¿Cuál es el inicio del conflicto? ¿Qué habrían tenido que hacer las dos partes para evitarlo?, me pregunté. Hay varios conflictos, y, en mi opinión, el principal es el que se plantea entre Catalunya y España. Pero de los inicios y causas del movimiento independentista ya se ha hablado mucho, ya se ha escrito mucho también, yo misma he dado mi opinión al respecto [1]1 — He aquí algunos de mis artículos sobre diversos aspectos del independentismo: Subirats, M. (2019) “Una utopia disponible. La Cataluña independiente”, “Gobernar una sociedad escindida” y “El desafío imposible. Características y límites del independentismo catalán” publicados en Ramoneda, J. (ed.) Cataluña-España: ¿qué nos ha pasado?, Barcelona: Galaxia Gutenberg. También se pueden encontrar a mi nombre en Academia.edu. . Así que me referiré a otro conflicto, el que afecta a la propia sociedad catalana, que viene de mucho antes de 2010 y que constituye un conflicto casi siempre latente, que, en los últimos 10 años, se activa y pone de manifiesto.

Un conflicto latente y largamente incubado

Catalunya ha sido, tradicionalmente, una sociedad que ha atraído la inmigración: la natalidad ha sido casi siempre baja y ya en el siglo XIX Catalunya se constituyó como la zona industrial de España, por lo que tuvo un excedente de oferta de trabajo. Las oleadas inmigratorias han sido desde entonces recurrentes. Primero se vació gran parte de la Catalunya rural, a finales del XIX y principios del XX. Después, gran parte de la España rural, desde los inicios del XX hasta hacia los años sesenta; posteriormente se ha producido la llegada de personas de todo el mundo, de América Latina, Asia y África, desde comienzos de los noventa. Mientras la primera ola, la catalana, fue asimilada sin problemas en las ciudades industriales, porque comparte cultura, lengua y tradiciones, la segunda tiene más dificultades, porque es y no es al mismo tiempo. Son los «otros catalanes», que, sesenta años más tarde, todavía transmiten el castellano a su descendencia y aún tienen conciencia de ser «de fuera». Básicamente por una razón: porque han formado la mayoría de la clase trabajadora, y por tanto los han separado de los autóctonos barreras de clase, sobre todo en los alrededores de Barcelona. Esto hace que estén en desventaja desde el punto de vista social, pero, al mismo tiempo, son conscientes de que, frente a los catalanes que tienen posiciones más sólidas, ellos tienen el apoyo de un Estado que históricamente niega la diferencia catalana y la quiere eliminar. Y los inmigrantes españoles son, en cierto modo, las tropas silenciosamente invasoras pero carentes de poder, dada su situación de clase.

Esto hace que, estructuralmente, haya en Catalunya una fisura, dos grupos sociales que no coinciden exactamente con las clases sociales, pero si a grandes rasgos; hay también una burguesía castellanohablante y una clase trabajadora catalana, sobre todo en los pueblos, pero con poca organización y poca mentalidad de clase, porque a menudo se trata de pequeños agricultores, artesanos, pequeños comerciantes, etc. De modo que a partir de los años de posguerra la clase trabajadora industrial ha sido sobre todo de procedencia del resto de España. La dificultad para mantener unidas la causa catalana y la causa de la democracia fue mayor durante el franquismo; pero por suerte se actuó de manera que no fueron contradictorias y se evitó que la inmigración considerara a la población catalana como formando parte de una burguesía explotadora a la que no le unía nada. Una línea política que se debe sobre todo al esfuerzo del PSUC, pero que también se debía a que tanto la clase trabajadora como Catalunya eran víctimas del franquismo y ambas reclamaban la democracia, por lo que la alianza era posible.

En la etapa democrática ha habido de todo; hasta más o menos el año 2000, la economía catalana creció, y las posibilidades de movilidad social ascendente se abrieron también a los hijos e hijas de aquellos antiguos inmigrantes, algunos de los cuales llegaron a las universidades. Se creó, por tanto, una mayor adhesión a Catalunya; incluso culturalmente hubo un acercamiento de los antiguos inmigrantes y sus descendientes a la lengua catalana, en gran parte gracias a las escuelas, pero también por la voluntad de poseer una lengua que era vista como un instrumento de promoción social. Y, hasta 2007, las desigualdades económicas tienden a disminuir, no tanto por el reparto de la riqueza sino porque de la riqueza creciente llega a los sectores trabajadores una parte mayor que en el pasado, al tiempo que crece la nueva clase media profesional en la que también estos participan parcialmente.

