La creciente influencia de la República Popular China ha sido objeto de un agitado debate en círculos académicos y políticos durante las últimas tres décadas. Con mucha frecuencia, este debate se ha planteado en términos antagónicos, enfrentando a aquellos que perciben este proceso con optimismo y con la esperanza de que pueda conducir a una mayor multipolaridad con aquellos otros que ven en su acumulación de poder no sólo una amenaza a la posición privilegiada de algunos países occidentales, sino también un enorme peligro para el orden internacional que conocemos. En este escenario tan polarizado y en el que se conjugan fuertes presiones de cambio, ¿cómo podemos entender el papel de China? Nadie pone en duda que el gigante asiático es el país que más influencia ha acumulado durante estos años, y algunos pronósticos señalan que podría desbancar a Estados Unidos como la primera economía del mundo tan pronto como 2028, casi dos décadas antes de lo que vaticinaban algunos estudios a principios de este siglo.

Con paso firme, China ha ido adelantando a las grandes potencias que durante décadas han liderado las relaciones internacionales contemporáneas y ya es hoy una superpotencia de alcance global bien asentada. Es, quizá, una superpotencia diferente que no se aviene al patrón de algunas de sus predecesoras, pero no por ello una superpotencia en construcción o en ciernes. Reconocer este estatus y sacar a China del cajón de las anomalías históricas es un primer paso y una condición necesaria para comprender la realidad actual del país, pero también sus intereses, sus debilidades, sus fortalezas y su potencial impacto sobre el mundo de hoy y el que vendrá. La reflexión que recogen los párrafos siguientes se construye sobre este reconocimiento. Para entender la China actual y la que vendrá en los próximos años, además, ofrece cuatro claves complementarias que ponen de relieve el momento de transición que vivimos.

La irreversible y profunda crisis del orden internacional liberal

Desde hace más de veinticinco años estamos asistiendo a una profunda e irreversible crisis del orden internacional liberal liderado por Estados Unidos durante las últimas siete décadas que, en el mejor de los casos para quienes lo defienden y se benefician de él, puede culminar en su transformación y renovación. En una concepción optimista, este orden se ha caracterizado por la suma de cinco grandes convicciones. En primer lugar, una marcada preferencia por la “apertura”: el comercio y los intercambios no sólo son percibidos como dos rasgos definitorios de la actual sociedad global, sino también como dos factores que promueven el desarrollo económico, la paz y el avance de la democracia. En segundo lugar, un fuerte compromiso con un sistema de relaciones internacionales basado en la observancia y cumplimiento de un conjunto cambiante de principios, normas y reglas. En tercer lugar, una extendida creencia en la necesidad de mantener un mínimo nivel de cooperación en materia de seguridad para garantizar la supervivencia de los actores y del sistema que conforman. En cuarto lugar, la convicción de que el orden internacional actual es flexible y corregible, esto es, capaz de adaptarse a las cambiantes circunstancias y exigencias del sistema internacional que subyace a él. Por último, una profunda esperanza en que este orden encierra una idea de progreso que contribuye al avance de la democracia liberal en todo el planeta [1]1 — Ikenberry, G. John (2018), “The end of liberal international order?’”, International Affairs 94 (1), pp. 7-23. . En contraste, desde una perspectiva menos complaciente o más crítica, este orden puede entenderse mejor como un orden “basado en los privilegios de clase y la hegemonía elitista —fuertemente marcada por presunciones, explícitas o implícitas, de corte racial y/o imperial/colonial— tanto en el ámbito doméstico de los Estados Unidos como en sus relaciones exteriores”. En este sentido, situándose en una posición teórica cercana a las de Gramsci o Kautsky, el orden se entiende mejor como un “sistema de jerarquía e inequidad” que encierra una discriminación racial o civilizacional [2]2 — Parmar, Inderjeet (2018), “The US-led liberal order: imperialism by another name?”, International Affairs, 94 (1), pp. 151-172. .

