A finales del año 2020, Catalunya vive entre matices y resiliencia un escenario nuevo: una crisis sanitaria sin precedentes que ha derivado en una crisis económica que genera incertidumbres y sacude de forma generalizada el país y toda la humanidad. Catalunya no es ajena a una realidad global que también es muy local, que se manifiesta en situaciones de necesidad alimentaria por parte de muchas familias que tienen que acudir a los servicios sociales o al Banco de los alimentos por primera vez en su vida; dificultades para llegar a fin de mes; comercios que cierran; un sector turístico que ha visto drásticamente reducida su actividad económica; más de 12.000 empresas en riesgo de cierre en los próximos meses; familias que no saben cómo pagar la educación de sus hijos; jóvenes que tienen que volver a casa de los padres porque no pueden asumir los precios desorbitados de los alquileres, porque han entrado en un ERTE o han quedado en paro; pueblos y ciudades desiertos y un largo etcétera. Mientras tanto, el conflicto político entre Catalunya y España ha dejado de ser la primera prioridad para los catalanes según todas las encuestas de opinión. Ya se sabe, en situaciones críticas se impone el instinto de supervivencia. Los hombres y las mujeres somos animales sociales.

Los errores del pasado

La asunción de errores cometidos en los últimos años debe resolverse. Es evidente todas las partes implicadas han cometido errores y, seguramente, también es una realidad que el independentismo ha hecho más autocrítica que aquellos que trabajan para que Catalunya no se separe nunca de España. La política de bloques, de buenos y malos; la unilateralidad y la desobediencia; el maximalismo; los porrazos del 1 de octubre; las cloacas del Estado; la judicialización de la política … la lista es larga y las responsabilidades en muchos casos son compartidas. Tengo la sensación de que el independentismo no quiere aceptar errores y se encuentra atascado en el «y tú más», precisamente porque sólo se fija en su particular batalla para ganar el relato político con el gobierno español de turno. Pero hasta que no construyamos un país para los siete millones y medio de catalanes y no sólo para los votantes del 1 de octubre, el proyecto para que Catalunya sea un estado en el seno de la Unión Europea no será viable. No será atractivo. Pienso que no es relevante lo que haga el gobierno español de turno si antes no resolvemos en Catalunya algunos de los errores cometidos. Porque revisar errores, hacer una lectura introspectiva siempre permite mirar hacia adelante con más fuerza, con más lucidez y con más efectividad.

A pesar de que algunos se empeñen en defender una supuesta república catalana, es evidente que ésta no existe. De hecho, los errores cometidos en otoño de 2017 nos han llevado donde estamos ahora. Paternalismo, frustración, rencillas internas por la hegemonía del independentismo político y social y un largo etcétera. Los que defendíamos unas elecciones al Parlament de Catalunya en vez de una declaración de independencia que era imposible de aplicar fuimos tildados de traidores por parte de los guardianes de las esencias republicanas. Pero es sencillamente irresponsable defender lo que no tenemos como si lo tuviéramos, y ciertamente este es el caso de la República catalana. En aquel momento no se preservaron las instituciones de la Generalitat y Catalunya lo pagó caro. Al igual que ha pagado caro, en medio de una pandemia, inhabilitar un presidente de la Generalitat por una pancarta en medio de una vorágine judicial desproporcionada e injusta derivada de aquellos años.

Un proceso de independencia en el siglo XXI sólo es viable si se construye desde el consenso político y social, con una negociación entre los actores implicados y teniendo en cuenta que el mundo de hoy es más interdependiente que nunca

Es fundamental no caer en los errores del pasado. Y hay que explicar muy claramente que un proceso para conseguir la independencia requiere tiempo, capacidad para convencer y que mantener el lenguaje simplista del «lo volveremos a hacer» es insostenible porque frustra expectativas y genera falsas esperanzas. Si queremos que la independencia sea viable es necesario plantearla rehuyendo el paternalismo y los maximalismos, señalando las eventuales dificultades con las que nos podemos encontrar, aislando el factor tiempo de tal manera que no sea un condicionante que alimente las posiciones extremistas y, finalmente, interpretando muy bien la geopolítica y nuestros entornos inmediatos. En el siglo XXI un proceso de independencia sólo es viable si se construye desde el consenso político y social, con una negociación entre los actores políticos implicados y teniendo en cuenta que el mundo de hoy es más interdependiente que nunca.

