Traducción de Margarida Castells Criballés

Todo tiene una historia. «Historia», un concepto muy amplio, ciertamente; un término apto para cargar con todas las contradicciones, evidentes o implícitas, que sus sentidos transmiten. La historia está dotada del poder de fabricarlo todo, no tiene un principio como los demás ni un final preciso. Toda historia es parte de otra que la incluye, un relato extraído de otro mayor que, por sí mismo, se convierte en una serie interminable de sucesos. El relato, pues, es un ser vivo: nuestra imagen reflejada en el espejo. Asimismo, toda palabra tiene su historia —aunque no la tomemos en consideración ni la identifiquemos—, puesto que las palabras viven, mueren y renacen en el cuerpo de un significado distinto. Lo bello de una historia es que a veces somos capaces de reproducirla con todo lujo de detalles, punto por punto, y otras veces somos incapaces de hacerlo, como si en cada aproximación a la misma otorgáramos a los personajes la libertad de explorar el recorrido y los límites del relato.

Una historia, por otro lado, tenemos que contarla siguiendo un orden y podemos continuar desarrollándola, pero lo importante no es solamente la exposición de los acontecimientos en sí, sino también la reflexión sobre el modo de exponerlos, la utilización de un determinado método narrativo como recurso poético. Al hilvanar cualquier relato no solo nos limitamos a extraerlo de la realidad, sino que sacamos a sus protagonistas del infierno de la realidad y trasladamos el relato al mundo de la imaginación y del flujo narrativo para salvarlo de ese infierno. De hecho, construimos los acontecimientos fusionando la realidad con la invención del suceso dramático, lo que nos sitúa en el origen de la comedia de la vida. La realidad, en los entresijos del alma del poeta, es bastante más aterradora que la ficción; por eso el poeta se encierra en su soledad, intenta conservar el niño que aloja entre pecho y espalda, huye del «no amor», el odio contagioso que penetra en los corazones. La escritura es un intento de salvar, en primer lugar, nuestra humanidad malograda en las fronteras entre estados, en las salas de los aeropuertos y en divisiones irracionales. La escritura es el intento de salvar un espíritu en extinción, el espíritu colectivo que nos recuerda que no somos nada más que un peón minúsculo en la historia de este mundo, y que la historia de la humanidad es muy reciente en el tiempo, cosa de pocos segundos en la historia del universo. Aun así, con frecuencia las historias me han desvelado y me han hundido en sus profundidades, así como me han desengañado, tal vez porque las he entendido como es debido, o al menos eso es lo que creo.

Las historias se cuentan tanto si el tiempo al que se asocian, en el que se ha iniciado su ciclo vital, ha terminado como si no. La historia no terminará. Muerte y vida se fusionan totalmente en el ámbito de las historias porque nosotros, los humanos, buscamos en ellas respuestas a una pregunta: «¿Quiénes somos?», la misma cuestión que nos planteamos al adentrarnos en cualquier campo de investigación.

Mientras estoy leyendo, confiado, caigo lentamente en una herida que, como cualquier otra, tiene su historia. De ella, quisiera extraer un retazo, tal vez para remendar un relato disperso y abandonar mi silencio en el flujo narrativo de una historia cualquiera.

La herida de las Ciudades del Jazmín

Luego vino la abeja, la que saltaba de flor en flor, gozosa, encandilada con los colores. Apenas se había posado sobre una flor cuando voló, se me acercó y me susurró al oído: «Nadie ha llegado nunca al corazón de la Ciudad de los Jazmines”. El viento la llamó y se fue zumbando. No esperó a escuchar la voz que, en mi interior, sonó hasta diluirse: «¿Qué sabes tú, abejita?, ¿cómo sabes si he llegado hasta allí o no? Llegar a otro punto, al otro extremo, siempre es difícil, ¿verdad que sí? Tu bien lo sabes, lo experimentas en cada salto.»