Se opte por una concepción u otra, es indiscutible que este orden está atravesando una crisis de raíces profundas que precede y va más allá de la reciente presidencia de Donald J. Trump. Así, en buena parte motivada por la globalización, desde mediados de la década de los noventa del siglo pasado este orden está haciendo frente a una doble “crisis de transición”: una crisis de gobernanza y autoridad y, en paralelo, una crisis asociada a su propósito social —en concreto, a su incapacidad para mantener la comunidad internacional de seguridad—[3]3 — Ikenberry, G. John, Op. cit. 2018. . Ambas crisis se han visto agravadas en los últimos años por tres desafíos que agudizan todavía más la inevitable transformación del orden. El primero consiste en el retorno a la política internacional de las grandes potencias durante la última década en un contexto internacional en el que algunos de los competidores son regímenes autocráticos. El segundo se refiere a la naturaleza cambiante de la conflictividad armada, que obliga a una profunda revisión de las instituciones de seguridad creadas en los últimos cincuenta años. Finalmente, el tercero está vinculado a las nuevas exigencias de cooperación internacional que se derivan de la transformación y auge de la ciberseguridad, el cambio climático, la difusión tecnológica, el terrorismo internacional, las nuevas formas de comunicación e interacción o, como dolorosamente hemos constatado durante el último año y medio, las pandemias [4]4 — Friedman Lissner, Rebecca y Rapp-Hooper, Mira (2018), “The Day after Trump: American Strategy for a New International Order”, The Washington Quarterly, 41 (1), pp. 7-25. .

China ha de navegar este mar de incertidumbre al mismo tiempo que decide si quiere tomar el timón de la embarcación o si prefiere posponer esta decisión hasta que soplen vientos más favorables

Todavía es pronto para saber cómo evolucionará el orden internacional liberal en los próximos años y si será capaz de sobrevivir a la crisis, pero no son pocos los autores que han señalado su más que probable sustitución por un nuevo orden, e incluso algunos han urgido a ella para poner fin a un patrón que perpetua la posición privilegiada de los poderosos y la explotación de quienes disponen de menos recursos y oportunidades. Como cualquier otro actor internacional, China debe navegar este mar de incertidumbre. A diferencia de muchos otros, no obstante, el gigante asiático debe hacerlo al mismo tiempo que decide si quiere tomar el timón de la embarcación o si, por el contrario, prefiere posponer esta decisión a un momento futuro en el que quizá soplen vientos más favorables.

La gradual pérdida de poder de los Estados y el asentamiento de un mundo más plural

Una segunda clave para entender el presente y el futuro de China es que la cesión de poder de los Estados a otros actores internacionales (voluntaria o no) y la consiguiente pérdida de su centralidad en las relaciones internacionales constituye no sólo un proceso irreversible, sino que cada vez avanza más rápido. La reciente crisis sanitaria y económica ligada a la pandemia de Covid-19 ha alumbrado numerosos análisis académicos que advierten del retorno de la geopolítica y la política del poder y, en paralelo, del auge del soberanismo, el fortalecimiento de los Estados más poderosos y el gradual debilitamiento de la democracia como modelo de organización política de referencia. Es muy probable que algunos de estas tendencias sobrevivan a la crisis y ganen intensidad en los próximos años. No obstante, conviene tener cuidado con los espejismos: los factores causales que conducen al debilitamiento de los Estados tienen raíces muy profundas y están aquí para quedarse, por lo que su pérdida de poder y centralidad es una mera cuestión de tiempo. Ello no quiere decir que a medio o largo plazo los Estados vayan a ser irrelevantes o que la democracia pierda toda capacidad de persuasión e influencia, pero es innegable que avanzamos hacia un mundo post-estatal en el que el conjunto de Estados está condenado a ceder poder a otros actores y en que el sistema que conforman los primeros deberá hacer frente a la irrupción de otros sistemas construidos en torno a organizaciones internacionales y, sobre todo, grandes empresas multinacionales.