Un nuevo tiempo

En Catalunya el periodo comprendido entre los años 2010 y 2020 ha sido de una profunda sacudida política y social, hasta el punto de que el país ha cambiado de forma drástica. Esta ha sido una década de altibajos, de gran movilización social, de efervescencia política en Catalunya y donde ha quedado claro que la estabilidad política española depende, entre otros factores, de lo que pasa en Catalunya. Debemos recordar que la sentencia del Tribunal Constitucional que recortó el Estatut de Catalunya en 2010 alteró los grandes ejes que tradicionalmente habían movido la política catalana, el eje izquierda/derecha y el eje autonomía/centralismo. Aunque el sistema de configuración de las preferencias electorales se ha mantenido en un sistema multidimensional, es evidente que la relación entre Catalunya y España ha pasado a ser fundamental para explicar las preferencias de voto y la política catalana. A partir de este hecho, los partidos catalanes modificaron los parámetros discursivos para dar respuesta a la enorme frustración existente en la sociedad catalana. Los acontecimientos políticos de los últimos años han supuesto una polarización discursiva muy grande, es innegable que ha aumentado el apoyo social al independentismo y que el denominado procés ha tenido un impacto directo en la configuración de nuevos liderazgos políticos y sociales. Pero también es innegable que fue un partido autodenominado constitucionalista quien ganó las elecciones en Catalunya el 21 de diciembre de 2017. Esta es la realidad del país.

Hoy, a finales del año 2020, la pandemia de COVID-19 ha puesto sobre la mesa algunas de las carencias y deficiencias de nuestro sistema institucional y de nuestro estado del bienestar. El déficit fiscal ha causado estragos en nuestra competitividad, ha lastrado las grandes inversiones de país en infraestructuras, ha debilitado el modelo sanitario, ha ralentizado la transformación de nuestro modelo educativo y de formación y dificulta el aprovechamiento de la tecnología y la innovación como nuevo elemento disruptivo para conseguir más riqueza y más bienestar para los ciudadanos. Así pues, cuando el independentismo se distrae en rencillas internas y en relatos grandilocuentes que se alejan de un día a día dramático desde un punto de vista económico y sanitario, me pregunto: ¿por qué los políticos catalanes renunciaron tan deprisa a la exigencia de la soberanía fiscal para Catalunya con la excusa de pasar pantalla o que el Estado nunca cedería?

Es posible que en una sociedad tan diversa como la catalana se requiera de más tiempo para alcanzar las grandes mayorías y los grandes consensos necesarios. Pero no estamos en condiciones de saltarnos ningún paso. Es decir, sin disponer de soberanía fiscal y de un reforzamiento de nuestras instituciones no podemos plantearnos un nuevo paso adelante. Después de la última década las instituciones catalanas están más débiles desde el punto de vista de su capacidad para transformar el país y para impulsar cambios profundos en nuestro sistema económico, por ejemplo. A esto hay que sumar la debilidad de los liderazgos políticos actuales, más pendientes de la mirada al pasado que de la mirada realista (e igualmente ambiciosa) hacia nuestro futuro. Seguimos mirando demasiado por el retrovisor, cuando deberíamos poner las luces largas y ponernos manos a la obra. Y, por lo tanto, antes que nada, hay que conseguir esa ansiada soberanía fiscal que nos permitirá dar un paso adelante en la transformación del país y dotarnos de un modelo económico más robusto, más competitivo, más digital y más humano. Catalunya podrá recuperar el liderazgo económico y político como nación emprendedora y europea que ha perdido en estos años, a la vez que se convertirá en un polo económico, de talento, de innovación, de seguridad jurídica y de estabilidad política del sur de Europa. La consecuencia directa sobre las relaciones sociales será una sociedad más inclusiva, un país construido por toda su gente, que no excluye a nadie, y que garantiza cotas de bienestar y prosperidad a sus ciudadanos. Sin soberanía fiscal no conseguiremos cohesionar la sociedad catalana y cualquier intento de situar Catalunya como nuevo estado de Europa será fallido.


