Dos historias tristes

Salma El Tarzi

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Entre 2011 y 2013 rodé mi primer largometraje documental sobre lo que en aquella época era un nuevo género de música underground que emergía de las periferias de la ciudad, o lo que al discurso oficial le gusta referirse como Ashwa2eyat, la palabra árabe que significa “tugurios”, la traducción literal de la cual sería “los caóticos”. Durante estos dos años, seguí a una banda de músicos por todo El Cairo y también hasta Asuán, a 800 km al sur, y de vuelta. Yo era una mujer, sola, que se movía libremente por lugares a los cuales no pertenecía, que con mi cámara apuntaba a todo y a todo el mundo sin dudarlo. Mi única norma era pedir permiso. Cuando ahora lo recuerdo, me parece un universo paralelo o una alucinación, porque sólo pensar en la idea de hacerlo hoy día es una broma ridícula o un pensamiento suicida.

El Estado egipcio siempre ha exigido a los cineastas que obtengan permisos de rodaje para poder filmar en espacios públicos. La complejidad y el número de aprobaciones necesarias para conseguir este permiso varían según la ubicación. En teoría, filmar en una calle requiere un permiso del Ministerio del Interior, pero si hay una mezquita histórica en esta calle, posiblemente necesitaréis un permiso adicional del Ministerio de Antigüedades y, si hay un edificio o una instalación relacionada con el ejército (tenemos muchos), sin ningún tipo de duda os hará falta un permiso del Ministerio de Defensa y, probablemente, de la Oficina de Inteligencia. Y para solicitar todos estos permisos, tenéis que conseguir que la censura os apruebe el guion, lo cual sólo podéis hacer a través del sindicato de cineastas, que no os dará permiso para filmar a no ser que seáis miembro registrado o paguéis una cuota considerable por un permiso de trabajo temporal. Este intrincado laberinto burocrático es la estrategia del Estado para tener un control total sobre la industria del cine. Eso, junto con el monopolio de las grandes empresas sobre el mercado de la distribución de películas, garantiza que ninguna película vea la luz si no está bajo el ala de las producciones convencionales “que respetan la ley”.

Sin embargo, cuando rodé mi película, todavía podíamos evitar estas restricciones paralizantes y desafiar estas leyes. Podíamos inventar tácticas que nos permitían salir a filmar a la calle, haciendo ver que éramos estudiantes que hacíamos el loco, o simplemente mirando alrededor y asegurándonos de que no había ninguna policía a la vista. Y aunque nos pillaran, lo peor que nos podía pasar era que nos borraran el material y que nos interrogaran durante un par de horas antes de liberarnos. Las cosas mejoraron todavía más después de la revolución del 25 de enero. Nos sentíamos más seguros y las calles “eran nuestras”. Los espacios públicos eran nuestro patio de juegos. Y a medida que el periodismo ciudadano ganaba popularidad y más credibilidad que los medios convencionales y oficiales, la gente era generalmente más amable con las cámaras.

Y entonces llegó en 2013 con un paquete completamente nuevo de reglas que cambiaron el juego. Este espacio que ocupábamos empezó a reducirse mientras observábamos un incidente tras otro, todos horribles. Cada dos días alguien era arrestado por rodar o filmar en la calle. Se detuvo e interrogó a algunas personas por haber hecho una foto de un árbol en flor con el móvil. ¡Se les acusó de hacer fotos sin permiso! Incluso dos cineastas fueron arrestados en su casa porque jugaban con la cámara y hacían fotografías desde su balcón. Las acusaciones iban desde filmar sin permisos hasta ser una amenaza para la seguridad del Estado. El espacio público adquirió un significado diferente, un espacio en el que los ciudadanos, y no digamos ya los artistas con cámara, se comportaban con una paranoia y un miedo supremos, aunque os se encontraran en su balcón o ventana. Lo peor es que no se puede saber de dónde llegaría el peligro, porque la mayoría de las veces las personas con cámaras no son arrestadas porque un policía las ha visto “de casualidad”, sino porque este policía ha recibido información sobre su actividad por parte de un vigilante, un “ciudadano honorable”, como los llaman los medios de comunicación estatales. Un ejército de autoproclamados informantes que el Estado ha construido esmeradamente mediante campañas de propaganda que promueven la teoría de la conspiración y la fobia a la cámara.