Tres son los factores que inciden de manera más directa sobre la erosión del poder de los Estados en el siglo XXI. En primer lugar, la ola de globalización iniciada a finales del siglo pasado y, de manera más concreta, la irrupción de las tecnologías de la información y la comunicación. Esta irrupción no sólo ha cambiado la manera en que se comunican e interactúan los actores en sus relaciones internacionales, sino que también ha provocado una profunda transformación de los mismos. Y todavía más: la revolución tecnológica ha alterado la relación clásica de cada uno de los actores con la misma tecnología. En el caso de los Estados, ello ha comportado la pérdida del monopolio que en algún momento tuvieron y, aunque algunos países todavía gozan de capacidad de liderazgo e influencia, estos cada vez son menos. Por si ello fuera poco, deben compartir el podio tecnológico con grandes compañías que, con frecuencia, persiguen intereses que no sólo se desvían de los suyos, sino que caminan en sentido contrario.

En segundo lugar, y en buena medida conectada con el factor anterior, la gradual pérdida de importancia del territorio como una de las principales fuentes de poder en las relaciones internacionales. Durante los últimos siglos la construcción de las autoridades políticas ha pivotado en torno al control de un vasto espacio geográfico. Ello explica el proceso de construcción y caída de los imperios coloniales y, más recientemente, la consagración de las fronteras físicas como elementos consustanciales de la estatalidad. El territorio sigue siendo relevante porque alberga importantes recursos —especialmente los hídricos, energéticos y minerales— y porque incide sobre el transporte mundial, pero hoy en día ya no es tan importante la propiedad o la posesión como la capacidad de un actor para acceder con facilidad a los beneficios derivados del territorio. Y todo apunta que esta tendencia se intensificará en las próximas décadas.

Por último, en tercer lugar, las limitaciones de los Estados en tanto que organizaciones políticas para dar respuesta a los cada vez más acuciantes desafíos de naturaleza transnacional. La pandemia de Covid-19 que ha protagonizado los titulares del último año ha puesto de relieve las carencias de los países para frenar su expansión, pero también para acceder a las vacunas que, salvo en casos contados, dependen de la gestión de un número muy limitado de empresas farmacéuticas. En un sentido similar, la gestión de los más de 270 millones de migrantes en el mundo, en su mayoría por motivos laborales, ha puesto de manifiesto la inadecuación de los instrumentos tradicionales de los Estados para ofrecer respuestas éticamente aceptables, viables y sostenibles en el tiempo. Hace apenas unos años se estimaba que esta cifra no se alcanzaría hasta mediados del siglo XXI, pero la evolución de la última década ha dado al traste con estos pronósticos y, de mantenerse el actual ritmo de crecimiento, es probable que antes de 2050 la cifra supere de migrantes en el mundo supere los 500 millones [5]5 — International Organization for Migration (2019), World Migration Report 2020, Ginebra. Disponible en línea. . También han puesto en evidencia a los Estados, especialmente a los occidentales, el aumento de la criminalidad transnacional organizada y de un “nuevo” terrorismo internacional con mayor impacto en los medios de comunicación globales, mayor dominio las nuevas tecnologías de la comunicación y mayor capacidad destructiva. Con todo, es en la lentitud, las dudas y la falta de compromiso real de los Estados para afrontar la situación de emergencia climática, el desafío más importante a que debe hacer frente el mundo en la actualidad y al que nos referiremos seguidamente, donde más claramente se ha revelado su falta de adecuación para articular soluciones a los principales retos transnacionales.

El gigante asiático no ha hecho sino acumular poder en las últimas décadas y se ha situado en una posición privilegiada. La situación de China como superpotencia global le exige compaginar importantes responsabilidades en la protección del sistema internacional, con la revisión de sus preferencias sobre los principios, normas e instituciones que lo han de regir en los próximos años