Estructuralmente, en Catalunya hay una grieta, dos grupos sociales que no coinciden exactamente con las clases sociales, pero sí a grandes rasgos; ambos tienen diferencias culturales profundas, y las tensas relaciones que ha habido tradicionalmente expresan el carácter voluntarista del eufemismo que proclama que somos un solo pueblo

Ahora bien, la crisis del 2008 muestra que la fisura persiste. Recuerdo una encuesta de aquel momento que mostraba como de golpe disminuía mucho el interés de las antiguas familias inmigrantes para que sus criaturas aprendieran el catalán. Si se acaba la movilidad social, porque no se crean nuevos puestos de trabajo de nivel alto y medio, ¿por qué aprender el catalán? ¿De qué sirve? Es decir, 50 años después de la migración aún persiste el hecho de la diferencia entre autóctonos e inmigrantes, a pesar de que todos hayan nacido en Catalunya. Y, desde mi punto de vista, esto se debe a que se trata de dos bloques potencialmente en conflicto, debido a las diferencias de clase; un conflicto, pero, configurado de manera diferente a la habitual. Los catalanes de origen tienen el poder económico, pero no el político, o sólo una pequeña parte; el grupo de origen foráneo se siente apoyado por el Estado, y por lo tanto tiene más poder político, pero no por si mismo sino porque representan España; y ambos tienen diferencias culturales profundas: una lengua es la del país, la otra es una de los idiomas más potentes en el mundo. Un juego inestable de fuerzas y debilidades que se manifiesta muy claramente, por ejemplo, en el estatus siempre incierto de los escritores que viven en Catalunya pero se expresan en castellano [2]2 — Mientras escribo este artículo ha muerto Juan Marsé, uno de los escritores que más claramente ha sabido explicar las diferencias y distancias entre estos dos grupos, por ejemplo en Últimas tardes con Teresa, y que mejor ha descrito la Barcelona de posguerra. Pero siempre en castellano, por lo que su reconocimiento como escritor catalán ha sido siempre dudoso. , que normalmente no se han sentido bastante reconocidos en Catalunya, al tiempo de los escritores catalanes nunca se han sentido reconocidos en España; dos grupos entre los que ha habido, tradicionalmente, relaciones tensas que expresan muy claramente esta fisura más o menos visible o latente, y el carácter voluntarista del eufemismo que proclama que somos un solo pueblo.

Conclusión: lo que ha constituido el cemento, siempre precario, entre los dos grupos, ha sido la posibilidad del progreso económico de Catalunya; política, y, sobre todo, culturalmente se han mantenido dos bloques, bien visibles también en la etapa de enfrentamiento entre Convergència y el PSC como máximos representantes de cada uno de ellos. Cuando la economía falla, como ocurrió en la crisis iniciada en 2008, la grieta se hace más visible.

Hay todavía otra circunstancia, vinculada a estos hechos, que me parece importante tener en cuenta. Durante el franquismo, e incluso antes, Catalunya no tuvo poder político, pero si económico, ya que fue considerada como la fábrica de España y el motor de la economía. Era evidente, sin embargo, que con la democracia esta situación podía cambiar. Madrid dejaba de estar sujeta a una oligarquía terrateniente, burocrática y militar, y empezaba a ser gobernada por una generación de gente diferente, con una mentalidad más abierta. Por azares biográficos conocí a algunos de los que fueron ministros o tuvieron cargos destacados en los primeros gobiernos socialistas; habíamos coincidido en Paris a finales de los años sesenta, se habían formado con una mentalidad europeísta y de izquierdas. Se iniciaba también la globalización, con los movimientos de empresas multinacionales. Era previsible que, en pocos años, el peso económico dejara de recaer únicamente en Catalunya y se desplazara también hacia el centro de la península, y especialmente en Madrid.