En 2016 produje un documental sobre humoristas. Un día estábamos rodando con un grupo de comedia que hacía sketches musicales satíricos en la calle (¡que pocos meses después fueron arrestados, pero eso lo dejo para la segunda historia!). Aquel día, un hombre que pasaba por allí los reconoció por los numerosos vídeos que de ellos habían compartido en línea. Quería autógrafos e incluso se hizo selfies. Al cabo de quince minutos, volvió con un policía mientras nos señalaba y le pedía que nos arrestara. “Estos son los humoristas que hacen todos aquellos sketches satíricos que perjudican la reputación del país. Deben estar tramando alguna cosa”. Por suerte, en aquel momento tenía todos los permisos. Ya no estábamos en el año 2011 y no quería poner en peligro nuestra seguridad. El policía vio los permisos e intentamos convencer al ciudadano, pero él no lo quería dejar estar. Era muy patriótico y tenía un elevado sentido del deber. Se mostró inflexible y nos dijo que nos denunciaría a la policía militar porque el policía ordinario no nos arrestaría. Por descontado, nos marchamos antes de que volviera, pero a pesar de eso, la mirada en sus ojos, su auténtica pasión… En su mente era un héroe, un patriota que salvaba su país de los enemigos, se merecía una medalla, se merecía una calle que llevara su nombre, una estatua en su ciudad natal. Aquel día pasé mucho miedo y me di cuenta de que nunca más rodaría otra película de la misma manera que había hecho mi largometraje. Desde entonces, no he vuelto a filmar en la calle.

(2)

En 2013, después de la caída de los Hermanos Musulmanes, el ejército tomó el relevo. Era evidente que pasear por las calles con una cámara ya no era una opción. Cualquier idea romántica de hacer proyecciones en la calle en diferentes barrios también se había evaporado. Pero todavía nos quedaba Internet. Rápidamente se convirtió en nuestro espacio público alternativo, donde podíamos compartir obras e ideas… y como la vida real se volvía tan limitada y restringida, el espacio que ocupaban las redes sociales en nuestras vidas era cada vez mayor. En Internet, podíamos crear públicos y llegar a más gente y, como muchos otros compañeros artistas, empecé a compartir mi obra públicamente. Esta vez eran pinturas, mujeres gordas y desnudas llenas de colores, con pelo púbico y pechos asimétricos. Incluso publiqué un corto de animación de una de ésas mujeres masturbándose hasta llegar a un orgasmo que la convertía en mil mariposas que revoloteaban. Estos temas eran atrevidos y provocativos y en la vida real ya me habían importunado: un par de galerías se negaron a mostrar esta obra porque tenían demasiado miedo de la respuesta que recibirían si mostraban la desnudez. Pero eso era Internet. Estaba segura, podía mostrar mi obra a miles de personas y sólo recibiría unos pocos comentarios irritados, ¿no? También era 2013.

Poco después, el Estado promulgó una nueva ley de Internet que tenía como objetivo “regular” el uso que hacían los ciudadanos de este “peligroso espacio público”. Más tarde, llegarían a definir Internet como “nuestra frontera cibernética que se tiene que proteger”. Según esta ley, cualquier persona con más de 5.000 seguidores en cualquier plataforma de las redes sociales es considerada responsable ante la ley de aquello que publica en calidad de institución de prensa y comunicación y no en calidad de individuo. Poco después, la gente era arrestada a diestro y siniestro por cosas que publicaban o compartían en Internet. Los humoristas que he mencionado antes hicieron un sketch sarcástico que criticaba al Estado por haber cedido dos islas en Arabia Saudí: fueron perseguidos, arrestados y encarcelados durante casi un año. La lista de delitos de los cuales se les acusaba incluía difundir rumores y falsas noticias por Internet, perturbar la paz, servir los propósitos de un grupo terrorista e incitar al pueblo contra el Estado. Estas acusaciones se convirtieron rápidamente en la combinación predeterminada para cualquier nueva detención. Los artistas, los intérpretes y los bloggers eran arrestados a diestro y siniestro por cosas que publicaban en las redes sociales: un dibujante, un cineasta aficionado que milagrosamente había conseguido filmar su película y la había publicado en YouTube, un escritor, un poeta, un músico, etc. Cada día oíamos que habían arrestado a alguien por hacer pública su obra. Y si no era la vigilancia estatal de las redes sociales la que conseguía exponer y detener a la gente, eran los vigilantes y los “ciudadanos honorables” los que cumplían su deber patriótico de proteger la nación. Y si con eso no era suficiente, a principios de este año empezó una nueva ola de detenciones por compartir contenido en Internet; en esta ocasión con detenciones masivas de influencers femeninas de Tik Tok que hacían bailes en sus cuentas, además de una youtuber y su hija adulta que hacían vídeos de comedia. Todas estas mujeres recibieron condenas de uno a tres años de prisión. Se las acusó de perversión, de utilizar sus cuentas para realizar actos sexuales a cambio de dinero y de una nueva y ridícula acusación según alguna ley nueva: AMENAZA DE LOS VALORES FAMILIARES. Esta última acusación y el nuevo “delito” significan que cualquier obra que trate cualquier tipo de sexualidad, especialmente la femenina, puede hacer que os arresten y os acusen. Si no hubiera publicado aquellas pinturas entonces, publicarlas hoy día habría supuesto un gran riesgo, junto con todos los proyectos en los cuales he estado trabajando desde 2017 sobre la representación de la sexualidad femenina y la violencia sexual. ¿Cómo publicaré mi obra? ¿Saldré adelante si intento publicarla en el extranjero? ¿Seguiré teniendo problemas por ello? No tengo ni idea. El miedo y la angustia se han convertido en parte habitual de mi vida, en la que tengo que convivir con el hecho de que cada día que pasa sin que me arresten es sólo otro día de suerte, otra excepción a la norma.