¿Es China entonces el Estado más poderoso de un conjunto de países que cada vez tiene menos poder en el mundo? La China actual es plenamente consciente de la pérdida de poder de los Estados y del declive del sistema interestatal, así como de la necesidad de ajustar a esta nueva realidad tanto el diseño como la puesta en práctica de sus estrategias actuales y futuras. Es indudable que el gigante asiático no ha hecho sino acumular poder en las últimas décadas y se ha situado en una posición privilegiada tanto dentro del conjunto de Estados como en el más amplio universo de actores internacionales. Ello podría llevar a pensar equivocadamente que el país puede mirar estos procesos desde cierta distancia, con tranquilidad, y que incluso puede salir reforzada de ellos. No es necesariamente así: por un lado, la erosión de la posición de algunos Estados obliga a China, como a todos los demás países, a interactuar con otros actores internacionales de naturaleza no estatal que responden a lógicas, intereses y marcos de actuación diferentes, con muchos de los cuales tiene un grado menor de familiaridad; por otro, el debilitamiento del sistema interestatal en su conjunto en un contexto en que el país se ha situado como superpotencia global le exige asumir importantes responsabilidades para la protección de dicho sistema, así como revisar en profundidad sus preferencias acerca de los principios, normas e instituciones que deben regir las relaciones internacionales de los próximos años.

El profundo y universal impacto transformador de la emergencia climática

Son cada vez más las voces que recurren al término Antropoceno para describir el período histórico comprendido entre mediados del siglo pasado y el momento actual. Este período se caracteriza por la naturaleza sincrónica y universal de un conjunto de señales geológicas que incluyen el crecimiento desmedido de la población humana, la producción y utilización a escala global de productos altamente contaminantes como el plástico y la realización de pruebas nucleares y otro tipo de ensayos humanos que dan lugar a la emisión y acumulación de isótopos artificiales sobre la superficie terrestre. Se acepte o no este marco de referencia, resulta difícil exagerar la relevancia de la emergencia climática y sus innumerables implicaciones sobre el papel de China en el siglo XXI, las relaciones internacionales y, en general, la vida en el planeta.

El informe especial de 2018 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas alerta del peligro de superar en más 1,5 grados centígrados la temperatura media del planeta antes de mediados de este siglo y urge a reducir las emisiones de carbono en casi un 50% respecto de los niveles de 2017 antes de 2030, así como a alcanzar la neutralidad del carbono antes de 2050. No hacerlo, advierte, podría acarrear cambios tan importantes como el fin de los ecosistemas en un 13% de la superficie del planeta, la destrucción de la totalidad de los arrecifes de coral y la multiplicación de las probabilidades de olas de calor extremo en los trópicos y de tormentas severas en áreas de gran altura, especialmente en Asia oriental y en América nororiental [6]6 — Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) (2018), Global Warming of 1.5ºC. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels and related global greenhouse gas emission pathways, in the context of strengthening the global response to the threat of climate change, sustainable development, and efforts to eradicate poverty. Disponible en línea. . A su vez, estos cambios acelerarían el deshielo del Ártico, incrementarían los riesgos de sequías e inundaciones y mermarían la capacidad de producción de alimentos en diversas regiones del planeta, agravando así los factores estructurales de la pobreza extrema e impulsando la migración motivada por causas ambientales. Si hoy se cifra en alrededor de 20 millones el número total de refugiados o migrantes climáticos, esta cifra podría alcanzar los 200 millones en apenas tres décadas. Todas estas alteraciones y otras vinculadas al cambio climático incidirían también sobre la seguridad global, facilitando la propagación de pandemias e intensificando la conflictividad internacional, sobre todo aquella vinculada a la disputa por los recursos naturales y energéticos. En definitiva, aunque asimétricos y más intensos para los países menos desarrollados o en vías de desarrollo, es innegable que durante las próximas décadas los efectos perversos del deterioro medioambiental del planeta serán profundos, tendrán un alcance global e impactarán sobre el conjunto de temas de la agenda internacional.