¿Y el futuro? El cambio de enfoque

El cambio de enfoque no supone ninguna renuncia. El cambio de enfoque es una parada en el camino para ver dónde estamos, donde hemos llegado, donde hemos fallado y cuáles deben ser los puntales del proyecto de futuro. Es el momento de coger fuerzas, de dialogar con la ciudadanía, toda ella, que no es exactamente lo mismo que dialogar desde el Twitter, y de entender qué nos está pidiendo el país. Coger fuerzas significa sumar gente y más gente a favor de las causas compartidas, evitar los maximalismos, dejar las proclamas desafiantes del tipo «lo volveremos a hacer» y vincular la Catalunya-estado a un proyecto nacional para los siete millones y medio de catalanes y no sólo para los convencidos, que son muchos, pero no son suficientes. En tiempos tan líquidos, tan inciertos y tan volátiles es fundamental marcarse un camino, diferenciando siempre los deseos de lo que es posible en cada momento. Y esto tiene que ver con unos liderazgos que piensen a largo plazo y que destierren el cortoplacismo y la política a golpe de tuit y de titulares. Así pues, tenemos que ser más. Pero la búsqueda de mayorías amplias es un ejercicio difícil porque tiene que ver con la constancia y los argumentos, con convencer con matices, con mensajes adaptados a una sociedad diversa y, sobre todo, con la paciencia, como quien amasa el pan lentamente consciente de que el fuego lento hará el resto. Es perfectamente compatible hacer política y defender los ideales de máximos. Es perfectamente compatible denunciar una sentencia injusta y trabajar por una amnistía política y un diálogo sincero y exigente con el gobierno español. Y todo esto debemos hacerlo perfectamente compatible con defender una agenda de los intereses de todos los catalanes y catalanas en Madrid, en Bruselas y allí donde convenga. Convencer es la mejor manera de vencer.

La prioridad del soberanismo en las elecciones previstas para el año 2021 sólo puede ser la de recuperar Catalunya de una situación económica y sanitaria muy crítica. Sólo puede ser transformar en profundidad el modelo económico, social, industrial, sanitario y educativo del país. No puede ser otra que aparcar cualquier tentación plebiscitaria y centrarse en la recuperación económica. No se puede sostener un proyecto que vele por los siete millones y medio de catalanes y que no acepte los matices o que imponga el relato de la confrontación como única manera de lograr el objetivo.

A la pregunta reiterada de «¿Y ahora qué hacemos?» se le suele añadir otra que dice «¿Hacemos otro referéndum?». Mi respuesta es categórica: «Ahora no». Las urnas siempre son la solución para todo, no hay nada mejor que preguntar a la ciudadanía sobre aquellos temas que son de especial sensibilidad y relevancia. Es la mejor fórmula para que el sistema político profundice la democracia. Pero en las condiciones político-institucionales que tenemos ahora, está claro que la única manera de hacerlo será mediante un pacto con el Estado. ¿Esto quiere decir que debemos renunciar? No. De ninguna de las maneras. Pensemos en Escocia y en Quebec. No obstante, creo que hoy tenemos que sacar el foco y la presión del referéndum. Esta es la herramienta que deberemos utilizar una vez se den al menos dos condiciones: un pacto con el Estado, que ciertamente ahora está lejos, por más injusto que esto sea; y la segunda es saber que podemos ganarlo, o que al menos estamos en condiciones objetivas de poder ganarlo. Por lo tanto, a la pregunta de si ahora toca hacer otro referéndum, la respuesta debe ser que las urnas serán la solución, pero no en este momento. Y que cuando llegue el momento, el referéndum se tendrá que hacer para ganarlo y ser organizado de forma pactada con el Estado.