En busca del ‘Espacio’

Sondos Shabayek

Empecé a pensar en este artículo la tarde de un día entre semana, en alguno de los barrios más congestionados de El Cairo, mientras intentaba aparcar mi pequeño utilitario en un sitio muy pequeño entre dos coches, cuando la ironía del momento me golpeó: siempre estoy intentando ‘encajar’.

Como mujer y como artista, siempre tengo la sensación de que lucho por ocupar un espacio en El Cairo. Ya sea un espacio para andar por las calles con seguridad —y hablo tanto de seguridad física como de seguridad emocional— o un espacio para expresarme como artista en una obra de teatro, una película o incluso un artículo online. Me he pasado la mayor parte de mi vida adolescente y adulta ‘luchando’ por mi derecho a existir, a ocupar un espacio. A veces intentaba encogerme: quizás si conducía un coche más pequeño, lo podía hacer con seguridad, quizás si actuaba en un teatro pequeño, podía escapar de la censura. Otras veces intentaba esconderme: me tapaba y me aseguraba de que la ropa se me viera totalmente ‘plana’ por delante y por detrás antes de salir a la calle. Las dos estrategias nunca pasaron de aquí: por pequeño que fuera el espacio que pidiera, siempre me sentía como una olla a presión.

Crecí en Alejandría, la conocida como segunda capital de Egipto, pero a diferencia de El Cairo, es bastante pequeña, conservadora y anquilosada. Sin embargo, como muchas otras chicas de mi generación en diferentes partes de Egipto, formaba parte de la lucha contra la sociedad y el patriarcado. No hace falta ser rebelde; independientemente de lo que digáis o hagáis, si sois mujer en Egipto y tenéis la intención de tener una vida diferente de la de la mesita de café, evidentemente y con toda seguridad chocaréis con la sociedad en un momento u otro.

A los diecisiete años me trasladé a El Cairo para estudiar Comunicación Audiovisual y, después de unos cuantos años de trabajar en medios de comunicación y de las decepciones propias de los veinte años, encontré mi camino en el teatro. En 2007, me uní al proyecto BuSSy: un proyecto de artes escénicas que documentaba historias de género de mujeres y hombres a través de talleres de narración cerrados y organizaba representaciones de historias públicas en las que mujeres y hombres pisaban el escenario y compartían sus propias narraciones. El objetivo del proyecto era ofrecer una voz a las historias desconocidas de mujeres y hombres en Egipto, y eso implicaba una gran cantidad de temas tabú, donde el acoso ocupaba el primer lugar. Este conjunto de temas tabú también incluía violencia de género, sexo, violación dentro del matrimonio, circuncisión, aborto, incesto, matrimonio precoz, abuso infantil, etc. Cuando encontré BuSSy y me uní, tuve la sensación de que finalmente había encontrado mi nave nodriza. Siempre me han apasionado las historias de mujeres y siempre he sentido un deseo profundo de compartir las historias que he vivido personalmente, las que me han perseguido y me han pesado con un sentimiento de culpa y vergüenza. Durante más de diez años sentí que BuSSy me proporcionaba la forma artística que deseaba y necesitaba. BuSSy me ofreció un mecanismo de adaptación, un espacio donde podía estar con mi verdad y podía explicarla. Pero a medida que el proyecto empezaba a crecer y expandirse, de manera similar al viaje de una joven que llega a la pubertad y se enfrenta a las reacciones de la gente de la calle que ve como su cuerpo se transforma en el de una mujer, el proyecto empezó a pasar por lo que parecía un saco de boxeo. Fuera de las paredes de las pequeñas salas que utilizábamos para nuestros talleres de narraciones, siempre era muy difícil encontrar un espacio.