Pues bien, los datos nos confirman que fue así. En 1980 el PIB de Catalunya fue de 5.549.840 millones de pesetas, el de la Comunidad Autónoma de Madrid, de 4.104. 959; en cuanto al PIB per cápita, si el de Catalunya lo fijamos a 100, el de Madrid era de 94. El «sorpasso» fue lento, pero seguro. En 2015, por un PIB per cápita 100 en España, el de Madrid era de 136,6, el de Catalunya de 118,8. En 2019 para un PIB per cápita 100 en Catalunya, el de Madrid se encontraba ya a 115 [3]3 — Datos del INE y cálculos propios. . La potencia económica de la comunidad autónoma madrileña ha sobrepasado a la de Catalunya, de manera que nuestra carta fuerte, la economía, ya no lo es tanto. Elemento que, forzosamente, debilita la cohesión interna largamente basada en la superioridad económica, como he explicado más arriba.

Un último apunte sobre la base económica y social que precede, y en parte explica, la aparición del movimiento independentista, como una ola de fondo que va mucho más allá de los juegos tácticos entre partidos. Los cambios en la burguesía catalana. La burguesía catalana fue, durante más de un siglo, el grupo social que dirigió Catalunya; con dificultades, ciertamente, nacidas de su debilidad política, sobre todo durante el franquismo. Pero con suficiente iniciativa y capacidad para ir modernizando el país, al tiempo que componía como podía con el poder político central. Esta burguesía ha dejado de existir, o, dicho de otra manera, se ha transformado en parte de una clase transnacional que juega sus cartas en todas partes. Y al mismo tiempo, y como consecuencia de la globalización, también la pequeña burguesía tradicional ha cambiado, y se encuentra en un período de pérdida de posiciones que ha generado como resultado una radicalización, pero no en términos de clase, sino de independentismo.

Fuerzas y debilidades de cada parte en el momento de la estampida

Digamos por consiguiente que el escenario siempre ha estado preparado para un desencuentro, que tal vez se podía haber evitado, y que se evitó durante muchos años; pero que podía hacerse efectivo en el momento en que algunos elementos de desequilibrio agudizaran las tensiones.

Las tensiones no se agudizaron entre los dos grandes grupos sociales, el catalán de origen con más peso en la clase media y el castellano de origen con más peso en la clase trabajadora. Se agudizaron debido a la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010, emitida en plena crisis económica. Ambos factores dan lugar a dos respuestas diferentes, la del 15M, de jóvenes sublevados contra una sociedad que no les acoge ni los deja espacio, reactivos ya contra los recortes del gobierno Mas; y, algo posteriormente, el independentismo. Dos movimientos que tienen algunos puntos de contacto pero que son diferentes. Cuando el primero comienza a apagarse, toma fuerza el segundo, quien sabe hasta qué punto como respuesta a aquel primer movimiento incontrolable desde el poder.

Lo que ha constituido el cemento, siempre precario, entre los dos grupos, ha sido la posibilidad del progreso económico de Catalunya. Cuando la economía falla, como ocurrió en la crisis iniciada en 2008, la grieta se hace más visible

Más que juzgar qué han hecho bien unos y otros, quisiera apuntar aquí algunas de las características y diferencias entre los dos bloques a la hora de actuar en la etapa del llamado procés. Cada uno ha defendido sus posiciones, pero de una manera muy diversa. En el caso del independentismo, lo más interesante e incluso difícil de explicar, es, en mi opinión, el tipo de movimiento que ha generado. Un movimiento de una enorme amplitud, de una ilusión y una fe sorprendentes y de una persistencia en el tiempo poco frecuente, que casi recuerda más a los movimientos religiosos que a los políticos. El independentismo ha sido una especie de pasión colectiva, surgida del cabreo, la sensación de una ofensa irreparable; a partir de este origen emocional, deliberadamente ha cerrado los ojos a todos los elementos de cálculo racional respecto de las circunstancias políticas y jurídicas en las que se encontraba Catalunya y ha aceptado y difundido un relato favorable a sus deseos sin permitir fisuras que pudieran poner en duda el triunfo. Un fenómeno poco frecuente, una especie de ola que se ha llevado a la mitad, aproximadamente de la población catalana, con una radicalidad y una voluntad que raramente se dan en las sociedades modernas.

Pero a mi entender este movimiento ha sido mal dirigido. Los partidos que han colaborado en su construcción, por oportunismo en algún caso, como el de Convergència, al encontrarse en una situación de descomposición al destaparse las corrupciones de su líder histórico y ser defensora de los recortes, y probablemente por incapacidad de previsión en el caso de ERC, llevada por su afán histórico de independencia, han hecho unos cálculos que de ninguna manera son realistas, lo que es comprensible en un movimiento social, que necesita entusiasmo, pero es totalmente reprobable en unos dirigentes que tienen que saber cuál es su fuerza y cuál su debilidad. Cuando ahora a menudo oigo a alguien de estos partidos comentar que «alguien nos tenía que haber avisado», creo que ésta sola frase ya invalida estas personas para dirigir un país.