El referéndum es la herramienta que debemos utilizar una vez se den al menos dos condiciones: un pacto con el Estado, que ciertamente ahora está lejos, y el hecho de saber que podremos ganar el plebiscito o que al menos estamos en condiciones objetivas de poder ganarlo

¿Por qué pongo énfasis en el referéndum acordado? Porque ningún escenario que pase por la unilateralidad, la confrontación y la desobediencia permitirá alcanzar el objetivo de una Catalunya independiente. La experiencia de estos últimos tres años nos lo ha demostrado con vehemencia y sufrimiento. Si caemos nuevamente en la trampa del maximalismo y los extremos perpetuaremos la frustración de la ciudadanía, la desconfianza con la política y seguiremos profundizando en la trinchera de los bloques y alejándonos de los siete millones y medio de catalanes. Es cierto que, en tiempos de posiciones efervescentes, los matices no suelen ser muy populares. Pero en mi caso, siempre he sido una persona de matices. Matizar no significa discrepar, sino avanzar hacia soluciones más amplias e inclusivas, que son el mínimo común denominador que nos puede llevar al máximo común múltiplo. Unos matices, por cierto, que desgraciadamente no siempre son tolerados por aquellos que viven la política como una dinámica entre buenos y malos, o entre el blanco y el negro, sin aceptar que en medio hay toda una paleta de colores que es precisamente lo que nos hace más ricos como sociedad. Yo lo he sufrido en mi propia piel.

Situémonos pues en el escenario de la gestión del «mientras tanto», para recuperar el país económicamente y con la prioridad máxima de transformarlo desde un punto de vista económico, industrial, educativo, sanitario y social. Quienes somos nacionalistas, o que incluso nos podemos definir como soberanistas, estamos convencidos de que las naciones sin estado pueden ofrecer más a sus ciudadanos si precisamente tienen herramientas de estado para gestionar el día a día. Y los que somos europeístas convencidos añadimos que a Catalunya le irá mejor con una apuesta firme por la construcción europea. Hay que dar señales de nuestro europeísmo, no por interés sino por convicción.

Dicho esto, vayamos por partes y definamos las tres estrategias prioritarias para el futuro más inmediato. De entrada, políticamente necesitamos reconocimiento, bilateralidad y una solución definitiva a la judicialización de la política con una ley de amnistía o indultos. Fiscalmente necesitamos la soberanía plena. Y económicamente necesitamos una transformación profunda de nuestro tejido económico y empresarial. Me explico.

El Estado debe reconocer que Catalunya no es ni Murcia ni Extremadura, con todo el respeto por las vocaciones de autogobierno que puedan tener estas regiones de España. Y no lo digo por lo que pueda decir el preámbulo de la Constitución de 1978 cuando habla de nacionalidades. Es algo que va mucho más allá: Catalunya, igual que Euskadi, es una nación sin estado, con una historia, una lengua y unas instituciones propias. Nosotros no somos un invento creado en 1978 como una mera descentralización administrativa. Somos una nación y queremos ser un estado.

El Estado español deberá admitir también que necesitamos bilateralidad, una relación política diferencial, no sólo por nuestro hecho nacional sino también por nuestra capacidad económica, de liderazgo social y de referencia como uno de los territorios motores a nivel europeo. Esta es una tierra de oportunidades, de dinamismo y de entusiasmo, de innovación y de futuro. Ha sido reiterada la cantinela de algunos contrarios al proceso político relacionando independentismo y desaceleración económica. No estoy de acuerdo y hay datos que lo reafirman: a finales de 2019 Catalunya acumulaba cinco años de crecimiento del PIB, ocho años de récord histórico en las exportaciones, concentraba el mayor número de empresas con sede en España (algo más del 18%) y la inversión extranjera en este mismo periodo fue de 23.000 millones de euros. Sin embargo, cuando con demasiada frecuencia se ven imágenes del centro de Barcelona en llamas o se escuchan determinados responsables políticos frivolizando sobre los disturbios y los episodios violentos, no puedo dejar de decir con el corazón encogido que, si seguimos por este camino, el país, desde un punto de vista de competitividad económica y de confianza, corre el riesgo de perder comba. Esta bilateralidad a la que me refería, debe trasladarse por lo tanto a todos los ámbitos de relación entre Generalitat y Gobierno estatal. Y se debe llevar a cabo de manera genuina y con confianza, discreción y efectividad. Nada de postureo mediático.