En 2012, durante las eufóricas secuelas de la revolución de 2011, organizamos una breve actuación con otra organización cultural en los únicos vagones de metro para mujeres.

Fue el momento en que estuve más cerca de los espectáculos en la calle y del acceso a los espacios públicos. Junto a otra querida amiga y narradora del proyecto, subíamos al metro, hacíamos una representación conjunta de historias y salíamos para coger otro metro, y así sucesivamente. Representábamos una recopilación de historias de mujeres sobre acoso, discriminación, violencia de género, matrimonio y maternidad. Primero nos presentábamos a nosotras y nuestro proyecto y después pedíamos permiso para compartirlo. Pero incluso en un momento tan abierto y eufórico como fue aquella época, todo resultaba todavía muy difícil. Decidimos que sólo actuaríamos en el vagón de las mujeres para evitar la controversia de “no es adecuado hablar de estas cosas ante los hombres’. Y también para hacer uso de la intimidad y el sentido de una cierta seguridad que sólo proporcionaban los vagones de mujeres, porque al fin y al cabo conocíamos las infinitas historias de acoso que tenían lugar en los vagones de género mixto.

Durante las representaciones, algunas mujeres se emocionaron y empezaron a compartir sus propias historias en cuanto acabábamos, algunas nos animaron y algunas fueron bastante físicas expresando su desaprobación. Después de la segunda representación, una mujer nos llamó traidoras, nos estiró del pelo y nos arrastró para llevarnos hasta la policía. Conseguimos escapar de la paliza porque la organización con la que colaborábamos había insistido en que contratáramos a dos guardaespaldas masculinos para que nos acompañaran, de manera que una vez salimos del metro, estaban allí para protegernos. Pero lo que recuerdo como más difícil y doloroso fueron las hirientes observaciones de algunas mujeres. Recuerdo vivamente el rostro de una mujer que gritaba: “parad esta mierda que me haréis vomitar”, cuando me encontraba a la mitad de una historia sobre acoso que, en realidad, era el mío.

Al final de una serie de representaciones, nos dimos cuenta de que una joven de catorce o quince años nos seguía. Me dirigí a ella y le pregunté si tenía alguna pregunta o si necesitaba algo, y empezó a compartir su historia de cómo había huido de su casa porque sus padres le pegaban y que ahora no podía volver porque ya no era ‘una chica’ (había perdido la virginidad) y, si lo descubrían, la matarían. Le ofrecimos dinero, nos ofrecimos a coger su número y ponerla en contacto con alguien que la pudiera ayudar, pero se negó a las dos cosas: nos dijo que sólo necesitaba que alguien la escuchara y, después, se marchó. Todas las mujeres buscan un espacio para existir y ser escuchadas, independientemente de quien somos y de dónde venimos; esta necesidad profunda y urgente siempre parece conectarnos de alguna manera.

Durante un taller de movimiento organizado por mi amiga Shaymaa Shoukry, una brillante bailarina, coreógrafa y entrenadora del movimiento, con uno de los grupos de mujeres con los que trabajábamos en una representación, Shaymaa les pidió que atravesaran la sala como habitualmente atravesaban la calle. Entonces se detuvo y dijo: “andamos con los hombros inclinados, intentando esconder los pechos con que hemos nacido y encogiendo el cuerpo. ¿Por qué?”

Fue entonces cuando me di cuenta de que no sólo luchamos por conseguir espacios para nuestra voz, sino también para nuestro propio cuerpo.