Una vez, sin embargo, la Ciudad de los Jazmines regresó de su peregrinar de mundo en mundo. Nos encontramos por casualidad, o tal vez no, quien sabe. Me dijo: «Tú y yo somos los que queremos irnos, solos, sin hacer daño a nadie, así, sin más». Me quedé pensando: «¿Es posible que aquella abeja tuviera razón?» Creo, o quizás alguna vez creí, haber llegado. Todavía más: en algún momento estuve seguro de haber llegado, incluso demasiado pronto, y vi la herida abierta de la Ciudad de los Jazmines, la vi sin que ella dijera nada. Vi la herida, la toqué, le acaricié la cabeza. Estaba seguro que ella también había llegado, aunque nadie más pudiera asegurarlo. Vi la herida, esa herida que exhalaba el aroma de la Ciudad de los Jazmines. «¿Quién la ha herido?», preguntó la voz de alguien que quería desaparecer en medio de aquel ruido. Respondí: «Los que la han habitado sin haberla conocido. Los que no perciben nada más que la sangre que mana de la Ciudad de los Jazmines». No solo vi su herida, también vi cómo la hirieron y vi a los que la habían herido. Vi esa enorme desolación de colmillos de acero clavándose en los confines de su esperanza, una desolación cuyo olor solamente era comparable al hedor de las hienas que salen de noche en busca de una presa. No me gustan las hienas. Cuando era pequeño vi a una hiena zampándose un perro, el perro al que había llamado “Bobi”. Bobi, el manso, no tuvo oportunidad de salvarse, murió devorado. Me recuerda muchas veces la suerte de aquel niño, el vendedor de balas perdidas que murió acuchillado.

La Ciudad de los Jazmines y yo, en el seno de los cerezos, compartimos la alegría de la primavera. Soy fruto de la ciudad, de ella nací y de ella vuelvo a nacer en cada instante. Le dediqué efusivas señales de despedida al salir pensando que no volvería a verla, pero la he visto, y porque la he visto quiero contaros su herida, quiero contaros cosas sobre la ciudad. Quiero deciros a todos vosotros, en ausencia y en presencia, a los que estáis fuera y a los que estáis dentro, que cada uno y cada una de vosotros sois la Ciudad de los Jazmines. Quiero deciros que mi Ciudad de los Jazmines es inocente de esta sangre, que representa la pureza eterna en la esencia de lo humano, que se enfrenta con valentía a esta enraizada codicia. Ella es el sueño del pasado, el sueño del presente y el sueño del futuro. En ella confluyen todas las paradojas y toda la belleza de un poema.

Un día, una vez que nos encontramos a escondidas de las miradas de este mundo, grité. Me había dicho: «¿Lo sabes?, ¿sabes que no viviré demasiado?» Era una aseveración, no una pregunta. Mientras ella me quitaba el polvo de este mundo de las mejillas, le dije: «Partir, viajar es la única realidad, pero tú, querida, a partir de ahora eres eterna, eterna en la historia».

Querida Ciudad de los Jazmines: soy quien espera desaparecer sobre las ruinas de esta terrible destrucción, la destrucción de los humanos, la que nos inflige un profundo dolor, donde el llanto vierte ríos y torrentes devastadores que arrastran el sabor de las noches y el olor de los libros amontonados en el vacío, el vacío que la lengua parió expresando nuestra historia.

La Ciudad de los Jazmines viene y se va, como los amantes.

Así, de pronto, como los amantes vienen y se van.

Mohamad Bitari

Mohamad Bitari

Mohamad Bitari es poeta, traductor, escritor y periodista palestino-sirio. Nació en 1990 en el campo de refugiados palestinos de Yarmouk, en Siria. Estudió en el Departamento de Filología Hispánica y Dramaturgia de la Universidad de Damasco. En 2011, cuando empezó la revolución en Siria, documentó violaciones de derechos humanos en los barrios del sur de la capital siria. Escapó de los servicios de inteligencia del régimen y huyó a Beirut. El año 2013, llegó a España y se trasladó a Catalunya, dónde cursó Estudios Árabes y Hebreos en la Universidad de Barcelona. En los últimos ocho años, ha escrito en varios periódicos, revistas y sitios webs árabes. Es autor de numerosos artículos sobre la historia de Catalunya y su especificidad cultural, y ha traducido grandes poetas españoles y catalanes. Actualmente forma parte del Consejo de Escritores Perseguidos del PEN Club de Catalunya y trabaja como profesor de árabe y como traductor de literatura catalana y española. Su último libro publicado es Yo soy vosotros, seis poetas de Siria (2019).