Hasta la fecha, la mayoría de los pasos de los Estados y de diferentes organizaciones y foros internacionales gubernamentales se han demostrado insuficientes para hacer frente a los desafíos que acompañan a la emergencia climática. Tampoco el inicialmente ambicioso Acuerdo de París aprobado en 2016 y al que ya se han adherido 191 países ofrece medidas y garantías suficientes que permitan mirar al futuro con la tranquilidad de haber encauzado la cuestión. Como apuntábamos anteriormente, las dudas sobre la adecuación de las instituciones internacionales y, de manera más amplia, de los principios y normas que articulan el actual orden internacional, son inevitables. Más si cabe después de la experiencia de los últimos años, en los que la negativa a implicarse en la lucha contra el cambio climático del presidente de Estados Unidos —el país más poderoso del planeta, pero al fin y al cabo un único Estado— ha puesto en jaque el multilateralismo y ha reflejado con crudeza la fragilidad de las estructuras de gobernanza global en este ámbito.

En los últimos cinco años, China ha protagonizado un importante giro en las negociaciones en torno a la emergencia climática y, a pesar de presentarse con frecuencia como un «cooperante a la defensiva», su actitud se acerca más a la de un líder sin mucho entusiasmo, pero implicado

Hasta hace muy poco, en la mayor parte de negociaciones en torno a la emergencia climática China había mantenido un perfil discreto, alineándose con los 130 países integrantes del G-77 y poniendo en valor su papel de superpotencia del mundo en vías de desarrollo. La posición del país era, desde esta perspectiva, una prolongación de su estrategia de identificación con el llamado Sur global y del impulso de la cooperación Sur-Sur. En los últimos cinco años, no obstante, China ha protagonizado un importante viraje y, pese a presentarse con frecuencia como un “cooperante a la defensiva”, su actitud se acerca más a la de un líder sin mucho entusiasmo, pero implicado [7]7 — Eckersley, Robyn (2020), “Rethinking leadership: understanding the roles of the US and China in the negotiation of the Paris Agreement”, European Journal of International Relations 26 (4), 1178-1202. DOI. . A ello han contribuido la necesidad del país de mantener un alto consumo energético para mantener su desarrollo económico e industrial y su todavía alta dependencia de recursos energéticos con un elevado nivel de contaminación. También los intereses de las grandes compañías energéticas chinas, las diferencias entre distintos actores gubernamentales y el temor a que ésta nueva actitud afecte negativamente su frágil imagen internacional como superpotencia global, tanto entre los países en vías de desarrollo como entre aquellos más desarrollados. Estos últimos han ido aceptando paulatinamente el mayor protagonismo de China en las negociaciones sobre la emergencia climática, pero son todavía muchos los que no le reconocen una posición de liderazgo [8]8 — Hurrii, Karoliina (2020), “Rethinking climate leadership: Annex I countries’ expectations for China’s leadership role in the post-Paris UN climate negotiations”, Environmental Development 35, 100544. DOI. . Conseguir nuevos apoyos sin perder los que ya tiene no es un desafío menor para el gigante asiático.

China es una superpotencia global consolidada plural y en transformación

El número de publicaciones que ha abordado el enorme crecimiento económico de China, su paulatina acumulación de poder y su mayor protagonismo en las relaciones internacionales durante las últimas tres décadas es ingente. Su crecimiento casi exponencial no es sólo el resultado de un genuino interés académico o de la voluntad de comprender mejor un país que, para muchos, todavía está envuelto en un halo de misterio. Es también —y, quizá, sobre todo— la expresión de una profunda preocupación por la pérdida de la supremacía estadounidense y sus implicaciones sobre el orden internacional. En muchos casos, además, responde a la voluntad de construir una narrativa que presente a China como una superpotencia poco fiable, nada comprometida con los principios e instituciones establecidos y, tras una pretendida apariencia de ambigüedad, una profunda ambición de dominio global. Proyectando esta imagen no se solventan las cada vez más numerosas críticas y reivindicaciones frente al orden internacional liderado por Estados Unidos, pero sí se consigue infundir un sentimiento de recelo hacia China entre amplios sectores de la sociedad global y, con ello, frenar las prisas de quienes impulsan su transformación o sustitución.

