie que los intereses contraídos a lo largo del tiempo también pueden, en el futuro, llevarla a actitudes parejas.

  • Referencias

    1 —

    Para datos más actualizados sobre las relaciones comerciales e inversiones entre China y los Estados de Oriente Medio y el Norte de África, véase: ChinaMed (2021). ChinaMed Data. Disponible en línea.

    2 —

    Allison, G. (2017) Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’ Trap? Boston: Houghton Mifflin Harcourt. Gilpin, R. (1981) War and change in world politics. Cambridge: Cambridge Universtiy Press.

    3 —

    Para un análisis detallado del autor sobre la narrativa utilizada por los máximos responsables de la República Popular China para referirse a Oriente Medio y su realidad política, véase: Quero, J. (2017) Chinese official geopolitical cartographies and discursive constructions of the Mediterranean: Discourse analysis of official narratives and comparison with the EU. En Ehteshami, A. Huber, D. y Parciello, C. (eds.) The Mediterranean Reset: Geopolitics in a New Age. Chichester: Global Policy, pp. 60-82.

Jordi Quero

Jordi Quero es coordinador ejecutivo y profesor del Master Universitario en Diplomacia y Organizaciones Internacionales del CEI International Affairs. Doctor en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, es profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pompeu Fabra y ha trabajado como investigador en el CIDOB en el ámbito de Oriente Medio y el norte de África. Fue investigador visitante de la Universidad Americana de Beirut, y tiene un Master en Historia de las Relaciones Internacionales por la London School of Economics y un Master en Asuntos Internacionales por la Universidad de Columbia. Sus áreas de investigación incluyen las relaciones internacionales de Oriente Medio y la Teoría de Relaciones Internacionales.