Egipto siempre ha tenido una censura muy estricta y limitante sobre todas las formas de expresión artística. Desde siempre, hemos tenido órganos censores que tienen el poder de autorizar publicaciones, música, películas y obras de teatro. Y sin su autorización, el artista es como un bandolero fugitivo cada vez que produce alguna obra o intenta mostrarla en algún espacio público. Y la mayoría de teatros y salas de cine se encuentran bajo una estricta supervisión del Estado. Por lo tanto, para los llamados ‘artistas underground’, las opciones son muy limitadas. En los últimos dos años, la escena underground ha empezado a reducirse porque muchos espacios independientes o bien han cerrado o bien han sucumbido a las leyes estatales en reacción a la presión y las amenazas del Estado, o por miedo a acabar en la prisión por culpa de una canción o de una exposición. Es un momento muy difícil para las artes escénicas en Egipto.

He organizado con BuSSy más de 60 representaciones desde que me uní en 2007, en El Cairo y en otras ciudades de Egipto. Hemos actuado en espacios teatrales y en espacios que hemos convertido en espacios teatrales: jardines, bibliotecas, aulas, garajes, pisos… Intentamos abrirnos paso en espacios de propiedad estatal y fuimos expulsados varias veces, y pocas veces conseguimos hacer un par de representaciones. Pero, en general, pudimos actuar, pudimos encontrar un espacio para las historias que llevábamos al público. A veces incluso acabábamos actuando ante sólo veinte personas, pero actuábamos y teníamos público. Hoy no estoy segura de que eso todavía sea posible. No quedan muchos espacios y los riesgos son muy elevados, antes, durante y después de la actuación. A no ser que nos sometamos a las leyes estatales y al sistema de valores y censuremos las historias personales, y prometamos a sus propietarios que no lo haríamos nunca.

Reflexionando sobre los últimos diez años de trabajo en el teatro, me he dado cuenta de que es posible que las viejas estrategias que yo y otras mujeres hemos utilizado, como escondernos o encogernos, no sean realmente el camino que hay que seguir. Ahora, cuando conduzco o paseo por las calles de El Cairo, me concentro en hacer exactamente el contrario. Me miro al espejo antes de salir y me acuerdo de que tengo que andar con la espalda recta, la cabeza alta y los brazos sin esconder ninguna parte de mí. Me acuerdo de que tengo que andar con precisión y con intención de ocupar el espacio. No pediré ni suplicaré espacio ni andaré defensivamente anticipando el siguiente ataque como si fuera un soldado en una zona en guerra. Andaré sabiendo que este es mi espacio, que este es mi derecho a existir y a expresarme. Si aquello que hace falta es volver a lo que parece una lucha de los años cincuenta, que así sea.

Salma El Tarzi

Salma El Tarzi

Salma El Tarzi es cineasta, artista visual y ensayista establecida en El Cairo. Su debut en la dirección independiente, Do You Know Why? (2004), ganó el Premio de Plata del Festival de Cine Árabe de Rotterdam. En 2013 dirigió su primer largometraje documental, Underground/On The Surface, que explora la subcultura local de la música electro-shaabi (también conocida como mahraganat). La película ganó el premio en la categoría de mejor dirección en el marco del Festival Internacional de Cine de Dubai, en 2013. Aquel año, volvió a pintar y a dibujar tras un paréntesis de 14 años, que culminó con la finalización de una novela gráfica coescrita de no ficción, que se publicará en 2021, sobre la violencia de género institucional y social durante los primeros años de la revuelta de 2011 en Egipto. Desde entonces, ha escrito otro libro artístico autobiográfico que se publicó en febrero de 2020, en paralelo a un proyecto de investigación en curso sobre la representación del deseo y la normalización de la cultura de la violación en el cine egipcio tradicional: Yataman Wa Honna El Raghebat (Se niegan, pero lo quieren).


Sondos Shabayek

Sondos Shabayek

Sondos Shabayek es escritora, guionista y directora. Trabajó como directora del proyecto de artes escénicas The BuSSy, que documenta historias basadas en el género y las presenta en el escenario. Tiene más de diez años de experiencia en la realización de talleres de narración, documentación de narraciones personales y dirección de espectáculos. También es fundadora y directora de Tahrir Monologues, un proyecto teatral de representación de historias reales sobre la revolución de Egipto. Escribió y dirigió la premiada Girl, un cortometraje sobre acoso en El Cairo. También es la guionista de The night before, un cortometraje sobre la mutilación genital femenina. Antes de focalizarse en el ámbito del teatro y el cine, estudió comunicación y radio y trabajó durante más de 6 años como periodista y editora. Su trabajo periodístico se centró en explorar, exponer y discutir tabúes sociales de la sociedad egipcia.