China es, en efecto, una superpotencia compleja que, por su propia trayectoria histórica y por voluntad, no se aviene a los patrones establecidos. De ahí que no resulten infrecuentes los ejercicios de contorsionismo lingüístico-conceptual para dar con el término preciso que refleje su singularidad: desde quienes se refieren a ella como “no tu típica superpotencia” a quienes la bautizan como una “superpotencia frágil”, pasando por aquellos que consideran su consolidación como un hecho histórico inevitable o aquellos otros que la tildan de superpotencia ágil, peligrosa, parcial o reacia [9]9 — Ver, entre otros, Pye, Lucian W. (2016), “China: Not Your Typical Superpower”, Problems of Post-Communism, 43 (4), 3-15; Shirk, Susan L. (2008), China: Fragile Superpower, Oxford: Oxford University Press; Subramanian, Arvind (2011), “The Inevitable Superpower. Why the Rise of China is a Sure Thing”, Foreign Affairs 90 (5), 66-78; Shambaugh, David (2013), China Goes Global (The Partial Superpower), Oxford: Oxford University Press; Etzioni, Amitai (2017), “China – A Reluctant Superpower”, The Diplomat, 6 de noviembre, disponible en línea. . Cada una de estas formulaciones encierra una parte de verdad, pero también un importante sesgo que, lejos de ayudar a una mayor y mejor comprensión de la realidad china, añade confusión al debate. China es una “sociedad de riesgo complejo” en la que, pese a la creciente concentración de poder y el hiperliderazgo de Xi Jinping, se solapan diferentes niveles de gobernanza y conviven múltiples actores cuyos intereses y percepciones no siempre coinciden. Ésta última constatación es aplicable a las relaciones entre las “familias” o facciones que integran el Partido Comunista Chino, pero también a las interacciones entre éstas y el Ejército de Liberación Popular. Lo es también a los vínculos entre las autoridades gubernamentales y los máximos responsables de las grandes compañías chinas, con independencia de que un porcentaje importante de la propiedad de estas últimas esté en manos o bajo el control de las primeras. Y lo es, desde luego, a las tensas relaciones entre el partido y el Estado, por un lado, y los activistas, los disidentes políticos y las minorías étnicas, por otro. Aunque la China de hoy habla con una voz de tono firme, ésta no es la única ni se proyecta en el silencio. La realidad del país es más rica y plural y, de hecho, parece más adecuado hablar de las Chinas de hoy que de una única y monolítica China.

Aunque la China de hoy habla con una voz de tono firme, ésta no es la única ni se proyecta en el silencio. La realidad del país es más rica y plural y, de hecho, parece más adecuado hablar de las Chinas de hoy que de una única y monolítica China

Es, además, una superpotencia consolidada a nivel internacional que atraviesa un profundo proceso de transformación. Las implicaciones de este proceso no se limitan al ámbito doméstico, sino que se proyectan también sobre el exterior. Así, por ejemplo, es indudable que la “estrategia de circulación dual” que incluye el decimocuarto plan quinquenal aprobado por el Congreso Nacional Popular este mes de marzo para el período 2021-2025 y que busca fomentar en paralelo la demanda doméstica (sobre todo de los consumidores privados) y el volumen de las exportaciones en sectores estratégicos no sólo afectará al modelo económico del país, sino también a sus principales socios comerciales y a los mercados internacionales. En una dirección similar, siendo el principal consumidor de energía en el mundo, la apuesta de China por la reducción de su tradicional dependencia del carbón y por el impulso de fuentes de energía renovables está llamada a redefinir el papel y el poder de las grandes compañías energéticas del país y, simultáneamente, a alterar los precios de algunas fuentes primarias de energía a escala global.