Dicho muy rápidamente: desde mi punto de vista los partidos dirigentes del independentismo han cometido cinco errores graves:

  1. Imprevisión total. No tener en cuenta la relación de fuerzas, por decirlo brevemente, o, dicho de otra manera, negación constante y deliberada del pensamiento realista.

  2. Tener prisa y prometer que la independencia estaba a punto de llegar, aumentando el entusiasmo y esfuerzo de los militantes del movimiento.

  3. No aceptar una progresión gradual hacia la independencia, que permitiera obtener pactos y avances parciales que pudieran mostrar las ventajas de una mejora del autogobierno y sumaran población para avanzar.

  4. Haber sido incapaces de formular un proyecto colectivo que pudiera atraer a la clase trabajadora, es decir, que apuntara más hacia la profundización de la democracia y la disminución de las desigualdades que hacia la reivindicación histórica de Catalunya como nación, lo que no sólo tiene poco sentido para los castellanohablantes, sino que incluso puede parecer como una amenaza.

  5. En el contexto de su lucha por conseguir la hegemonía, dejarse arrastrar por los deseos de los independentistas y por tanto ser incapaces de decir la verdad, prefiriendo llegar al desastre del 2017 –normativas del 6 y 7 de septiembre, declaración frustrada de independencia, imposición del 155– antes de detenerse y explicar claramente cuál era la situación real.


Una serie de errores que se han mantenido con posterioridad al 2017, pero que a la vez ya no pueden esconderse ni convencer más que a los que quieren mantener la ilusión a cualquier precio; pero que, sobre todo, han implicado que, a partir de 2018, no ha habido dirección política ni en el independentismo ni en Catalunya. Los partidos y dirigentes políticos han acabado siendo prisioneros del movimiento que han generado, lo que les impide entablar un diálogo tranquilo con el Estado en el momento en que el Gobierno español ha recaído en unos partidos que aceptan y promueven este diálogo. La necesidad de hacer constantemente gestos que muestren que cada uno de los partidos es más radical que el otro, que Catalunya hace lo que quiere y niega el poder de España, no hace más que cerrar en un tira y afloja imposible esta negociación, mientras, al mismo tiempo, no se prevé otra salida al conflicto existente.

El independentismo ha generado un movimiento de una enorme amplitud, de una ilusión y una fe sorprendentes y de una persistencia en el tiempo poco frecuente, que casi recuerda más a los movimientos religiosos que a los políticos

¿Qué ha pasado, mientras tanto, al otro lado, es decir, en el sector no independentista? La parte más importante, numéricamente, de este grupo es la que directamente se opone a la independencia y lo ha expresado en algunos momentos movilizándose con los símbolos centralistas: banderas españolas, pancartas, algunas amenazas y formas violentas. Es, sobre todo, el sector que votó, en las últimas elecciones de diciembre de 2017, a Ciudadanos, que en aquel momento recogió el voto españolista. Ahora, bien, a partir de ese momento este sector se ha expresado poco: las intervenciones de Ciudadanos en el Parlamento de Catalunya son crispadas y críticas, pero de hecho el partido no ha ejercido un auténtico liderazgo que exprese las reivindicaciones de este sector, y en las elecciones generales de 2019, Ciudadanos retrocedió de forma notable. Y es que, siendo Ciudadanos un partido que podríamos definir como de centro derecha, y que se acerca cada vez más a la derecha pura y dura, era bastante difícil que pudiera ser el partido representante de la clase trabajadora catalana de origen inmigrante. Lo podía ser en relación a la cuestión nacional, pero claramente no en relación a la cuestión social, a menos de desarrollar posiciones de extrema derecha que, de momento, no tienen mucho predicamento entre la clase trabajadora catalana.

Tampoco por parte de la sociedad civil se ha ejercido un liderazgo persistente y consistente representativo de este sector; Sociedad Civil Catalana aparece sobre todo como un grupo más vinculado a profesionales y funcionarios que propiamente a trabajadores, y su influencia parece haber ido disminuyendo.