Otro aspecto fundamental es recuperar el prestigio de las instituciones catalanas. La Generalidad debe volver a ser vista por todo el mundo como impulsora del funcionamiento del país desde un punto de vista institucional, trabajando codo a codo con la sociedad civil, el tejido empresarial y los trabajadores. Hay que volver a gobernar, pero sobre todo volver a hacerlo bien, y convencer con hechos y no sólo con discursos. Hay que abandonar de una vez por todas el activismo institucional porque ha quedado sobradamente demostrado que no funciona y sólo sirve para debilitarnos aún más, en todos los sentidos. El último episodio ha sido la inhabilitación del Presidente Torra. La consecuencia de todo ello es que Catalunya se enfrenta a la peor crisis sanitaria y económica de la historia reciente sin presidente de la Generalitat. Nunca teníamos que haber llegado hasta aquí.

Finalmente, tenemos que impulsar desde el Parlament una ley de amnistía que deberá elevarse al Congreso de Diputados para superar uno de los principales escollos para resolver el conflicto entre Catalunya y España: la judicialización de un conflicto político, con la distorsión y los dramas personales y familiares derivados de unos encarcelamientos y exilios injustos. Y la amnistía se encalla, necesitaremos el indulto.

El cambio de enfoque, que en ningún caso debe ser una renuncia, tiene una primera estación en la soberanía o pacto fiscal, y una segunda estación en el referéndum acordado

En resumen, este cambio de enfoque, que en ningún caso debe ser una renuncia, tiene una primera estación en la soberanía o pacto fiscal, y una segunda estación en el referéndum acordado. Mientras tanto, debemos hacer una apuesta decidida por la transformación económica y social de Catalunya, más Europa, negociación con el Gobierno, exigencia de una bilateralidad efectiva en la gestión del día a día por parte de ambos gobiernos, respeto y blindaje competencial y una ley de amnistía aprobada en el Parlament de Catalunya y llevada al Congreso, donde la mayoría que hizo posible la moción de censura contra Mariano Rajoy ponga punto y final a la situación injusta de los presos. Una alternativa sería el indulto o la modificación o eliminación de la sedición como tipo penal.

En fotografía, cambiamos de enfoque cuando perdemos la nitidez de la imagen y lo vemos todo borroso. Hoy Catalunya es un país que si se mira ante el espejo no se reconoce. También nos vemos borrosos. Sin embargo, tenemos la fuerza, las herramientas y la gente para reenfocarnos, sin rencores ni reproches. Y cuando lo hagamos veremos que hay futuro y esperanza para caminar hacia un horizonte de progreso y prosperidad. Basta con mover el objetivo para alcanzar a ver nítidamente la Catalunya del futuro.

Marta Pascal

Marta Pascal

Marta Pascal es politóloga por la Universidad Pompeu Fabra e historiadora por la Universidad de Barcelona. Es ex presidenta de la Juventud Nacionalista de Catalunya y ex portavoz de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC), cargo que derivó más tarde en el de coordinadora general del PDECAT entre los años 2016 y 2018. Pascal también fue diputada en el Parlament de Catalunya durante el periodo 2012-2017, y ha sido senadora en las Cortes Generales los dos últimos años. En junio de 2020, en el contexto del espacio neoconvergente, es elegida secretaria general del Partido Nacionalista de Catalunya en el congreso constituyente de la nueva formación. Compatibiliza la actividad política con la docencia en la Universidad Pompeu Fabra y en la Universidad Ramon Llull.