Estos dos ilustrativos ejemplos en los sectores económico y energético son de los más visibles, pero el alcance de la multidimensional transformación china va mucho más allá. El presente y el futuro de China no puede entenderse sin prestar atención a los importantes cambios que está experimentando el sector cinematográfico y, de forma más más amplia, el sector cultural, la recentralización política del país, la redefinición de la identidad nacional en torno a un reforzado sentimiento nacionalista, el crecimiento de las megalópolis, la redistribución de las inversiones entre las principales capitales, la consolidación de unos sistemas universitario y de investigación cada vez más influyentes e internacionalizados, la buscada alteración de los equilibrios demográficos en aquellas regiones en las que viven las etnias minoritarias, el recrudecimiento de las medidas que limitan la libertad de expresión y otros derechos fundamentales, la difuminación de la línea divisoria entre la persecución de la corrupción y la limitación del margen de actuación de las voces críticas o disidentes, el impulso de una política exterior más asertiva a nivel regional y global, la incorporación de nuevos perfiles a los cuadros del Partido Comunista Chino y a la administración o la delicada pero imparable reorganización de las relaciones entre el Estado, el partido y el ejército. La lista es más larga, tanto que no parece desacertado hablar de un profundo y amplio proceso de mutación. Frente a aquellas voces que han apuntado la posibilidad de colapso del país a corto o medio plazo, no obstante, hoy por hoy parece mucho más probable un futuro en el que la remodelación del país y su creciente acumulación de influencia se retroalimenten y refuercen mutuamente.

En un contexto de transición, determinar con precisión las percepciones, los intereses y las prioridades de China es un ejercicio casi imposible. Los interrogantes son todavía muchos y, con frecuencia, los prejuicios y/o la falta de crítica tienden a nublar nuestro análisis. Desde la prudencia, este trabajo ha querido distanciarse de ellos para identificar algunas claves que nos ayuden a entender mejor la realidad de una superpotencia que no sólo será, sino que ya es.

  • Referencias

    1 —

    Ikenberry, G. John (2018), “The end of liberal international order?’”, International Affairs 94 (1), pp. 7-23.

    2 —

    Parmar, Inderjeet (2018), “The US-led liberal order: imperialism by another name?”, International Affairs, 94 (1), pp. 151-172.

    3 —

    Ikenberry, G. John, Op. cit. 2018.

    4 —

    Friedman Lissner, Rebecca y Rapp-Hooper, Mira (2018), “The Day after Trump: American Strategy for a New International Order”, The Washington Quarterly, 41 (1), pp. 7-25.

    5 —

    International Organization for Migration (2019), World Migration Report 2020, Ginebra. Disponible en línea.

    6 —

    Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) (2018), Global Warming of 1.5ºC. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels and related global greenhouse gas emission pathways, in the context of strengthening the global response to the threat of climate change, sustainable development, and efforts to eradicate poverty. Disponible en línea.

    7 —

    Eckersley, Robyn (2020), “Rethinking leadership: understanding the roles of the US and China in the negotiation of the Paris Agreement”, European Journal of International Relations 26 (4), 1178-1202. DOI.

    8 —

    Hurrii, Karoliina (2020), “Rethinking climate leadership: Annex I countries’ expectations for China’s leadership role in the post-Paris UN climate negotiations”, Environmental Development 35, 100544. DOI.

    9 —

    Ver, entre otros, Pye, Lucian W. (2016), “China: Not Your Typical Superpower”, Problems of Post-Communism, 43 (4), 3-15; Shirk, Susan L. (2008), China: Fragile Superpower, Oxford: Oxford University Press; Subramanian, Arvind (2011), “The Inevitable Superpower. Why the Rise of China is a Sure Thing”, Foreign Affairs 90 (5), 66-78; Shambaugh, David (2013), China Goes Global (The Partial Superpower), Oxford: Oxford University Press; Etzioni, Amitai (2017), “China – A Reluctant Superpower”, The Diplomat, 6 de noviembre, disponible en línea.

Pablo Pareja

Pablo Pareja Alcaraz es profesor Serra Húnter de Relaciones Internacionales en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y Coordinador Académico del Máster Erasmus Mundus en Políticas Públicas en el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI). Doctor en Relaciones Internacionales por la UPF, tiene un Máster en Estudios Europeos por la London School of Economics y un Máster en Servicio Exterior por la Georgetown University. Miembro del Grupo de investigación en Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la UPF, sus principales líneas de investigación incluyen el estudio de la política exterior china, la contribución de China a la construcción y transformación de los órdenes internacional y regional, y las relaciones internacionales asiáticas.