En medio de estos dos bloques queda una parte de población no independentista pero tampoco unionista, que tal vez se puede calificar como catalanista y que parece apuntar más bien a soluciones intermedias, como pueda ser la de un Estado federal. Políticamente es el voto de los Comunes y una parte del voto PSC, pero tampoco de una manera muy definida, dado que estos partidos están también atravesados ​​por el independentismo y el anti independentismo con más o menos intensidad, y, en todo caso, se trata de un sector más reducido, que no ha tenido mucha presencia en los momentos cruciales, de máxima tensión.

¿Cómo salir de este callejón sin salida?

Es evidente que la salida no es fácil y que nadie parece tener una solución. Las posiciones se han ido radicalizando, sobre todo por parte de los independentistas más recalcitrantes, estimulados por la decepción, la sensación de haber estado cerca de conseguirlo y la impotencia y la rabia ante la represión. En este momento, creo que será difícil evitar que pueda haber episodios de violencia, aunque sea por pequeños grupos, y que los propios partidos independentistas deberán esforzarse mucho para evitarlo, teniendo presente, por otra parte, la ambigüedad de los mensajes de Torra y de Puigdemont, que en algunos momentos han estimulado la acción directa de la gente como único recurso para avanzar hacia la independencia.

Desde el punto de vista teórico, lo que habría que hacer me parece claro: hay que posponer la proclamación de la independencia y la república, y aceptar un camino que se pueda recorrer por etapas, consiguiendo mejoras parciales en el autogobierno de Catalunya, impidiendo cualquier retroceso y planteando una solución global para España que, en mi opinión, no puede ser otra que una solución de tipo federal en el marco de una república española. Pero todo esto requiere tiempo, el establecimiento de un conjunto de alianzas con los sectores más progresistas del Estado y una paciencia y una tenacidad que, desgraciadamente, ahora no parece que los independentistas estén dispuestos a desempeñar.

Si necesitábamos la independencia para hacer un país mejor, ¿por qué no invertir los términos y, en lugar de empezar por la independencia, trabajamos desde ahora para este país mejor?

Asimismo, considero que el movimiento independentista ha puesto de manifiesto unas inmensas ganas de acción colectiva, de innovación, de capacidad de sacrificio para construir un país diferente. Un capital humano, en el sentido estricto del término, que de ninguna manera debería malograrse, porque es probablemente lo que un país puede tener de más valioso; tal como han ido las cosas hay muchas probabilidades de que esta fuerza, en lugar de utilizarse para la renovación y la reconstrucción, se convierta en un elemento de destrucción y disgregación, si no se logra un proyecto colectivo alternativo a la independencia, lo que no implica abandonar la idea de la independencia sino posponerla y fortalecer y reunificar en la medida de lo posible esta sociedad. Si necesitábamos la independencia para hacer un país mejor, como se dijo, ¿por qué no invertir los términos, y en lugar de empezar por la independencia, que se ha mostrado imposible a corto plazo, trabajamos desde ahora para este país mejor, que, cuanto más fuerte, más preparado estará para la independencia o cualquier otra forma de autogobierno?

En este aspecto, lo que me parece más urgente es trabajar para este nuevo proyecto de país, y fijarse más en lo que va pasando globalmente en el mundo que en lo que pasa en España. Porque en este momento no se trata de inventar nuevos objetivos: hay ya un conjunto de mimbres, por decirlo así, que sólo esperan a ser trenzados; si no lo han sido es porque toda la atención en los últimos años, se ha centrado en el debate independentista. Es urgente organizar una forma de sociedad más equitativa, menos desigual, y al mismo tiempo, menos consumista para los sectores más acomodados y con más acceso al consumo para los sectores más desfavorecidos; es absolutamente urgente modificar las formas de vida con el fin de detener el cambio climático, la contaminación, la producción de plásticos y de todo tipo de elementos contaminantes, la degradación de la naturaleza, etc. Diversificar la economía para que Catalunya sea menos dependiente del turismo, que, como se ha visto con la pandemia, es una actividad que puede caer fácilmente en la inestabilidad. Hay que pensar en cómo resolver los temas del futuro de las energías, pasar a las energías limpias; hay que cambiar de valores predominantes e ir hacia una sociedad donde la preservación de la vida, tanto la humana como del conjunto del planeta, pase por delante de la ganancia económica y los intereses del capital. Hay que repensar las formas de trabajo, la redistribución del trabajo, que pasa por la disminución del tiempo de trabajo y el acceso de todos al trabajo remunerado. Hay que resolver los temas del trabajo de curas, que hoy todavía recae sobre las mujeres, que, al mismo tiempo, están siendo abandonadas y menos atendidas que nunca. La pandemia ha puesto de manifiesto, por ejemplo, como la parte final de nuestra vida está mal resuelta en este momento en cuanto a las formas de vida de las personas mayores. Y podría seguir: hay un conjunto de urgencias, de cambios fundamentales en que pensar y poner en marcha que piden atención y que sólo serán posibles si se llega a un consenso muy amplio de una ciudadanía motivada para construir realmente una sociedad diferente.

Este tipo de proyecto es, desde mi punto de vista, lo que puede contribuir a cohesionar de nuevo la ciudadanía catalana; no sabemos muy bien cuál ha sido la evolución del independentismo desde el punto de vista numérico; posiblemente las próximas elecciones permitan volver a dimensionarlo, aunque sea de forma aproximada al no ser un referéndum. Pero todo indica que, tras el fracaso de 2017, los partidarios de la independencia pueden haber disminuido, y, en cualquier caso, su división, a través de las luchas partidistas, es evidente. La famosa idea de ensanchar la base no parece que se esté cumpliendo, más bien al contrario: en un momento de crisis económica la tendencia histórica ha sido la de distanciamiento de la clase trabajadora castellanohablante. Sólo un proyecto que ofrezca bienestar para todos y mejora de las condiciones globales puede volver a motivar esta población a sentirse catalana y a sumarse a un proyecto colectivo; de otro modo, las quejas, el victimismo, la reivindicación histórica de la nación catalana, no parecen de ninguna manera poder movilizarla, sino más bien generar el miedo a la marginación.

Todo reside en saber si hay algún partido, independentista o no, capaz de dar este giro sin miedo y relegar la cuestión de la relación con el Estado en un lugar secundario, al mismo tiempo, sin embargo, que se continúa luchando para conseguir mayores cuotas de autogobierno para Catalunya. Pero ello debe hacerse desde las complicidades, porque es ya evidente que, desde la queja, la desconfianza y la acusación no será posible avanzar. La impresión que en varios momentos he podido captar en ambientes políticos de Madrid es que no hay manera de negociar, que están convencidos de que es o la independencia o nada. Y, puestas así las cosas y con la fuerza relativa de ambas partes, queda claro que «nada» es lo más probable, o incluso menos que nada, lo que significa recortes en la autonomía conseguida. Una responsabilidad histórica muy grave, que deberían tener en cuenta los partidos independentistas.

  • NOTAS

    1 —

    He aquí algunos de mis artículos sobre diversos aspectos del independentismo: Subirats, M. (2019) “Una utopia disponible. La Cataluña independiente”, “Gobernar una sociedad escindida” y “El desafío imposible. Características y límites del independentismo catalán” publicados en Ramoneda, J. (ed.) Cataluña-España: ¿qué nos ha pasado?, Barcelona: Galaxia Gutenberg. También se pueden encontrar a mi nombre en Academia.edu.

    2 —

    Mientras escribo este artículo ha muerto Juan Marsé, uno de los escritores que más claramente ha sabido explicar las diferencias y distancias entre estos dos grupos, por ejemplo en Últimas tardes con Teresa, y que mejor ha descrito la Barcelona de posguerra. Pero siempre en castellano, por lo que su reconocimiento como escritor catalán ha sido siempre dudoso.

    3 —

    Datos del INE y cálculos propios.

Marina_Subirats

Marina Subirats

Marina Subirats es socióloga. Es catedrática emérita de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona y está especializada en sociología de la educación y del género. Fue directora del Instituto de la Mujer del Ministerio de Asuntos Sociales y concejala de Educación del Ayuntamiento de Barcelona. Ha publicado numerosos libros y artículos, entre los cuales Rosa y Azul. La transmisión de los géneros en la escuela mixta y Con diferencia. Las mujeres frente al reto de la autonomía. En el 2016 ganó el Premio Aspàsia en defensa de la equidad de género, concedido por la red de Mujeres Directivas y Profesionales de la Acción Social (DDiPAS) y el Observatorio del Tercer Sector. También ha sido galardonada con el Premio Cataluña de Sociología y la Creu de Sant Jordi.